Cosecha Salvaje: Su Marido Observa Cómo Me Entrega Su Culo
Laura, de 38 años, le entrega su culo virgen a su vecino Miguel de 26 mientras su marido Javier observa y se excita.
La tarde se extinguía sobre la finca «La Esperanza», un vasto terreno de olivos y viñas en las afueras de un pueblo andaluz donde el aire olía a tierra fértil y a romero salvaje. Laura, de treinta y ocho años, dueña absoluta de aquellas tierras que había heredado y cultivado con mano firme, observaba desde la ventana de la cocina cómo el sol teñía de rojo los surcos. Su cuerpo maduro, de pechos pesados y caderas anchas que se balanceaban con cada paso, estaba envuelto en un vestido ligero de algodón que marcaba sus curvas sin pudor. Javier, su marido de cuarenta y dos años, un hombre robusto y callado que siempre había preferido apoyar en silencio las decisiones de su esposa, colocaba los platos sobre la mesa de roble con una sonrisa que apenas disimulaba su nerviosismo excitado.
Miguel llegó puntual, como siempre. El joven vecino de veintiséis años era trabajador agrícola, de hombros anchos y brazos marcados por el esfuerzo diario bajo el sol, la piel bronceada y una mandíbula cuadrada que hacía que Laura sintiera un calor traicionero entre las piernas cada vez que lo veía cargando sacos en el campo colindante. Cenaron entre risas contenidas y vasos de vino tinto espeso. La conversación giró primero sobre la cosecha que se avecinaba, pero Laura, con la complicidad explícita de Javier —quien no dejaba de rozarle la rodilla por debajo de la mesa—, decidió que había llegado el momento.
— Miguel —dijo ella con voz baja y ronca, mirándolo directamente a los ojos mientras sus mejillas se encendían—, llevo meses fantaseando con algo que me despierta empapada por las noches. Javier lo sabe todo. Quiero entregarte mi culo virgen. Quiero que seas tú quien me abra por primera vez ahí atrás, que me folles el ano despacio y luego con fuerza, mientras mi marido se sienta en una silla y observa cada detalle. Quiero que vea cómo me mojas, cómo gimo tu nombre y cómo mi agujero se abre solo para tu polla joven.
Javier respiraba agitado, su mano apretando el muslo de su esposa con posesión y deseo a la vez. En su interior pensaba que nunca había estado tan duro; la imagen de su mujer madura siendo sodomizada por el vecino fuerte lo estaba volviendo loco de lujuria compartida.
— Es exactamente como ella lo cuenta —añadió Javier con voz grave—. Los dos lo hemos hablado durante noches enteras. Verte follarle el culo mientras yo miro… joder, Miguel, nos pone cachondos a los dos. Si tú quieres, esta noche puede ser el comienzo.
Miguel dejó el vaso sobre la mesa. Su polla ya presionaba dolorosamente contra la tela del pantalón. Miró a Laura con hambre descarnada, luego a Javier, y sonrió con esa mezcla de sorpresa y excitación pura.
— Hostia, Laura… Javier… No me esperaba esto, pero me acabáis de poner la polla como una piedra. Llevo meses mirándote el culo cuando te agachas en el campo, imaginando cómo sería enterrarme ahí. Si los dos estáis seguros y lo deseáis de verdad, acepto. Quiero follártelo, quiero que tu marido vea cómo te corro dentro.
El resto de la cena fue puro trámite. Los tres comieron deprisa, cruzando miradas cargadas de promesas sucias. Laura sentía el coño chorreando, el ano contrayéndose de anticipación. En su mente repetía una y otra vez: «Por fin voy a sentirlo. Por fin Javier va a verme convertida en una puta anal para este semental».
Cuando terminaron, pasaron directamente al dormitorio principal. La luz era tenue, solo una lámpara de aceite proyectaba sombras largas sobre la gran cama de matrimonio. Javier acercó una silla de madera al pie del lecho, se sentó y se abrió los pantalones, liberando su polla gruesa y venosa que ya goteaba. Laura se plantó delante de Miguel y lo besó con hambre salvaje. Sus bocas se devoraron, lenguas enredándose, saliva corriendo por las barbillas. Las manos grandes y callosas de Miguel bajaron por la espalda de ella, levantaron el vestido y agarraron sus nalgas desnudas, separándolas con fuerza mientras gemía contra su boca.
— Quítamelo todo —suplicó Laura entre besos.
Miguel obedeció. El vestido cayó al suelo. Los pechos pesados de Laura saltaron libres, pezones oscuros y duros como guijarros. Su coño completamente depilado brillaba ya con hilos de excitación que le bajaban por los muslos. Miguel la empujó sobre la cama y ella se abrió de piernas sin vergüenza.
— Come mi coño y mi culo, Miguel. Quiero que tu lengua me prepare mientras Javier mira cómo me mojo por ti.
El joven se arrodilló entre sus piernas. Primero hundió la cara en el coño empapado, lamiendo con lengua ancha y experta desde el perineo hasta el clítoris hinchado. Chupaba, succionaba, metía la lengua dentro de ella como si quisiera beberse todo su jugo. Laura arqueó la espalda y gritó sin contención.
— ¡Sí, joder, así! ¡Mira, Javier! Mira cómo tu vecino me está comiendo el coño. Estoy chorreando, amor. Me está poniendo perdida.
Miguel bajó más. Su lengua experta rodeó el ano virgen de Laura, lamiendo en círculos lentos y húmedos, presionando la punta contra el esfínter apretado hasta que consiguió introducirse ligeramente. El sabor y el olor íntimo de ella lo volvieron loco. Laura agarraba las sábanas, empujando el culo contra su cara.
