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Exponiéndose al deseo de su mejor amigo

Tamara, fotógrafa de 28 años, se exhibe desnuda ante la ventana mientras su mejor amigo Xavier, arquitecto de 31, la folla con fuerza sabiendo que los

11 min read September 29, 2026New

Tamara tenía veintiocho años y el cuerpo de quien pasaba horas detrás de una cámara sin dejar de moverse: piernas firmas, culo redondo, pechos pesados que se marcaban bajo la camiseta fina. Xavier, treinta y uno, arquitecto de hombros anchos y manos grandes, la observaba desde el sofá de la casa de vacaciones mientras el mar golpeaba las rocas abajo. Los ventanales enormes daban al acantilado; de día se veía el azul infinito y de noche las luces lejanas del paseo marítimo. Estaban solos todo el fin de semana. Nadie más.

—Te estoy mirando otra vez —dijo ella, girando la copa de vino entre los dedos—. ¿Sabes qué fantaseo desde hace meses? Exhibirme. Desnuda. Que me vean desconocidos. Que se corran mirándome sin poder tocarme.

Xavier dejó el vaso sobre la mesa baja. Su polla ya se le endurecía dentro del pantalón.

—Llevo años deseándote, Tamara. Desde que te conocí. Me palmeaba pensando en tu coño abierto, en que alguien te viera mientras yo te follaba. Nunca te lo dije porque eras mi mejor amiga.

Ella se acercó, se sentó a horcajadas sobre sus muslos sin quitarse la ropa todavía, y le frotó el culo contra el bulto grueso.

—Pues ahora lo dices. Y yo te digo que quiero que me uses delante de cualquiera que pase. ¿Lo haces?

—Lo hago —gruñó él, agarrándole las caderas—. Te voy a follar como la puta exhibicionista que eres.

La tensión se rompió ahí. Tamara se levantó y caminó despacio hasta el ventanal central, el más grande, con las cortinas abiertas de par en par. Afuera caía el atardecer; todavía se distinguían las siluetas de gente paseando por el sendero lejano. Empezó por la camiseta. Se la subió milímetro a milímetro, mostrando primero el vientre plano, luego el bajo de los pechos, y por fin se la quitó del todo. Los pezones ya estaban duros. Después el short. Lo bajó por los muslos despacio, se inclinó de espaldas a la ventana para que se le marcara el culo en tanga negra, y se la bajó también. Se quedó desnuda, de pie, con las piernas ligeramente abiertas, mirando al mar como si el cristal no existiera.

—Mírame —susurró—. ¿Crees que alguien nos ve ya?

Xavier se acercó por detrás. Le pasó las manos por la cintura, subió hasta aplastarle las tetas y le pellizcó los pezones con fuerza.

—Seguro que sí, putita. Estás mojada solo de pensarlo. Tócate. Enséñales cómo te gusta.

Tamara se metió dos dedos en la boca, los chupó y bajó directo al coño. Se abrió los labios con una mano y se frotó el clítoris con la otra, gimiendo bajo mientras miraba el reflejo de ambos en el cristal. Xavier le besó el cuello y le metió un dedo por detrás, empujando hasta el nudillo.

—Más —pidió ella—. Quiero tu polla. Fóllame aquí. Que me vean mientras me la metes entera.

Él se desabrochó el pantalón. La polla le saltó gruesa, venosa, ya goteando. La puso de rodillas frente a la ventana.

—Abre esa boca. Chúpamela mirando afuera. Si alguien pasa, que vea cómo te la comes.

Tamara abrió la boca bien grande y se la engulló hasta la garganta. Xavier le agarró el pelo y le empujó la cabeza, follándole la cara con embestidas cortas mientras ella bababa y miraba hacia el cristal. Se oía el sonido húmedo de su garganta. Cada vez que él se retiraba, ella sacaba la lengua y lamió el glande, dejando hilos de saliva que le caían a las tetas.

—Qué buena puta de mi mejor amigo —dijo él—. Te encanta que te vean con la boca llena de polla.

Cuando no pudo más, la levantó de un tirón y la pegó de pecho contra el cristal frío. Las tetas se le aplastaron, los pezones se le endurecieron aún más contra el vidrio. Xavier le separó las piernas, le alineó la polla en la entrada mojada y la empujó de un solo golpe hasta el fondo. Tamara gritó. El cristal se empañó con su aliento.

—Más fuerte —suplicó—. Quiero que me vean rebotar.

Él la folló de pie, sin piedad, agarrándole las caderas y dándole embestidas secas que hacían sonar la piel contra la piel. Cada embestida le aplastaba las tetas un poco más contra el frío. Ella miraba afuera, buscando siluetas, y cada vez que creía ver movimiento su coño se apretaba alrededor de la polla de Xavier.

—Eres una puta exhibicionista de mierda —le dijo al oído, dándole una cachetada en el culo—. Te gusta que te miren mientras te la meto entera. Di lo que eres.

—Soy tu puta —gimió ella—. Tu puta que se deja follar en la ventana para que cualquiera me vea.

