Vinilo, Sudor y un Polvo Inevitable
Petra y Félix se quedan atrapados en la fotocopiadora, se putean de lo lindo y terminan follando como animales entre risas y sudor.
El corte de luz llegó como un chiste malo: un clic seco, las fluorescentes parpadeando una última vez y la sala de fotocopias sumida en una penumbra cálida y asfixxiante. Petra se quedó con el dedo a medio apretar el botón de copias, la camisa de seda pegada a la espalda y el móvil iluminándole la cara con el enésimo mensaje absurdo del día.
—Joder, no me jodas ahora —murmuró, dándole un manotazo inútil a la máquina.
Del otro lado de la fotocopiadora, Félix soltó una risa nasal y levantó las manos como si la oscuridad fuera un arma.
—Tranquila, no he sido yo. Aunque si quieres culparme para desahogarte, adelante. Estoy acostumbrado.
Petra alzó la vista. Lo conocía de vista: el ilustrador desastre del tercer piso, el que olía siempre a café quemado y a fundas de vinilo. Treinta años, camiseta de una banda que nadie escuchaba desde 2007, pantalones que parecían haber sobrevivido a tres mudanzas y una pelea con un gato. Lo que no sabía —hasta ese mismo segundo, cuando la luz de emergencia roja se encendió y le iluminó la cara— era que él era el hijo de puta que le había mandado el meme más ridículo de su vida a las 11:47 de la mañana. Un gif de un gato follándose un tostador con la leyenda “yo cuando veo tu bio”.
—Tú —dijo ella, señalándolo con el móvil como si fuera un cuchillo—. Tú eres VinylCat_89. El del tostador.
Félix abrió la boca, la cerró, y luego se le escapó una carcajada que le tembló en el pecho.
—Y tú eres la de “si no sabes la diferencia entre un PEZ y un PRADA no me escribas”. Joder, Petra. Llevo tres días intentando no mandarte una captura de pantalla de tu propio perfil para reírme en tu cara.
El calor del cuarto cerrado ya les subía por el cuello. Sin aire acondicionado, la sala se convertía en un horno húmedo. Petra notó cómo el sudor le resbalaba entre las tetas y se le pegaba la blusa a los pezones. Félix se pasó la mano por la frente y se le quedó el pelo revuelto, ridículo y jodidamente atractivo.
—Mis mensajes eran sarcásticos a propósito —replicó ella, acercándose a la puerta y tirando del pomo con fuerza. No cedió ni un milímetro—. Los tuyos parecían escritos por un mono con una mano menos y demasiada cocaína.
—Al menos yo no pongo “busco a alguien que sepa cocinar y también follar como si le fuera la vida”. Eso suena a anuncio de Tinder escrito por un bot con síndrome de Tourette y ganas de polla.
Petra soltó una risa que le salió más ronca de lo previsto. El pomo seguía atascado. Golpeó la puerta con el hombro. Nada. El sudor les brillaba en la piel y el olor a ozono de la fotocopiadora se mezclaba con el perfume barato de ella y el rastro a vinilo viejo de él.
—Tu gusto musical es una tragedia, Félix. Vi tu historia de Instagram. Coleccionas rarezas de synth-pop alemán de los ochenta. Eso no es coleccionismo, es una enfermedad mental con carátula.
Él se acercó para ayudar con la puerta. Sus hombros se rozaron. El contacto eléctrico les hizo callar un segundo.
—Y tus fotos de perfil parecen sacadas de un catálogo de “ejecutiva que llora en el baño”. Esa del vestido rojo mirando por la ventana… ¿pensabas en demandar a alguien o en que te la metieran contra el cristal?
Petra se giró. Estaban demasiado cerca. El aliento de él le rozó la boca. Ella sonrió con todos los dientes, sucia, divertida, caliente.
