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Rendida en la Granja: Luché contra el Deseo de su Amigo hasta que me Entregué

Laura, la esposa de 32 años, se rinde por fin al deseo de su amigo Diego de 35 y se deja follar como hotwife delante de su marido.

14 min read September 28, 2026New

El sol del mediodía caía a plomo sobre la granja familiar de los Herrera, tiñendo de oro los campos de trigo y el olor a tierra húmeda que subía de los establos. Laura, esposa de treinta y dos años, con las caderas anchas y los pechos firmes que se marcaban bajo la camisa de lino abierta hasta el tercer botón, se detuvo un momento a secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta descuidada y los vaqueros ceñidos le acentuaban el culo redondo cada vez que se agachaba a recoger una herramienta. A su lado, Carlos, su marido, repartía sacos de pienso con la misma sonrisa pícara que llevaba días lanzándole. Y un poco más allá, Diego, el mejor amigo de Carlos desde la adolescencia, ahora con treinta y cinco años, hombros anchos de quien ha trabajado con las manos y una barba de tres días que le daba un aire salvaje, observaba a Laura como si pudiera desnudarla solo con la mirada.

Llevaban años así. Desde aquella noche de fiesta en la que Diego se quedó dormido en el sofá y Laura, borracha de risa y no de alcohol, se había sentado demasiado cerca. El deseo había crecido en silencio, una corriente subterránea que ella había combatido con uñas y dientes: era la esposa de Carlos, punto. Hasta que, una noche de hace apenas dos semanas, en la cama conyugal, Carlos le confesó con la voz ronca de excitación que le volvía loco la idea de verla entregada a otro hombre… a Diego en concreto. Que le excitaba imaginarla compartida, que le daba su aprobación explícita, que si ella quería, podía dejarse follar como la hotwife que él soñaba. Laura se había corrido solo de oírlo. Ahora Diego estaba allí, invitado a pasar el verano entero, y la tensión se espesaba en el aire como el calor.

Durante varios días la granja se convirtió en un campo de minas eróticas. En los establos, mientras cepillaban a las yeguas, el brazo de Diego rozaba el de Laura “sin querer” y se quedaba pegado un segundo de más; ella sentía el calor de su piel y el olor a sudor limpio y heno, y su coño se humedecía al instante. Una mañana, al pasarle un cubo de agua, sus dedos se enredaron y ninguno soltó. Carlos lo vio desde la puerta y solo levantó una ceja, sonriendo, antes de desaparecer hacia el tractor. Por las noches, en la terraza, las conversaciones subían de tono: Diego describía con detalle lo que le gustaba hacerle a una mujer en la cama, mirando fijamente a Laura, y ella respondía con la voz un poco más baja, contando cómo le gustaba que la cogieran fuerte por las caderas. Carlos los escuchaba, las piernas abiertas, y a veces se ajustaba la entrepierna sin disimulo.

Aquella tarde el calor era sofocante. Laura había entrado al granero a buscar más cuerda. El interior olía a paja seca y a madera vieja; rayos de sol se filtraban por las rendijas. De repente, Diego apareció detrás de ella. La acorraló contra una bala de paja alta, poniendo una mano a cada lado de su cuerpo sin tocarla todavía. Su aliento le rozó el cuello.

—Llevo deseándote desde hace putos años, Laura —susurró, la voz grave, cargada—. Cada vez que te veía con Carlos me imaginaba metiéndote la polla hasta el fondo mientras él miraba. Dime que tú también. Dímelo.

Laura jadeó. El corazón le golpeaba contra las costillas. Miró por encima del hombro de Diego: a lo lejos, junto a la cerca, Carlos los observaba con los brazos cruzados y una erección visible bajo los pantalones. Asintió una sola vez, lento, dándoles luz verde. El alivio y el deseo se le revolvieron en el pecho a Laura como un animal liberado.

—También te quiero —admitió ella, la voz rota—. Llevo luchando contra esto demasiado tiempo. Quiero que me folles. Aquí. Ahora. Con él mirándonos.

Diego no esperó más. La besó con hambre, lengua profunda, manos bajando a apretarle el culo con fuerza. Laura le correspondió mordiéndole el labio inferior, frotándose contra la polla dura que ya le marcaba el vaquero. El beso era decidido, salado de sudor, y ella sentía cómo el coño le chorreaba dentro de las bragas.

Se metieron más adentro del granero. Laura se arrodilló sobre el heno sin que nadie se lo pidiera. Con dedos torpes le abrió la bragueta a Diego y sacó su polla gruesa, venosa, ya brillante de líquido preseminal. La miró un segundo, fascinada, y luego la engulló hasta casi la base, haciendo ruidos babosos, saliva escurriéndole por la barbilla. Diego le agarró la coleta con fuerza y empezó a empujar hacia adelante, follándole la boca.