— ¡Me está comiendo el culo, Javier! ¡Su lengua está dentro de mi ano virgen! ¡Dios, qué gusto! Me voy a correr solo con esto… Mírame, estoy empapando la cama.
Los gemidos de Laura eran altos, deliberados, pensados para que su marido viera y escuchara cada detalle. Javier se masturbaba despacio, respirando por la boca, los ojos clavados en la escena. Laura, entre jadeo y jadeo, ya no pudo esperar más.
— Miguel… por favor… ya no aguanto. Fóllame el culo. Métemela entera. Lo deseo con toda mi alma. Quiero que me sodomices mientras Javier nos mira. Soy tuya esta noche.
Miguel se levantó. Su polla era gruesa, larga, con una cabeza morada y brillante de precum. Tomó saliva abundantemente y un frasco de aceite de oliva que habían preparado sobre la mesita. Vertió generosamente el líquido dorado sobre el ano de Laura, frotándolo con dos dedos que entraron con facilidad ahora que ella estaba relajada y excitada. Metió un tercer dedo, dilatándola, girándolos dentro de ella mientras Laura gemía como una perra en celo.
La colocó a cuatro patas sobre la cama, justo frente a la silla de Javier. Miguel se arrodilló detrás, apoyó la cabeza de su polla contra el ano reluciente y empujó. Lentamente, muy lentamente, el grueso glande forzó el esfínter y entró. Laura soltó un grito largo y gutural.
— ¡Ahhh… hostia! ¡Es enorme! Me estás abriendo el culo, Miguel… Sigue… métela toda.
Centímetro a centímetro desapareció dentro de ella hasta que sus huevos pesados golpearon contra el coño chorreante. Miguel empezó a moverse, salidas cortas y entradas profundas que fueron acelerando hasta convertirse en embestidas fuertes y rítmicas. El culo de Laura se adaptaba, tragando la polla con obscenidad. Ella gritaba de placer puro.
— ¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame el culo fuerte, cabrón! ¡Más duro!
Cambió la postura. Miguel se tumbó de espaldas y Laura se subió encima en amazona anal inversa, de cara a su marido. Desde esa posición, Javier tenía una vista perfecta y obscena: veía cómo la polla gruesa de Miguel entraba y salía completamente del ano ahora abierto y rosado de su esposa, cómo los labios del esfínter se estiraban alrededor del grosor cada vez que ella bajaba hasta el fondo. Laura cabalgaba con furia, sus tetas rebotando, mientras metía tres dedos en su propio coño y se follaba los dos agujeros al mismo tiempo.
— ¡Mira, Javier! ¡Mira cómo este cabrón me abre el culo! ¿Ves cómo entra y sale? Mi ano virgen está destrozado para él. ¡Es mi semental! ¡Me folla como nadie! ¿Te gusta ver a tu mujer convertida en una puta anal? ¡Dímelo!
El dirty talk sucio y degradante llenaba la habitación junto con el sonido húmedo y carnal de la polla entrando y saliendo del culo lubricado. Javier jadeaba, al borde del orgasmo solo con la visión.
Miguel agarró las caderas de Laura con fuerza y, tras una serie de embestidas brutales, se corrió dentro de ella con un gruñido animal. Chorros calientes y espesos inundaron el interior de su ano. Laura tuvo un orgasmo anal devastador, temblando violentamente, el culo contrayéndose alrededor de la polla que la llenaba.
Cuando Miguel salió lentamente, el ano de Laura quedó abierto, palpitante, rojo, con semen blanco espeso escapando y resbalando hacia su coño. Ella, aún con las piernas temblorosas, se acercó a Javier, lo besó con lengua profunda y pasión salvaje, compartiendo el sabor de la lujuria. Javier, sin decir nada, la giró, separó sus nalgas y hundió la lengua en el culo recién follado, lamiendo y tragando el semen de Miguel con devoción absoluta mientras Laura gemía de nuevo, extasiada.
— Gracias, Miguel… —susurró Laura entre temblores, mirando al joven todavía erecto—. Gracias por esta cosecha salvaje que nos has prometido esta noche.
Javier levantó la cara brillante de fluidos y añadió con voz ronca:
— Quédate. La noche todavía es joven y Laura todavía tiene mucho que entregarte.
El aire del dormitorio seguía cargado de olor a sexo, sudor y aceite. Ninguno de los tres quería que terminara allí. La promesa de más horas, de más posiciones, de más suciedad flotaba entre ellos, espesa como el semen que aún goteaba del ano abierto de Laura.
La noche ardía todavía en el dormitorio de la finca, el olor espeso del semen, el aceite de oliva y los coños mojados flotaba como una niebla caliente. Miguel no se había movido de la cama, su polla joven de veintiséis años ya medio dura otra vez, brillante por los restos de su corrida y los jugos de Laura. Ella, de treinta y ocho años, todavía a cuatro patas, sentía cómo el semen espeso del vecino le chorreaba por el coño depilado y le bajaba por los muslos en hilos lentos y obscenos. Javier, sentado en su silla con la cara reluciente de lo que acababa de lamer, respiraba como un animal, la mano envuelta en su propia polla gruesa sin atreverse a correrse del todo.
— No he terminado contigo, Laura —gruñó Miguel, agarrándola del pelo con esa mano grande y callosa de trabajador del campo—. Ese culo virgen que me acabas de regalar todavía tiene que aprender a tomar más polla. Quiero que tu marido vea cómo te destrozo el ano hasta que solo seas un agujero abierto para mí.