Xavier la soltó solo para llevarla al sofá grande delante del mismo ventanal. La puso a cuatro patas, culo en alto, cara mirando al cristal. Se arrodilló detrás y la penetró otra vez, más profundo aún. Empezó a darle palmadas fuertes en ambos glúteos, dejando marcas rojas, mientras le hablaba sucio.

—Mira afuera. Enseña esa cara de zorra mientras te destrozo el coño. Si alguien está ahí, que se corra viéndote.

Tamara se empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida. El sofá crujía. Ella goteaba por los muslos. Xavier le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le metió los dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba.

Cuando ambos estaban al borde, él se sentó en el sofá y la hizo montarlo al revés, vaquera inversa, de espaldas a él y de cara a la ventana. Así ella controlaba el ritmo y podía mirar sin obstáculo. Se bajó hasta sentarse del todo sobre su polla, abrió las piernas bien, se sujetó las tetas y empezó a rebotar. Xavier le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le frotaba el clítoris.

—Míralos —dijo él—. Busca si hay alguien. Quiero que te corras sabiendo que te están viendo.

Tamara cabalgaba fuerte, el culo golpeándole los muslos a él, la polla saliendo y entrando a la vista de cualquiera. Gimió más alto, sin esconderse. Vio movimiento lejano: dos siluetas detenidas en el sendero, mirando hacia la casa. El orgasmo le subió de golpe. Se contrajo alrededor de Xavier, gritó su nombre y se corrió empapándolo, el coño palpitando a la vista de las figuras lejanas. Xavier la agarró por las caderas, la empujó hacia abajo una, dos, tres veces más y se corrió dentro, llenándola a chorros calientes mientras gruñía contra su espalda.

Se quedaron así un momento, ella todavía empalada, él todavía duro dentro. Luego él la abrazó por detrás, le besó el hombro y ambos miraron la ventana. Las dos siluetas seguían ahí un segundo más antes de seguir caminando despacio, como si no quisieran irse del todo.

Tamara sonrió, todavía temblando, con el semen de Xavier resbalándole por el muslo interior.

—Quiero repetirlo mañana por la noche —susurró—. Con las luces más fuertes. Con la puerta del balcón abierta. Que se acerquen más si quieren. Que nos oigan.

Xavier le apretó una teta y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Lo haremos. Y esta vez te voy a follar tan fuerte que grites mi nombre para que todo el puto paseo sepa de quién es esta coño exhibicionista.

Ella se rio bajito, se acomodó contra su pecho y no apartó la vista del cristal. Afuera el mar seguía y la noche apenas empezaba. La casa olía a sexo y a salitre. Ninguno de los dos se movió a cerrar las cortinas.

La noche siguiente Tamara no esperó a que cayera del todo la oscuridad. Encendió todas las lámparas del salón, las de pie, las de techo, incluso la tira led que bordeaba el ventanal. La casa de vacaciones quedó bañada en una luz cruda, casi agresiva, que marcaba cada curva de su cuerpo. Xavier la observaba desde la cocina abierta, ya sin camisa, el pantalón bajo y la polla a medio endurecer solo de verla moverse. Ella llevaba únicamente una bata fina de seda blanca, sin nada debajo, y se la desabrochó despacio frente a la puerta del balcón que ya había abierto de par en par. El aire salado de la noche le rozó los pezones al instante. Abajo, el paseo marítimo brillaba más cerca de lo que recordaba; se oían risas lejanas, el eco de zapatos sobre la madera del sendero, y un par de farolas que alcanzaban casi hasta la base del acantilado.

—Esta vez no hay dudas —dijo ella, dejando caer la bata al suelo—. Que se acerquen. Que oigan. Quiero que se queden mirando mientras me rompes.

Xavier se acercó, le agarró el culo con las dos manos y le apretó los glúteos hasta que ella soltó un gemido. Su polla ya estaba dura del todo, rozándole el vientre.

—Vas a gritar mi nombre hasta que se les ponga de piedra a todos los que pasen. Te voy a follar con la puerta abierta y las luces a tope. Enséñales esa cara de puta que se corre para desconocidos.

Tamara se arrodilló ahí mismo, en el umbral del balcón, de espaldas al interior y de cara a la noche. Abrió la boca y le sacó la polla del pantalón de un tirón. Se la metió hasta la garganta de golpe, baboseándola, chupando fuerte mientras miraba hacia el sendero. Xavier le sujetó la cabeza con ambas manos y le folló la cara con embestidas profundas, sin piedad, el glande golpeándole la garganta cada vez. Ella bababa a chorros, los hilos le caían por las tetas, y cada vez que él se retiraba sacaba la lengua para lamerle las bolas. Se oía el sonido húmedo y obsceno mezclado con el rumor del mar. Pensó en las siluetas de la noche anterior y se le mojó más el coño solo de imaginar que alguien estuviera ya mirando desde abajo, escuchando cómo le llenaban la boca.

—Qué bien te la comes, putita —gruñó él—. Abre más. Que te vean tragar polla con la puerta abierta. Eres mía y se lo voy a demostrar a todo el mundo.