—Qué puta más caliente eres… mira cómo te la comes entera. Carlos siempre me dijo que tenías una boca de puta y no mentía. Chúpamela más fuerte, así, hasta que te ahogues un poco.

Laura gemía alrededor de la polla, ojos llorosos de placer, una mano metida entre sus propias piernas para frotarse el clítoris por encima de la tela. La saliva le goteaba hasta el pecho. Cuando Diego la soltó, un hilo brillante unía aún su boca a la cabeza morada de la polla.

La puso a cuatro patas sobre el heno. Le bajó los vaqueros y las bragas de un tirón hasta las rodillas, dejando al descubierto el coño hinchado y brillante y el culo redondo que temblaba de anticipación. Diego se arrodilló detrás, le separó los labios con los pulgares y se embistió de un solo empujón hasta el fondo. Laura gritó, el sonido ahogado contra el brazo.

—Joder, qué apretado… y qué mojada —gruñó él, empezando a follarla con fuerza, caderas golpeando contra su culo con un ruido húmedo y obsceno—. Primero este coño, luego el culo. Voy a usarte como la puta que siempre has querido ser para mí.

Alternaba. Sacaba la polla del coño empapado, la ponía contra el agujero del culo, empujaba despacio al principio y luego a fondo, haciéndola gemir como una perra en celo. Volvía al coño, rápido, profundo, y otra vez al culo. Laura se corrió la primera vez con un grito desgarrado cuando él le tenía dos dedos en el coño y la polla enterrada en el culo, el orgasmo sacudiéndole las piernas. A unos metros, sentado en un banquillo de madera, Carlos se había sacado la polla y se masturbaba despacio, los ojos fijos en la esposa de su mejor amigo siendo destroza da de placer, la respiración entrecortada.

—Míralo —le ordenó Diego al oído, sin dejar de follarle el culo—. Mira cómo se toca viéndote. Eres su puta y la mía. Dile lo bien que te lo estoy metiendo.

—¡Carlos… me está follando el culo tan fuerte… me corro otra vez…! —gimió ella, y se vino de nuevo, el cuerpo convulsionando, el semen de nadie aún pero el jugo propio chorreándole hasta los muslos.

Diego la levantó casi sin esfuerzo, la sentó a horcajadas sobre su polla en una vieja silla de madera del granero. Laura se guió sola, bajando hasta sentarse del todo, primero con el coño y luego, cuando él se lo pidió, alineando el culo otra vez. Empezó a cabalgarlo, las tetas saliendo de la camisa abierta, rebotando, las manos apoyadas en sus hombros anchos. Diego le chupaba los pezones, le mordía el cuello, le agarraba las caderas para empujarla hacia abajo con cada bajada.

—Llénamela —suplicó ella, ya sin pudor—. Quiero tu leche dentro. Quiero que me vea llena de ti.

Diego gruñó, la apretó contra su pecho y se corrió con un orgasmo intenso, chorros calientes disparándose dentro del culo de Laura, pulsando, llenándola hasta que el exceso empezó a salir alrededor de la polla todavía enterrada. Ella se vino con él, gritando su nombre y el de Carlos, el cuerpo temblando sin control, el placer blanco y cegador.

Cuando por fin se separaron, Laura se quedó un momento sentada en el regazo de Diego, todavía temblando, el semen espeso escurriéndole por los muslos internos, bajando hasta las rodillas, manchando el heno. Le besó la boca con una ternura que contrastaba con la salvajada anterior, un beso lento, agradecido, íntimo. Luego se levantó, se subió los vaqueros a medias sin limpiarse, y caminó hacia Carlos con las piernas un poco inestables. Se arrodilló entre las suyas, le besó profundamente, dejándole saborear su propia saliva mezclada con el sabor de la polla de Diego, y le susurró contra los labios:

—Gracias por el permiso, mi amor. Gracias por dejarme entregarme así. Me he sentido tan puta… y tan tuya al mismo tiempo.

Carlos la besó de vuelta, la mano en su nuca, y se corrió en su propia mano solo de oírla, el semen saliendo a chorros mientras la abrazaba.