Laura sintió un latigazo de placer puro en el vientre. Su ano palpitaba, abierto, caliente, dolorido de la manera más deliciosa. Nunca había imaginado que entregarse así, a los veintiséis años de ese semental mientras Javier de cuarenta y dos observaba cada detalle, la pondría tan cachonda. Tenía el coño chorreando tanto que la sábana estaba empapada bajo sus rodillas.
— Sí… por favor —suplicó ella con voz rota, empujando el culo hacia atrás como una perra en celo—. Métemela otra vez, Miguel. Quiero que Javier vea cómo me follas el ano como si fuera tu puta personal. Quiero que me uses más fuerte. Quiero que me rompas.
Miguel la giró con brusquedad y la colocó de espaldas sobre la cama, justo al borde, con las piernas abiertas y levantadas hacia el techo. Desde esa postura, Javier tenía una vista perfecta y sucia: el ano enrojecido de su esposa, aún dilatado, con semen blanco escapando en pequeños borbotones. Miguel vertió más aceite de oliva directamente sobre la polla, que ya estaba completamente tiesa otra vez, gruesa, venosa, con esa cabeza morada que había abierto a Laura por primera vez. Frotó el glande contra el esfínter sensible y empujó.
El gemido que salió de la garganta de Laura fue largo, gutural, casi animal. Centímetro a centímetro, la polla joven volvió a entrar en su culo, esta vez con menos resistencia pero con mucha más hambre. Sentía cada vena, cada relieve, estirándola desde dentro. El aceite y el semen anterior facilitaban el paso, pero el grosor seguía siendo brutal.
— ¡Hostia puta, Miguel! ¡Me la estás metiendo toda otra vez! —gritó ella, agarrándose los pechos pesados y pellizcándose los pezones oscuros con fuerza—. Mira, Javier… mira cómo se hunde esa polla de veintiséis años en el culo de tu mujer de treinta y ocho. ¿Ves cómo se abre? ¿Ves cómo me está ensanchando el ano?
Javier se inclinó hacia delante en la silla, masturbándose más rápido, los ojos clavados en el punto exacto donde la polla desaparecía entre las nalgas generosas de Laura.
— Lo veo, mi vida… joder, lo veo todo. Estás tan abierta… pareces una puta anal de verdad. Sigue, Miguel, fóllala más profundo. Quiero oír cómo suena.
Miguel obedeció. Empezó a bombear con embestidas largas y potentes, sacando casi todo el grosor para volver a clavarla hasta los huevos. El sonido era obsceno: un chapoteo húmedo, carnal, mezclado con el golpeteo de sus huevos contra el coño empapado de ella. Laura no paraba de gemir, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados fijos en su marido.
En su interior, Laura sentía que se deshacía. Cada vez que la polla de Miguel le llegaba al fondo del intestino, una ola de placer anal puro le subía por la columna. Nunca había sentido algo así. Su ano virgen ya no existía; ahora era un túnel caliente y obediente diseñado para el placer de ese vecino fuerte. Pensaba en las mañanas en el olivar, cuando lo veía sudando sin camisa y se tocaba en secreto imaginando exactamente esto: su marido mirando cómo otro le follaba el culo.
Miguel le levantó más las piernas, casi doblándola en dos, y aceleró el ritmo. Sus caderas chocaban contra las nalgas de Laura con fuerza brutal. Le dio una palmada sonora en el culo, luego otra, dejando la marca roja de su mano.
— ¿Esto es lo que querías, puta? —le espetó Miguel, sudando, con los músculos del pecho y los brazos marcados por el esfuerzo—. ¿Querías que tu vecino de veintiséis te convirtiera en mi zorra anal mientras tu marido se pajea? Porque tu culo ya me pertenece. Lo siento cómo me aprieta, cómo me chupa la polla.
— ¡Sí! ¡Soy tu puta anal! —chilló Laura, perdida por completo—. ¡Fóllame más fuerte, cabrón! ¡Quiero que Javier vea cómo me haces correr con solo el culo! ¡Mírame, amor! ¡Mira cómo me está destrozando!
El orgasmo la golpeó de repente, profundo, anal, diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes. Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla gruesa, ordeñándola, mientras su coño expulsaba un chorro claro que salpicó el vientre de Miguel y la sábana. Temblaba entera, las tetas rebotando, la boca abierta en un grito silencioso que terminó en sollozos de placer.
Miguel no se detuvo. Siguió follándola durante el orgasmo, alargándolo, haciendo que Laura viera estrellas. Cuando ella todavía temblaba, la sacó de golpe. El ano quedó abierto como una boca roja y palpitante, goteando semen fresco y aceite. Miguel la agarró por las caderas y la puso de rodillas en el suelo, frente a la silla de Javier, a menos de un metro de distancia.
— Ahora vas a cabalgarme al revés otra vez, pero más sucio —ordenó—. Quiero que tu marido vea cada centímetro entrando y saliendo de tu culo abierto.
Laura obedeció al instante. Se colocó encima de Miguel, que se había tumbado en el suelo sobre una manta, y se empaló lentamente en su polla mirando directamente a Javier. Desde esa posición invertida, el espectáculo era brutal: Javier podía ver perfectamente cómo el ano rosado y dilatado de su esposa tragaba la polla entera, cómo los labios del esfínter se estiraban obscenamente alrededor del grosor, cómo bajaba hasta que los huevos le golpeaban el coño chorreante. Laura empezó a subir y bajar con furia, sus tetas pesadas saltando, el sudor corriendo entre sus pechos maduros.