—¿Qué harías si esto fuera una mala porno de oficina? —preguntó de pronto, la voz baja y burlona—. Porque el guion ya lo tenemos: corte de luz, puerta atascada, dos desconocidos sudando como cerdos…
Félix arqueó una ceja. Su mano, aún en el pomo, bajó y rozó la cadera de ella sin disimulo.
—Pues yo, en una mala porno, diría algo como “vaya, parece que la única forma de salir es follando hasta que salte el fusible otra vez”. Y luego te empujaría contra la fotocopiadora y te levantaría la falda sin pedir permiso… pero pidiendo permiso con la mirada, porque incluso en las pornos malas hay que tener estilo.
Petra soltó una carcajada que se le quebró en un gemido cuando él la acercó más. Sus caderas se tocaron. Ella notó la erección dura de Félix contra su vientre y se le humedeció la braga de un tirón.
—Y yo te diría —susurró ella, subiendo una pierna entre las suyas— que llevo todo el día empapada por tus memes de mierda y que si no me follas ya mismo voy a demandar a la empresa por daños eróticos, estrés laboral y falta de polla de calidad en la sala de copias.
Las risas se les quedaron atragantadas. Félix la besó torpe, con dientes y lengua y una risa que le vibró en la boca. Petra le mordió el labio inferior y le bajó la cremallera de un tirón. Se arrodilló sobre el suelo sucio de baldosas, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes de malicia.
—Mira qué polla más de porno barato —dijo, sacándosela. Estaba gruesa, venosa, ya goteando—. Seguramente la usas para señalar las pistas de tus vinilos.
Se la metió en la boca de un bocado, profunda, sucia, haciendo un ruido obsceno de babas. Félix se rió y le enredó los dedos en el pelo.
—Joder, Petra… así, como las actrices que fingen que les encanta el sabor a látex—
Ella se apartó solo para gemir en plan porno malo, agudo y ridículo:
—¡Ohh sí, papi, me encanta tu disco de vinilo caliente en la garganta!
Ambos se partieron de risa. Luego ella volvió a chupársela con ganas de verdad, lengua plana, mano apretando los huevos, saliva resbalándole por la barbilla hasta el escote. Félix jadearía y le tiraría del pelo con cariño brutal.
Cuando ya no aguantó más, la levantó, la sentó de culo sobre la tapa caliente de la fotocopiadora y le arrancó las bragas con un tirón que las dejó colgando de un tobillo. Se arrodilló entre sus muslos abiertos y le lamió el coño de un trazo largo, de abajo arriba, chupándole el clítoris hinchado con precisión cruel.
—Hueles a “me corre por las piernas desde las tres de la tarde” —murmuró contra su carne—. Me encanta.
Petra se arqueó, se agarró a los bordes de la máquina y empezó a soltar insultos cariñosos entre gemidos:
—Hijo de puta… así, más lengua, no pares o te denuncio por dejarme a medias, cabrón precioso…
Él la comió como si quisiera ganarse un premio. Dos dedos dentro, curvados, buscando ese punto que la hacía temblar. La fotocopiadora pitó débilmente cuando ella se corrió, gritando un “jódeme ya, imbécil” que resonó en las paredes sudorosas.
Félix se puso de pie, se lamió los labios brillantes de ella y la bajó. La giró de cara a la pared, le levantó la falda hasta la cintura y le metió la polla de un embiste profundo que les sacó un gemido compartido. Petra empujó el culo hacia atrás, riendo y maldiciendo.
—Más duro, coleccionista de mierda… quiero que me notes mañana en cada puta reunión.
Él la folló de pie, agarrándole las tetas por debajo de la blusa, pellizcándole los pezones, sudor resbalando entre sus cuerpos. Luego la dobló sobre la fotocopiadora, pechos aplastados contra el cristal caliente, y la penetró más hondo, más rápido, el sonido obsceno de piel contra piel llenando el cuarto. Cada embestida hacía que la máquina temblara. Petra gemía risas y tacos. Félix le daba palmadas en el culo y le decía al oído lo mucho que le gustaba su coño apretado y su boca insolente.
