Amigos Comparten Deseo Bajo la Luna de la Piscina

Dos amigos adultos, un latino casado y un negro divorciado, se follan con deseo interracial salvaje bajo la luna de la piscina.

14 min read September 13, 2026New

La luna llena colgaba gorda y plateada sobre la lujosa casa de las afueras, bañando la piscina privada en un resplandor lechoso que hacía brillar el agua como aceite negro. La fiesta seguía adentro: risas, música baja, el tintineo de copas. Afuera, sin embargo, el mundo se había reducido a dos cuerpos y el calor húmedo de la noche de verano.

Javier tenía treinta y dos años, la piel morena de latino bien trabajado, hombros anchos y esa barbita corta que le daba un aire de hombre casado que sabe lo que quiere. El anillo de bodas brilló un segundo bajo la luz lunar cuando se apoyó en el borde de la piscina, el agua hasta la cintura. Llevaba solo el bañador negro ceñido, y la tela ya delataba la media erección que le había durado media hora de miradas robadas. Su mujer, amiga de la familia anfitriona, estaba adentro charlando; él había salido «a tomar aire». Mentira. Había salido porque Otto estaba solo.

Otto, veintiocho, negro, recién divorciado, el cuerpo de quien no deja de entrenar ni un puto día. Pectorales pesados, brazos gruesos, esa V que bajaba hacia el bañador blanco que se le pegaba a los muslos como una segunda piel. El bulto allí era imposible de ignorar: grueso, pesado, semi-duro ya solo de la cercanía. Se pasaba la mano por el pecho mojado, y el agua resbalaba por la piel oscura como si lo acariciara.

—Joder, qué calor —dijo Otto, voz grave, profunda, con esa sonrisa de lado que llevaba meses volviendo loco a Javier en silencio—. Pensé que te habías ido con tu mujer.

—Ella está ocupada. Yo… necesitaba esto —respondió Javier, nadando un poco más cerca. El agua les llegaba a la cintura a ambos ahora. A un metro. Menos. El olor a cloro mezclado con el sudor limpio de Otto le subió a la garganta y se le instaló en la polla—. Llevas meses mirándome así, hermano. No te hagas el gilipollas.

Otto soltó una risa baja, ronca. Dio un paso. El agua se movió entre ellos.

—¿Así cómo, Javier? ¿Como si quisiera meterte la polla hasta el fondo y oírte gemir en español mientras te la como entera? Porque eso es exactamente lo que quiero. Desde la puta cena de Navidad. Te vi en la cocina con esa camisa abierta y se me puso dura como una piedra. Me divorcié y lo primero que pensé fue: ahora puedo follarme al latino casado que me vuelve loco sin que nadie me joda.

Javier sintió un tirón violento en la entrepierna. El bañador se le tensó de golpe. La confesión le cayó encima como un puñetazo dulce. Llevaban meses: roces en abrazos de saludo que duraban un segundo de más, miradas que se sostenían cuando nadie miraba, comentarios «inocentes» sobre el gimnasio, sobre cómo Otto sudaba, sobre cómo a Javier se le marcaban los abdominales cuando se estiraba. Todo reprimido. Todo creciendo como un tumor de deseo interracial crudo.

—Quiero probar esa gruesa polla negra tuya —dijo Javier, sin filtro, la voz ya engolada—. La he imaginado mil veces. Cómo se me abriría la boca. Cómo me estiraría el culo. Estoy casado, sí. Pero esta noche estoy aquí, semidesnudo bajo esta luna, y se me está poniendo dura solo de oírte hablar así. Tócame. O déjame tocarte. Pero no te calles más.

Otto no necesitó más. Avanzó el último tramo. El agua les rozaba ahora el bajo vientre. Su mano grande, oscura, bajó y encontró primero la cadera de Javier, los dedos hundidos en la carne morena, y después el bulto. Apretó. Javier soltó un gemido ronco que se le escapó sin permiso.

—Hostia… —susurró Otto, palpandolo por encima de la tela—. La tienes gorda también, cabrón. Y mojada. No solo del agua. ¿Cuánto tiempo llevas así de caliente por mí?

