Su Mirada Mientras Me Entrega el Culo

Harriet, una divorciada de 42 años, le entrega el culo a su vecino Rafael, el fontanero de 28, en una noche salvaje de sexo anal brutal y corrida

25 min read September 12, 2026New

Harriet, una divorciada de 42 años con un cuerpo que aún hacía girar cabezas en el barrio, salió al rellano del edificio ajustándose la falda corta de tela ligera que se le pegaba a las caderas como una segunda piel. Sus nalgas, redondas, firmes y generosas, se marcaban con cada paso, y la falda apenas llegaba a cubrir la mitad de sus muslos gruesos y suaves. La blusa escotada dejaba ver el nacimiento de sus tetas pesadas, dos melones maduros que subían y bajaban con su respiración nerviosa. Llevaba meses conteniendo el fuego que le provocaba su vecino Rafael, el fontanero de 28 años que vivía dos pisos más abajo. Cada vez que lo veía subir las escaleras con esa caja de herramientas, sudado, con los brazos hinchados por el esfuerzo y esa mirada oscura que parecía comérsela, Harriet sentía cómo se le mojaba el coño sin remedio. Fantaseaba con él por las noches, metiéndose los dedos mientras imaginaba que era su polla joven y dura la que la abría por atrás, sin piedad, reclamando su culo como si fuera suyo.

Los tacones resonaron en el suelo de baldosas cuando se detuvo frente al ascensor. Justo entonces oyó los pasos fuertes y conocidos subiendo desde el piso inferior. Rafael apareció en el rellano, todavía con el mono de trabajo medio abierto, la camiseta blanca pegada al torso por el sudor del día. A sus 28 años, el fontanero tenía un cuerpo esculpido por el esfuerzo físico: hombros anchos, brazos venosos y un pecho que se adivinaba duro bajo la tela húmeda. Su mandíbula marcada y los ojos negros se clavaron en ella nada más verla. Harriet notó al instante cómo la mirada de él bajaba, lenta, descarada, hasta posarse en su culo. Sintió un latigazo de calor entre las piernas.

—Rafael… justo a ti te necesitaba —dijo ella con voz ronca, tuteándolo como siempre, aunque esta vez el tono llevaba un matiz diferente, más bajo, más cargado.

Él tragó saliva, sin disimular del todo. La falda era criminal. Se le había subido un poco al caminar y ahora las nalgas de Harriet quedaban casi expuestas, redondas, suaves, con esa curva perfecta que él había imaginado mil veces agarrando con ambas manos mientras la empalaba.

—¿Qué pasa, Harriet? —respondió él, acercándose un paso. Su voz era grave, masculina, con ese acento del barrio que a ella le ponía la piel de gallina—. Te veo… apurada.

Ella se mordió el labio inferior, consciente de que sus tetas se hinchaban con cada respiración. En su cabeza retumbaban pensamientos sucios: «Mírame el culo, cabrón. Sé que te pone cachondo. Llevo tanto tiempo queriendo que me lo rompas… que me des por el culo hasta que no pueda sentarme». Pero lo que salió de su boca fue más inocente, aunque no del todo:

—El desagüe del baño está atascado otra vez. He probado de todo y nada. El agua se queda estancada y huele fatal. Como eres fontanero y vives aquí… ¿podrías echarle un vistazo? Te pagaría lo que hiciera falta.

Rafael soltó una risa baja, pero sus ojos seguían fijos en la forma en que la falda se tensaba sobre esas nalgas. Se imaginaba arrodillado detrás de ella, separando esa carne suave con las manos y metiendo la lengua en ese agujero apretado que tantas veces había soñado. Su polla empezó a engordar dentro del pantalón de trabajo, presionando contra la tela.

—Claro que sí, mujer. No hace falta que me pagues nada. Vamos para adentro y lo arreglo ahora mismo.

Harriet se giró para abrir la puerta de su apartamento, y al hacerlo dejó caer deliberadamente las llaves al suelo. El metal tintineó. Ella se agachó lentamente, con las rodillas juntas pero la espalda recta, ofreciendo una vista obscena. La falda subió del todo. Las bragas negras de encaje desaparecían entre sus dos nalgas grandes y jugosas, dejando ver la piel tersa y el inicio de su coño hinchado que ya empezaba a empapar la tela. Rafael se quedó clavado en el sitio. Su polla dio un salto violento dentro del pantalón, endureciéndose hasta doler. No podía apartar la mirada. Ese culo era una puta obra de arte: redondo, carnoso, con esa hendidura profunda que prometía un calor apretado y vicioso.

