Nieve y Deseo en la Cama Compartida

En la cabaña nevada, Hugo anima a Colette a follarse a Sullivan mientras él mira y se corre con ellos.

6 min read August 23, 2026New

La nieve golpeaba los ventanales de la cabaña como si quisiera entrar a la fuerza. Afuera, el bosque de pinos se había vuelto una mancha blanca y muda; adentro, el fuego del salón crepitaba y olía a resina. Solo había una cama grande lo bastante ancha para tres cuerpos, y esa noche Hugo, Colette y Sullivan la iban a llenar sin rodeos.

Hugo, treinta y dos años, marido complaciente hasta la médula, se recostó contra el cabecero con un vaso de vino caliente entre las manos. A su lado, Colette —morena, pechos pesados, veintiocho años de carne inquieta— se acomodó de medio lado, la bata de seda entreabierta. Sullivan, el mejor amigo de Hugo, se había descalzado junto al fuego: hombros anchos, muslos duros, la polla ya marcando el pantalón de chándal como una promesa grosera.

—Os juro que siempre lo he fantaseado —dijo Colette entre risas bajas, la voz un poco pastosa por el primer trago—. Que me compartáis. Que Hugo me mire mientras otro me la mete hasta el fondo. No es broma.

Hugo la miró de reojo, sonrisa torcida.

—Dilo otra vez. Quiero oírlo sin la risa.

Ella se mordió el labio inferior, se recostó más contra el pecho de su marido y miró a Sullivan sin vergüenza.

—Quiero que esta noche me convirtáis en vuestra puta. Que Sullivan me folle y tú te corras viéndolo. Hotwife de verdad. Aquí. Ahora.

Sullivan soltó una risa ronca, pero no se movió. Esperó. Hugo fue quien cerró el trato con un beso lento en la sien de Colette y un susurro que ella sintió más que oyó:

—Entonces vamos a hacerlo bien. Quiero verte mojada por él. Quiero olerte después.

La nieve seguía cayendo a cántaros. Los tres se acomodaron bajo la manta gruesa frente al fuego, vasos de vino especiado en las manos. El calor del alcohol y de la chimenea embotaba los límites. Colette empezó despacio: el pie descalzo rozando la pantorrilla de Sullivan bajo la lana, subiendo hasta la rodilla, deteniéndose un segundo en el muslo interior. Sullivan no apartó la mirada. Hugo, al otro lado, metió la mano por la abertura de la bata de su mujer y le acarició una teta con descaro, como presentándosela al amigo.

—Mírala —murmuró Hugo—. Se le endurecen los pezones solo de pensar en tu polla. Qué zorra se pone cuando sabe que la voy a compartir.

Colette soltó un gemido corto, dejó que la bata se abriera del todo. Sus tetas quedaron al aire, pesadas, pezones oscuros y erectos. Se inclinó hacia Sullivan y le rozó la boca con la suya sin llegar a besarla del todo.

—Dile lo que quieres, Colette —insistió Hugo, la voz espesa.

Ella miró a su marido, después a Sullivan, y se lanzó. El beso fue sucio desde el primer segundo: lengua, saliva, dientes en el labio inferior. Mientras lo besaba, tomó la mano de Sullivan y se la puso en el pecho.

—Mírame, Hugo —jadeó contra la boca del otro—. Mírame cómo me mojo por tu amigo. Estoy empapada. Siento el coño latir.

Hugo se bajó el pantalón lo justo para sacar su propia polla, ya dura, y se la acarició con calma, sin prisa, contemplando el espectáculo. Colette se arrodilló entre las piernas abiertas de Sullivan. Le bajó el chándal de un tirón. La polla de Sullivan saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Colette no pidió permiso: abrió la boca y se la metió hasta casi atragantarse, gorgoteando, saliva espesa cayéndole por la barbilla mientras subía y bajaba con ansia de puta famélica.

—Joder… —gruñó Sullivan, una mano enganchada en el pelo moreno de ella—. Cómo chupa tu mujer.

—Chúpala más profundo —ordenó Hugo, masturbándose más rápido—. Quiero oírla atragantarse. Quiero verle la cara de zorra con la boca llena.

Colette obedeció. Babeaba, lloraba un poco por el reflejo, pero no se apartaba. Cada vez que subía, dejaba la polla brillante y volvía a bajar hasta que la nariz le rozaba el vello púbico de Sullivan. Hugo se inclinó y le abrió más las nalgas a su esposa con ambas manos, mirándole el coño hinchado y goteando.

—Está chorreando, tío. Se le resbala por los muslos. Folíatela ya.

Sullivan la levantó como si no pesara. La puso a cuatro patas en el centro de la cama grande. Colette arqueó la espalda, ofreciendo el culo. Él se arrodilló detrás, alineó la polla gruesa contra la entrada resbaladiza y empujó de un solo tajo brutal. Colette gritó, un grito roto de placer puro, las sábanas apretadas entre los puños.

—Puta caliente —le gruñó Sullivan al oído mientras le tiraba del pelo y le embestía con fuerza, las bolas golpeándole el clítoris—. Te gusta que te folle delante de tu marido, ¿verdad? Dilo.

—Sí… sí, me encanta… me encanta ser su puta… ¡más fuerte!

Hugo se situó delante de ella, de rodillas, y le sujetó la cara para que lo mirara mientras se la follaban.

—Ábrela más. Quiero ver cómo te entra.

Sullivan no se anduvo con delicadezas. Le dio unas hostias suaves en el culo, le apretó la cadera hasta dejar marca y la embistió hasta que el sonido de carne contra carne llenó la cabaña junto al crujido de la leña. Colette baboseaba sobre la polla de Hugo, lamiéndole la cabeza sin ritmo, perdida. Cuando Sullivan la giró de golpe y la puso de espaldas, Hugo le agarró las tobillos y se los abrió en V amplia, ofreciéndole el coño de su mujer como un regalo.

—Métela hasta el fondo. Quiero verla distendida.

Sullivan se hundió en misionero profundo, casi doblando a Colette por la mitad. Cada embestida sacaba un gemido gutural de ella. Hugo se inclinó y le chupó un pezón mientras se masturbaba a centímetros de donde la polla de su amigo entraba y salía brillante de jugos.

—Voy a correrme dentro —avisó Sullivan entre dientes—. Quiero llenarle el coño.

—Hazlo —jadeó Hugo—. Yo me corro en su boca. Colette, abre. Trágatelo todo.

Colette apenas podía hablar. Solo gemía, asintiendo, las piernas temblando en las manos de su marido. Sullivan se corrió primero: se clavó hasta el fondo y se vació a chorros calientes dentro de ella, gruñendo como un animal. Casi al mismo tiempo, Hugo se metió la polla en la boca abierta de su esposa y se corrió profundo, semen espeso golpeándole la lengua y la garganta. Colette tragó lo que pudo, el resto le resbaló por la comisura mientras el creampie de Sullivan empezaba a salirle del coño en hilos blancos y espesos.

Los tres se quedaron jadeando un momento, el aire cargado de sexo y madera quemada. Hugo no esperó mucho. Se bajó entre las piernas abiertas de Colette y le lamió el coño con lengua ancha y lenta, limpiándole el semen de su mejor amigo, chupando, saboreando, metiendo la lengua dentro para sacar más. Colette se estremecía, hipersensible, los dedos enredados en el pelo de su marido.

Cuando Hugo subió a besarla, el beso fue profundo y sucio: ella saboreó el semen de Sullivan en la boca de su propio marido y gimió contra sus labios. Sullivan, todavía duro a medias, se acomodó al otro lado y le acarició las tetas con calma posesiva, pellizcándole los pezones hinchados, dejando que el pecho de ella se pegara a su torso desnudo.

Se acurrucaron los tres en la cama compartida, Colette en el centro, sudada, el coño aún goteando entre ambos hombres. Afuera la tormenta no amainaba. Adentro, el fuego bajaba a brasas rojas. Ella susurró contra el pecho de Hugo, la voz ronca de tanto gemir:

—Quiero repetirlo. Todas las noches que nos queden aquí. Quiero que me uséis, que me llenéis, que me miréis mientras me convierto en vuestra puta de nieve. No me dejéis dormir sin correros otra vez dentro.

Hugo le besó la frente húmeda. Sullivan le pasó un brazo por la cintura y le apretó el culo con la palma abierta. Nadie apagó la luz del todo. La cabaña olía a semen, a vino y a deseo crudo, y la cama grande ya no era solo un mueble: era el altar donde Colette había dejado de ser solo esposa para convertirse en algo más sucio y más libre.

Y mientras la nieve seguía borrando el mundo allá afuera, los tres supieron que aquella noche no había sido un desliz, sino el principio de todas las que vendrían.

Nunca volvió a bastarle el amor de un solo hombre.

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