— ¿Te gusta, Javier? —preguntó entre jadeos entrecortados, sin dejar de cabalgar—. ¿Te gusta ver cómo tu mujer de treinta y ocho se convierte en una yegua anal para este macho joven? Mi ano ya no se cierra… míralo… está completamente destrozado para él.
Javier estaba al límite. Su mano volaba sobre su polla.
— Me vuelve loco, Laura. Eres lo más sucio y hermoso que he visto. Sigue, móntalo más fuerte. Quiero verte correrte otra vez con esa polla dentro del culo.
Miguel, desde abajo, agarraba las nalgas de Laura y las separaba con fuerza para que Javier tuviera mejor vista. Empezó a subir las caderas, follando hacia arriba, penetrándola con golpes secos y profundos. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación junto con los gemidos cada vez más altos de Laura. Ella metió dos dedos en su propio coño y se folló ambos agujeros al mismo tiempo, sintiendo cómo la polla de Miguel rozaba los dedos a través de la fina pared.
El placer era casi insoportable. Laura sentía que su ano estaba siendo moldeado para siempre por esa polla. Cada bajada la llenaba por completo, cada subida le provocaba un vacío que solo quería volver a llenar. Miguel le dio otra palmada fuerte en la nalga derecha, luego en la izquierda, marcándola.
— Dilo más alto —exigió él—. Dile a tu marido lo que eres ahora.
— ¡Soy tu puta del culo, Miguel! —gritó Laura sin ninguna vergüenza, mirando a Javier a los ojos—. ¡Tu vecina madura se ha vuelto una adicta a tu polla joven! ¡Me has abierto el ano y ahora solo quiero que me folles aquí cada vez que mi marido mire! ¡Me corro otra vez… joder… me corro!
El segundo orgasmo anal fue aún más violento. Laura se sacudió como poseída, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la verga que la taladraba. Chorros de squirt salían de su coño sin control, mojando el pecho de Miguel. Este gruñó, aguantando su propia corrida con esfuerzo, queriendo prolongar el momento.
Cuando Laura se derrumbó hacia delante, exhausta pero aún empalada, Miguel la levantó con cuidado y la colocó de lado en la cama, de cara a Javier. Se pegó detrás de ella en posición de cuchara y volvió a meterle la polla en el ano sin piedad, follándola con movimientos cortos y profundos que hacían que sus nalgas rebotaran. Javier se había levantado de la silla y se había arrodillado junto a la cama para ver desde muy cerca cómo la polla entraba y salía, cómo el ano de su esposa ya no ofrecía resistencia alguna, cómo estaba completamente entregado.
Laura, entre jadeos, tomó la mano de Javier y la llevó a su clítoris.
— Tócamelo mientras él me folla el culo, amor… quiero que sientas cómo tiemblo por otro hombre.
Javier obedeció, frotando el clítoris hinchado de su esposa mientras la polla de Miguel seguía entrando y saliendo del ano a pocos centímetros de sus dedos. El roce era constante, sucio, perfecto. Laura sentía que su cuerpo ya no le pertenecía; era un instrumento de placer para los dos. Pensaba que nunca había estado tan excitada, que quería más, mucho más. Quería que la follasen los dos a la vez, que Javier sintiera la polla de Miguel a través de su pared mientras la llenaban completamente.
Miguel aceleró, respirando como un toro en su nuca.
— Todavía no he acabado contigo esta noche, Laura. Tu culo va a recibir mucho más. Quiero que tu marido vea cómo te dejo el ano tan abierto que tardes días en cerrarlo.
Laura giró la cara y lo besó con lengua profunda, luego miró a Javier con ojos vidriosos de lujuria.
— ¿Lo oyes, cariño? Quiere seguir rompiéndome… y yo quiero que lo haga. Quiero que los dos me uséis hasta que no pueda caminar mañana. Mi cosecha salvaje apenas acaba de empezar.
El aire estaba tan cargado de sexo que costaba respirar. Los tres cuerpos sudorosos, el ano de Laura aún tragando polla, los gemidos y el chapoteo constante. Ninguno quería parar. La promesa de más suciedad, de posiciones más extremas, de que Javier finalmente se uniera a la penetración flotaba entre ellos como una amenaza deliciosa. Miguel siguió follándola sin piedad, más lento ahora pero más profundo, alargando el placer, preparando el terreno para lo que todos sabían que vendría después.
La polla de Miguel entraba y salía con esa lentitud deliberada y cruel que hacía que cada centímetro se sintiera eterno dentro del ano dilatado de Laura. Ella, tumbada de lado, respiraba entrecortada, con la mejilla pegada a la sábana húmeda de sudor y jugos. Sus treinta y ocho años de cuerpo maduro temblaban con cada penetración profunda; las nalgas generosas rebotaban suavemente contra el vientre duro del joven de veintiséis. Javier seguía arrodillado al borde de la cama, con la cara a menos de veinte centímetros del punto exacto donde la verga gruesa y venosa desaparecía entre las carnes abiertas de su esposa. Podía oler el aceite de oliva mezclado con semen, el aroma terroso y animal que emanaba de ese culo que ya no era virgen.
— Más adentro, Miguel… —suplicó Laura con voz rota, empujando las caderas hacia atrás para tragárselo entero—. Quiero que me sientas hasta el fondo. Javier, míralo bien… mira cómo mi ano se ha convertido en un coño para él. Se abre solo para esta polla joven.
Miguel gruñó contra su nuca, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras aceleraba apenas el ritmo. Sus huevos pesados golpeaban el coño empapado de ella, salpicando hilos transparentes que corrían por los muslos de Laura. El joven agricultor sentía cómo las paredes internas del recto de la mujer lo apretaban con codicia, como si aquel agujero maduro hubiera esperado toda su vida para ser conquistado por alguien más fuerte, más joven, más salvaje.