Estaban perdidos en eso —él embistiéndola sin piedad, ella empujando hacia atrás pidiendo más, ambos riendo entre jadeos— cuando la luz de emergencia parpadeó otra vez y se oyó un ruido metálico en la puerta, como si alguien intentara algo desde fuera. La polla de Félix latía dentro de ella, su coño chorreaba por los muslos, y ninguno de los dos tenía la menor intención de parar… todavía.
La luz de emergencia parpadeó otra vez y el ruido metálico en la puerta se hizo más insistente: un golpe sordo, luego el roce de una llave que no encajaba. Félix no se detuvo. Al contrario, le agarró las caderas con más fuerza y le clavó la polla hasta el fondo, tan hondo que Petra soltó un jadeo ahogado contra el cristal caliente de la fotocopiadora.
—Que se joda quien sea —susurró él al oído, la voz ronca de risa y ganas—. Si entran, que vean cómo se folla de verdad en esta empresa de mierda.
Petra empujó el culo hacia atrás, recibiendo cada embestida con un chapoteo obsceno. El sudor les resbalaba por todas partes: gotas que le caían a ella desde la nuca hasta el escote abierto, sudor de él que le salpicaba la espalda cuando se pegaba más. La blusa de seda ya era un trapo empapado pegado a las tetas; Félix se la subió del todo, le pellizcó los pezones duros y le dio una palmada en el culo que resonó como un disparo en el cuarto cerrado.
—Más fuerte, cabrón del vinilo —jadeó ella, girando la cara para mirarlo por encima del hombro—. Quiero que me dejes el coño hecho una mierda. Y si entran, les digo que es terapia de pareja improvisada.
Él se partió de risa, pero no aflojó. Sacó la polla casi entera y se la volvió a meter de un solo embiste brutal, estirándola, llenándola. El calor de la máquina les quemaba la piel; el olor a ozono, a coño mojado y a sexo barato llenaba el aire viciado. Petra sentía cómo le chorreaba el jugo por los muslos, cómo se le mezclaba con el sudor y le bajaba hasta las rodillas. Cada embestida hacía temblar la fotocopiadora, que emitía pitidos débiles y absurdos, como si protestara por el uso indebido.
Desde fuera alguien gritó algo ininteligible. La puerta crujió. Félix le cubrió la boca con una mano, pero ella le mordió los dedos y se rió contra la palma.
—No te calles, gilipollas —murmuró él, quitándole la mano y metiéndole dos dedos en la boca para que los chupara—. Quiero oírte. Gime como la puta de oficina que eres en esta porno de mierda.
Petra chupó los dedos con ganas, lengua sucia, babas que le caían por la barbilla. Luego los escupió y gritó, sin cuidado:
—¡Jódeme más duro, coleccionista de porquería ochentera! ¡Métela toda, que me la estoy correndo otra vez, hijo de puta precioso!
Se corrió así, contraída alrededor de su polla, temblando, riendo y maldiciendo al mismo tiempo. El orgasmo le subió desde el coño hasta la garganta en oleadas calientes; se le doblaron las rodillas y solo las manos de Félix en sus caderas la mantuvieron en pie. Él no paró. La folló a través del climax, más rápido, más profundo, el sonido de piel contra piel húmeda llenándolo todo. Cuando ella aún temblaba, la giró de golpe, la sentó otra vez sobre la tapa de la máquina y se le metió de frente, cara a cara.
Las piernas de Petra se le enredaron en la cintura. Él le agarró el culo con las dos manos y la embistió hacia arriba, levantándola casi del todo en cada embestida. El cristal de la fotocopiadora se empañaba con su aliento y su sudor. Se besaron torpes, dientes chocando, lenguas peleándose, risas que se les escapaban a la boca del otro.
