Vendimia Compartida
Durante la vendimia en La Rioja, Marco y yo nos comemos el culo y follamos duro en el barracón.
El sol de La Rioja se estaba muriendo detrás de las lomas cuando nos quedamos solos entre las hileras de tempranillo. Llevaba la camiseta hecha un trapo empapado desde el mediodía, así que me la quité y la colgué del hombro. El aire de la tarde me rozó el pecho y me erizó los pezones. Marcos andaba tres cepas más adelante, también sin camiseta, los hombros anchos brillando de sudor, los bíceps hinchados de tanto cargar cajas. Tiene veintiocho años, ocho más que yo, y ese cuerpo de trabajador que no va al gimnasio sino que se gana la fuerza agachándose y tirando. Yo tengo veintidós y aún me tiemblan las piernas al final de la jornada, pero él me mira como si yo fuera el racimo más gordo del viñedo.
Compartimos barracón desde que empezó la vendimia. Somos seis en total, pero los otros se habían ido ya al pueblo a por cervezas. Quedábamos nosotros dos rematando la última hilera. El olor a uva aplastada, a tierra caliente y a hombre sudado se me metía en la nariz y no me dejaba pensar en otra cosa.
—Joder, tío —bromeé, limpiándome la frente con el dorso de la mano—. Esta jornada me está matando el culo. Mañana no voy a poder ni agacharme.
Marco se enderezó, se pasó la mano por el pecho peludo y me miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en mis pectorales, en la línea de vello que me bajaba hacia el ombligo, en el bulto que se marcaba un poco en los pantalones de trabajo. No aparté la vista. Noté cómo se me endurecía la polla solo con esa mirada intensa, oscura, de tío que sabe lo que quiere.
—A mí me está matando verte agachado todo el santo día —dijo en voz baja, casi como si hablara consigo mismo. Se acercó un par de pasos. El sudor le resbalaba por el pecho y se le perdía en la cinturilla de los pantalones. Olía a sol, a esfuerzo y a algo más denso, masculino, que me hizo tragar saliva—. Llevo semanas deseándote, joder. Cada vez que te inclinas a coger un racimo se me pone la polla como una piedra. Te miro el culo y pienso en abrírtelo aquí mismo, entre las viñas.
Me quedé quieto. El corazón me latía en la garganta. No era una confesión a medias; era clara, cruda, y me calentó más que el sol de mediodía. Yo también lo había fantaseado. Por las noches, en la litera de arriba, oía su respiración pesada y me la sobaba despacio imaginando esos brazos fuertes sujetándome la cintura, esa boca gorda comiéndome el culo, esa polla gruesa abriéndome de una embestida. Nunca me había atrevido a decirlo. Ahora él me lo ponía en bandeja.
—Yo también —admití, y mi voz salió ronca—. Te he mirado en las duchas. Te he mirado cuando te quitas la camiseta y se te marcan esos abdominales. Me he corrido pensando en que me folles duro en el barracón, que me comas el culo hasta que no pueda más y luego me la metas entera. Llevo días con la polla dura solo de oírte roncar al lado.
Marco soltó una risa baja, gutural, y dio otro paso. Ya estábamos a un palmo. El calor de su cuerpo me llegaba a la piel. Levantó una mano grande, callosa de las tijeras y las cajas, y me la posó en el pecho. Sus dedos se abrieron sobre mi pectoral izquierdo, aplastando el pezón con la palma. El sudor mezclado nos hizo resbalar la piel. Yo hice lo mismo: le toqué el pecho velludo, noté el músculo duro debajo, el latido fuerte. Le apreté un poco y él gruñó.
—Míranos —murmuró cerca de mi boca—. Dos tíos sudados en medio del viñedo, tocándonos las tetas como si no hubiera un mañana. Nadie nos obliga a nada. Si quieres paramos aquí y seguimos recogiendo uvas como si nada.
