Anal con el Amigo en el Almacén
Talia frota su culo contra Rafael en el almacén y le pide que la folle anal.
El almacén de la ferretería olía a madera nueva, aceite de máquina y el polvo fino que siempre se acumulaba entre las cajas de tornillos y las estanterías de metal. La puerta del local ya estaba cerrada con el cartel de «cerrado» colgando del otro lado del cristal, y solo quedaban las luces fluorescentes del fondo parpadeando con ese zumbido sordo que Talia conocía desde niña. Tenía veinticuatro años y Rafael veintiséis; se conocían desde que ella tenía trenzas y él se subía a los árboles del patio trasero de la casa de sus padres. Ahora eran solo ellos dos, tarde, ordenando el inventario que el tío de Talia les había dejado a medias.
Talia llevaba unos shorts de mezclilla tan ceñidos que la tela se marcaba entre los glúteos cada vez que se agachaba. Se había puesto una camiseta vieja de la ferretería, dos tallas más grande, que se le subía cuando estiraba los brazos para alcanzar las cajas altas. Rafael, de camisa arremangada y vaqueros oscuros, movía palets con la carretilla manual y no podía dejar de mirarla. Cada vez que ella se inclinaba para recoger un paquete de tuercas del suelo, el culo redondo y firme se le ofrecía como una provocación directa. La costura de los shorts se hundía entre los cachetes, dibujando la forma exacta de lo que él se había imaginado mil veces a solas, con la mano en la polla y los dientes apretados.
—Vas a caerte si sigues mirándome así —dijo Talia sin girarse, la voz baja, casi divertida. Sacó una caja de clavos y la dejó sobre el banco de trabajo con un golpe seco. Se enderezó despacio, empujando las caderas hacia atrás un segundo de más, consciente de que él estaba justo detrás.
Rafael soltó una risa ronca.
—Y tú vas a matarme si sigues agachándote de esa forma. Llevo media hora con la polla dura y ni siquiera he tocado nada que no sean cajas de putos tornillos.
Ella se giró. Tenía el pelo oscuro recogido en una coleta alta que le dejaba la nuca al aire y un hilo de sudor bajándole por la sien. Le sostuvo la mirada sin ruborizarse. Años de amistad, de noches compartidas en el sofá fingiendo que no se miraban las bocas, de fiestas donde ella bailaba demasiado cerca y él se iba al baño a calmarse. Todo eso pesaba ahora entre ellos como el calor del almacén.
—Entonces míralo bien —murmuró ella, y se agachó otra vez, más despacio, de espaldas a él, las piernas ligeramente abiertas. Los shorts se le subieron aún más; se le veía el borde de las bragas negras y el comienzo de la curva inferior de cada nalgas. Rafael apretó la mandíbula. Notó cómo se le tensaba el pantalón, cómo la cabeza de la polla ya humedecía la tela interior.
Se acercó un paso. Luego otro. El aire entre ellos olía a metal y a la colonia barata que Rafael usaba desde los dieciocho.
—Talia…
—¿Qué? —Ella se incorporó solo a medias, todavía de cuclillas, y lo miró por encima del hombro. La sonrisa era pícara, pero los ojos estaban oscuros, serios—. Dilo. Llevamos años sin decirlo.
Él se pasó la lengua por el labio inferior.
—Que me encanta tu culo. Que cada vez que te agachas me imagino abriéndotelo con las manos y metiéndote la polla hasta que grites. Que me la he jalado pensando en follarte aquí mismo, contra estas putas estanterías, más veces de las que puedo contar.
El silencio que siguió fue denso. Talia se puso de pie despacio. Caminó hacia él con la caja de clavos todavía en las manos, pasó a su lado como si fuera a dejarla en otra mesa… y al pasar rozó el culo deliberadamente contra la entrepierna de Rafael. El contacto fue lento, pesado, la tela de los shorts deslizándose sobre el bulto duro. Él soltó el aire entre los dientes. Ella sintió la erección caliente y gruesa marcarse contra su nalga izquierda y un escalofrío le bajó directo al coño.
No siguió caminando. Se quedó ahí, de espaldas a él, el culo apretado contra la polla de su amigo, moviendo las caderas un milímetro apenas, un frote corto y deliberado.