Javier no aguantaba más la distancia. Su polla de cuarenta y dos años, gruesa y oscura, palpitaba en su puño cerrado. Ver a su mujer convertida en aquella yegua anal lo estaba volviendo loco de una lujuria que nunca había imaginado. Se subió a la cama, se colocó frente a Laura y le levantó la pierna superior, abriéndola completamente. El ano de ella, rojo e hinchado, tragaba la polla de Miguel sin piedad, dejando ver el interior rosado cada vez que el joven salía casi por completo.
— Quiero los dos —jadeó Laura, mirándolo a los ojos con pupilas dilatadas de pura necesidad—. Javier, métemela en el coño ahora. Quiero que me folléis los dos agujeros a la vez. Quiero sentir cómo vuestras pollas se rozan dentro de mí. Por favor… por favor, convertidme en vuestra puta doble.
Miguel detuvo sus movimientos por un segundo, manteniendo la polla enterrada hasta el fondo en el culo de Laura. Sonrió con esa mandíbula cuadrada brillante de sudor y miró a Javier.
— Ya la has oído, compadre. Vamos a llenar a tu mujer como se merece. Su cosecha salvaje va a ser completa esta noche.
Javier no necesitó más. Se acomodó entre las piernas abiertas de Laura, frotó la cabeza gruesa de su polla contra los labios hinchados y chorreantes del coño de ella, y empujó. El primer centímetro entró fácilmente; estaba tan mojada que parecía un manantial. Pero cuando llegó a la mitad, ambos hombres pudieron sentirlo: la fina pared que separaba el coño del ano se tensó brutalmente. Laura soltó un grito largo, gutural, casi desgarrado.
— ¡Hostia…! ¡Me estáis abriendo entera! ¡Las dos pollas… joder, las dos a la vez! —aulló ella, clavando las uñas en el antebrazo de Javier.
El marido de cuarenta y dos años siguió avanzando, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos chocaron contra los de Miguel. Los tres cuerpos quedaron completamente encajados. Laura sentía una presión indescriptible, una plenitud que rayaba el límite entre el dolor más delicioso y un placer anal y vaginal que le nublaba la razón. En su cabeza solo había una idea que se repetía como un mantra: «Estoy completamente llena. Mi marido y el semental del vecino me están partiendo por la mitad y yo solo quiero más».
Miguel fue el primero en moverse. Sacó casi toda su longitud del ano y volvió a clavarla con fuerza. El movimiento hizo que la polla de Javier se deslizara también dentro del coño, rozándose a través de esa pared delgada y caliente. El roce era obsceno, eléctrico. Laura empezó a temblar sin control.
— ¡Así! ¡Folladme los dos! ¡Miguel, rómpeme el culo mientras Javier me llena el coño! ¡Soy vuestra puta de la finca, vuestra zorra anal y vaginal! —gritaba ella sin ninguna vergüenza, con la voz cada vez más ronca.
Javier, pegado cara a cara con su esposa, la besaba con lengua profunda mientras empujaba al mismo ritmo que Miguel. Sentía perfectamente la verga del joven vecino a través de la membrana; cada embestida de Miguel hacía que su propia polla fuera masajeada desde el otro lado. Aquella sensación lo estaba volviendo loco. Pensaba que nunca había visto a Laura tan entregada, tan perdida en el placer más sucio. Sus pechos pesados se aplastaban contra el torso de él, los pezones duros como piedras raspando su piel sudorosa.
Miguel agarró un puñado del pelo negro de Laura y tiró hacia atrás, arqueándole el cuello mientras aceleraba las penetraciones anales. El sonido era brutal: carne mojada chocando, chapoteos obscenos, gemidos y palabras sucias que llenaban el dormitorio de la finca.
— ¿Lo sientes, puta de treinta y ocho? —le gruñó Miguel al oído—. Tu ano ya no es tuyo. Lo he marcado para siempre. Y ahora tu marido está sintiendo cómo te destrozo por dentro. Dile lo que eres.
Laura, con los ojos en blanco y la boca abierta, apenas podía articular.
— Soy… soy vuestra puta doble… Javier, amor… ¿sientes su polla joven rozando la tuya dentro de mí? Me estáis dilatando los dos agujeros… me voy a correr… me voy a correr tan fuerte…
El orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Javier, expulsando un chorro caliente de squirt que salpicó el vientre de ambos hombres y la sábana. Al mismo tiempo, su ano apretó con fuerza brutal la verga de Miguel, ordeñándola como si quisiera sacarle hasta la última gota. Laura se sacudió entre los dos cuerpos masculinos, gritando sin control, las tetas rebotando, las piernas temblando sin fuerza.
Pero ninguno de los dos hombres se detuvo. Siguieron follándola a través del orgasmo, prolongándolo, haciendo que las contracciones se volvieran casi dolorosas de tanto placer. Miguel le dio una palmada fuerte en la nalga izquierda, luego en la derecha, dejando marcas rojas que contrastaban con la piel blanca de Laura.
— Todavía no, zorra. No hemos terminado de usar este culo —dijo Miguel con voz ronca.
Cambió de postura sin sacar la polla del ano de Laura. La levantó con esos brazos fuertes de trabajador del campo y la colocó a cuatro patas sobre la cama, siempre empalada en su verga. Javier se arrodilló delante de ella y le metió la polla directamente en la boca, follándole la garganta con embestidas cortas mientras Miguel volvía a taladrarle el culo con fuerza renovada.