«Joder, Harriet… ese culo me va a volver loco», pensó él, apretando la caja de herramientas para no gemir. «Llevo conteniéndome desde que te vi por primera vez hace seis meses. Cada vez que te cruzas conmigo con esas faldas cortas, me imagino agarrándote las caderas y metiéndote toda mi polla en el culo de un solo empujón, escuchándote gritar como una guarra mientras te corro dentro».

Harriet se incorporó despacio, sabiendo perfectamente el efecto que había causado. Sintió la mirada de Rafael como una caricia física sobre sus nalgas. Su coño palpitaba, los jugos ya le corrían por el interior de los muslos. Se volvió hacia él con las mejillas sonrojadas y una sonrisa pícara.

—¿Viste algo que te gustó, Rafael? —preguntó sin filtro, tuteándolo con descaro. Su voz era puro sexo.

Él dio un paso más, invadiendo su espacio. El olor de su colonia mezclada con sudor de hombre trabajador la mareó de deseo.

—Sabes muy bien lo que vi —respondió él con voz ronca, mirándola directamente a los ojos por primera vez en mucho rato—. Llevo meses intentando no mirarte el culo cada vez que te encuentro en la escalera, Harriet. Pero hoy… con esa falda… me lo estás poniendo imposible.

Ella sintió que las rodillas le temblaban. El deseo que habían contenido durante tanto tiempo estaba a punto de desbordarse allí mismo, en el rellano. Se humedeció los labios.

—Entonces entra y arregla ese desagüe… pero no prometo portarme bien mientras lo haces.

Lo guió dentro del apartamento. El pasillo olía a perfume femenino y a vainilla. Rafael la seguía de cerca, con la vista clavada en el movimiento hipnótico de sus nalgas bajo la falda. Al llegar al baño, Harriet se inclinó sobre el lavabo, separando ligeramente las piernas. La falda se subió de nuevo, dejando a la vista casi todo su culo. Las bragas se le habían metido entre los labios hinchados del coño y la tela estaba visiblemente mojada.

—Aquí es —dijo ella, señalando el desagüe, pero su voz era un susurro cargado—. Llevo días pensando en llamarte… en que vinieras a casa.

Rafael se arrodilló justo detrás de ella, tan cerca que su aliento caliente rozaba la parte trasera de los muslos de Harriet. Abrió la caja de herramientas, pero sus manos temblaban. El bulto de su polla era evidente, una barra gruesa y larga que empujaba contra el pantalón. Podía oler el aroma almizclado del coño excitado de su vecina. Su mente era un torbellino: «Si me muevo dos centímetros más, mi cara queda enterrada en ese culo. Quiero morderle las nalgas, bajarle las bragas con los dientes y empezar a comerle el agujero hasta que me suplique que se lo folle».

Harriet miró hacia atrás por encima del hombro. Sus ojos se encontraron con los de él, que seguía agachado, con la cara a escasos centímetros de su trasero. Ella movió las caderas un poco, casi imperceptiblemente, pero suficiente para que sus nalgas se bambolearan delante de la nariz de Rafael.

—¿Necesitas que me ponga en alguna posición especial para que puedas trabajar mejor? —preguntó con descaro, la voz temblorosa de excitación.

Rafael apretó la mandíbula. Su polla latía con fuerza, ya mojando la tela interior con precum. El deseo acumulado durante meses estaba a punto de explotar. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Harriet, ver cómo sus nalgas se tensaban y relajaban, cómo el encaje negro estaba empapado.

—Harriet… si sigues moviéndote así, no voy a poder arreglar nada —gruñó él, con la voz rota de pura lujuria—. Porque lo único que quiero ahora mismo es subirte esa falda del todo, bajarte las bragas y comerte ese culo que me lleva volviendo loco desde hace tanto tiempo.

Ella no se apartó. Al contrario, arqueó un poco más la espalda, ofreciéndose. El corazón le latía desbocado. Su ano se contrajo de anticipación, imaginando ya la gruesa polla de Rafael abriéndola, follándola brutalmente, corriéndose dentro hasta que le chorreara por los muslos. Pero aún no. Aún no. La tensión era deliciosa, insoportable, una cuerda a punto de romperse.

Rafael colocó una mano grande y callosa sobre la tubería, pero sus dedos rozaron la pantorrilla de Harriet y subieron lentamente, casi sin permiso, acariciando la piel suave hasta llegar al borde de la falda. Ninguno de los dos habló durante unos segundos eternos. Solo se oía la respiración agitada de ambos en el pequeño baño, el aire cargado de olor a sexo y a deseo contenido durante demasiado tiempo.