—Joder, Talia…
Rafael soltó la carretilla. Le agarró las caderas con las dos manos, los dedos hundiéndose en la carne firme sobre la tela de los shorts. La atrajo contra sí con fuerza, moliendo la polla contra el surco de su culo, y bajó la boca hasta su oreja.
—Llevo años aguantándome —le confesó, la voz ronca, casi un gruñido—. Quiero follarte. Quiero metértela entera. Quiero oírte gemir mi nombre mientras te abro el culo.
Talia arqueó la espalda, empujando el culo aún más contra él. El roce era obsceno: la dureza de Rafael separando un poco las nalgas a través de la ropa, la fricción exacta sobre el agujero que ella tantas veces se había tocado pensando en él. Notó cómo se le humedecía la entrepierna, cómo las bragas se le pegaban al coño.
—Siempre he fantaseado con eso —susurró ella, girando apenas la cabeza para que su aliento le rozara la mejilla—. Contigo. Que me tomes por el culo. Que me abras despacio y me la metas toda, que me folles el culo como si fuera mío solo para ti. Me corro pensando en eso, Rafa. Me meto los dedos en el culo por la noche y imagino que son tu polla.
Él soltó un sonido gutural y la giró de golpe. La espalda de Talia chocó contra el borde del banco de trabajo. Rafael le agarró la cara con las dos manos y la besó como si se estuviera ahogando. La lengua de él entró en su boca sin pedir permiso, hambrienta, chupándole el labio inferior, mordiéndole apenas. Talia le rodeó el cuello con los brazos y le abrió las piernas para que él se encajara entre ellas. La polla dura presionaba ahora exactamente contra su coño, solo separados por dos capas de tela. Ella se frotó contra esa dureza, gemiendo dentro del beso, mientras las manos de Rafael bajaban por su espalda, le agarraban el culo con fuerza y le separaban los cachetes a través de los shorts.
—Hostia, qué culo tienes… —murmuró él contra su boca, los dedos hundidos en la carne, apretando, abriendo, cerrando—. Quiero verlo. Quiero lamerlo. Quiero escupirte encima y metértela de un solo empujón.
Las manos de Talia ya estaban bajo la camisa de él, recorriéndole el pecho sudado, bajando por el abdomen tenso hasta el cinturón. Desabrochó el botón de los vaqueros con dedos torpes de prisa y metió la mano dentro. Encontró la polla gruesa, caliente, ya goteando por la punta. La rodeó con los dedos y la apretó, subiendo y bajando la piel con un movimiento lento y sucio. Rafael jadeó contra su cuello y le mordió la piel justo debajo de la oreja.
—Así… joder, Talia, apriétamela más.
Ella le bajó un poco más la cremallera para sacarla del todo. La polla de Rafael saltó pesada contra su palma: venosa, roja en la cabeza, mojada de precum. Talia la acarició de la base a la punta mientras él le subía la camiseta y le agarraba un pecho por encima del sujetador, pellizcándole el pezón a través de la tela. Luego su mano bajó, se metió por el frente de los shorts de ella y encontró las bragas empapadas. Se las corrió a un lado y le metió dos dedos directos en el coño. Talia abrió la boca en un gemido agudo y se arqueó contra él.
—Estás empapada… —gruñó Rafael, moviendo los dedos dentro, sacándolos y volviéndolos a meter, el pulgar rozándole el clítoris—. Tan puta mojada solo de hablar de que te folle el culo.
—Porque lo quiero —jadeó ella, montándole la mano, frotándose contra los dedos mientras seguía masturbándole la polla—. Quiero que me la metas por detrás. Quiero sentirte abrirme. Quiero que me agarres del pelo y me folles el culo hasta que no pueda más.
Rafael le sacó los dedos del coño, se los llevó a la boca y los chupó mirándola a los ojos. Después le dio la vuelta otra vez, de cara al banco de trabajo. Le bajó los shorts y las bragas de un tirón hasta la mitad de los muslos. El culo de Talia quedó al aire: redondo, blanco, con esa hendidura rosada y apretada que él ahora veía de cerca por primera vez. Le separó las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el agujero. Talia tembló. Sintió la saliva caliente resbalarle entre los cachetes y luego el pulgar grueso de Rafael frotándola ahí, presionando el anillo apretado sin entrar todavía, solo marcando el sitio.