—Meses. Cada vez que te veo sin camiseta se me pone la polla a llorar. Quiero que me la metas. Quiero que me folles el culo apretado hasta que no pueda caminar mañana y mi mujer pregunte por qué cojeo —Javier hablaba sucio, sin vergüenza, porque el deseo ya no cabía en eufemismos. Su propia mano bajó y buscó el bulto de Otto. Lo encontró. Dios. Grueso de verdad, caliente incluso bajo el bañador mojado, la cabeza ancha ya marcándose. Lo apretó, midió con los dedos. Otto gruñó y empujó la cadera hacia adelante—. Joder, Otto. Esto no va a caber fácil. Y aun así lo quiero todo dentro.

Se besaron. No fue un beso suave. Fue hambre: bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. El sabor a cerveza barata y ganas acumuladas. Javier empujó la pelvis contra la mano de Otto; Otto le agarró el culo con la otra y lo pegó más, frotando polla contra polla a través de las telas empapadas. El roce era obsceno, mojado, el agua salpicando con cada movimiento de cadera.

Bajo la luna, las manos se volvieron más atrevidas. Javier metió los dedos por el elástico del bañador blanco de Otto y sacó esa polla negra gruesa al aire nocturno. Pesaba en su palma. La piel era aterciopelada, las venas marcadas, la cabeza ya brillante de líquido pre-seminal que no era solo agua de piscina. Empezó a bombearlo, lento al principio, luego más firme, el pulgar frotando la raja.

—Así… joder, así, latino de mierda —jadeó Otto contra su boca—. Mírame mientras me la tocas. Quiero ver esa carita cuando te la tragues después. Y tú… sácatela. Quiero las dos juntas.

Javier obedeció. Bajó su propio bañador lo justo. Su polla morena saltó libre, dura, curvada hacia arriba, el glande hinchado. Otto la agarró de inmediato con esa mano enorme y empezó a masturbarlo con tironcitos cortos y sucios, exactamente al ritmo que a Javier se le antojaba salvaje. Se masturbaban mutuamente en el agua, cuerpos pegados, frentes casi juntas, respirando el mismo aire caliente. El chapoteo era rítmico, obsceno. De vez en cuando sus pollas se rozaban, glande contra glande, y ambos gemían más alto.

—Voy a follarte esta noche —prometió Otto, la voz hecha grava—. Primero te voy a abrir con los dedos aquí mismo, en el agua. Después te voy a poner contra el borde, con esa luna mirándonos el culo, y te la voy a meter centímetro a centímetro hasta que grites mi nombre. ¿Lo quieres? Dilo. Dilo claro.

—Lo quiero —Javier casi lo escupió, la mano acelerando en la polla de Otto, sintiendo cómo latía—. Quiero tu polla negra descojonándome el culo apretado. Quiero correrme con ella dentro. Quiero que me dejes lleno y que mañana, cuando folle a mi mujer, todavía sienta cómo me abriste. Hazlo. No pares.

Otto le metió la lengua otra vez en la boca mientras le apretaba más fuerte el glande. Javier correspondió, la mano subiendo y bajando por el tronco grueso, extendiendo el líquido resbaladizo. El agua de la piscina les llegaba a media muslo ahora que se habían movido a la zona menos profunda; la luna les pintaba los músculos mojados, el contraste de pieles —morena y negra— frotándose sin disimulo. Cada roce de pecho contra pecho, de muslo contra muslo, era un recordatorio de lo prohibido y lo consentido a la vez: dos adultos que se deseaban a muerte, que lo habían admitido en voz alta, que se tocaban porque ambos lo pedían con cada gemido.

Javier sintió que se le subía la corrida demasiado pronto. Aflojó un segundo, jadeando.

—Si sigues así me corro en tu mano ahora mismo.