Harriet cerró los ojos, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre. Su culo palpitaba, su coño goteaba. Sabía que esa noche ya no habría marcha atrás. Rafael iba a follarle el culo. Iba a entregárselo como la puta viciosa que era. Pero todavía no. Todavía faltaba que la tensión creciera más, que los roces se volvieran más osados, que las palabras sucias salieran sin control.

Y mientras Rafael fingía concentrarse en el desagüe, sus dedos siguieron subiendo, rozando el borde inferior de las nalgas de Harriet, ambos al borde del abismo, conteniendo aún el salvaje impulso de arrancarse la ropa y follar como animales allí mismo, contra el lavabo, con la promesa de una noche brutal de sexo anal latiendo entre ellos como un corazón desbocado.

Rafael no pudo evitarlo. Sus dedos, ásperos por el trabajo diario con tuberías y llaves inglesas, subieron un poco más de lo necesario mientras fingía ajustar la abrazadera bajo el lavabo. El dorso de su mano rozó de lleno la curva inferior de las nalgas de Harriet, esa carne tibia, suave y pesada que se desbordaba ligeramente por el borde de las bragas de encaje negro. No fue un roce inocente. Duró un segundo de más. La piel de ella ardía. Harriet soltó un gemido ahogado, casi un maullido, y sintió cómo su ano se contraía violentamente de pura anticipación mientras un hilo caliente de jugos le resbalaba por el interior del muslo hasta mojar la media.

El contacto fue como una chispa en un bidón de gasolina. Ella se giró con lentitud felina, todavía inclinada sobre el lavabo, pero ahora mirándolo directamente a los ojos desde arriba. Rafael seguía arrodillado, la cara a la altura perfecta de su vientre, la respiración pesada, la mandíbula tensa. Su polla joven y gruesa marcaba un bulto obsceno en el mono de trabajo, latiendo visiblemente. Harriet tenía cuarenta y dos años, era una divorciada que ya no quería disimular más. Sus tetas pesadas subían y bajaban con cada jadeo bajo la blusa escotada, los pezones duros como piedras marcándose contra la tela fina.

—Rafael… —susurró ella con la voz rota de deseo—. Ya no aguanto más esta mierda de disimulos. Llevo meses tocándome el coño pensando en ti. Soñando con tu polla abriéndome el culo. Quiero que me folles por el culo esta misma noche. Ahora. Quiero que me lo rompas, que me des duro, que seas un animal. Que me uses como una guarra y me llenes el recto de leche caliente hasta que me chorree por las piernas. ¿Me has entendido?

Las palabras sucias salieron de su boca madura sin un solo titubeo. Sus ojos, cargados de lujuria, no se apartaron de los de él. Rafael sintió que la sangre se le acumulaba toda en la verga. Tenía veintiocho años y un cuerpo hecho para follar: brazos venosos, pecho ancho, abdomen marcado por el esfuerzo físico. Tragó saliva, pero su mirada se volvió oscura, depredadora.

—Joder, Harriet… —gruñó él con esa voz grave y callejera que a ella le ponía el coño a palpitar—. Llevo queriendo destrozarte ese culo gordo desde la primera vez que te vi subir las escaleras meneándolo. Acepto, coño. Te voy a follar el culo como te mereces: brutal, sucio, sin piedad. Te voy a abrir ese agujerito apretado hasta que grites mi nombre como una puta en celo. Y te voy a correr dentro tan profundo que vas a sentir mi leche caliente durante días.

No hicieron falta más palabras. Rafael se levantó de golpe, tirando la llave inglesa al suelo con estrépito. Harriet se abalanzó sobre él como una leona. Sus bocas chocaron con hambre salvaje, lenguas calientes y húmedas enredándose desde el primer segundo, lamiéndose, succionándose, mordiéndose los labios con desesperación. El beso era puro sexo: babas mezclándose, gemidos ahogados en la garganta del otro, respiraciones entrecortadas. Las manos de Rafael bajaron inmediatamente a esas nalgas que lo habían vuelto loco durante meses. Las agarró con fuerza brutal, clavando los dedos en la carne blanda y generosa, separándolas, amasándolas como si quisiera dejarle marcas. Harriet gimió dentro de su boca y le clavó las uñas en la nuca, tirándole del pelo corto.