—Míralo cómo se abre un poco solo de tocar… —susurró él, la voz rota de ganas—. Voy a follarte este culo, Talia. Voy a llenártelo.
Ella apoyó las palmas en el banco de madera, arqueó la espalda y empujó el culo hacia atrás, ofreciéndoselo del todo. La polla de Rafael rozaba ya la entrada, gruesa y resbaladiza de saliva y precum, y él se frotaaba despacio el glande contra el agujero cerrado, sin empujar aún, solo torturándola con la promesa.
—Hazlo —suplicó ella, la voz temblorosa de deseo—. Métemela. Quiero sentirte dentro del culo. Ahora.
Rafael le agarró más fuerte las caderas, alineó la punta exactamente contra el centro rosado y apretó solo lo suficiente para que el esfínter cediera un milímetro, el calor interior lamiéndole ya la cabeza de la polla. Talia soltó un gemido largo, agudo, y enterró la cara entre los brazos. El almacén entero olía a sexo y a metal. Afuera, en la calle, un coche pasó sin detenerse. Dentro, el zumbido de los fluorescentes cubría los jadeos de los dos mientras Rafael se quedaba ahí, justo en el borde, la polla latigándole contra el culo de su amiga de toda la vida, a un segundo de hundírsela por completo.
Rafael no empujó. En vez de eso soltó un gruñido bajo, le apartó las manos de las caderas y la giró con brusquedad hacia las cajas de madera apiladas junto a la pared del fondo. Talia tropezó un segundo, los shorts y las bragas todavía enredados a media altura de los muslos, y él la empujó hasta que las rodillas le tocaron el borde irregular de un pallet.
—Arriba. A cuatro patas. Quiero verte el culo abierto desde aquí.
Ella obedeció sin dudar. Se subió de rodillas sobre las cajas, el cartón crujiendo bajo su peso, y apoyó las palmas planas entre paquetes de tornillos. Arqueó la espalda, ofreciendo las nalgas blancas y tensas. Rafael le bajó del todo los shorts y las bragas, tirándolos hasta los tobillos para que quedaran colgando de un pie. El aire fresco del almacén le rozó el coño hinchado y el agujero aún brillando de saliva. Él se arrodilló detrás, le separó los cachetes con ambas manos y escupió otra vez, grueso y directo, viendo cómo la baba espesa le resbalaba por el surco y se acumulaba en el centro rosado.
—Mírate… —murmuró, la voz rota—. Tan abierto ya y ni te he metido nada.
Se inclinó y le enterró la cara entre las nalgas. La lengua de Rafael, ancha y caliente, aplastó el esfínter de Talia de un solo lametón largo. Ella soltó un gemido agudo que rebotó contra las estanterías. Él no se detuvo: empujó la punta de la lengua con fuerza, abriendo el anillo apretado, metiéndola lo más hondo que pudo mientras aspiraba el sabor a piel y a deseo. Chupó, revolvió, empujó otra vez. La saliva le chorreaba por la barbilla y le mojaba el pecho. Talia temblaba, los muslos abiertos, empujando el culo hacia atrás contra esa boca hambrienta.
—Joder, Rafa… más adentro… así, cómemelo todo…
Él gruñó contra su carne y metió la lengua todavía más profundo, moviéndola en círculos dentro del culo caliente y estrecho. Cuando la sacó, el agujero quedó abierto un segundo, contrayéndose, pidiendo más. Rafael escupió de nuevo y metió dos dedos de golpe. Talia gritó, un sonido gutural y roto. Los dedos gruesos la abrieron sin piedad, curvándose, frotando las paredes internas mientras él los sacaba y los volvía a hundir hasta el nudillo. El líquido resbalaba por sus muñecas. Ella se mecía contra la mano, el clítoris latigueándole sin que nadie lo tocara todavía.
—Tan puto apretado… —jadeó él—. Vas a reventarme la polla cuando te la meta.