Cuando la saliva le empapaba ya el pecho, la levantó de un jalón, la giró y la empujó contra la barandilla del balcón. El metal frío le marcó el vientre. Xavier le separó las piernas, le escupió en el coño y se la metió de un solo empujón hasta el fondo. Tamara gritó alto, sin contención, la voz saliendo clara hacia la noche. Él la folló de pie, fuerte, agarrándole las caderas y dándole embestidas secas que hacían rebotar sus tetas contra el aire. Cada golpe le sacaba un gemido más largo. Ella miraba hacia el paseo, buscaba movimiento, y cuando vio dos figuras detenerse bajo una farola su coño se apretó alrededor de la polla de Xavier como un puño.

—Ahí están —jadeó ella—. Nos están mirando. Más fuerte, Xavier. Fóllame para ellos. Que vean cómo me la metes entera.

Él le dio una cachetada en el culo, otra, y otra, dejando la piel roja y caliente. Luego le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le habló al oído mientras la embestía sin parar.

—Di lo que eres. Grita para que te oigan.

—Soy tu puta exhibicionista —gritó ella, la voz rota de placer—. La puta de mi mejor amigo que se deja follar en el balcón para que cualquiera se corra mirándome. ¡Úsame!

Xavier la sacó de la barandilla solo para tumbarla de espaldas en la mesa baja del salón, justo delante de la puerta abierta. Le levantó las piernas, se las puso sobre los hombros y se la volvió a clavar hasta el fondo. La follaba ahora mirándola a la cara, viéndole las tetas rebotar, el coño abierto y brillante tragándose su polla. Tamara se tocaba el clítoris con dos dedos, frotándose en círculos rápidos, gimiendo sin parar. El aire de la noche le rozaba la piel sudada. Pensaba en los que estuvieran ahí abajo, en cómo se les endurecería la polla o se les mojaría el coño al verla así, abierta, usada, llena.

—Mira cómo te destrozo —le dijo él, acelerando el ritmo—. Este coño es mío y lo enseño a quien yo quiera. Te voy a llenar delante de ellos.

La cambió de posición otra vez. La puso a cuatro patas en el sofá, culo hacia la puerta abierta, cara mirando el interior pero el cuerpo completamente expuesto a la noche. Xavier se arrodilló detrás y se la metió de nuevo, más profundo aún, agarrándole la cintura con fuerza. Empezó a darle palmadas rítmicas en ambos glúteos mientras la follaba, el sonido de la piel contra la piel mezclado con los gemidos de ella y el mar. Tamara se empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida, el culo rebotando contra él. Goteaba por los muslos. Sentía el semen de la noche anterior todavía un poco en su interior y eso la excitaba más.

—Abre ese culo —ordenó él—. Enséñales cómo te la comes entera. Quiero que se acerquen más. Que oigan cómo te mojas.

Ella miró por encima del hombro y vio, a lo lejos, que las dos figuras se habían acercado un poco por el sendero. Se le escapó un gemido largo, casi un aullido. Xavier le metió dos dedos en la boca para que los chupara y siguió follándola sin piedad, el sofá crujiendo bajo ellos. Cuando notó que ella empezaba a temblar, la levantó, se sentó en el borde del sofá de cara a la puerta y la hizo montarlo de frente, las piernas abiertas de par en par. Así cualquiera que mirara desde fuera vería su polla entrar y salir de ese coño hinchado, vería las tetas de Tamara rebotar, vería su cara de puta. Ella se bajó hasta sentarse del todo, se abrió los labios del coño con los dedos y empezó a cabalgarlo fuerte, subiendo y bajando, el culo golpeándole los muslos.

—Míralos —susurró Xavier, frotándole el clítoris con el pulgar—. Correrse sabiendo que te ven. Quiero sentir cómo te aprietas cuando te miran.

Tamara rebotaba sin control, gimiendo cada vez más alto, el sudor resbalándole entre las tetas. Vio movimiento más claro: tres siluetas ahora, detenidas, claramente mirando hacia la casa iluminada. El orgasmo le subió como una ola. Se contrajo alrededor de la polla de Xavier, gritó su nombre a pleno pulmón y se corrió con violencia, el coño palpitando a la vista de todos, chorreando sobre él. Xavier la agarró por las caderas, la empujó hacia abajo una y otra vez y se corrió dentro, llenándola a chorros calientes, gruñendo contra su cuello mientras le llenaba el coño hasta que el semen empezó a salir alrededor de su polla.

Se quedaron así, ella todavía empalada, temblando, él todavía duro y latente dentro de ella. El aire de la noche les secaba el sudor. Afuera las siluetas seguían un segundo más antes de empezar a alejarse despacio. Tamara apoyó la frente en el hombro de Xavier, respirando agitada, el semen resbalándole por el muslo interior hacia el sofá. Él le acarició la espalda mojada y le besó el cuello sin sacarla todavía. La casa olía a sexo crudo y a salitre. Ninguno movió un músculo para cerrar la puerta ni apagar las luces.

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