Más tarde, al atardecer, los tres se sentaron juntos en el porche de la casa principal. El cielo se teñía de naranja y violeta. Laura, duchada a medias, aún con rastros secos de semen en la piel interna de los muslos y una camisa holgada de Carlos que no abrochaba del todo, estaba sentada en el banco de madera entre ambos hombres. A un lado, Diego le acariciaba el muslo desnudo con posesión perezosa; al otro, Carlos le besaba el hombro de vez en cuando. Ella se sentía plena, el cuerpo satisfecho y a la vez hambriento de más, el coño y el culo aún sensibles, el deseo latiéndole otra vez bajo la piel cada vez que recordaba las embestidas o miraba la entrepierna de cualquiera de los dos.

El verano apenas empezaba. La granja era grande, los días largos, y Carlos ya le había susurrado al oído, mientras el sol se hundía, que mañana quería verla chuparles a los dos a la vez junto al estanque. Laura sonrió, apoyó la cabeza primero en un hombro y luego en el otro, y sintió cómo la tensión, lejos de apagarse, se enrollaba de nuevo en su vientre como una serpiente caliente, lista para el siguiente round.

El sol se hundía ya del todo detrás de los eucaliptos cuando Laura notó la mano de Diego subiendo por su muslo bajo la camisa de Carlos. Los dedos gruesos le rozaban la ingle, sin prisa, y ella abrió las piernas un poco más sobre el banco de madera. Carlos, a su otro lado, le mordisqueó el hombro y le susurró al oído:

—Mañana junto al estanque, como te dije. Pero esta noche no me aguanto. Quiero verte chupársela otra vez aquí mismo, con la luz de la luna.

Laura sintió el coño contraerse. El semen seco de Diego aún le tiraba de la piel de los muslos y el culo le latía, recordándole cómo lo había llenado horas antes. Asintió sin hablar, se resbaló del banco y se arrodilló entre las piernas abiertas de los dos hombres. Les abrió las braguetas con las dos manos a la vez. La polla de Carlos salió ya dura, gruesa y familiar; la de Diego, todavía un poco morada de lo que le había metido en el granero, se hinchó del todo en cuanto ella la rodeó con los dedos.

Empezó por Carlos. Se la metió entera hasta la garganta, tragando y baboseando, mientras con la otra mano bombaba la de Diego. El sabor a sal y a su propio coño todavía impregnado en la piel de Diego la volvía loca. Cambió, engulló la de Diego hasta que la barba le rozó el pubis y le chupó los huevos con la lengua, mirando a Carlos a los ojos.

—Así, puta mía —gruñó Carlos, agarrándole la coleta—. Míralo cómo te usa la boca. Trágatela hasta que te cueste respirar.

Diego le sujetó la cabeza y le folló la garganta a empujones cortos y profundos. Laura babeaba a chorros, la saliva le caía por las tetas que se le salían de la camisa abierta. Se metió dos dedos en el coño y se frotó el clítoris hinchado mientras los dos la usaban la boca por turnos, pasándose su cara de una polla a la otra, untándola de saliva y líquido preseminal. Cuando Diego se corrió la primera de la noche, lo hizo directo en su lengua: chorros espesos y calientes que ella se tragó sin perder ni una gota, enseñándole la boca llena a Carlos antes de tragar.

—Buenas putas se tragan todo —dijo Diego, respirando agitado—. Ahora el culo otra vez. Quiero ver cómo te lo destroza tu marido después de mí.

La levantaron entre los dos y la tumbaron de pecho sobre la barandilla del porche. Laura agarró la madera con los nudillos blancos. Diego le escupió en el culo ya abierto y se la embistió de un solo golpe hasta las bolas. El grito de ella se mezcló con el canto de los grillos. Carlos se arrodilló delante, le ofreció la polla y ella se la metió mientras Diego le martilleaba el culo con embestidas brutales que le hacían rebotar las tetas.

—Joder, qué holgado te lo ha dejado… y aún así te aprietas —jadeó Diego, dándole palmadas en las nalgas que sonaban como latigazos—. Mañana en el estanque te vamos a llenar los dos agujeros a la vez. ¿Lo quieres, Laura? Dilo.

—Sí… quiero las dos pollas… el coño y el culo llenos… quiero que me veáis chorrear leche de los dos —gimió ella alrededor de la verga de Carlos.

Se corrió gritando, el culo contrayéndose alrededor de Diego, el jugo resbalándole por los muslos hasta el suelo del porche. Diego se corrió otra vez dentro, empujando hondo, y cuando sacó la polla el semen le goteó en hilos blancos y espeso. Carlos no esperó: se puso detrás, metió la suya en el mismo culo empapado de la leche del amigo y se la folló hasta corrérsele también, mezclando su semen con el de Diego. Laura sentía el calor doble, el goteo constante entre las nalgas, y se vino otra vez solo de la sensación de estar llena de los dos.