—Más fuerte… —jadeó ella entre beso y beso, mordiéndole el labio inferior—. Quiero que seas un cerdo conmigo. Que me trates como la zorra madura que soy. Méteme los dedos en el culo mientras nos besamos, Rafael. Quiero sentirte ya.

Él no se hizo rogar. Mientras seguían devorándose la boca, una de sus manos grandes se coló bajo la falda subida y apartó el encaje negro de las bragas. Su dedo índice, grueso y calloso, encontró el ano fruncido de Harriet y presionó sin piedad, metiendo la primera falange de golpe. Ella soltó un grito ronco de placer dentro de la boca de él, arqueando la espalda, empujando el culo hacia atrás para que entrara más. El dedo de Rafael giró dentro de ese agujero caliente y estrecho, sintiendo cómo las paredes internas succionaban con avidez.

—Está virgen de polla buena… —gruñó él contra sus labios—. Pero esta noche te lo voy a dejar como un puto cráter, Harriet. Te lo prometo.

Entre jadeos y besos húmedos y obscenos, empezaron a arrancarse la ropa. Harriet tiró de la cremallera del mono de trabajo de Rafael con manos temblorosas de pura lujuria. La prenda cayó al suelo del baño con un ruido sordo. Debajo llevaba solo una camiseta blanca empapada de sudor que ella le quitó casi rompiéndola. El torso desnudo del fontanero era una obra maestra: pectorales duros, abdominales marcados, una línea de vello oscuro que bajaba hasta perderse bajo el bóxer negro. Su polla, liberada al fin, saltó como un resorte: veintidós centímetros de carne gruesa, venosa, con una cabeza gorda y morada que ya chorreaba precum en abundancia. Harriet la miró con verdadera hambre, lamiéndose los labios.

—Dios… qué polla más grande y bonita tienes, cabrón —susurró ella, agarrándola con una mano y apretando fuerte, masturbándolo con ganas mientras seguían besándose.

Rafael le arrancó la blusa de un tirón. Los botones saltaron por el aire. Las tetas enormes de Harriet, maduras y pesadas, rebotaron libres. Eran dos melones suaves con pezones grandes y oscuros, perfectos para morder. Él los agarró con ambas manos, pellizcándolos con fuerza mientras ella gemía y le seguía pajeando la polla. Luego bajó la falda y las bragas de un solo movimiento. Harriet quedó completamente desnuda salvo por los tacones. Su cuerpo de cuarenta y dos años era pura tentación: caderas anchas, cintura aún marcada, culo redondo y carnoso, coño completamente depilado e hinchado, brillando de jugos que le corrían por los muslos.

—Fóllame sucio… —le suplicó ella al oído, mordiéndoselo mientras se restregaba contra su cuerpo desnudo—. Quiero que me escupas en el culo antes de metérmela. Que me des nalgadas hasta que me arda. Que me llames guarra, zorra, lo que quieras. Pero rómpeme ese culo esta noche, Rafael. Lo quiero todo. Tu polla joven abriéndome hasta el fondo, tus huevos golpeándome el coño mientras me das por detrás como un salvaje.

Él la levantó en volandas sin esfuerzo, sentándola sobre el lavabo. Sus bocas seguían devorándose con furia. Rafael metió dos dedos más en el ano de Harriet ahora que estaba más abierta, follándoselo con ellos mientras su pulgar le frotaba el clítoris hinchado. Ella se corrió casi al instante, gritando contra su boca, temblando entera, apretando los dedos invasores con el esfínter. Sus jugos salpicaron el suelo del baño.

—Así me gusta, zorra —gruñó él, sacando los dedos y metiéndoselos en la boca a Harriet para que los chupara—. Sabes a puta cachonda. Vamos al dormitorio. Allí te voy a poner a cuatro patas y te voy a empezar a preparar ese culo como Dios manda. Porque esto solo es el principio. Te voy a follar tan brutal que mañana no vas a poder ni caminar.

Harriet, todavía temblando del orgasmo, lo miró con los ojos vidriosos de placer y asintió, lamiéndose los labios. Agarró la polla gruesa de Rafael y lo guió fuera del baño, caminando desnuda por el pasillo con las nalgas bamboleándose obscenamente a cada paso, sabiendo que él las seguía con la mirada fija. El corazón le latía desbocado. Sabía que la noche apenas empezaba. Su culo virgen de polla joven iba a ser destruido de la forma más salvaje posible, y ella se moría de ganas de entregárselo todo. Mientras caminaban hacia la habitación, Rafael le dio una nalgada fuerte que resonó en todo el pasillo, dejando la marca roja de su mano en esa carne madura y jugosa.