—Entonces córrete. O aguanta. Porque esto no ha hecho más que empezar —Otto le soltó la polla solo para agarrarle el culo con ambas manos, separándole un poco los glúteos bajo el agua, el dedo medio rozando la entrada cerrada a través de la tela bajada—. Aquí. Esto es lo que quiero. Aprieta. Quiero sentir cómo te cierras antes de abrirte.

Javier apretó a propósito. El dedo de Otto presionó más, solo la yema, una promesa. El latino arqueó la espalda y volvió a agarrar la polla negra con ambas manos ahora, masturbándola con desesperación sucia, mirando fijamente esos ojos oscuros.

—Mételo. Aunque sea un poco. Quiero sentir algo de ti dentro antes de que alguien salga a buscarnos.

Otto sonrió, salvaje, y deslizó el dedo bajo la tela, encontró el agujero apretado y cálido, y empujó solo la punta. Javier soltó un quejido largo, gutural, la frente cayéndole al hombro negro y mojado de Otto. El agua facilitaba el roce; el deseo lo hacía todo lo demás. El dedo entró hasta el nudillo, curvado, buscando.

—Tan jodidamente apretado… —murmuró Otto—. Vas a reventarme la polla cuando te la meta de verdad. Sigue tocándomela. Más rápido.

Se masturbaban y se besaban y se exploraban bajo la luna, el chapoteo del agua marcando el ritmo de dos hombres que habían cruzado la línea de lo reprimido a lo inevitable. Javier empujaba el culo hacia atrás contra el dedo de Otto mientras bombeaba esa verga gruesa; Otto le mordía el cuello y le hablaba al oído de cómo iba a corrérsele dentro, de cómo el semen negro le iba a chorrear por los muslos morenos, de cómo nadie en la fiesta sabría que el latino casado estaba siendo abierto por el divorciado que llevaba meses soñando con su culo.

La tensión no bajaba. Subía. Cada caricia era más urgente, cada confesión más explícita. Estaban en el punto exacto donde el deseo mutuo ya no permitía marcha atrás: pollas durezas, dedos explorando, bocas sucias y el agua de la piscina temblando a su alrededor como si la propia noche contuviera la respiración.

Javier levantó la cara, los ojos vidriosos de calentura, y miró a Otto a la boca.

—Llévame al borde. Quiero que me la chupes un poco y después quiero chupártela yo hasta el fondo. Y después… fóllame. Aquí. Ahora. Antes de que se nos acabe el valor o la noche.

Otto sacó el dedo despacio, le dio una última embestida de cadera contra la mano de Javier, y lo jaló hacia los escalones de la piscina, donde el agua era más baja y la luna les daba de lleno en los cuerpos semidesnudos y las pollas expuestas y brillantes.

El deseo interracial que habían reprimido durante meses ya no era miradas ni roces casuales. Era carne contra carne, confesiones crudas y el acuerdo silencioso —y bien hablado— de que esa noche iban a follarse hasta no poder más. El resto de la fiesta seguía adentro, ajena. Ellos, afuera, bajo la luna, con las manos todavía en las pollas del otro y el culo de Javier aún palpitando por la promesa del dedo que lo había abierto un poco, estaban exactamente donde el hambre los había empujado: al borde del no retorno, listos para caer del todo.

Otto lo arrastró los últimos metros hasta el borde de la piscina, el agua chapoteando contra sus muslos. Sin avisar, le agarró las caderas morenas con esas manos enormes y lo levantó de un tirón, sentándolo a horcajadas sobre el canto de piedra, el culo de Javier fuera del agua, las piernas abiertas, los pies todavía rozando la superficie. La luna le dibujaba cada curva del glúteo tenso. Otto se hincó entre esas piernas, le separó las nalgas con los pulgares y escupió directo sobre el agujero rosado y contraído.

—Mira esa puta latina cachonda… —gruñó, la voz grave, caliente—. Meses mirándome la verga y ahora me ofreces el culo como una zorra en celo. Ábrete. Quiero olerte, saborearte, follarte la entraña con la lengua antes de destrozarte con la polla.

Javier arqueó la espalda, agarrándose al borde con los nudillos blancos. Tenía treinta y dos años, estaba casado, y aun así empujó el culo hacia atrás, ofreciéndose.