Esa noche durmieron los tres en la cama grande. Laura despertó varias veces con una polla entre las piernas o en la boca; cada vez se dejaba usar, gemía bajito y se volvía a dormir con el coño y el culo chorreando. Al amanecer ya no quedaba ternura: solo hambre.

A mediodía bajaron al estanque. El agua estaba quieta, verde oscuro bajo el sol de julio. Laura se quitó la ropa sin que se lo pidieran: camisa, vaqueros, bragas. Se quedó desnuda, pechos firmes, pezones duros, el coño depilado y todavía hinchado, rastros secos de semen de la noche en la cara interna de los muslos. Carlos y Diego se desnudaron también. Las dos pollas ya semi-erectas se endurecieron del todo al verla.

—De rodillas en la orilla —ordenó Carlos—. Chúpanosla a la vez, como te dije.

Laura se arrodilló en el barro blando. Agarró una polla en cada mano, las lamió de la base a la punta, las juntó y se las metió las dos en la boca lo más que pudo, estirando los labios, babeando, ojos llorosos de esfuerzo y de puta pura. Los dos hombres se tocaban las puntas dentro de su boca, empujaban, le llenaban la cara de saliva y de greñas de pre-semen. Ella se frotaba el clítoris con tres dedos, el culo abierto al aire.

Diego la tumbó de espaldas en la hierba mojada. Le abrió las piernas en ángulo y se la embistió en el coño hasta el fondo. Carlos se puso a horcajadas sobre su pecho y le metió la polla en la boca otra vez. La follaron así, uno abajo y otro arriba, el ritmo sincopado, el chapoteo del agua cerca y el sonido húmedo de carne contra carne. Laura gemía ahogada, el coño estrujando la polla de Diego, la garganta abierta para Carlos.

—Cámbiame —dijo Diego de pronto—. Quiero el culo otra vez mientras tú le llenas el coño.

Se colocaron. Laura a cuatro patas en la orilla, las manos y rodillas hundidas en el barro. Carlos se metió debajo, ella se sentó en su polla, engulléndola entera con el coño empapado. Diego se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y empujó la verga gruesa en el culo ya usado y resbaladizo de semen viejo. Entró despacio al principio, luego a fondo. Laura gritó, el sonido salvaje y roto.

Las dos pollas dentro a la vez. Las sentía rozarse a través de la pared fina, estirándola, usándola. Empezaron a follarla en contratiempo: cuando Carlos subía, Diego bajaba. El barro le salpicaba las tetas, el agua le lamió los pezones. Cada embestida le sacaba un gemido más alto.

—Mira qué puta tan llena —jadeó Diego, agarrándole las caderas y clavándosela hasta las bolas—. El coño de tu mujer y el culo de tu mujer, Carlos. Los dos nuestros. Dile lo que eres, Laura.

—Soy vuestra puta… la hotwife de Carlos… la zorra que se deja reventar el culo y el coño al mismo tiempo… ¡más fuerte, folladme más fuerte! —gritó ella.

Se corrió con un orgasmo que le dobló la espalda, el coño y el culo apretando las dos pollas a la vez, chorros de jugo saliéndole alrededor de la verga de Carlos y cayendo al barro. Los hombres no pararon. Diego le dio una serie de embestidas brutales en el culo y se corrió profundo, llenándola otra vez de leche caliente. Carlos la siguió segundos después, disparando dentro del coño, las dos cargas mezclándose y empezando a salir en cuanto se movían.

Pero no terminó ahí. La sacaron del agua, la tumbaron de espaldas otra vez. Diego le abrió la boca y le metió la polla todavía pringosa de culo y semen para que la limpiara. Carlos se arrodilló entre sus piernas y le lamó el coño y el culo, chupando la mezcla de las dos leches, empujándola de nuevo hacia dentro con la lengua. Luego se la folló otra vez en el coño mientras Diego le follaba la boca, y al final se la corrieron los dos en la cara y en las tetas: chorros blancos en los labios, en la lengua, en los pezones, en el cuello. Laura se los untó con las manos, se metió los dedos pringosos en la boca y se los chupó ruidosamente, mirándolos a los dos.

El sol de la tarde le secaba el semen en la piel. Ella se quedó tumbada en el barro, piernas abiertas, el coño y el culo goteando todavía, la cara y las tetas cubiertas de leche de los dos, y se metió tres dedos hasta el fondo mientras los miraba y se corría una vez más, gritando:

—Metédmela otra vez, quiero más polla y más leche hasta que no pueda ni caminar, folladme el coño y el culo hasta reventarme.

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