—No quiero parar —dije sin dudar. Le agarré la nuca con la otra mano y le acerqué más. Nuestras frentes se tocaron. El aliento de él olía a uva y a tabaco barato—. Quiero lo que tú quieres. Que me comas el culo, que me folles hasta dejármelo rojo. Aquí no se puede, nos pueden pillar, pero en el barracón… estamos solos hasta la noche.
Sus ojos se entrecerraron de deseo. Me apretó el pecho con más fuerza, me pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar y me sacó un gemido que se perdió entre las cepas. Yo le bajé la mano por el abdomen sudado, seguí la raya de vello hasta el borde de los pantalones y metí los dedos un centímetro debajo de la cinturilla. Noté el inicio del vello púbico, el calor de la base de su polla ya dura. Él hizo lo mismo conmigo: su mano grande se deslizó por mi torso, me rodeó la cintura y me agarró un glúteo por encima de la tela. Me apretó fuerte, como midiendo lo que iba a coger después.
—Llevo soñando con ese culo tuyo —confesó contra mi cuello, y me lamió una gota de sudor que me bajaba desde la clavícula—. Vertee agachado, las nalgas marcadas en esos pantalones finos… se me cae la baba. Quiero arrodillarme detrás, separártelas y comerte el culo hasta que me pidas que te la meta. Y entonces te voy a follar duro, cabrón. Te voy a llenar.
Me temblaban las piernas. Le toqué el bulto por fuera: se le marcaba grueso, largo, empujando la tela. Él me tocó a mí y encontró mi polla igual de dura, palpitando contra la cremallera. Nos frotamos un poco así, de pie entre las hileras, pechos contra pechos, sudor mezclándose, respiraciones entrecortadas. No había nadie a la vista. Solo el ruido lejano de un tractor y el zumbido de los insectos.
—Vamos al barracón —susurré—. Ahora. Antes de que vuelvan los otros. Quiero quitarte los pantalones y chupártela. Quiero que me pongas a cuatro patas en tu litera y me comas el culo como un animal.
Marco asintió, los ojos oscuros brillando. Me dio un apretón final en el culo y se separó lo justo para recoger su camiseta del suelo. Yo hice lo mismo. Caminamos lado a lado por el camino de tierra, hombros rozándose, las pollas aún marcadas y sin bajar. Cada paso me subía más la excitación. Pensaba en cómo iba a oler el barracón a nosotros dos dentro de un rato: a sexo, a culo lamiido, a corridas. Pensaba en sus brazos fuertes sujetándome las caderas mientras me embestía. Pensaba en el sonido de sus huevos golpeándome la piel.
El barracón era un prefabricado al final de la finca, techo de chapa, literas metálicas, un baño al fondo con ducha que apenas echaba agua caliente. Entramos y cerré la puerta con el pestillo. El calor de dentro olía a ropa de trabajo y a desodorante barato. Marcos tiró la camiseta a una silla y se me echó encima de nuevo. Esta vez no hubo bromas. Sus manos me recorrieron el torso desnudo con hambre, me apretaron los pectorales, me bajaron por los laterales hasta la cintura. Yo le mordí el hombro, le chupé el sudor del cuello, le metí la lengua en la boca cuando él me la ofreció. El beso fue sucio, de lenguas y dientes, de gemidos ahogados.
Me empujó hacia su litera de abajo. Me senté en el borde y él se puso de pie entre mis piernas, agarrándome la cabeza con las dos manos. Le desabroché el cinturón con dedos torpes de ganas. El botón saltó. La cremallera bajó sola con la presión de su polla. Se la saqué: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum, el olor fuerte a tío cachondo que me volvió loco. Le di un lengüetazo largo desde los huevos hasta la punta y él gruñó mi nombre.
—Joder, sí… así —murmuró, y me empujó un poco más hacia su polla.