Laura babeaba, con lágrimas de placer corriendo por sus mejillas. Sentía la polla de Miguel golpeando en su interior con un ritmo salvaje, abriéndola más a cada embestida. Su ano ya estaba tan dilatado que cada salida dejaba ver el interior rojo y brillante de aceite y semen. Javier le agarraba la cabeza con ambas manos, follándole la boca con la misma intensidad.
— Trágatela entera, mi vida —le decía Javier con voz quebrada de excitación—. Mira cómo te usa el vecino. Mira cómo te tiene el culo destrozado mientras yo te follo la garganta. Eres lo más sucio y hermoso que he visto nunca.
Laura sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Era un recipiente de placer para aquellos dos machos: el marido robusto de cuarenta y dos años y el joven semental de veintiséis que había soñado con follarla durante meses en los olivares. Cada vez que Miguel le clavaba hasta los huevos en el ano, ella sentía cómo le llegaba al fondo del vientre. El placer anal era tan intenso que otro orgasmo empezó a formarse, más profundo, más peligroso.
Miguel la sacó de repente del culo. El ano de Laura quedó abierto como una boca obscena, palpitando, goteando una mezcla espesa de semen anterior, aceite y sus propios fluidos. El joven de veintiséis años la giró y la puso de espaldas sobre la cama, con la cabeza colgando del borde, justo donde Javier seguía masturbándose.
— Abre la boca —ordenó Miguel.
Laura obedeció. Miguel metió su polla, que acababa de salir del culo de ella, directamente hasta el fondo de su garganta. Laura saboreó su propio ano en la verga del vecino y gimió como una posesa. Javier, mientras tanto, se colocó entre sus piernas abiertas y le metió la polla en el coño de un solo golpe, follándola con furia mientras observaba cómo su mujer tragaba la polla que le había estado destrozando el culo.
— Así, Laura… trágatela toda —gruñía Javier, acelerando sus embestidas—. Quiero que pruebes tu propio culo mientras yo te follo el coño. Mañana no vas a poder sentarte sin recordar cómo te hemos usado.
Los tres cuerpos sudados se movían en un ritmo perfecto y depravado. Laura sentía que su mente se disolvía en puro placer animal. Pensaba en las vides de la finca, en cómo ella misma se estaba convirtiendo en la cosecha más salvaje: abierta, sembrada, recolectada por dos pollas que no le daban tregua. Su ano seguía palpitando, vacío ahora pero ansioso por volver a ser llenado.
Miguel sacó la polla de su boca y la levantó de nuevo. La colocaron en el centro de la cama, de rodillas, entre los dos hombres. Javier se tumbó debajo de ella y la empaló en su polla por el coño, mientras Miguel volvía a posicionarse detrás y, sin pedir permiso, le metió de nuevo toda la longitud en el ano ya completamente abierto.
La doble penetración regresó con más fuerza. Laura cabalgaba sobre Javier mientras Miguel la sodomizaba desde atrás con embestidas brutales. Sus gemidos se habían convertido en sollozos continuos de placer. Sentía las dos pollas rozándose dentro de ella, separadas solo por esa fina pared que parecía a punto de romperse.
— ¡Más fuerte! ¡Los dos a la vez, por favor! —suplicaba entre grito y grito—. Quiero que me llenéis hasta que no pueda más… quiero que me uséis como la puta anal que soy… Javier, dime que te gusta verme así… dime que te pone ver cómo Miguel me destroza el culo mientras tú me follas el coño…
— Me vuelve loco —respondió Javier jadeando, pellizcándole los pezones oscuros con fuerza—. Eres mi mujer… y eres su zorra. Y yo quiero que sigas siendo ambas cosas toda la noche.
Miguel le agarró las caderas con más fuerza, clavándole los dedos en la carne blanda. Sus embestidas anales se volvieron más cortas, más profundas, más violentas. El dormitorio olía a sexo crudo, a sudor de hombre y a coño maduro. El sonido de las nalgas de Laura chocando contra el vientre de Miguel era constante, obsceno, hipnótico.
Laura sintió que el tercer orgasmo se acercaba como una ola gigantesca. Su ano y su coño se contraían al unísono alrededor de las dos pollas que la taladraban sin piedad. Sabía que cuando llegara se iba a romper en mil pedazos, pero también sabía que después de eso todavía habría más. Mucho más. La noche era larga en «La Esperanza» y su cuerpo maduro todavía tenía mucho que entregar, mucho que ser cosechado.
Miguel se inclinó sobre su espalda, mordiéndole el hombro mientras aceleraba el ritmo anal. Javier, desde abajo, subía las caderas con fuerza, clavándola contra la polla del vecino. Los tres estaban al borde, sudando, gruñendo, pero ninguno quería que terminara todavía. La tensión sexual era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Laura, empalada entre sus dos machos, solo podía gemir una cosa:
— No paréis… seguid follándome… quiero más… quiero que me rompáis del todo esta noche…
Y los dos hombres, con las pollas hinchadas y los huevos cargados, obedecieron, llevando la escalada de placer a un punto donde solo quedaba rendirse completamente a la cosecha más salvaje y sucia que la finca hubiera visto jamás. El final de aquella sesión todavía quedaba lejos, flotando en el aire cargado de promesas oscuras y gemidos que no cesaban.
La polla de Miguel seguía taladrando el ano dilatado de Laura con ese ritmo brutal y profundo, mientras Javier la empalaba desde abajo en el coño chorreante. Los tres cuerpos sudorosos formaban una masa de carne caliente en el centro de la gran cama de matrimonio. Laura, de treinta y ocho años, sentía cada centímetro de las dos vergas rozándose a través de la fina pared que separaba sus dos agujeros. El placer era tan intenso que le nublaba la vista; su ano, ya completamente abierto y moldeado por el joven vecino, palpitaba alrededor de la gruesa polla de Miguel como si quisiera ordeñarlo hasta la última gota.