Sacó los dedos, se los limpió en el muslo de ella y se puso de pie. La polla le latía pesada, venosa, goteando. Alineó la cabeza gruesa contra el agujero baboso y empujó de un solo golpe. El glande abrió el esfínter con un chasquido húmedo y se hundió hasta la mitad. Talia soltó un alarido y clavó las uñas en el cartón. Rafael no esperó: le agarró las caderas con fuerza y se embistió hasta el fondo, los huevos golpeándole el coño, la polla enterrada completa en ese calor asfixiante.
—¡Ah, joder, sí! ¡Émtemela toda!
Él empezó a follarla sin piedad. Cada embestida sacudía las cajas, hacía temblar las latas de pintura apiladas. El sonido obsceno de carne contra carne llenaba el almacén: piel mojada, jadeos, el roce de su pelvis contra las nalgas rebotando. Rafael miraba hipnotizado cómo el culo de Talia se tragaba su polla una y otra vez, cómo el anillo rosado se estiraba alrededor del tronco grueso y salía brillando de saliva y precum. Ella gemía sin parar, la coleta alborotada, el sudor resbalándole por la espalda baja.
—Más fuerte… rómpeme el culo, Rafa… quiero sentirte mañana…
Él aceleró, embistiendo duro, profundo, sacándola casi del todo solo para volver a clavársela hasta que los huesos de la cadera le dolían. Talia sentía cada vena, cada pulso, el ardor delicado que se mezclaba con un placer sucio y total que le subía por la columna. Su coño chorreaba sobre las cajas, el clítoris hinchado y abandonado, pidiendo fricción.
De pronto Rafael se detuvo, todavía dentro, y la giró. La bajó de las cajas con un movimiento torpe y la tumó de lado sobre un saco de cemento abierto, la tela áspera rozándole la piel. Le levantó una pierna, la dobló contra el pecho, y volvió a metersele de un empujón brutal. Ahora la follaba de lado, más profundo todavía, el ángulo cambiando, la polla rozándole puntos que la hacían ver estrellas. Su mano libre bajó entre los muslos de ella, encontró el clítoris hinchado y lo frotó con dos dedos rápidos, circular, sucios, al mismo ritmo de las embestidas.
—Correte con la polla en el culo —ordenó, la voz un gruñido contra su oreja—. Quiero sentir cómo me aprietas cuando te vengas.
Talia ya no formaba palabras. Solo gemidos rotos, súplicas, el nombre de él. Cada frote en el clítoris y cada embestida anal se juntaban en una oleada que le subía desde el centro del cuerpo. Rafael follaba como un animal, sudor cayéndole en la espalda de ella, la mano trabajando el botón hinchado sin piedad mientras la polla la abría una y otra vez. El saco de cemento se hundía bajo ellos. El olor a sexo, a polvo y a caliente llenaba todo.
—Voy… Rafa, me corro… ¡me corro en tu polla!
El orgasmo la partió. El culo se le contrajo en espasmos violentos alrededor de él, apretándolo, ordeñándolo. Talia gritó, la voz alta y desgarrada, el cuerpo entero temblando mientras el placer le sacudía las piernas y le hacía chorrear el coño vacío. Rafael no aguantó. Dos embestidas más, profundas hasta el fondo, y se corrió gritando su nombre. La polla latió fuerte, disparando chorros densos y calientes de leche directamente dentro del culo de Talia, llenándola, desbordándola. Ella lo sentía, espeso, quemándole por dentro, saliéndole a hilos blancos cada vez que él se movía un milímetro.
Siguieron embistiéndose a sacudidas cortas mientras se vaciaba del todo, los dos gritando, el almacén entero escuchando sus orgasmos. Cuando por fin se detuvo, Rafael se quedó enterrado, jadeando contra su cuello, la mano todavía sobre el clítoris de ella, ahora hipersensible. Talia temblaba, el culo lleno y goteando semen caliente por el muslo, el corazón martilleándole las costillas.
Él movió la cadera apenas, sintiendo cómo su leche se salía alrededor de la base de la polla, y le mordió el hombro.
—Todavía está dura… —susurró, la voz ronca de satisfacción y de ganas nuevas—. Y tu culo sigue chupándomela. No hemos terminado, Talia. Ni de lejos.