Pero no me la metí entera todavía. Me levanté, le di la vuelta y le bajé los pantalones del todo. Su culo era firme, de tío que trabaja, y yo le abrí las nalgas con las manos y le pasé la lengua por la raya solo para provocarlo. Él se arqueó y soltó una palabrota. Entonces me quité yo los pantalones de un tirón. Nos quedamos en calzoncillos un segundo, mirándonos, las pollas tentando la tela, los pechos subiendo y bajando. Me bajé los calzoncillos y él los suyos. Piel contra piel por fin. Su polla rozó la mía y nos frotamos un rato de pie, manos en los culos del otro, besos profundos, sudor resbalando entre los pechos.
—Dime otra vez que lo quieres —pidió él, agarrándome la cara—. Que nadie te obliga. Que me vas a dejar comerte el culo y follarte hasta que no puedas ni caminar mañana.
—Lo quiero —dije mirándole a los ojos—. Te deseo desde el primer día. Quiero que me abras con la lengua, que me escupas el culo y me la metas despacio primero y luego a hostias. Quiero que me corras dentro o en la espalda, como te salga de los huevos. Estoy tan cachondo que se me sale la leche solo de pensarlo.
Marco me tumbió de espaldas en el colchón estrecho de la litera. Se subió encima, me abrió las piernas con las rodillas y se agachó a lamer me el pecho, el vientre, la base de la polla. Su barba de tres días me raspaba la piel y me sacaba escalofríos. Me chupó un huevo, luego el otro, y cuando su lengua bajó más abajo, hacia el perineo, yo ya estaba temblando. Me levantó las piernas, me las dobló contra el pecho y por fin su boca llegó a mi culo. El primer lengüetazo me hizo arquear la espalda y agarrar la barandilla de la litera.
No se limitó a un toque. Me comió el culo con ganas, con saliva, con ruidos húmedos y obscenos. Me abrió con los pulgares, me metió la lengua, me chupó el agujero como si fuera lo más rico que había probado en la vendimia. Yo gemía sin control, las piernas temblando en el aire, la polla rebotando contra mi propio vientre y dejando hilos de precum. Él gruñía contra mi culo, se masturbaba despacio mientras me comía, y de vez en cuando levantaba la cabeza para escupirme en el agujero y volver a atacar.
—Te sabe a uva y a sudor —dijo entre lengüetazos—. Me encanta. Me voy a correr solo de comerte.
Me metió un dedo junto a la lengua, luego otro, abriéndome con paciencia y con hambre. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más. El barracón se llenaba de nuestros ruidos: chupidos, gemidos, el crujido de la litera. Afuera empezaba a caer la noche. Sabíamos que los otros podían volver en cualquier momento, y eso solo nos ponía más calientes. Marcos se incorporó un poco, se alineó entre mis piernas, me agarró las caderas con esas manos fuertes de vendimiador y frotó la cabeza gruesa de su polla contra mi culo baboso.
—Voy a follarte ahora —avisó, la voz rota de deseo—. Despacio al principio. Dime si quieres que pare.
—No pares —le respondí, mirándole a los ojos, las manos en sus bíceps sudados—. Métela. Fóllame duro cuando puedas. Quiero sentirte entero.
Él empujó. La cabeza entró con un ardor delicioso que se me subió por la columna. Yo respiré hondo, me relajé, y él siguió metiendo centímetro a centímetro, llenándome, estirándome. Cuando estuvo hasta el fondo se quedó quieto un segundo, los dos temblando, sudando, mirándonos. Luego empezó a moverse. Primero tandas largas y profundas. Después más rápido. El sonido de su pelvis golpeando mi culo llenó el barracón. Me follaba con ganas, con la fuerza de sus brazos y de su cadera, y yo le pedía más, más duro, más hondo.
Me agarró las muñecas y me las pinó encima de la cabeza. Me besó mientras me embestía. Su pecho sudado resbalaba contra el mío. La litera chirriaba. Yo tenía la polla atrapada entre nuestros vientres y cada embestida me la frotaba hasta casi correrme. Él me soltó una mano para masturbarme al ritmo de sus embestidas. Estábamos al borde, los dos, y el barracón olía ya solo a sexo.