—Hazlo, Otto… cómeme el culo, por favor. Llevaba meses soñando con esa lengua negra dentro de mí.

Otto no se anduvo con rodeos. Enterró la cara entre las nalgas morenas y le metió la lengua de un golpe, profunda, caliente, húmeda, revolviendo el agujero apretado con hambre animal. Chupó, revolvió, clavó la punta hasta donde pudo, babando, gruñendo contra la carne. Javier gritó un «joder» ahogado, la polla dura palpitándole contra el abdomen, goteando pre-semen que se mezclaba con el agua que aún le resbalaba por los muslos. Otto lo comía como si quisiera llegarle al fondo del alma: lengua larga, labios succionando el borde del esfínter, dientes rozando apenas la piel sensible mientras lo llamaba una y otra vez puta latina, zorra casada, culo caliente de mierda que se estaba dejando abrir bajo la luna.

—Tan sabroso… tan cerrado… vas a ahogar mi lengua, cabrón —masculló Otto entre lametones, metiendo dos dedos junto a la lengua para abrirlo más, torsiendo, buscando esa próstata que hizo a Javier dar un respingo violento—. Gime. Quiero que la fiesta casi te oiga. Diles a todos lo puta que eres por esta verga negra.

Javier se masturbaba sin pudor, la mano volando sobre su propia polla morena mientras Otto le devoraba el culo.

—Más… más lengua… así, Otto, rómpeme… soy tu puta latina, tu culo casado… cómeme entero.

Cuando el agujero ya baboseaba y se abría con cada embestida de lengua, Otto se incorporó de golpe, salpicando agua. Dio la vuelta a Javier como si no pesara nada, lo bajó otra vez al agua hasta la cintura y lo puso de perrito contra el borde, pecho aplastado a la piedra caliente, culo fuera, piernas abiertas. La polla negra, gruesa, venosa, brillaba con saliva y agua. Otto se escupió en la mano, se untó la cabeza ancha y la apoyó justo en la entrada dilatada.

—Respira, puta. Voy a metértela toda.

Empujó. El glande negro se abrió paso centímetro a centímetro, estirando el culo de Javier hasta el límite. Javier aulló, un sonido roto y delicioso, los ojos en blanco. Ardía. Dolía rico. La verga era demasiado gruesa, demasiado larga, y aun así Javier empujó hacia atrás, tragándosela.

—Hostia puta… qué grande… me estás abriendo entero… no pares…

Otto se hundió hasta las pelotas de un embestidón seco. El chapoteo del agua marcó el ritmo salvaje desde el primer segundo: caderas negras golpeando nalgas morenas, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne. Follaba como un animal, sin piedad, agarrándole la cintura con fuerza suficiente para dejar marcas, sacándola casi entera y volviendo a clavársela hasta el fondo. Cada embestida sacaba un gemido gutural de Javier, que hablaba sucio sin control.

—Fóllame más duro… destrozame el culo con esa verga negra… sí, así, Otto… soy tu zorra latina… métela toda, relléname…

—Culo apretado de mierda… te estoy partiendo a la mitad y todavía aprietas como virgen —jadeaba Otto, sudor resbalándole por el pecho oscuro, músculos del abdomen contratándose con cada embestida—. Dilo otra vez. Pídemela.

—Más verga negra… por favor… fóllame el culo hasta que no pueda sentarme… quiero tu leche dentro…

El agua salpicaba alrededor de ellos, la luna iluminando el contraste brutal: piel negra brillando sobre piel morena, la polla gruesa entrando y saliendo brillante de saliva y lubricante natural. Otto le dio una palmada fuerte en una nalga, otra, y aceleró hasta un ritmo brutal que hacía temblar los muslos de Javier. Cuando sintió que el latino ya estaba abierto y blando, lo sacó de golpe, lo levantó otra vez del agua como un saco y lo tumbió de espaldas sobre la tumbona más cercana, las toallas ya empapadas. Le abrió las piernas en V, se colocó entre ellas y se volvió a clavar de una sola embestida en posición de misionero, cara a cara, pechos rozándose, frentes juntas.