— ¡No paréis, joder! —gritó ella con la voz rota, las uñas clavadas en el pecho de Javier—. ¡Seguid follándome los dos! Quiero que me rompáis del todo esta noche… ¡Miguel, más fuerte en el culo! ¡Quiero sentir cómo me ensanchas el ano mientras Javier me llena el coño!
Miguel, el trabajador agrícola de veintiséis años, gruñó contra su espalda y le mordió el hombro con fuerza controlada. Sus caderas chocaban contra las nalgas generosas de Laura con golpes secos y húmedos, sacando casi toda su longitud para volver a clavarla hasta los huevos. El aceite de oliva y los restos de semen anterior facilitaban el paso, pero el grosor seguía siendo devastador. Sentía las paredes internas del recto de ella contrayéndose con codicia, succionándolo. En su mente, el joven solo pensaba en cómo aquella mujer madura, dueña de la finca, se había convertido en su puta anal personal delante de su propio marido.
Javier, de cuarenta y dos años, empujaba desde abajo con la mandíbula apretada, sintiendo perfectamente la verga del vecino rozar la suya. Aquel roce constante lo estaba volviendo loco de placer. Ver la cara de su esposa perdida en el éxtasis, con los ojos en blanco y la boca abierta en gemidos constantes, era mejor que cualquier fantasía que hubieran compartido durante aquellas noches de confidencias.
— Eres nuestra zorra, Laura —jadeó Javier, pellizcándole los pezones oscuros y duros con los dedos—. Mírate… empalada por las dos pollas. Tu ano virgen ya no existe. Miguel te lo ha destrozado y yo estoy sintiendo cada golpe dentro de ti.
El orgasmo golpeó a Laura como un vendaval. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Javier, expulsando un chorro caliente de squirt que empapó el vientre de él y las sábanas. Al mismo tiempo, su ano apretó la verga de Miguel con espasmos tan fuertes que el joven soltó un rugido. Laura se sacudió entre ellos, las tetas pesadas rebotando, las piernas temblando sin control. El placer anal era profundo, casi doloroso de tan intenso, y ella se corrió con la boca abierta en un grito largo y gutural que resonó en el dormitorio.
— ¡Me corro…! ¡Me corro con las dos pollas dentro! ¡Joder, me estáis rompiendo…!
Ninguno de los dos hombres detuvo sus embestidas. Siguieron follándola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Laura pensó que se desmayaría. Miguel le dio varias palmadas fuertes en las nalgas, dejando marcas rojas que contrastaban con su piel sudorosa. El sonido de carne contra carne era obsceno, húmedo, constante. El olor a sexo llenaba la habitación: sudor, aceite de oliva, semen y el aroma terroso del ano bien follado de Laura.
Miguel salió de repente del culo de ella. El ano quedó abierto como una boca obscena, roja, hinchada, palpitando visiblemente y goteando una mezcla espesa de semen, aceite y fluidos. Laura gimió ante el vacío repentino, pero no tuvo tiempo de protestar. Los dos hombres la movieron con facilidad, como si su cuerpo maduro de treinta y ocho años fuera una muñeca de placer. La colocaron a cuatro patas en el borde de la cama, con la cara mirando directamente a Javier, que se arrodilló frente a ella.
— Ahora te vamos a follar los dos agujeros otra vez, pero más salvaje —dijo Miguel con esa voz ronca de trabajador del campo, agarrándola del pelo negro con su mano grande y callosa.
Javier le metió la polla gruesa en la boca sin piedad, follándole la garganta con embestidas cortas y profundas. Laura babeaba abundantemente, las lágrimas de placer corriendo por sus mejillas mientras tragaba hasta la base. Al mismo tiempo, Miguel volvió a posicionarse detrás y le clavó toda su longitud en el ano de un solo golpe brutal. El estiramiento fue inmediato y delicioso. Laura sintió que su esfínter ya no ofrecía ninguna resistencia; estaba completamente entregado, abierto para él.
— ¡Trágala entera mientras te destrozo el culo, puta! —gruñó Miguel, embistiendo con fuerza renovada. Sus huevos golpeaban el coño vacío de ella, salpicando los jugos que aún chorreaban.
Laura no podía hablar con la boca llena de la polla de su marido, pero sus gemidos ahogados eran suficientes. En su interior pensaba que nunca había sido tan felizmente usada. Aquel joven de veintiséis años la estaba convirtiendo en una adicta al placer anal, y tener a Javier participando, sintiendo su excitación, lo hacía aún más sucio y perfecto. Cada embestida de Miguel le llegaba hasta el fondo del intestino, provocándole oleadas de placer que subían por su columna vertebral.
Cambió la postura una vez más. Miguel se tumbó en la cama y Laura se subió encima en amazona anal inversa, de cara a Javier, que se colocó de rodillas entre las piernas abiertas de ambos. Desde esa posición, Javier tenía la vista más obscena posible: la polla gruesa y venosa de Miguel desapareciendo completamente en el ano ahora rosado y dilatado de su esposa, los labios del esfínter estirados al máximo alrededor del grosor, el interior brillando con fluidos cada vez que ella subía.
— Míralo bien, amor —jadeó Laura entre gemidos, cabalgando con furia sobre la verga del vecino—. ¿Ves cómo me abre el culo? Mi ano de treinta y ocho años ya es solo un agujero para su polla de veintiséis. ¡Fóllame el coño ahora, Javier! ¡Quiero las dos otra vez!