De pronto se oyó el motor de una furgoneta lejana en el camino. Marcos se detuvo en seco, todavía dentro de mí hasta las pelotas, la respiración agitada contra mi cuello.
—Joder… creo que vienen —susurró, pero no se retiró. Me dio un empujón lento, profundo, como si no pudiera evitarlo—. Todavía tenemos un rato. Todavía te voy a comer el culo otra vez y te voy a follar hasta corrernos. ¿Sigues queriendo?
Le apreté el culo con las piernas, lo hundí más dentro de mí y le mordí el lóbulo de la oreja.
—Sigo queriendo. No te salgas. Fóllame hasta que no podamos más, y si entran que nos vean con la polla dentro. No me importa. Te deseo demasiado.
Él sonrió contra mi piel, salvaje, y volvió a moverse. Más despacio ahora, saboreando cada centímetro, mientras afuera el motor se acercaba y la noche caía del todo sobre las viñas de La Rioja. El barracón crujía bajo nosotros y yo sabía que esto solo acababa de empezar.
El motor de la furgoneta se acercaba por el camino de tierra y Marcos se quedó quieto un segundo más, todavía enterrado hasta las pelotas dentro de mí, respirando entrecortado contra mi cuello. El miedo a que nos pillaran solo me puso más duro. Le apreté con el culo y le mordí el hombro.
—Al suelo —gruñó él de pronto—. Aquí la litera canta demasiado.
Nos dejamos caer juntos al suelo de tablones del barracón. El polvo y el olor a madera vieja se nos metieron en la nariz. Marcos me besó con hambre verdadera, lengua profunda, dientes rozándome el labio inferior, mientras sus manos callosas me bajaban del todo los pantalones que aún me colgaban de un tobillo. Me los arrancó de un tirón junto con los calzoncillos y me puso a cuatro patas sin pedirme permiso otra vez: me agarró las caderas, me separó las rodillas y me abrió el culo con los pulgares. El aire fresco me rozó el agujero baboso y yo gemí como un puto animal.
—Joder, mírate —murmuró él detrás de mí—. Todo abierto, todo mío.
Y se tiró de cabeza. Su lengua me encontró de lleno, voraz, profunda, metiéndose dentro como si quisiera llegar al fondo de mi estómago. No fue un lengüetazo suave: fue una comida de culo salvaje, saliva espesa, barba raspándome las nalgas, labios chupando el borde mientras la lengua empujaba y giraba. Me abría con los dedos y volvía a meter la lengua más hondo, gruñendo contra mi piel. Yo empujaba el culo hacia atrás, la cara apoyada en el antebrazo, la polla dura y goteando entre mis piernas. Cada embestida de su lengua me sacaba un gemido ahogado.
—Así… joder, Marcos, cómeme más —le pedí con la voz rota—. Métela entera, chúpame el agujero hasta que no pueda más.
Él escupió un hilillo grueso justo en el centro y se lo volvió a tragar con la lengua, abriéndome los glúteos hasta que me dolían un poco las manos de tanto agarrarme. Me comió el culo como si fuera el racimo más dulce de toda la vendimia, ruidos húmedos y obscenos llenando el barracón. Yo temblaba, las rodillas rozadas contra el suelo, el precum haciéndome un charquito debajo. Cuando metió dos dedos junto a la lengua y los curvó buscando ese punto, casi me corro ahí mismo.
Se incorporó de golpe. Escuché el sonido de su mano untándose saliva en la polla gruesa. Me agarró las caderas con esas manos de vendimiador, me abrió más y me la clavó de una embestida. El ardor delicioso me subió por la columna. Entró hasta el fondo, sus huevos pegados a los míos, y empezó a follarme duro, sin piedad, el sonido de piel contra piel rebotando en las paredes de chapa. Cada embestida me empujaba hacia delante; yo solo podía aguantar a cuatro patas y empujar hacia atrás para recibirlo entero.