—Tu coño aprieta como si quisiera robarme el alma —jadeó Félix, la frente pegada a la de ella—. Y tus insultos me ponen más duro que un vinilo de edición limitada.
—Y tu polla es más útil que toda tu colección de synth-pop, imbécil —replicó ella, clavándole las uñas en la espalda por debajo de la camiseta—. Correrme dentro. Quiero sentirte goteando cuando salgamos de esta sauna de mierda.
Él gruñó, le mordió el hombro y aceleró. Las embestidas se volvieron irregulares, profundas, desesperadas. Petra metió una mano entre los dos y se frotó el clítoris hinchado con dedos torpes, ayudándose, corriéndose otra vez justo cuando él se vació dentro con un gemido largo y una risa sofocada. La sentía latir, caliente, espesa, llenándola hasta que le rebosó por los labios del coño y le manchó el culo y la tapa de la máquina.
Se quedaron así un momento, jadeando, sudando a mares, la polla de él todavía dentro, blanda y resbaladiza. El ruido de la puerta se había callado; quizá se habían rendido fuera. Petra soltó una carcajada ronca contra el cuello de Félix.
—Mira que somos unos penosos —dijo ella, todavía con la voz entrecortada—. Atrapados en la sala de copias follando como conejos en celo por un corte de luz y unos memes de gatos. Si esto sale en la reunión de recursos humanos, firmo el despido yo misma.
Félix se rio, le dio un beso lento en la boca y se salió con un sonido húmedo y obsceno. El semen le resbaló a ella por el muslo interior; él se agachó, le pasó la lengua por encima una vez, chupando, y luego se subió los pantalones a medias.
—Recursos humanos se puede ir a la mierda —murmuró, ayudándola a bajar de la máquina. Las bragas de ella seguían colgando de un tobillo; él se las quitó del todo, las olió sin vergüenza y se las metió en el bolsillo trasero—. Estas me las quedo. Trofeo de guerra. Y la próxima vez...
La luz fluorescente parpadeó de nuevo y, de pronto, se encendió del todo. El aire acondicionado tosió y empezó a soplar aire tibio. La puerta se abrió de golpe con un chasquido. Un técnico de mantenimiento asomó la cabeza, vio el desastre —ropa revuelta, sudor, olor a sexo, la fotocopiadora manchada— y se puso rojo como un tomate.
—Eh... el fusible ya está. Pueden... salir.
Petra se subió la falda con dignidad absurda, el pelo hecho un nido, la blusa pegada a las tetas y una sonrisa de oreja a oreja. Félix se pasó la mano por la cara y le guiñó un ojo al técnico.
—Gracias, crack. La máquina funciona de puta madre, por cierto. Muy resistente.
Salieron al pasillo iluminado como si nada, cojeando un poco ella, la polla de él todavía sensible contra la cremallera. Petra se detuvo junto a la fuente de agua, se limpió un poco entre las piernas con una servilleta y le miró de reojo, ya calculando.
—Oye, VinylCat_89 —dijo, la voz baja y llena de malicia—. El viernes hay fiesta de la empresa en el rooftop. Van a poner música de mierda y alcohol gratis. Yo me encargo de que la sala de servidores se quede “cerrada por mantenimiento” a las once. Tú traes un vinilo de verdad... y te lo clavo yo esta vez. Contra el rack de servidores. Hasta que salte otra vez el fusible.
Félix sonrió, se inclinó y le mordió el lóbulo de la oreja.
—Trato hecho, ejecutiva de Tinder. Y esta vez grábame el meme del gato y el tostador mientras te corro otra vez. Para el recuerdo.
Petra se alejó hacia su despacho con el coño aún goteando y la cabeza llena de planes: horarios, excusas, la llave de la sala de servidores que “casualmente” pediría prestada. Ya estaba scheming el siguiente polvo inevitable, y se le humedecía otra vez solo de pensarlo.
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