Rafael permaneció un segundo más hundido hasta la base, la polla todavía palpitándole dentro del culo caliente y resbaladizo de Talia. El semen denso ya se le escapaba a hilos gruesos alrededor del tronco, bajándole por las bolas y manchándole los muslos. Ella jadeaba contra el saco de cemento, el esfínter contrayéndose a espasmos tardíos que le ordeñaban lo último de leche. Él gruñó, le clavó los dedos en la carne de la cadera y empezó a sacar la verga despacio, centímetro a centímetro.
El glande salió con un sonido húmedo y obsceno, como un plop sucio. El agujero de Talia quedó abierto, enrojecido, hinchado, goteando semen blanco que le resbalaba en hilos espeso por el perineo hasta el coño aún abierto y brillante. Rafael miró hipnotizado cómo el anillo rosado se cerraba a medias, intentando recuperarse, y cómo un chorrito más de su corrida le salía al apretar ella. Le dio una palmada seca en una nalga y vio la carne temblar.
—Joder, mírate el culo… —murmuró, la voz ronca—. Lleno de mi leche y todavía se te ve el agujero abierto como una puta.
Talia se giró torpemente sobre el saco, el culo goteándole contra la tela áspera. Se incorporó a medias, le agarró la cara con las dos manos sucias de polvo y lo besó con lengua. La boca de ella sabía a saliva y a gemidos, la lengua le revolvió la suya con hambre, chupándole el labio inferior mientras se reía contra sus dientes. El pelo le caía revuelto sobre la frente sudada.
—Por fin, cabrón —dijo entre risas jadeantes, la voz aún rota de haber gritado—. Por fin hemos hecho realidad mi puta fantasía secreta. Llevo años metiéndome los dedos en el culo imaginando exactamente esto: tu polla abriéndome aquí, en el almacén, follándome el culo hasta llenármelo. Y vaya si lo has hecho. Me has reventado el culo, Rafa. Se me va a quedar abierto y lleno de tu leche toda la puta noche.
Él le mordió la lengua de vuelta, le apretó una teta por encima de la camiseta subida y le metió dos dedos otra vez en el agujero baboso solo para sentir cómo se le escapaba más semen caliente. Talia gimió dentro del beso y se rió más fuerte, empujando el culo contra esa mano.
—Sácame los dedos, gilipollas, que tenemos que limpiarnos antes de que el tío aparezca mañana y huela a follada anal a tres metros.
Se separaron entre risas. Rafael se sacó la camisa y se la pasó por la polla, limpiándose la leche y la saliva que le brillaban en el tronco y en las bolas. Después usó la misma tela para secarle el culo a Talia: le separó las nalgas con una mano y frotó despacio el agujero enrojecido, recogiendo los hilos blancos que le salían cada vez que ella apretaba. El algodón se manchó de semen y de su propio precum. Ella se quedó de rodillas, arqueada, dejándole hacer, sintiendo el frescor del aire del almacén contra la carne sensible.
—Más limpio, joder —se quejó ella, pero la voz era de puta contenta—. Quiero poder sentarme mañana sin que me chorree tu leche por la pierna en medio del mostrador.
Él escupió otra vez sobre el agujero y frotó con el pulgar, empujando un poco de semen de vuelta dentro solo por joder. Talia le dio un manotazo en el pecho y se rió.
—Cerdo. Guárdate eso para la próxima.
Se subieron la ropa a trompicones. Talia se subió las bragas negras —ya empapadas y pegajosas— y los shorts de mezclilla, sintiendo cómo la costura le rozaba el culo todavía sensible y abierto. Cada movimiento le recordaba la polla gruesa que la había partido. Rafael se abrochó los vaqueros con la polla semidura todavía marcando el bulto, la camisa hecha un trapo de semen tirada a un lado. El olor a sexo, a polvo de cemento y a madera nueva llenaba el fondo del almacén.
—Venga, ordenemos esta mierda antes de que se nos olvide —dijo él, dándole un azote en el culo al pasar.