Ahora las embestidas eran más profundas, más pesadas, el peso entero de Otto aplastando a Javier contra la tela. La tumbona crujía. Javier le rodeó la cintura con las piernas, talones clavados en ese culo negro perfecto, pidiendo más con la boca y con el cuerpo.

—Mírame mientras te la meto —ordenó Otto, voz rota de placer—. Quiero ver esa cara de puta casada cuando te corras con mi polla negra reventándote el culo.

—Te veo… joder, te veo… tu verga me está matando de rico… más fuerte… fóllame como si me odiaras… lléname… quiero sentirla latir dentro…

Se besaron sucios, lenguas chocando, dientes, saliva. Otto le mordió el cuello, le chupó un pezón, le hablaba al oído basura interracial y degradante que a Javier se le convertía en corrida subiendo por la espina:

—Puta latina de mierda… culo caliente para verga negra… tu mujer no te abre así, ¿verdad? Solo yo. Solo esta polla. Vas a volver a casa cojeando y todavía vas a querer más.

—Sí… solo tú… métemela… me corro… me voy a correr…

Javier se masturbaba desesperado entre sus cuerpos, la mano volando sobre su polla morena hinchada. Otto aceleró, embistiendo corto y brutal, buscando el ángulo que le sacaba gritos. El nudo en la base de su verga se apretó. Un gruñido largo se le escapó del pecho.

—Me corro… te la voy a llenar… tómala toda, puta…

Se corrió con embestidas profundas y entrecortadas, chorros calientes y espesos disparándose dentro del culo de Javier, llenándolo hasta que el semen empezó a rebosar alrededor de la polla todavía palpitante, blancuzco contra la piel morena. El calor interno empujó a Javier al borde. Se masturbó tres veces más, gritó el nombre de Otto y eyaculó con fuerza sobre su propio pecho: hilos blancos y espesos que le mancharon los abdominales, el pezón, hasta la barbita corta. Temblaba. El culo le latía alrededor de la verga que aún se deshinchaba despacio dentro.

Quedaron así un rato, jadeando, sudorosos, cubiertos de semen y agua de piscina. Otto se salió con un sonido húmedo y obsceno; un hilo de leche le resbaló a Javier entre las nalgas hasta la tumbona. Se miraron. El odio fingido del dirty talk se había disuelto. Otto se inclinó y lo besó con ternura absurda, labios lentos, lengua suave, una mano en la mejilla de Javier.

—Esta no va a ser la única noche —susurró contra su boca—. Vamos a compartir esto todas las veces que podamos. Bajo otras lunas, en otros sitios. Tu culo y mi polla. ¿Me oyes?

Javier asintió, todavía temblando, la sonrisa torcida y feliz.

—Te oigo. Y quiero más. Mucho más.

Se limpiaron a medias con las toallas mojadas, se subieron los bañadores —el blanco de Otto ya manchado, el negro de Javier pegado a la polla blanda y al culo goteante—. Volvieron hacia la casa despacio, hombro con hombro, las sonrisas cómplices imposible de borrar. Dentro seguía la música baja, las risas, la fiesta ajena a lo que acababa de pasar bajo la luna. Nadie sospechaba que el latino casado y el negro divorciado acababan de follarse el alma.

Casi en la puerta del patio, Javier metió la mano en el bolsillo de la toalla que se había echado al hombro y sintió vibrar el móvil. Una sola mirada rápida a la pantalla, sin que Otto lo notara: un mensaje de su mujer. «Los vi desde arriba. No digas nada. Quiero detalles cuando volvamos a casa… y quiero verte con él otra vez.» El corazón le dio un vuelco dulce y peligroso. Guardó el teléfono. Otto le pasaba un brazo por los hombros, creyendo que el secreto era solo de los dos, que acababa de empezar entre ellos y la noche. Javier sonrió más amplio, cómplice hacia fuera, y guardó para sí la verdad que el otro todavía no sabía.

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