—Muévete, guarra. Ese culo es mío esta noche —ordenó con voz ronca.

Harriet sonrió con lujuria pura, acelerando el paso, sintiendo ya cómo su ano palpitaba de anticipación por lo que estaba por venir. La tensión seguía creciendo, espesa, caliente, imparable.

Harriet empujó la puerta del dormitorio con el hombro, sin soltar la polla gruesa de Rafael ni un segundo. El fontanero de veintiocho años la seguía pegado a su espalda, respirando como un animal, las manos clavadas en sus caderas anchas. Apenas cruzaron el umbral, ella se soltó, gateó sobre la cama matrimonial y se colocó a cuatro patas con un movimiento fluido y descarado. Arqueó la espalda hasta que sus tetas pesadas rozaron las sábanas, separó las rodillas y empujó el culo hacia atrás, ofreciéndoselo sin pudor.

—Aquí lo tienes, Rafael —jadeó con voz ronca, mirando por encima del hombro—. Mi culo de cuarenta y dos años, maduro y cachondo, todo lubricado para ti. Lo preparé esta tarde pensando en tu polla joven rompiéndomelo.

Había dejado el frasco de lubricante sobre la mesita. Lo tomó con dedos temblorosos, vertió una buena cantidad entre sus nalgas generosas y frotó el ano fruncido con dos dedos en círculos lentos, empujando la primera falange mientras gemía bajito. El gel frío contrastaba con el calor de su piel. Rafael se arrodilló detrás, hipnotizado. Sus manos callosas separaron aquellas nalgas carnudas, dejando al descubierto el agujero rosado y brillante que se contraía de anticipación.

«Joder, es más perfecto de lo que imaginaba. Este culo me va a estrangular la verga», pensó él, sintiendo cómo su polla de veintidós centímetros palpitaba dolorosamente, la cabeza morada goteando precum sobre las sábanas.

Sin decir una palabra más, Rafael hundió la cara entre esas nalgas. Su lengua ancha y caliente lamió desde el coño empapado hasta el ano lubricado en un lengüetazo largo y obsceno. Harriet soltó un gemido gutural, casi animal.

—Ay, sí… cómeme el culo, cabrón… méteme la lengua bien adentro.

Rafael obedeció con hambre. Presionó la punta de la lengua contra el esfínter y empujó, abriéndose paso en ese canal estrecho y caliente. La saboreó profundamente, girando, follándola con la lengua mientras sus manos amasaban la carne blanda de sus nalgas. El ruido húmedo de su boca devorando aquel agujero llenaba la habitación. Harriet empujaba hacia atrás, follándose la cara de su vecino, gimiendo como una puta en celo.

—Más profundo… así, Rafael… me estás comiendo el ano como un cerdo… ¡joder, qué gusto!

Él sacó la lengua solo para reemplazarla por dos dedos gruesos. Los metió de golpe hasta el nudillo, girándolos, abriéndola, sintiendo cómo las paredes internas succionaban con fuerza. Harriet gritó de placer, enterrando la cara en la almohada mientras su mano libre bajaba a frotarse el clítoris hinchado. Los dedos de Rafael entraban y salían con ritmo brutal, curvándose, estirando el recto lubricado que ya empezaba a ceder.

—Estás empapada, guarra —gruñó él contra su nalga derecha antes de morderla—. Este culo virgen de polla buena se abre para mí como una puta flor. Vas a tomar toda mi verga hasta los huevos.

Harriet temblaba. Su coño goteaba sobre las sábanas, los jugos mezclándose con el lubricante que chorreaba por sus muslos gruesos. Rafael sacó los dedos con un sonido húmedo y colocó la cabeza gorda de su polla contra el ano dilatado. No fue suave. Empujó con fuerza, metiendo los primeros diez centímetros de un solo envite brutal.

—¡Aaaahhh! —aulló Harriet, abriendo mucho los ojos, las uñas clavándose en las sábanas—. ¡Me la estás metiendo toda en el culo, hijo de puta!

Rafael gruñó de puro placer. El calor apretado de aquel recto era casi insoportable. Agarró las caderas anchas de la divorciada y empujó hasta que sus huevos pesados chocaron contra el coño empapado de ella. Empezó a follarla con fuerza en posición de perrito, sacando casi toda la polla para volver a clavarla hasta el fondo con golpes secos y violentos. Cada embestida hacía rebotar las nalgas generosas de Harriet, que se ondulaban como gelatina. El sonido de carne contra carne era ensordecedor.

—Así, zorra… toma polla joven en ese culo maduro —jadeaba él, sudando, los abdominales marcados tensándose con cada golpe—. Te lo dije que te lo iba a romper. ¿Lo sientes? ¿Sientes cómo te abro el recto?

—Sí… sí… ¡me estás destrozando el culo y me encanta! —gritaba ella, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. Más fuerte, Rafael… fóllame como la guarra que soy… quiero que me dejes el ano abierto para siempre.

Él la folló así durante varios minutos, cambiando el ángulo, golpeando profundo, sintiendo cómo el esfínter de Harriet se relajaba y lo apretaba a la vez. El lubricante blanco espumaba alrededor de su polla gruesa. Harriet se corrió por segunda vez solo con la penetración anal, temblando entera, gritando obscenidades contra la almohada mientras su coño expulsaba jugos sin que nadie lo tocara.

Rafael salió de ella con un plop húmedo. Su polla brillaba, venosa y más dura que nunca. Se tumbó boca arriba en el centro de la cama, la verga apuntando al techo como un mástil.

—Sube, Harriet. Quiero verte cabalgándome el culo en vaquera inversa. Quiero ver cómo ese culo gordo se traga mi polla entera mientras te doy azotes.

Ella, todavía jadeando y con las piernas temblorosas, se giró y se colocó de espaldas a él. Apuntó la polla lubricada hacia su ano y bajó lentamente al principio, dejando que la cabeza gruesa la abriera de nuevo. Luego, con un gemido largo y vicioso, se dejó caer hasta el fondo, empalándose completamente. Empezó a moverse arriba y abajo con ritmo salvaje, rebotando sobre aquella verga joven. Sus nalgas chocaban contra los muslos duros de Rafael con cada bajada, produciendo un sonido húmedo y obsceno.

Rafael le dio una nalgada fuerte que resonó en el dormitorio. La marca roja apareció al instante sobre la nalga derecha.

—Qué culo más apretado y guarro tienes, Harriet —gruñó, azotándola otra vez, más fuerte—. Mírate, zorra de cuarenta y dos años montándome la polla con el recto. Eres una puta anal, ¿verdad? Dilo.

—Soy tu puta anal… —gimió ella, acelerando el ritmo, rebotando con más fuerza—. Me encanta tener tu polla gruesa abriéndome el culo… azótame más, por favor…

Las manos de Rafael volaban. Nalgada tras nalgada, las nalgas de Harriet se pusieron rojas y calientes. Ella se inclinó un poco hacia delante, cambiando el ángulo, y empezó a masturbarse el clítoris con dos dedos mientras seguía cabalgándolo como una posesa. El ano de la divorciada succionaba la verga con cada subida, dejando ver el interior rosado cuando casi salía del todo.

—Estás estrangulándome la polla, guarra… tan apretada… tan caliente… —decía Rafael entre dientes, sujetándola por las caderas y ayudándola a bajar con más violencia—. Te voy a llenar el recto de leche, Harriet. Te voy a correr tan adentro que vas a sentirme durante una semana.

Ella sentía el orgasmo acercándose otra vez. Sus dedos volaban sobre el clítoris hinchado, el coño chorreando, el ano contrayéndose alrededor de la polla invasora. Rafael empezó a subir las caderas, follándola desde abajo con embestidas brutales que la levantaban literalmente del colchón.

—Voy a correrme… ¡me corro en tu culo! —rugió él.

Con un último empellón salvaje, Rafael explotó. Chorros gruesos y calientes de semen inundaron el recto de Harriet, llenándola hasta el límite. Ella sintió el calor líquido disparándose en lo más profundo y eso la empujó al abismo. Se masturbó frenéticamente, gritando sin control mientras un orgasmo anal brutal la atravesaba de pies a cabeza. Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla que seguía eyaculando, ordeñándola hasta la última gota. Gritó tan fuerte que su voz se quebró, el cuerpo entero convulsionando, las tetas rebotando, los muslos temblando sin control.

Cuando las últimas contracciones pasaron, Harriet se quedó sentada sobre la polla aún medio dura de Rafael, respirando como si hubiera corrido un maratón. El semen caliente empezaba a filtrarse alrededor de la verga, escapando de su ano dilatado y corriendo por los huevos de él. Ella sentía el recto lleno, palpitante, deliciosamente dolorido. Rafael tenía las manos todavía sobre sus nalgas rojas, apretándolas con posesión, la respiración agitada.

«Joder… esto no ha terminado ni de lejos», pensó Harriet, contrayendo el ano alrededor de la polla que aún no había bajado del todo. Todavía quería más. Quería que él la follara en otras posturas, que la pusiera contra la pared, que le diera la vuelta y la usara hasta el amanecer. Su cuerpo de divorciada madura aún ardía. Lentamente, sin sacarse la verga del culo, se inclinó hacia delante y giró la cabeza para mirarlo con ojos vidriosos de lujuria insaciable.

Rafael sonrió con esa sonrisa oscura y peligrosa, sintiendo cómo su polla recuperaba fuerza dentro de aquel recto lleno de su propia corrida. Todavía no había terminado con ella. Ni mucho menos.

Harriet contrajo su ano alrededor de la polla que volvía a endurecerse dentro de ella, sintiendo cada vena palpitante contra las paredes calientes y lubricadas de su recto. La corrida de Rafael ya empezaba a escaparse en hilos espesos y blancos por los bordes de su agujero dilatado, resbalando por los huevos pesados de él y manchando las sábanas. Con un gemido bajo y vicioso, la divorciada de cuarenta y dos años empezó a moverse de nuevo, subiendo despacio hasta casi dejar salir la gruesa cabeza morada y luego dejándose caer con fuerza, empalándose hasta el fondo. Sus nalgas generosas y aún enrojecidas por las nalgadas chocaban contra los muslos duros del fontanero de veintiocho años, produciendo un sonido húmedo y obsceno que llenaba el dormitorio.

—Joder, Rafael… todavía la tienes tan dura —jadeó ella, girando las caderas en círculos apretados, sintiendo cómo el semen removido chapoteaba en su interior—. Mi culo está lleno de tu leche y sigue queriendo más. Eres un animal, cabrón.

Él apretó los dientes, las manos callosas clavadas en aquellas caderas anchas, guiándola con violencia hacia abajo mientras empujaba desde abajo. Cada embestida hacía rebotar las tetas pesadas de Harriet, cuyos pezones oscuros apuntaban duros hacia el techo. El sudor les corría por la piel; el olor a sexo, a culo follado y a corrida fresca impregnaba el aire caliente de la habitación.

—Este culo maduro me vuelve loco, Harriet. A tus cuarenta y dos años sigues siendo más puta que cualquier chica de mi edad. Sigue rebotando, zorra. Quiero ver cómo se traga mi polla una y otra vez —gruñó él, dándole una nalgada seca que resonó como un latigazo.

Harriet aceleró, cabalgándolo con furia salvaje. El ano le ardía de una forma deliciosa, estirado al límite alrededor de aquellos veintidós centímetros venosos. Sentía cada golpe en lo más profundo de sus tripas, un placer oscuro y brutal que le hacía contraer el coño sin que nadie lo tocara. Sus jugos le chorreaban por los muslos gruesos, mezclándose con el semen que ya le bajaba hasta las rodillas. Se corrió con un aullido ronco, el esfínter apretando como un puño alrededor de la verga invasora, ordeñándola mientras su cuerpo entero temblaba y convulsionaba.

Pero Rafael no paró. La levantó de golpe, sacando la polla con un plop húmedo y sucio. Chorros de semen y fluidos anales escaparon del ano abierto de ella, que quedó fruncido y rosado, palpitando visiblemente. La puso de lado, levantó una de sus piernas gruesas y volvió a penetrarla de un solo golpe brutal, follándola en cucharita anal mientras le mordía el cuello desde atrás. Sus huevos golpeaban contra la nalga inferior con cada embestida profunda y violenta.

—Así, guarra… siente cómo te reviento el recto —le susurró al oído, una mano bajando para pellizcarle el clítoris hinchado—. Este culo es mío ahora. Todas las noches que quiera, vas a bajarte las bragas y ofrecérmelo como la divorciada viciosa que eres.

Harriet giró la cabeza para besarlo con desesperación, lenguas enredadas y babas cayendo mientras él la taladraba sin piedad. El ángulo era infernal; la polla rozaba puntos dentro de ella que la hacían ver estrellas. Otro orgasmo la atravesó, más intenso, haciendo que sus paredes internas succionaran con fuerza la carne joven y dura. Rafael la folló así durante largos minutos, cambiando de ritmo, saliendo casi del todo para volver a clavarla hasta los huevos, el lubricante blanco y espumoso cubriendo toda su polla y las nalgas de ella.

La levantó otra vez, colocándola ahora boca arriba, con las piernas de Harriet sobre sus hombros anchos. La penetración fue directa, profunda, casi cruel. Sus ojos se encontraron mientras él la embestía con todo el peso de su cuerpo esculpido por el trabajo. Las tetas de ella rebotaban salvajemente. Rafael escupió entre sus nalgas para añadir más lubricación y siguió follándola como un salvaje, el sudor goteando de su pecho marcado sobre el vientre suave de la mujer.

—Quiero que me mires mientras te corro dentro otra vez —rugió él, acelerando hasta que la cama crujía con violencia—. Dime que quieres mi leche en el culo, Harriet.

—Quiero tu corrida hasta el fondo, Rafael… lléname el recto como la puta anal que soy —gritó ella, clavándole las uñas en los antebrazos venosos.

El orgasmo de él llegó como una explosión. Chorros calientes y espesos inundaron de nuevo el interior de Harriet, llenándola más allá de lo posible. Ella se corrió al mismo tiempo, un clímax anal devastador que la hizo arquear la espalda y gritar hasta quedarse sin voz, el ano contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla que seguía eyaculando sin control. El exceso de semen salía a borbotones con cada contracción, manchando las sábanas y el pubis de ambos.

Cuando las últimas sacudidas cesaron, Rafael salió lentamente de ella. Su polla, aún medio dura, brillaba obscenamente: cubierta de semen espeso, restos de lubricante y jugos anales, sucia y reluciente bajo la luz tenue de la lámpara. Harriet, con las piernas temblorosas y el ano dilatado chorreando corrida blanca, se incorporó con esfuerzo. Se giró hacia él, gateando con lentitud felina hasta quedar entre sus piernas abiertas. Lo miró fijamente a los ojos, esos ojos negros y oscuros del fontanero de veintiocho años que la habían vuelto loca durante meses, y con una sonrisa satisfecha, casi perversa, bajó la cabeza.

Su lengua rosada salió despacio, lamiendo desde la base de los huevos pesados, recogiendo la mezcla de sabores sucios y salados, subiendo por el tronco venoso con lametones largos y deliberados. No apartó la mirada ni un segundo. Sus ojos, vidriosos de lujuria y placer compartido, se clavaban en los de él mientras limpiaba cada centímetro de aquella polla sucia. Chupó la cabeza gorda, tragando lo que quedaba de su propia corrida y la de él, saboreándolo todo con gemidos bajos de pura satisfacción. Rafael respiraba agitado, hipnotizado por esa mirada madura y viciosa.

—Esto solo es el principio de todas las veces que te voy a entregar el culo —le susurró ella con voz ronca y cargada de promesas, lamiendo una última vez la punta antes de besarla con suavidad—. Cada vez que me necesites, Rafael. Mi ano es tuyo. Voy a dártelo todas las noches, tan brutal como quieras. Hasta que no pueda sentarme. Hasta que me duela recordarte dentro.

Él sonrió con esa mueca peligrosa, la mano acariciando el pelo sudado de Harriet mientras su polla empezaba a endurecerse de nuevo bajo los lametones. La levantó y la puso contra la pared junto a la cama. Harriet separó las piernas, arqueando la espalda y ofreciendo de nuevo aquellas nalgas carnudas ahora marcadas, abiertas y chorreantes. Rafael la penetró de pie, follándola con embestidas cortas y profundas que la aplastaban contra la pared. Sus tetas se aplastaban contra el yeso frío mientras él le mordía el hombro y le susurraba al oído lo puta que era, lo mucho que iba a usar ese culo maduro de ahora en adelante.

El ritmo se volvió frenético. Harriet se corrió dos veces más solo con la penetración anal, gritando su nombre, las piernas fallándole. Rafael la sostuvo, follándola sin piedad hasta que descargó una tercera vez, inundándola de nuevo hasta que la corrida le corría por las pantorrillas. El dormitorio olía a sexo puro, a sudor y a semen. Los cuerpos resbalaban uno contra el otro, exhaustos pero aún conectados.

Finalmente, él la llevó de vuelta a la cama. Se tumbaron de lado, frente a frente. Rafael pasó un brazo fuerte alrededor de la cintura de Harriet, atrayéndola contra su pecho sudoroso. Ella apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo aún el palpitar caliente de su ano dilatado y lleno. Sus respiraciones, agitadas al principio, fueron calmándose poco a poco. Ninguno habló. Solo se miraban en silencio, los ojos cargados de todo lo que acababa de pasar y de lo que vendría. Los latidos de sus corazones se acompasaron. El cuarto quedó en calma, solo el leve rumor de la ciudad lejana a través de la ventana. La noche se extendió suave y quieta alrededor de ellos, hasta que solo quedó el silencio.

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