Javier obedeció. Se inclinó hacia delante y metió su polla en el coño empapado de ella. La doble penetración regresó con más intensidad. Laura cabalgaba entre los dos, sintiendo cómo las vergas se rozaban dentro de su cuerpo, separadas solo por esa delgada membrana que parecía a punto de romperse de placer. Sus tetas pesadas saltaban con cada movimiento, el sudor corría entre sus pechos maduros y bajaba por su vientre.
— ¡Soy vuestra puta! —gritaba ella sin vergüenza, perdida por completo—. ¡La dueña de la finca convertida en zorra anal para su vecino joven! ¡Folladme más fuerte! ¡Quiero que me llenéis los dos agujeros hasta que no pueda caminar mañana!
Los gemidos llenaban la habitación junto con el chapoteo carnal de las penetraciones. Miguel agarraba las nalgas de Laura y las separaba con fuerza para que Javier pudiera ver cada detalle: cómo el ano tragaba y escupía la polla, cómo se contraía alrededor de ella. Javier frotaba el clítoris hinchado de su esposa mientras la follaba, acelerando el ritmo.
El segundo orgasmo anal de Laura fue aún más devastador. Su cuerpo entero se tensó, el ano apretando la polla de Miguel con contracciones violentas, el coño succionando la de Javier. Squirt salió a chorros de ella, mojando el vientre de su marido y las sábanas. Gritó tan fuerte que su voz se quebró, temblando entre los dos hombres como si estuviera poseída.
Miguel fue el primero en correrse. Con un gruñido animal, clavó su polla hasta el fondo en el ano de Laura y descargó chorros calientes y espesos directamente en sus intestinos. Laura sintió cada pulsación, cada jet caliente llenándola. Eso desencadenó el orgasmo de Javier, que sacó su polla del coño y se corrió sobre las tetas pesadas de ella, pintando sus pezones oscuros con semen blanco y abundante.
Los tres se derrumbaron sobre la cama, sudorosos, jadeantes, cubiertos de fluidos. El ano de Laura seguía abierto, goteando semen espeso que resbalaba hacia su coño y manchaba los muslos. Ella respiraba con dificultad, el cuerpo temblando aún por los restos del placer. Miguel y Javier la rodearon, acariciándola con manos suaves ahora, besando su cuello, sus hombros, sus labios.
Durante varios minutos solo se escucharon las respiraciones agitadas y algún gemido residual. Laura pasó una mano por su ano sensible, sintiendo lo abierto que estaba, y sonrió con satisfacción perversa.
— Ha sido… la mejor cosecha de mi vida —susurró con voz ronca, mirando alternativamente a su marido y al joven vecino—. Nunca imaginé que entregarte mi culo virgen mientras Javier miraba y participaba me haría sentir así. Me habéis roto de placer.
Javier besó su frente sudorosa, todavía con la polla semierecta contra el muslo de ella.
— Eres increíble, mi vida. Verte convertida en nuestra puta doble… joder, quiero repetirlo pronto.
Miguel, con esa sonrisa confiada de sus veintiséis años, le acarició una nalga y metió un dedo suavemente en el ano aún dilatado, haciendo que Laura gimiera bajito.
— Cuando queráis. Este culo ahora me conoce. Puedo venir cualquier noche después del trabajo en el olivar.
Laura cerró los ojos, sintiendo el dedo de Miguel explorando su interior sensible, y en su mente ya empezó a trazar el plan. La cosecha de la uva empezaría en dos semanas. Imaginó cómo esperaría a Miguel en el viejo granero al atardecer, vestida solo con una camisa abierta y sin ropa interior. Haría que Javier se escondiera entre las barricas, observando desde las sombras mientras ella se arrodillaba primero para chuparle la polla al vecino, preparándolo. Luego le ofrecería el culo otra vez, pero esta vez sobre una manta extendida en el suelo de tierra, con el olor a mosto y uvas maduras alrededor. Quería que Javier se uniera desde el principio, follándola la boca mientras Miguel la sodomizaba con más fuerza que hoy. Después, quizá lo ataría ligeramente a una silla para que solo pudiera mirar cómo ella cabalgaba el ano sobre la verga joven durante horas, corriéndose una y otra vez hasta que Miguel la llenara tantas veces que el semen le bajara por las piernas mientras volvían a la casa.
Sonrió para sí misma, sintiendo cómo su coño se mojaba de nuevo solo con la idea. La noche había sido salvaje, pero la siguiente sería aún más extrema. Ya estaba planeando los detalles: el aceite de oliva perfumado con romero de la finca, las cuerdas suaves del almacén, las palabras sucias que le gritaría a Miguel delante de su marido. «La Esperanza» iba a convertirse en su particular campo de placer. La próxima cosecha sería doble: de uvas y de placer anal sin límites.
Miguel sacó el dedo lentamente y lo llevó a los labios de Laura, que lo chupó con devoción, saboreando el gusto de su propio ano mezclado con semen. Javier la abrazó por detrás, besándole la nuca.
— Descansemos un poco —dijo él—. Pero solo un poco. Todavía quiero verte chuparle la polla a Miguel mientras yo te como el culo.
Laura rio bajito, exhausta pero ya excitada de nuevo. Su plan para las próximas semanas tomaba forma en su cabeza con cada latido de su ano aún palpitante. Aquella sería solo la primera de muchas noches salvajes. La finca tenía muchos rincones ocultos, y ella pensaba usarlos todos.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories