Vendimia Salvaje: Su Hall Pass en la Cata de Vinos
Valentina, de 38 años, usa su hall pass en la cata de vinos y folla salvajemente con el enólogo Roman delante de su cornudo marido Silas.
Las viñas de Mendoza se extendían bajo el sol de finales de verano como un mar de hojas verdes y racimos pesados. Silas, de cuarenta y dos años, empresario exitoso con el traje oscuro aún impecable a pesar del calor, caminaba junto a su esposa por los senderos de grava de la bodega exclusiva. Valentina, treinta y ocho, voluptuosa, llevaba un vestido blanco ceñido que marcaba la curva generosa de sus caderas y el escote generoso de sus pechos. El aire olía a mosto y a tierra caliente. Ambos sabían por qué estaban allí: la experiencia premium de la vendimia salvaje incluía el “hall pass”, ese permiso taciturno y excitante que habían negociado en la cama meses atrás, entre susurros y masturbaciones compartidas.
Roman, el enólogo argentino de treinta y cinco años, los esperaba junto a una mesa de catas al aire libre. Alto, hombros anchos, piel morena por el sol de la finca, ojos oscuros y una sonrisa segura que no pedía permiso. Ofreció las copas con dedos firmes y, al entregar la de Valentina, sus nudillos rozaron deliberadamente los de ella. Ella se mordió el labio inferior, un gesto lento, húmedo, y no apartó la mano. Silas lo vio todo. Sintió el nudo caliente en la garganta y la erección traicionera apretándole el pantalón. Habían fantaseado con esto: él mirando, ella dejando que un desconocido la tocara.
—Buen cuerpo, este Malbec joven —dijo Roman, sin apartar la vista de la boca de Valentina—. Como ciertas cosas que maduran mejor cuando se las deja libres un rato.
Valentina rio bajito, inclinándose un poco hacia delante. El movimiento hizo que el escote se abriera más. Roman no disimuló. Su mano libre bajó y se posó en la cintura de ella, los dedos abiertos sobre la tela fina, el pulgar rozando apenas la costilla. Valentina no se apartó. Al contrario: se arqueó casi imperceptiblemente hacia el contacto y miró de reojo a su marido. Silas tragó saliva. El sol le quemaba la nuca. Quería gritar y al mismo tiempo quería que la mano bajara más.
La cata siguió entre comentarios técnicos que nadie escuchaba de verdad. Valentina coqueteaba sin vergüenza: reía con la cabeza echada hacia atrás, dejaba que Roman le limpiara una gota de vino de la comisura con el pulgar, se pasaba la lengua por los labios después de cada sorbo mirándolo a los ojos. Silas observaba cómo el enólogo le acariciaba la cintura con más confianza, cómo los dedos se deslizaban un centímetro hacia la curva del culo. Cada roce le martilleaba en las sienes y le endurecía más la polla. Era humillación consentida, caliente, exacta a lo que habían hablado.
Cuando Roman propuso llevarla a la bodega privada “para probar un reserva que no sale a la sala”, Valentina giró la cabeza hacia Silas. Los ojos oscuros, brillantes, le pedían la confirmación sin palabras. Él asintió. Un movimiento corto, casi avergonzado, y la sangre le subió a las mejillas al sentir cómo el corazón le latía en la entrepierna. Roman sonrió de lado, como si ya lo hubiera sabido, y guió a Valentina entre las filas de barricas de roble. Silas los siguió a tres metros, el eco de sus pasos resonando en la penumbra fresca y olorosa a vino y madera.
Dentro, Roman no perdió tiempo. Empujó a Valentina contra una barrica alta, la copa olvidada, y la besó con hambre. Lengua profunda, manos ya subiendo por los muslos desnudos bajo el vestido. Valentina gimió dentro de la boca del otro hombre y abrió las piernas lo justo para que los dedos ásperos encontraran la tela empapada de su braga. Silas se quedó junto a la puerta, el puño cerrado, mirando cómo aquellas manos extrañas subían y bajaban, cómo el pulgar de Roman rodeaba el clítoris por encima de la tela mientras la besaba el cuello.
—Joder… —susurró Valentina entre gemidos, la voz rota, mirando a su marido por encima del hombro de Roman—. Quiero que me folle un hombre más dominante mientras tú miras, Silas. Lo deseo tanto… que me use, que me abra, que me recuerde cómo se siente una polla de verdad cuando tú solo puedes ver.
Roman le bajó la braga hasta los tobillos con un tirón. Valentina levantó un pie y la dejó caer. Los dedos del enólogo entraron en ella de golpe: dos, gruesos, curvados. Ella arqueó la espalda y jadeó.
—Mírala —ordenó Roman sin mirar a Silas—. Está chorreando solo de pensar en mi polla. ¿Verdad, preciosa?
—Sí… sí, joder.
Valentina se soltó, se arrodilló sobre la piedra fría y abrió el cinturón de Roman con ansia torpe. La polla saltó gruesa, venosa, ya dura del todo. Ella la miró un segundo, luego levantó la vista hacia Silas y se la metió en la boca hasta la garganta, chupando con ruidos húmedos y babosos.
—Mira cómo la disfruto, cornudo —dijo alrededor del glande, saliva brillándole en la barbilla—. Qué gruesa… qué caliente… No es como la tuya. Esta sí me llena la boca.
Silas dio un paso más cerca, la respiración entrecortada, la polla doliéndole dentro del pantalón. Roman le agarró el pelo a Valentina y se la embistió despacio en la garganta, dejando que ella babeara y gimiera. Después la levantó, la giró y la bent sobre una barrica. El vestido subido hasta la cintura, el culo redondo y pálido ofrecido. Roman se alineó y entró de una sola embestida profunda. Valentina gritó, las uñas arañando la madera.
—Así, puta mía —gruñó Roman, follándola en perrito con golpes secos y potentes que hacían chapotear el coño—. Tu marido es un maricón inútil que solo sirve para mirar. Acércate, cornudo. Mira cómo se me abre. Mira cómo le late el coño alrededor de una polla de verdad.
Silas obedece, se pone a un metro. Ve la polla gruesa desaparecer y salir brillante de jugos, ve los pechos de Valentina aplastados contra la barrica, ve su cara contorsionada de placer. Roman la agarra de las caderas y cambia el ángulo, dándole más fuerte. Luego la hace girar, la sienta al revés sobre él en vaquera inversa, las espaldas contra el pecho del enólogo. Valentina se deja caer y empieza a rebotar. Las tetas saltan libres cuando Roman le baja el escote; los pezones duros, oscuros, bailan con cada embestida hacia arriba.
—Mira esos pechos, maricón —escupe Roman, pellizcándole un pezón mientras la levanta y la deja caer sobre su polla—. Tu mujer se corre conmigo. Dile lo bien que se siente.
—Se siente… tan gruesa… tan profunda… —jadea Valentina, mirando a Silas con la boca abierta—. Me voy a correr… joder, me estoy corriendo en su polla…
El orgasmo la sacude: grita, el coño se le contrae visiblemente, los muslos tiemblan. Roman no para. La sigue follando a través de las contracciones, degradando a Silas en cada embestida.
—Inútil. Solo miras. Ni siquiera te atreves a tocarte mientras yo le lleno el coño a tu esposa. ¿Lo ves? ¿Lo ves cómo le gotea?
Empuja más hondo, se queda clavado y se corre con un gruñido largo. La corrida es abundante, caliente; Valentina gime al sentir los chorros profundos. Cuando Roman se retira, el semen espeso le resbala del coño abierto, baja por los muslos internos en hilos blancos y viscosos que brillan a la luz tenue de la bodega.
Valentina permanece un momento sentada sobre la barrica, jadeante, las piernas abiertas, el vestido arrugado, el coño rojo y lleno. Se baja con torpeza, se acerca a Silas todavía temblando y lo besa con la boca abierta, sabiendo a vino y a la polla de otro hombre. La lengua de ella empuja la de él, lenta, posesiva. El sabor amargo y salado se le pega al paladar. Ella le susurra contra los labios, la voz ronca y aún rota de gemidos:
—Todavía lo tengo dentro… todo caliente… y no he terminado contigo esta noche, mi amor. Roman dijo que hay otra barrica más atrás, y que quiere verme chupártela a ti mientras él me vuelve a follar. ¿Vas a aguantar mirarlo otra vez? Porque yo… yo quiero que me deje el coño goteando hasta que no pueda caminar.
Roman la miró con esa sonrisa de depredador satisfecho y ya con ganas de más. El semen le resbalaba por el muslo a Valentina, caliente y espeso, y ella no hizo ningún gesto por limpiárselo. Al contrario: se pasó dos dedos por el coño hinchado, recogió un hilo blanco y se lo ofreció a Silas como si fuera un trofeo.
—Lámelo —ordenó ella, la voz todavía ronca—. Quiero que sepas exactamente a qué sabe el hombre que me acaba de llenar.
Silas se inclinó. La lengua le tembló al primer contacto con el sabor amargo y salado de otro. El nudo en la garganta se le apretó más, y la polla le dolía dentro del pantalón, atrapada, sin alivio. Valentina le acarició la mejilla mientras él chupaba sus dedos.
—Buen chico —susurró ella—. Ahora síguenos.
Roman ya se había abrochado a medias y guiaba el camino entre las barricas más profundas de la bodega. El aire era más fresco, más denso a roble y a vino añejo. Una lámpara de pared arrojaba luz amarillenta sobre una mesa de cata baja y una barrica horizontal más ancha. Roman señaló el suelo de piedra.
—De rodillas, Valentina. Quiero verte chupársela a tu maridito mientras yo te abro otra vez. Y tú, cornudo… sácatela. Quiero ver esa cosita triste mientras yo la uso de verdad.
Silas obedeció con las manos torpes. El cinturón, el cierre, y por fin su polla saltó fuera: erecta, sí, pero más delgada, más pálida, el glande ya brillando de precum. Valentina se arrodilló entre los dos hombres. Primero se giró hacia Roman, le bajó otra vez la bragueta y le sacó la polla gruesa, todavía medio dura y manchada de sus propios jugos y semen. La lamió limpia con lengüetazos largos, ruidosos, mirando a Silas todo el tiempo.
—Mira qué diferente es —murmuró contra el glande de Roman—. La tuya ni siquiera me llena la mejilla. Esta… esta me destrozó la garganta antes y todavía quiero más.
Luego se giró hacia su marido. Le rodeó la base con los dedos y se la metió entera de un golpe, hasta la raíz. Silas jadeó. El calor húmedo de la boca de su mujer le sacudió las rodillas, pero ella no le dio tiempo a disfrutar: chupaba rápido, casi burlesco, haciendo ruidos exagerados de babas mientras Roman se colocaba detrás de ella.
El enólogo le levantó el vestido otra vez, le abrió las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el coño todavía abierto y goteante. Valentina gimió alrededor de la polla de Silas cuando Roman empujó. Entró de un solo embiste profundo, hasta los huevos, y el sonido chapoteante llenó la bodega. Silas vio de cerca cómo el culo de su esposa se aplastaba contra la pelvis morena de Roman, cómo la polla gruesa desaparecía y salía brillante, empujando hacia fuera hilos blancos del semen anterior.
—Joder, qué estrecha sigue —gruñó Roman, agarrándole las caderas con fuerza—. Aunque ya la llena mi leche, el coño de tu puta esposa me aprieta como si quisiera más. Chúpale fuerte, preciosa. Hazle sentir lo poco que vale mientras yo te follo como se debe.
Valentina obedeció. Se sacó la polla de Silas de la boca solo para hablarle, la saliva colgándole del labio inferior.
—Duele de lo gruesa que es… me llega tan hondo que me quita el aire… y tú solo puedes mirar cómo me la clava. ¿Lo sientes? ¿Cómo se me humedece más solo de oírte gemir de humillación?
Silas asintió, incapaz de formar palabras. Las mejillas le ardían. Cada embestida de Roman hacía que el cuerpo de Valentina se sacudiera hacia delante, empujando su polla más profundo en aquella boca que ahora sabía a otro hombre. Roman aceleró. Los golpes secos hacían rebotar las tetas de Valentina; el vestido ya no cubría nada. Le pellizcó un pezón con dedos ásperos y ella chilló de placer alrededor de la verga de su marido.
—Dile lo que eres —exigió Roman, sin dejar de follarla—. Dile a tu cornudo lo que necesitas de un hombre de verdad.
—Necesito… esta polla —jadeó Valentina, separándose un segundo para mirar a Silas a los ojos mientras el enólogo le daba más fuerte—. Necesito que me use, que me deje el coño abierto y lleno… que me recuerde que tú solo sirves para ver. Mírame correrme otra vez en él, mi amor. Mírame…
El segundo orgasmo la golpeó más violento. Se arqueó, el coño se le contrajo en espasmos visibles alrededor de la verga de Roman, y un chorrito claro le salpicó los muslos. Roman no se detuvo. La folló a través de las contracciones, más profundo, más brutal, mientras Valentina volvía a engullir la polla de Silas para ahogar los gritos. Silas sentía las vibraciones de su garganta, el temblor de su cuerpo, y el gusto metálico de la sangre en su propia boca de tanto morderse el labio.
Cuando las ondas bajaron, Roman se retiró de golpe. El coño de Valentina quedó abierto, rojo, goteando una mezcla espesa de semen y fluidos propios. El enólogo la levantó del suelo como si no pesara nada y la sentó a horcajadas sobre la barrica horizontal, de espaldas a él, las piernas abiertas hacia Silas.
—Ahora te la vas a follar tú un rato, cornudo —dijo Roman con tono burlón—. Quiero ver cómo te esfuerzas con esa cosita. Pero solo la entrada. No te atrevas a correrte dentro. Eso es mío.
Valentina se recostó, se abrió los labios del coño con los dedos y miró a su marido con una sonrisa cruel y excitada.
—Vamos, Silas. Métela. Quiero sentir la diferencia otra vez. Quiero reírme de lo poca cosa que eres después de haber tenido a Roman.
Silas se acercó temblando. La punta de su polla rozó aquel calor resbaladizo y se hundió. Valentina soltó una risita baja, casi de lástima.
—¿Ves? Ni siquiera me llena… se me escurre. Roman, por favor…
El enólogo no necesitaba más invitación. Se colocó al lado, le apartó a Silas con un empujón del hombro y volvió a clavársela de un solo golpe hasta el fondo. Valentina gritó de puro alivio. Roman la follaba en vertical, levantándole las piernas y abriéndoselas hacia el pecho para que Silas tuviera la vista perfecta del coño estirado alrededor de aquella verga gruesa y venosa.
—Tócate —ordenó Roman a Silas—. Quiero verte pajearte como el maricón que eres mientras yo le dejo el útero lleno otra vez a tu esposa. Y tú, puta, dile lo bien que se siente.
—Se siente… perfecto —gemía Valentina, los ojos en blanco, las tetas saltándole con cada embestida—. Me está llegando tan hondo… me va a correr otra vez… joder, Silas, míralo… míralo cómo me usa… cómo me destroza el coño que tú apenas puedes rozar…
Roman le mordió el cuello, le marcó la piel con los dientes y aceleró hasta un ritmo salvaje. El chapoteo era obsceno, húmedo, constante. Valentina se corrió por tercera vez con un aullido largo, el cuerpo convulsionando, el coño exprimiendo la polla del enólogo. Roman gruñó, se clavó hasta el fondo y se vació otra vez: chorros calientes y abundantes que Valentina sintió latir dentro. Cuando se retiró, el semen le brotó en un chorro espeso que le bajó por el culo y gotearon al suelo de piedra.
Valentina se quedó abierta, jadeante, el vestido hecho un guiñapo, el pelo pegado a la cara sudorosa. Roman le acarició el clítoris hinchado con dos dedos lentos, recogiendo más leche y metiéndosela de nuevo dentro.
—Todavía no hemos terminado —dijo el enólogo, mirando a Silas con desprecio caliente—. Hay un cuarto de barricas más abajo, privado. Allí la voy a atar a la mesa de cata y le voy a follar el culo mientras tú le chupas el coño limpio. ¿Quieres eso, Valentina?
Ella giró la cabeza hacia su marido. Los ojos brillaban de lujuria y de algo más oscuro, de poder.
—Sí… quiero que me abra el culo también. Quiero que me deje caminar cojeando mañana. Y quiero que tú, mi amor, te quedes de rodillas limpiándome cada gota mientras él me usa. ¿Aguantas? Porque yo… yo quiero más. Quiero que esta noche me convierta en su puta completa delante de ti.
Silas tragó saliva. La polla le palpitaba, abandonada, sin permiso para correrse. Roman ya estaba guiando a Valentina más adentro de la bodega, la mano poseedora en su culo desnudo y goteante. Ella miró por encima del hombro una última vez, la sonrisa lenta y salvaje, y le tendió la mano a su marido para que los siguiera.
El eco de sus pasos se perdió entre las filas de roble. El olor a sexo y a vino maduro flotaba espeso. Y la noche de la vendimia apenas empezaba a abrir las piernas del todo.
Roman guió a Valentina por un pasillo estrecho de piedra húmeda, la mano firme sobre el culo desnudo y resbaladizo de ella, los dedos hundidos en la carne blanda donde el semen aún goteaba. Silas los seguía a dos pasos, la polla fuera del pantalón, palpitándole al aire fresco de la bodega profunda, sin permiso para tocarse. El olor a roble viejo y a sexo se espesaba con cada metro. Valentina caminaba cojeando un poco, las piernas abiertas, el vestido blanco hecho jirones subido hasta la cintura, los pechos libres y marcados por los dedos de Roman. Miró por encima del hombro a su marido, la sonrisa torcida de placer y poder.
—Siente cómo me escurren los muslos, Silas —susurró ella, la voz todavía ronca—. Toda su leche caliente bajándome… y yo quiero más. Quiero que me abra el culo ahora.
Llegaron a un cuarto bajo, privado, alumbrado solo por una lámpara de hierro que proyectaba sombras largas sobre una mesa de cata de madera oscura, ancha y resistente, con argollas de metal en las patas. Barricas apiladas cerraban el espacio. Roman empujó a Valentina hacia la mesa sin gentileza, la hizo inclinar el torso y le ató las muñecas con una correa de cuero grueso que había colgado de una estantería —probablemente para asegurar toneles—. Los nudos eran firmes, apretados lo justo para que ella no pudiera soltarse, pero Valentina gimió de anticipación, no de protesta. Abrió las piernas de par en par sobre el borde, el coño hinchado y rojo mirando hacia Silas, el culo redondo ofreciéndose.
—De rodillas, cornudo —ordenó Roman, ya sacándose la polla otra vez. Estaba dura de nuevo, gruesa, brillante todavía de los jugos anteriores—. Chúpale el coño limpio mientras yo le preparo el culo. Quiero que saborees lo que le dejé adentro.
Silas se arrodilló sobre la piedra fría, el corazón martilleándole en la garganta. La cara a centímetros del coño de su esposa. Olor intenso a semen y a ella. Sacó la lengua y lamió despacio, recogiendo el hilo blanco espeso que resbalaba. El sabor amargo le llenó la boca; tragó porque ella se lo había pedido con la mirada. Valentina arqueó la espalda y empujó las caderas hacia atrás, frotándose contra la lengua de su marido mientras Roman le escupía entre las nalgas.
—Así… limpia todo, mi amor —jadeó ella—. Lame mi coño usado… siente cómo me dejó abierto. Joder, qué rico tenerte ahí abajo mientras él me mira el culo.
Roman separó las nalgas de Valentina con las dos manos grandes, el pulgar presionando el agujero fruncido y rosado. Escupió de nuevo, untó saliva y restos de corrida, y empujó el pulgar hasta el nudillo. Valentina gritó un poco, el sonido cortado de placer. Silas lamía más profundo, la lengua entrando en el coño resbaladizo, saboreando cada contracción. Roman metió un segundo dedo, abriéndola, estirándola, y Valentina se movió hacia atrás buscando más.
—Mira qué culo tan apretado tiene tu puta —gruñó Roman, mirando a Silas por encima del hombro de ella—. Nunca se lo has follado bien, ¿verdad? Porque eres un inútil. Ahora lo voy a destrozar yo. Dile que lo quiere, Valentina.
—Lo quiero… quiero tu polla en el culo —dijo ella, la voz quebrada, mirando a Silas entre mechones de pelo sudado—. Métela, Roman. Ábreme delante de él. Quiero sentir cómo me llena por detrás mientras mi marido me chupa el coño goteante. Silas… míralo. Mírame convertirme en su puta completa.
Roman se alineó. La cabeza gruesa de su polla empujó contra el anillo apretado. Empujó despacio al principio, millímetro a millímetro, y Valentina jadeó con la boca abierta, los ojos en blanco. Silas vio de cerca cómo el agujero se estiraba alrededor de aquella verga venosa, cómo se abría y se tragaba el glande. Roman gruñó y empujó más hondo, hasta la mitad. Valentina gritó de verdad esta vez, un sonido largo y salvaje que rebotó en las paredes de piedra.
—¡Joder… qué gruesa… me quema…! —gimió ella, tirando de las ataduras—. Más… dámela toda. Úsame el culo como si fuera un coño. Silas, no pares de lamer… chúpame mientras me abre.
Roman se hundió hasta los huevos de un solo embiste final. El culo de Valentina se aplastó contra su pelvis morena. Se quedó clavado un segundo, dejando que ella se acostumbrara, y luego empezó a follar: golpes cortos y potentes al principio, luego más largos, más brutales. El chapoteo húmedo llenó el cuarto. Cada embestida hacía que el cuerpo de Valentina se sacudiera sobre la mesa, las tetas aplastadas contra la madera, los pezones rozando la superficie rugosa. Silas lamía sin parar, la lengua empujando dentro del coño que se contraía con cada embestida anal, saboreando la mezcla de semen viejo y fluidos nuevos que le chorreaban a ella por el placer.
—Tan apretado… joder, el culo de tu esposa me estruja la polla —escupió Roman, agarrándole las caderas con fuerza, los dedos dejando marcas rojas—. Tu marido solo sirve para limpiar. Chúpale más fuerte, maricón. Hazle sentir lo poco que vales mientras yo le destrozo el culo.
Valentina se corrió así, con la polla de Roman enterrada hasta el fondo en su culo y la lengua de Silas revolviendo su coño. El orgasmo la sacudió entero: gritó, las piernas temblaron, el culo se le cerró en espasmos alrededor de la verga gruesa y un chorro claro le salió del coño directo a la boca de Silas. Él tragó, humillado y duro, la polla doliéndole contra el muslo sin alivio. Roman no se detuvo. La folló a través de las contracciones, más rápido, los huevos golpeándole el coño, el sonido obsceno de carne contra carne.
—Dile lo que sientes —exigió Roman, inclinándose sobre ella, mordiéndole el hombro—. Dile a tu cornudo lo bien que te follo el culo.
—Se siente… demasiado… me llena completo… más que cualquier cosa que tú me hayas dado —jadeaba Valentina, mirando a Silas con los ojos brillantes de lágrimas de placer—. Me está abriendo… me va a dejar el culo abierto y goteando… y tú solo puedes lamer. Más, Roman… fóllame más fuerte… quiero correrme otra vez con tu polla en el culo.
Roman aceleró hasta un ritmo salvaje. Le soltó una nalgada seca que resonó, luego otra, marcándole la piel. Valentina aulló y se corrió de nuevo, el cuerpo convulsionando contra las ataduras, el culo exprimiendo la polla del enólogo. Roman gruñó, se clavó hondo y se vació: chorros calientes y espesos bombeando dentro del culo de ella. Valentina gimió al sentir cada latido, cada descarga. Cuando Roman se retiró despacio, el semen le brotó del agujero abierto en un hilo blanco y viscoso que bajó hacia el coño y cayó sobre la lengua de Silas.
—Lámelo todo —ordenó Roman, la voz ronca de satisfacción—. Limpia el culo de tu puta esposa. Quiero ver cómo tragas mi leche otra vez.
Silas obedeció. La lengua subió, lamiendo el agujero dilatado y rojizo, recogiendo el semen caliente que salía a pulsos. El sabor era más intenso, más amargo. Valentina se retorcía, todavía sensible, empujando el culo hacia la boca de su marido.
—Buen chico… limpia bien… —susurró ella—. Quiero quedarme limpia solo para que me vuelva a ensuciar. Roman… desátame un momento. Quiero chupártela limpia y luego que me pongas de rodillas otra vez.
Roman desató las correas. Valentina se bajó de la mesa con las piernas temblorosas, el culo y el coño goteando, el vestido inútil. Se arrodilló entre los dos hombres otra vez. Primero tomó la polla de Roman, todavía medio dura y manchada, y la chupó limpia con lengüetazos largos y ruidosos, mirando a Silas todo el tiempo. Luego se giró hacia la polla pálida y abandonada de su marido, la rodeó con la mano y la lamió solo la punta, burlesca.
—Pobrecito… tan dura y sin permiso para correrte —dijo ella, la saliva brillándole en los labios—. Roman quiere que te la chupe un poco más mientras él decide qué hacer conmigo después. ¿Verdad?
Roman ya estaba duro de nuevo, la sonrisa de depredador intacta. Agarró a Valentina por el pelo y la levantó, la empujó de nuevo contra la mesa, esta vez de frente a Silas, y le abrió las piernas.
—Ahora te voy a follar el coño otra vez mientras tu marido te mira a los ojos —dijo—. Y tú, cornudo, te vas a pajear lento. Sin correrte. Solo mirar cómo le lleno el útero por tercera vez. Después… hay un lagar afuera, bajo la luna. Allí la voy a poner a cuatro patas entre las uvas y le voy a follar los dos agujeros hasta que no pueda más. ¿Quieres eso, Valentina?
Ella miró a Silas, la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando, el coño ya abriéndose solo ante la idea.
—Sí… quiero. Quiero que me use hasta el amanecer. Y quiero que tú, mi amor, te quedes mirando y limpiando cada gota. La noche todavía es larga… y yo todavía tengo hambre de su polla. Síguenos cuando salgamos. No te atrevas a tocarte hasta que yo te lo diga.
Roman entró en ella de un solo golpe profundo, y Valentina gritó de alivio, las uñas arañando la mesa. Silas se tocó por fin, lento, humillado, viendo cómo la polla gruesa desaparecía otra vez en el coño de su esposa. El eco de los gemidos y del chapoteo llenó el cuarto privado. Afuera, más abajo, el lagar esperaba bajo las estrellas de Mendoza, y la vendimia salvaje apenas empezaba a exigir su precio completo.
Roman la embestía contra la mesa de cata con golpes secos y brutales que hacían crujir la madera. Valentina, de treinta y ocho años, gritaba con la cara vuelta hacia Silas, los ojos vidriosos de placer, las tetas aplastadas y rebotando. La polla gruesa del enólogo entraba y salía del coño hinchado, empujando hacia fuera hilos blancos del semen anterior que le chorreaban por los muslos. Silas, de cuarenta y dos, se pajeba lento como le habían ordenado, el glande morado y goteando, sin atreverse a apretar más fuerte. Cada embestida le martilleaba en las sienes la certeza de lo poco que valía su propia verga pálida y delgada.
—Mírame los ojos mientras me la clava, cornudo —jadeó Valentina, la voz rota—. Siente cómo me estira… cómo me llena el útero otra vez. Tu polla ni siquiera me rozaría el fondo. Roman me está destrozando el coño que tú solo sabes lamer.
Roman le agarró el pelo y la obligó a arquearse más, clavándose hasta los huevos. El chapoteo obsceno llenaba el cuarto privado. Valentina se corrió con un aullido largo, el coño contrayéndose en espasmos visibles alrededor de aquella verga venosa. Roman no paró. La folló a través del orgasmo, más rápido, más hondo, degradando a Silas en cada palabra.
—Inútil. Solo te tocas como un maricón mientras yo le dejo el coño hecho un charco a tu puta. Dile lo bien que se siente, Valentina.
—Se siente… perfecto… me llega tan hondo que me quita el aire… —gimió ella, las uñas arañando la mesa—. Me va a correr otra vez… joder, Silas, míralo cómo me usa… cómo me abre… cómo me llena de leche de verdad…
Roman gruñó, se clavó hasta el fondo y se vació por tercera vez: chorros calientes y abundantes que Valentina sintió latir contra el cuello del útero. Cuando se retiró, el semen le brotó en un chorro espeso que le bajó por el culo y gotearon al suelo de piedra. Valentina quedó abierta, jadeante, el coño rojo y goteante, el vestido hecho jirones. Roman le recogió semen con dos dedos y se lo metió de nuevo dentro, empujándolo hondo.
—Todavía no. Ahora el lagar. Quiero follarte los dos agujeros entre las uvas, bajo la luna, hasta que no puedas cerrar las piernas. Y tú, cornudo, vas a limpiar cada gota de rodillas.
Valentina se bajó temblando, las piernas abiertas, el semen resbalándole por los muslos internos. Le tendió la mano a Silas y lo arrastró tras ellos por el pasillo de piedra húmeda hacia afuera. El aire nocturno de Mendoza olía a mosto y a tierra caliente. El lagar estaba abierto bajo las estrellas: una pileta ancha de concreto manchada de mosto, racimos aplastados, el suelo resbaladizo de uvas maduras. Roman empujó a Valentina de cuatro patas entre los racimos. Ella abrió las nalgas con las manos, el culo y el coño todavía abiertos y brillantes.
—Chúpale el culo limpio primero, maricón —ordenó Roman, sacándose la polla otra vez, ya dura y gruesa—. Quiero que saborees lo que le dejé adentro antes de volver a ensuciarla.
Silas se arrodilló entre las uvas aplastadas, la cara entre las nalgas de su esposa. El olor a semen y a ella lo embriagó. Sacó la lengua y lamió el agujero dilatado, recogiendo el hilo blanco viscoso que todavía salía a pulsos. Valentina empujó el culo hacia atrás, frotándose contra la boca de su marido mientras gemía.
—Así… limpia bien mi culo usado… siente cómo me dejó abierto… joder, qué rico tenerte ahí abajo mientras Roman me mira.
Roman se alineó detrás. La cabeza gruesa de su polla empujó contra el anillo rosado y se hundió de un solo embiste hasta los huevos. Valentina gritó, el sonido salvaje rebotando en la noche. El culo se le aplastó contra la pelvis morena del enólogo. Roman empezó a follarla el culo con golpes potentes y secos, el chapoteo húmedo mezclado con el crujido de las uvas bajo las rodillas de ella. Cada embestida hacía que las tetas de Valentina colgaran y rebotaran, los pezones duros rozando el mosto frío.
—Tan apretado… el culo de tu puta me estruja la polla como si nunca se la hubieran metido de verdad —gruñó Roman, agarrándole las caderas con fuerza, dejando marcas rojas—. Tu marido solo sirve para lamer mierda. Chúpale el coño mientras yo le destrozo el culo, cornudo. Hazle sentir lo poco que vales.
Silas obedeció. Se deslizó debajo, la lengua empujando dentro del coño goteante de semen mientras Roman le follaba el culo. Valentina se retorcía entre los dos, el placer doblando su cuerpo. Se corrió así, con la verga de Roman enterrada hasta el fondo en su culo y la lengua de Silas revolviendo su coño: gritó, las piernas temblaron, un chorro claro le salió del coño directo a la boca de su marido. Él tragó, humillado, la polla doliéndole sin alivio.
Roman no se detuvo. La folló a través de las contracciones, más brutal, los huevos golpeándole el coño. Luego se retiró de golpe, el semen brotando del agujero abierto, y se la clavó en el coño de un solo empujón profundo. Valentina aulló de alivio. Roman la usaba los dos agujeros por turnos: tres embestidas en el culo, tres en el coño, estirándola, abriéndola, dejando que el semen se mezclara y le chorreara por los muslos hasta las uvas aplastadas.
—Dile lo que eres —exigió Roman, inclinándose, mordiéndole el hombro hasta marcarle la piel—. Dile a tu cornudo lo bien que te follo los dos agujeros.
—Soy su puta… su puta completa… —jadeaba Valentina, mirando a Silas con los ojos brillantes de lágrimas de placer—. Me está abriendo el culo y el coño… me llena completo… más que cualquier cosa que tú me hayas dado… me va a dejar caminando cojeando… goteando su leche por los dos agujeros… y tú solo puedes mirar y lamer… más, Roman… fóllame más fuerte… quiero correrme otra vez con tu polla destrozándome…
Roman aceleró hasta un ritmo salvaje. Le soltó nalgadas secas que resonaban en la noche, marcándole la carne. Valentina se corrió de nuevo, el cuerpo convulsionando, el culo y el coño exprimiendo la verga gruesa por turnos. Roman gruñó, se clavó hondo en el culo y se vació: chorros calientes y espesos bombeando dentro. Se retiró y se la metió al coño de inmediato, vaciándose otra vez allí, llenándola hasta que el semen le brotó por los dos agujeros a la vez y le bajó por los muslos en hilos blancos y viscosos que se mezclaban con el mosto.
Valentina quedó de cuatro patas, el culo y el coño abiertos, rojos, goteando una mezcla espesa que caía sobre las uvas aplastadas. Roman le agarró el pelo y la giró hacia Silas.
—Limpia todo, cornudo. Lame los dos agujeros. Quiero ver cómo tragas mi leche de su culo y de su coño.
Silas se arrodilló, la lengua subiendo primero al culo dilatado, recogiendo el semen caliente que salía a pulsos, luego bajando al coño hinchado, chupando, tragando el sabor amargo y salado. Valentina se retorcía, todavía sensible, empujando hacia la boca de su marido.
—Buen chico… limpia bien… quiero quedarme sucia solo para que me vuelva a usar… —susurró ella, la voz ronca—. Roman… todavía quiero más. Quiero que me pongas de rodillas y me la metas en la garganta hasta que me ahogue… y que Silas se la meta un segundo solo para que sienta lo poco que es… y luego tú otra vez… hasta que no pueda más…
Roman la levantó por el pelo, la puso de rodillas entre las uvas y se la embistió en la garganta hasta que le rozó la campanilla. Valentina babeba, los ojos llorosos, chupando con ruidos húmedos mientras Silas se acercaba temblando. Roman le apartó la cabeza un segundo.
—Métela, cornudo. Solo la punta. Que sienta la diferencia.
Silas se hundió. Valentina soltó una risita baja de lástima alrededor de su polla delgada.
—¿Ves? Ni me llena… se me escurre… Roman, por favor…
El enólogo lo empujó a un lado y se la clavó de nuevo en el coño hasta el fondo, follándola de rodillas entre las uvas, las manos en las caderas, los golpes tan fuertes que el cuerpo de ella se sacudía hacia delante. Silas se pajeba desesperado, viendo cómo la verga gruesa desaparecía y salía brillante de jugos y semen, cómo el culo de su esposa se abría y se cerraba, cómo le goteaba por los dos agujeros. Valentina se corrió una última vez con un grito salvaje, el coño y el culo contrayéndose, el semen de Roman saliendo a chorros con cada contracción. Roman se vació otra vez dentro, gruñendo, dejándola llena hasta el borde.
Cuando se retiró, Valentina se desplomó de lado entre los racimos aplastados, las piernas abiertas, el coño y el culo destrozados, goteando hilos blancos y espesos que se mezclaban con el mosto morado. Roman le escupió encima del coño abierto y le ordenó a Silas:
—Lámelo todo otra vez. Traga. Y no te corras. Esa leche es mía. Tu puta esposa se va a ir cojeando, el culo y el coño abiertos y llenos de mi corrida, y tú solo vas a oler a lo que le dejé dentro.
Silas lamió, tragó, humillado y duro, mientras Valentina miraba con una sonrisa torcida de poder y lujuria, el semen de Roman todavía brotándole del culo y del coño abiertos como un trofeo sucio bajo la luna de Mendoza.
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