Empezaron a recoger entre risas y complicidad. Talia apilaba las cajas de tornillos que habían volcado con las embestidas; cada vez que se agachaba sentía el esfínter arder un poco y el semen residual mojarle un poco más las bragas. Rafael movía los palets con la carretilla, pero no dejaba de mirarle el culo marcado por la costura de los shorts. Cuando ella se subió a una escalera baja para colocar latas de pintura en la estantería alta, él se acercó por detrás, le levantó la camiseta y le metió la mano por el culo de los shorts, dos dedos rozándole el agujero todavía baboso y tierno.
—Oye, que estamos ordenando —protestó ella, pero empujó el culo contra la mano y se rió bajo.
—Estoy comprobando el inventario de tu culo —contestó él, metiéndole la yema del dedo solo un centímetro, sintiendo el calor y lo resbaladizo—. Sigue abierto y mojado. Mañana vas a caminar raro y vas a acordarte de mí cada vez que te sientes.
Talia se bajó de la escalera, le quitó la mano y le plantó un beso sucio, mordiéndole el labio.
—Y tú te vas a jalar la polla pensando en cómo me la has metido entera y me has llenado. Confiesa.
—Claro que sí. Me la voy a sacar esta noche recordando cómo te apretaba el culo cuando te corriste y cómo me chupaba la leche. Y la próxima vez que cerremos solos… —la giró contra una estantería de metal, le bajó un poco los shorts otra vez solo para ver el agujero rojo y le dio un lametón rápido y sucio entre las nalgas— …te voy a follar el culo otra vez. Más duro. Te voy a tener a cuatro patas sobre los sacos hasta que no puedas cerrarlo.
Ella se rio, se subió la ropa y le dio un empujón.
—Trato hecho, cabronazo. La próxima vez que el tío nos deje el cierre, te lo ofrezco otra vez. Quiero que me abras despacio y después me la metas de un golpe. Quiero gritar tu nombre mientras me rellenas el culo otra vez.
Siguieron ordenando. Talia contaba paquetes de tuercas en voz alta mientras Rafael sellaba cajas con cinta. Entre una y otra se tocaban: él le pellizcaba un pezón a través de la camiseta, ella le metía la mano en el bolsillo delantero y le apretaba la polla semi-dura. Reían como cómplices de un crimen guarro. El zumbido de los fluorescentes cubría los comentarios sucios.
—Mira esto —dijo ella, enseñándole el dedo con un resto de semen que se había sacado del culo al acomodarse los shorts—. Todavía me sale. Eres un animal, Rafa. Me has dejado el culo hecho un desastre.
Él se chupó el dedo sin asco, saboreando su propia leche mezclada con el sabor de ella.
—Y me encanta. Quiero que mañana, cuando estés atendiendo clientes, sientas el culo abierto y recuerdes cómo te lo he follado. Que cada vez que te agaches te arda un poco y se te moje el coño.
Talia le rodeó el cuello con un brazo y le habló al oído mientras juntos empujaban un palet contra la pared.
—La próxima vez te voy a pedir que me la metas sin saliva, solo con tu precum. Quiero sentir cómo me quema al entrar. Y quiero que me corras tan adentro que me llegue hasta el estómago.
—Te voy a follar el culo hasta que me pidas por favor que pare… y no voy a parar —prometió él, metiéndole la mano otra vez por detrás, dos dedos rozándole el anillo sensible solo para oírla jadear.
Terminaron de ordenar. Las cajas quedaron apiladas, el suelo barrido a medias, el olor a sexo todavía colgado en el aire caliente. Talia se miró en el cristal de una puerta metálica: el pelo revuelto, los labios hinchados, una marca de mordisco en el hombro. Rafael tenía la camisa manchada tirada y el pecho sudado. Se miraron y se rieron otra vez, bajos, sucios.
—Quedamos entonces —dijo ella, dándole un último apretón a la polla por encima del pantalón—. La próxima noche que cerremos solos, me agachas sobre el banco y me abres el culo otra vez. Quiero tu polla enterrada y tu leche saliéndome a chorros por las piernas mientras ordenamos.
Rafael le dio un azote final, duro, que le dejó la nalga ardiendo bajo los shorts.
—Y yo quiero verte el culo goteando mi corrida otra vez, Talia. Quiero follarte el agujero hasta que se te olvide cómo se cierra.
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