—Tómalo todo, cabrón —jadeaba él, clavándome los dedos en la carne de las caderas—. Este culo es mío esta noche. ¿Lo sientes cómo te abre?
—Sí… joder, sí, fóllame más fuerte —le contesté, la voz hecha un hilo—. Dámela entera, Marcos, rómpeme.
Me folló así un buen rato, embestidas largas y brutales que me hacían ver estrellas. El barracón olía solo a sexo y a sudor de tío. De pronto me giró de un manotazo. Me tumbó de espaldas en el suelo, me levantó las piernas y me las puso sobre sus hombros anchos. Se alineó otra vez y me penetró de un solo empujón en misionero, tan hondo que se me cortó la respiración. Me miró a los ojos mientras empezaba a moverse, agarrándome los muslos, doblándome casi por la mitad. Su pecho peludo y sudado resbalaba contra el mío. Cada embestida me rozaba la polla atrapada entre nuestros vientres.
—Mírame mientras te corro dentro —ordenó, la voz grave, rota de ganas—. Quiero ver tu cara cuando te llene.
No pude aguantar más. La presión en la próstata, el roce constante, el olor de él, todo se juntó. Me corrí primero, eyaculando a chorros potentes sobre mi propio abdomen, salpicándole el pecho y el vello. Las contracciones de mi culo lo apretaron y él gruñó como un animal, embistió dos, tres veces más y se vació dentro de mí. Lo sentí latir, caliente, espeso, llenándome hasta que me rebosó un poco por los lados. Los dos temblábamos, sudando a mares, todavía unidos, las piernas de él temblando sobre mis hombros.
Permanecimos así un rato, respirando el mismo aire viciado, besándonos suaves ahora, casi tiernos. Cuando por fin se salió, un hilo de su corrida me resbaló por el muslo. Marcos se rió bajito, esa risa ronca que me volvía loco, y se estiró hasta alcanzar una toalla vieja y grisácea que colgaba de la litera. Nos limpió con cuidado: primero mi abdomen pegajoso, luego su polla semidura, después el desastre entre mis nalgas. Cada pase de la toalla iba acompañado de un beso en la rodilla, en la cadera, en la boca.
—Esto no tiene por qué ser solo una vez durante la vendimia —dijo mientras me secaba el pecho con ternura torpe—. Podemos repetir cada noche si quieres. O cada madrugada. O cuando los otros se vayan al pueblo. Me da igual. Quiero más de este culo y de esa boca.
Sonreí, todavía con las piernas abiertas y el cuerpo flojo de la corrida. Le agarré la nuca y le rocé los labios con los míos.
—Cuenta con ello —le respondí—. Voy a follarte yo también. Voy a comerte el culo hasta que me pidas clemencia. Vamos a compartir mucho más que el vino de esta cosecha, Marcos. Cada gota de sudor, cada gemido, cada corrida. Hasta que se acabe la vendimia… y después también, si hace falta.
Nos besamos otra vez, lentos, saboreando el sabor salado del otro. Afuera la furgoneta ya se había alejado o nunca había llegado del todo; el barracón volvía a quedar en silencio salvo por nuestras respiraciones. Me acurruqué un momento contra su pecho velludo, oliendo a uva aplastada y a sexo, convencido de que aquella noche solo era el principio de algo que iba a marcar toda la temporada.
Y entonces, mientras él me abrazaba todavía desnudos en el suelo del barracón, comprendí de golpe que la furgoneta nunca había traído a los compañeros: era solo el eco de mi propia imaginación repitiendo el mismo sueño húmedo que llevaba teniendo desde el primer día que vi a Marcos agacharse entre las cepas, y que mañana, cuando abriera los ojos de verdad en la litera de arriba, seguiría deseándolo en silencio sin haberle tocado ni un puto pelo.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories