Paso Prohibido Con Mi Mejor Amigo
Reid se folla a la madrastra de su mejor amigo.
Soy Reid, tengo veintidós años, y desde que tengo memoria Trent ha sido mi hermano de otra madre. Crecimos trepando el mismo árbol del parque, compartiendo chicles robados y, más tarde, secretos de pajas torpes en su habitación. Su padre se casó con Aisha cuando Trent cumplió dieciocho; ella llegó a la casa con treinta y cuatro, caderas anchas, tetas pesadas que no pedían permiso y una boca pintada de rojo oscuro que siempre parecía a punto de confesar algo sucio. Ahora tiene treinta y ocho y sigue viviendo allí. Cada vez que cruzo la puerta siento el mismo golpe en la polla: esa mujer me mira como si ya me hubiera chupado la verga en su cabeza mil veces.
Hoy Trent está en el gimnasio. Aisha abre en bata de seda negra, el nudo flojo entre las tetas. El aire acondicionado no da abasto con el calor de julio. —Pasa, cielo. Está solo la casa —dice, y su voz es un roce bajo.
Me deja pasar. Sus pezones marcan la tela. Cuando se gira hacia la cocina, la bata se abre un segundo y veo el borde de una tanga roja clavada entre sus nalgas gordas. “Accidente”. Siempre son accidentes. Me roza la mano al pasarme la botella de agua fría; sus dedos se quedan un segundo de más sobre mi muñeca, calientes, traicioneros. Sé lo que significaría follármela: traición al marido que paga la hipoteca y al hijastro que confía en mí como en sangre. Aun así, mi polla se pone dura dentro del pantalón corto solo de oler su perfume barato y caro a la vez, vainilla y sexo contenido.
—Trent tarda una hora más —murmura, mirándome de reojo mientras bebe de mi misma botella, dejando marca de labios en el plástico—. Quédate un rato.
La tensión es un cable pelado entre nosotros. Cuando me siento en el sofá, ella se inclina “para recoger un cojín” y su pecho libre se aplasta un segundo contra mi brazo. Siento el pezón duro. Trago saliva. Ella sonríe como si no hubiera pasado nada y se aleja meneando ese culo de madrastra prohibida que yo me he corrido imaginando docenas de noches, solo en mi cama, apretando la polla hasta que salía blanca y espesa pensando en su coño maduro.
Esa misma noche el calor no baja. Trent manda un mensaje: se va de fiesta, no vuelve hasta la madrugada. Aisha me escribe casi al instante: Ven a ver una peli. Casa sola. Trae cerveza si quieres. Llego en veinte minutos con la verga ya medio dura de solo imaginarla. Abre la puerta en la misma bata. El salón está a oscuras salvo la tele; el aire espeso, húmedo. —Hace un calor de cojones —dice, y sin más ceremonia se quita la bata.
Se queda en camisola transparente blanca y tanga roja. Los pezones oscuros, duros como piedras, se marcan perfectos. El triángulo de tela le cubre apenas el coño afeitado; los labios se le marcan un poco por la humedad. Se sienta a mi lado en el sofá, muslo contra muslo. La película ni la miro. —Reid… —susurra, girando la cara hacia mí. Su aliento huele a vino—. Llevo años fantaseando con tu polla joven y gruesa. Desde que te vi salir de la ducha aquel verano, gorda y pesada, me mojé el tanga. Me toco pensando en que me la metas entera, en que me llenes el coño de leche como la zorra que soy por desear al mejor amigo de mi hijastro.
Mi polla da un salto violento. Le agarro la muñeca y se la pongo encima del bulto. —Y yo me la jaló casi todas las noches imaginándome corriendome dentro de tu coño maduro y prohibido —le confieso, la voz ronca—. Pensando en follarte mientras tu marido trabaja y Trent no está. En dejarte el coño goteando mi leche.
Ella aprieta mi polla a través de la tela, gime bajito y decide por los dos: —Entonces follémonos ya. Que nos queme.
Se arrodilla entre mis piernas sin pedir más permiso. Me baja el pantalón y el bóxer de un tirón; mi verga salta libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Aisha abre la boca y se la traga hasta la garganta de un solo movimiento hambriento. El calor húmedo me arranca un gemido. Hace gárgaras alrededor del glande, saliva espesa bajándole por la barbilla hasta las tetas. Me mira arriba mientras se ahoga a propósito, ojos llorosos de puta entregada. —El hijo prohibido de mi marido… —jadea al sacar la boca solo para hablar, la voz destrozada—. Qué rica tienes la polla, Reid. Tan joven, tan dura… me voy a tragar hasta los huevos.
Vuelve a embutírsela. Le agarro el pelo y le follo la boca con cuidado sucio, sintiendo cómo la garganta se le abre. Babas, ruidos obscenos, sus uñas clavándome los muslos. Cuando siento que me voy a correr demasiado pronto la saco. —Súbete —ordeno.
Aisha se quita la tanga empapada, me empuja contra el respaldo y se monta en cowgirl. Su coño maduro, caliente y chorreante, se abre sobre mi polla y baja de un golpe hasta el fondo. Los dos gemimos. Empieza a cabalgarme salvaje, las tetas pesadas rebotando delante de mi cara; le muerdo un pezón y ella grita, apretándome el rabo con el coño. Le agarro las nalgas gordas con las dos manos, separándoselas, follándola hacia abajo mientras ella sube y baja como si quisiera romperme la cadera. —Así, madrastra de mierda… úsame la polla —le gruño al oído—. Tu hijastro no puede saber que te estoy abriendo el coño.
—Más profundo, joder… lléname —suplica, la voz rota de placer.
La volteo. La pongo a cuatro patas sobre el sofá, culo en alto, cara contra el cojín. Le abro las nalgas y le embisto de un solo empujón duro, hasta que mis huevos le golpean el clítoris. Empiezo a follarla a perrito con golpes rápidos y brutales, el sonido de piel contra piel llenando el salón. Meto dos dedos en su culo apretado mientras la verga le destroza el coño; ella aulla, se corre la primera vez apretándome la polla como un puño mojado. —Reid… ¡Reid, me corro, hijo de puta!
No paro. Sigo metiéndole los dedos en el culo y la polla en el coño hasta que siento la corrida subirme desde los huevos. Me hundo hasta el fondo y le vacío chorros calientes y espesos dentro, bombeando leche a su útero prohibido. Ella se corre otra vez gritando mi nombre, el coño convulsionando, exprimiendo hasta la última gota.
Caemos exhaustos sobre el sofá, sudor pegajoso entre los cuerpos, mi semen empezando a salirle del coño rosado e hinchado. Aisha me busca la boca y me besa con una ternura que contrasta con lo bestias que acabamos de ser. Me acaricia la mejilla con dedos todavía temblorosos. —Esto será nuestro secreto, Reid —susurra contra mis labios—. Nadie puede enterarse. Ni Trent, ni mi marido… pero no pienses ni un segundo que esta noche va a bastar. Mañana, cuando él esté otra vez en el gym, quiero que vuelvas y me folles otra vez. Más duro. Quiero que me dejes cojeando.
Afuera se oye un coche lejano. Puede ser cualquiera. O puede ser Trent volviendo antes. El corazón nos late desbocado contra las costillas mientras mi polla, todavía medio dura y manchada de ella, empieza a despertar otra vez entre sus muslos abiertos.
El ruido del coche se desvaneció calle abajo. No era Trent. Aun así, el corazón de Aisha martilleaba contra mi pecho mientras mi polla, todavía manchada de su coño y de mi propia leche, volvía a hincharse entre sus muslos abiertos. Ella lo notó al instante. Su mano bajó, me agarró la verga resbaladiza y la apretó con dedos expertas, esparciendo el semen que le goteaba del coño hinchado por todo el tronco.
—Mírala… ya quiere más —susurró contra mi boca, la voz ronca de puta saciada y aún hambrienta—. Qué asco de traición tan rica. Mi hijastro confía en ti y tú me acabas de llenar el útero como un animal. Sigue duro, Reid. Quiero que me lo metas otra vez antes de que seque.
No hizo falta más. La volví a tumbar de espaldas en el sofá, le abrí las piernas con las rodillas hasta casi tocarle los hombros y miré el desastre que le había dejado entre las piernas: labios hinchados, rosados, brillantes, mi corrida blanca saliéndole a hilos gruesos del agujero dilatado. Me inclinó y le pasé la lengua de abajo arriba, saboreando la mezcla de su jugos y mi leche. Aisha arqueó la espalda y me agarró del pelo.
—Cómeme esa puta leche tuya… limpia el coño de la madrastra de tu mejor amigo —gimió—. Más. Métete la lengua hasta el fondo.
Le chupé el clítoris hinchado mientras dos dedos le revolvían el semen dentro del coño. Ella se retorcía, las tetas pesadas temblando, pezones oscuros y duros apuntando al techo. Cuando ya estaba temblando otra vez, me subí, le puse la cabeza de la polla en la entrada resbaladiza y empujé de un solo golpe hasta embutírsela entera. El calor húmedo, el ruido obsceno de mi verga chapoteando en su coño lleno de leche… me sacó un gruñido animal.
—Joder, Aisha… estás empapada de mí —le dije al oído mientras empezaba a follarla con embestidas largas y profundas—. Este coño maduro es mío ahora. Del mejor amigo de tu hijastro. Del tío que se la jala pensando en ti desde que llegaste a esta casa.
—Más duro, cielo… rómpeme —suplicó, clavándome las uñas en la espalda—. Fóllame como si odiaras lo mucho que te gusta. Como si quisieras que Trent te pillara con la polla enterrada en su madrastra.
Le tapé la boca con una mano y aceleré. El sofá crujía. Sus jugos y mi semen salpicaban mis huevos y el cuero. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado. Saqué la polla casi del todo, solo la cabeza adentro, y se la volví a clavar hasta el fondo una y otra vez, brutal, hasta que ella se corrió otra vez apretándome como un tornillo mojado, el grito reprimido vibrándome en la palma. No paré. La follé a través del orgasmo, sintiendo cómo me exprimía, y cuando sentí que me iba a correr de nuevo la saqué, me subí al pecho y le restregué la verga entre las tetas pesadas.
—Ábrete la boca —ordené.
Aisha juntó las tetas alrededor de mi rabo con las dos manos y abrió esa boca pintada de rojo ya corrido. Me corrí a chorros gruesos sobre su lengua, su barbilla, el valle de sus pechos. Le llené la cara de leche blanca y espesa mientras ella se tragaba lo que podía y se frotaba el resto por los pezones, manchándose a propósito.
—Así… márcala —jadeé—. Que sepas de quién eres esta noche.
Nos quedamos un rato así, jadeando, el aire del salón denso a sexo y sudor. Ella me limpió la polla con la lengua, lenta, saboreando cada gota, y después se acurrucó contra mí con la camisola aún subida hasta las tetas.
—Mañana a las once —murmuró—. Trent se va al gym y luego a clase. Mi marido no vuelve hasta la noche. Quiero que me folles en su cama. En las sábanas de él. Quiero olerte en su almohada cuando me acueste esta noche.
Me besó otra vez, sucio y tierno a la vez, y me empujó suavemente.
—Vete ahora. Antes de que se complique. Y no te laves la polla. Quiero que te acuestes oliéndome.
Salí de aquella casa con las piernas blandas y la verga sensible rozándome el bóxer. En el coche me la toqué otra vez, solo un poco, recordando cómo se le abría el culo cuando le metía los dedos. Dormí mal. Soñé con su boca y con la cara de Trent si algún día lo descubría.
A la mañana siguiente llegué puntual. El sol de julio ya quemaba. Aisha abrió en lencería negra: corpiño de medio pecho que le dejaba los pezones al aire y una tanga tan fina que se le veía el coño afeitado y todavía un poco hinchado de la noche anterior. Me agarró de la camiseta, me metió dentro y me besó con lengua y dientes contra la puerta cerrada.
—Sube —ordenó—. Ahora.
Subimos las escaleras de dos en dos. La habitación de matrimonio olía a colonia de hombre y a sábanas limpias. Aisha se tiró de espaldas en la cama grande, se abrió de piernas y se corrió la tanga a un lado.
—Míralo. Todavía un poco rojo de lo que me hiciste anoche. Métela. Sin condón. Quiero que me dejes otra carga dentro mientras imagino a mi marido durmiendo aquí esta noche sin saber que su cama apesta a tu semen.
Me bajé los pantalones. Mi polla ya estaba dura como una piedra, venas marcadas, la cabeza morada y brillante. Me planté entre sus muslos, le puse la verga en la raja y empujé despacio, sintiendo cómo se abría para recibirme otra vez. Llegué hasta el fondo y me quedé quieto un segundo, solo disfrutando del calor prohibido.
—Muévete, joder —suplicó ella, moviendo las caderas—. Fóllame en su cama. Usa a la mujer de tu mejor amigo como una zorra de pago.
Empecé despacio, embestidas profundas que hacían crujir el colchón. Le chupé un pezón mientras le daba, mordisqueándolo. Aisha gemía alto, sin miedo ahora que la casa estaba vacía. Le di la vuelta, la puse a cuatro patas en el borde de la cama y le entré por detrás con un golpe seco que le sacó un grito.
—Eso… así, hijo de puta… destiéndeme el coño —jadeó, mirándome por encima del hombro—. Mételos otra vez. Los dedos. En el culo. Quiero sentir que me abres los dos agujeros.
Escupí en su culo apretado y le metí el pulgar mientras la follaba. Ella empujaba hacia atrás, tragándose la polla y el dedo a la vez. El sonido era obsceno: piel contra piel, su coño chapoteando, los gemidos rotos de una mujer de treinta y ocho años siendo usada por el mejor amigo de su hijastro en la cama de su marido.
—Voy a correrme otra vez… Reid… me estás destrozando…
La sentí apretar. Se corrió con un aullido largo, el coño contrayéndose en oleadas, el culo agarrándome el pulgar. No paré. La follé más fuerte, agarrándole las caderas con fuerza hasta dejarle marcas de dedos, hasta que la corrida me subió como un golpe. Me hundí hasta los huevos y le vacié otra carga caliente y espesa dentro, bombeando mientras ella se retorcía y se lo recibía todo.
Me desplomé encima de ella un segundo. Sacó la polla despacio y se dio la vuelta, se sentó y me chupó limpia, saboreando la mezcla de los dos. Después se tumbó de lado, me miró con los ojos brillantes y me acarició el pecho.
—Esta tarde Trent tiene práctica de fútbol hasta las siete —dijo en voz baja—. Vuelve. Quiero que me folles en la ducha de él. Quiero correrme gritando tu nombre donde él se lava la polla todos los días. Y esta vez… esta vez quiero que me la metas en el culo. Despacio al principio. Luego hasta el fondo. Quiero que me dejes el culo goteando tu leche también.
Me besó la punta de la verga blanda, una promesa sucia, y me empujó hacia la puerta con una sonrisa peligrosa.
—Vete ahora. Y piensa en mí mientras te duchas. Porque esta noche, cuando mi marido me folle como un muerto de cansancio, voy a apretar el coño y el culo recordando cómo me los abriste tú. Y si se da cuenta de que estoy más suelta… será nuestro secreto. Nuestro puto y delicioso secreto.
Bajé las escaleras con las piernas temblando y la cabeza llena de imágenes: Aisha en la ducha de Trent, el agua cayendo sobre sus tetas, mi polla abriéndole el culo virgen de madrastra. El teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje de Trent: Hermano, esta noche birras en mi casa? Papá y Aisha salen a cenar. Solo nosotros.
Me quedé mirando la pantalla en el umbral, la polla ya volviendo a despertar solo de leer su nombre, sabiendo exactamente lo que iba a hacer con su madrastra unas horas después, en su propia ducha, mientras él ni se imaginaba la traición que le chorreaba entre las piernas a la mujer de su padre.
El sol de la tarde pegaba contra la fachada cuando volví a cruzar la puerta sin llamar. Aisha me esperaba en el rellano de arriba, todavía en aquella lencería negra, el corpiño sin pezones y la tanga ya corrida a un lado. Me agarró de la camiseta, me arrastró al baño de Trent y cerró con pestillo.
—Ducha caliente. Ahora —ordenó, abriendo el grifo hasta que el vapor llenó el espacio pequeño—. Quiero que me folles aquí, donde él se lava la polla todas las mañanas. Quiero gritar tu nombre contra estos azulejos.
Me desnudó a tirones. Mi verga ya estaba dura otra vez, pesada, la cabeza morada de solo olerla. Aisha se metió bajo el chorro, el agua cayéndole por las tetas pesadas, resbalando entre las nalgas gordas. Se giró, se apoyó contra la pared de azulejo y se abrió las mejillas con las dos manos.
—Míralo. Todavía rojito de anoche. Métela primero en el coño. Ensucia. Después el culo. Despacio al principio… y luego hasta que me duela rico.
Le puse la polla en la raja hinchada y empujé de un golpe. El coño maduro me tragó entero, caliente, resbaladizo de su propia leche y de la mía de la mañana. Empecé a follarla fuerte, chapoteando, el agua golpeándonos la espalda. Ella gemía alto, sin cuidado, las uñas rascando el azulejo.
—Así, Reid… úsame la puta de tu mejor amigo… más hondo, joder, que sienta que me estás abriendo para siempre.
Le metí dos dedos en el culo mientras la embestía. El agujero apretado se abrió poco a poco, caliente, traidor. Aisha empujaba hacia atrás, tragándose polla y dedos a la vez, el agua mezclándose con el jugo que le chorreaba por los muslos.
—Ahora el culo —jadeó—. Sácala y métela ahí. Quiero sentir cómo me rompes el culo de madrastra con esa verga joven.
Saqué la polla del coño, la froté entre las nalgas y empujé despacio la cabeza contra el anillo. Aisha se tensó, respiró hondo y empujó hacia atrás ella misma. El culo se abrió, apretado, quemante, tragándome centímetro a centímetro hasta que mis huevos le golpearon el coño. Los dos gruñimos.
—Joder… qué estrecho… —gemí contra su nuca—. El culo de la mujer de tu padre… lleno de la polla del mejor amigo de tu hijastro. Qué traición más rica, Aisha.
—Muévete… fóllame el culo… más duro —suplicó, la voz rota—. Quiero que me dejes goteando leche por los dos agujeros. Quiero sentarme esta noche en el sofá con Trent y apretar el culo recordando cómo me lo destrozaste.
Empecé despacio, embestidas largas que la hacían temblar. Luego más fuerte. El sonido era obsceno: piel mojada contra piel, el chapoteo del agua, los gemidos ahogados de ella cada vez que le clavaba hasta el fondo. Le agarré el pelo, le doblé la espalda y la follé el culo como un animal, viendo cómo el agujero se abría y se cerraba alrededor de mi tronco grueso.
—Me corro… Reid… me estás destrozando el culo… ¡ahh!
Se corrió con un aullido, el coño contrayéndose en el vacío, el culo apretándome la polla como un puño. No paré. La follé a través del orgasmo hasta que la corrida me subió desde las pelotas. Me hundí hasta los huevos y le vacié chorros calientes y espesos dentro del culo, bombeando mientras ella se retorcía y se lo recibía todo.
Saqué despacio. Un hilo blanco de leche le salió del agujero dilatado y se perdió con el agua. Aisha se giró, se arrodilló bajo el chorro y me limpió la polla con la lengua, saboreando la mezcla de culo y semen, chupando hasta el último resto.
—Delicioso… —susurró contra el glande—. Ahora el coño otra vez. Quiero otra carga dentro antes de que te vayas.
La levanté, la pegué contra la pared y se la metí de un embiste en el coño chorreante. Follamos rápido, brutal, el agua cayendo sobre nosotros, hasta que me corrí otra vez profundo, llenándola mientras ella se aferraba a mis hombros y gemía mi nombre.
Salimos del baño empapados, el olor a sexo impregnando la toalla de Trent que usamos para secarnos. Aisha se puso una bata suelta y me empujó hacia la puerta de la habitación de su hijastro.
—Mira —dijo, abriendo el cajón de la mesita—. Sus calzoncillos. Sus camisetas. Todo huele a él. Acuéstate un segundo. Quiero follarte aquí también. Rápido. Antes de que vuelva de la práctica.
No hizo falta más. Me tumbé en la cama estrecha de Trent, la que compartíamos de críos contando secretos. Aisha se montó encima, se bajó sobre mi polla todavía dura y empezó a cabalgarme salvaje, las tetas rebotando, el colchón crujiendo. Se inclinó, me mordió el labio y habló al oído mientras me usaba:
—Imagina… si entrara ahora. Si viera a su madrastra con la polla de su hermano de otra madre enterrada hasta el fondo. Se rompería. Y a mí me mojaría más.
Se corrió otra vez apretándome, y yo le seguí, vaciándole una tercera carga caliente dentro mientras ella se reía bajito, sucia, feliz de la traición.
Bajamos. Eran las seis y media. Trent llegaría pronto. Aisha me limpió la verga con un paño húmedo, me besó y me empujó hacia la puerta de atrás.
—Vete. Dúchate en tu casa. Y vuelve a las ocho como si nada. Birras con él. Siéntate en el sofá donde me follaste anoche. Mira su cara mientras yo preparo algo de picar… y aprieto el culo lleno de tu leche. Si se acerca demasiado… si nota algo… tú decides hasta dónde llegamos esta noche. Porque yo ya no puedo parar, Reid. Quiero que me folles mientras él duerme abajo. Quiero que me tapes la boca en su propia casa.
Salí por la puerta trasera con las piernas blandas y la polla sensible rozándome el bóxer. En el coche miré el reloj. Una hora y media. Tiempo suficiente para que el semen se le secara dentro del culo y del coño, para que ella se pusiera mona y sonriera como si no pasara nada.
A las ocho menos cuarto aparqué delante. La luz del salón estaba encendida. Vi la silueta de Trent abriendo una cerveza. Vi a Aisha pasar detrás, bata de seda otra vez, el culo meneándose como si no estuviera goteando todavía.
Toqué el timbre. El corazón me latía en la garganta y en la polla a la vez. Cuando abrió Trent, me sonrió como siempre, el mismo abrazo de hermano, el mismo “entra, cabrón, que ya puse las birras frías”.
Aisha apareció detrás, labios rojos, ojos brillantes.
—Hola, cielo —dijo con voz dulce—. Qué bueno que viniste. Quédate todo lo que quieras.
Y al pasar a mi lado, tan cerca que solo yo lo oí, susurró:
—El culo todavía me arde. Y la cama de arriba sigue oliendo a nosotros. Esta noche, cuando él se duerma… subes.
El salón olía a cerveza fría y a las croquetas que Aisha había calentado. Trent me pasó una lata, me dio un codazo y se rió de una tontería del partido que sonaba en la tele. Yo reía con la boca, pero la polla ya se me hinchaba otra vez solo de mirar a Aisha cruzar el salón con la bata de seda negra. El nudo flojo, el culo meneándose como si no llevara mi leche seca en las nalgas y en el coño. Cada vez que se inclinaba a recoger algo, la tela se abría un segundo y yo veía el borde de la tanga. Trent no se enteraba de nada. Bebía, hablaba de tías del gym, de lo bien que le iba con el fútbol. Yo asentía, tragaba cerveza y pensaba en cómo le había destrozado el culo a su madrastra bajo el chorro de su propia ducha hace apenas dos horas.
—Estás callado, cabrón —dijo Trent, dándome un manotazo en el hombro—. ¿Todo bien?
—Perfecto, hermano. Solo cansado.
Aisha se sentó en el sillón de enfrente, cruzó las piernas y me miró por encima del borde de su copa de vino. Los labios rojos se entreabrieron un segundo. Debajo de la mesa, ella abrió un poco más las rodillas y yo vi el brillo húmedo entre sus muslos. Se estaba tocando. Despacio. Mientras su hijastro hablaba de táctica de ataque. Me apreté la polla a través del pantalón y ella sonrió, mínima, peligrosa.
Pasaron las once. Trent bostezaba. La tercera cerveza le pesaba en los párpados. Aisha se levantó, le rió el pelo con cariño de madrastra y le dijo que se tumbara un rato en el sofá, que ella apagaba luces. Él murmuró algo, se estiró y en cinco minutos roncaba con la boca abierta, una mano colgando. El televisor seguía encendido a volumen bajo. El corazón me latía en la garganta y en los huevos.
Aisha me miró. Señaló el techo con la barbilla. Subimos las escaleras sin hacer ruido, pisando solo los bordes. En el rellano me agarró la camiseta, me empujó contra la pared y me metió la lengua hasta la garganta. Sabía a vino y a ganas acumuladas.
—Está abajo roncando como un crío —susurró contra mi boca—. Y yo todavía tengo el culo ardiendo de esta tarde. Métela otra vez. Ahora. En su cama. Quiero que me folles mientras él duerme y que me tapes la boca si grito.
Entramos en la habitación de Trent. La cama estrecha aún olía a él: desodorante barato, sudor de práctica, las sábanas grises. Aisha se quitó la bata de un tirón. Debajo solo la tanga negra empapada. Se la bajó, se subió a la cama a cuatro patas y se abrió las nalgas con las dos manos. El culo todavía un poco rojo, el agujero fruncido y brillante de restos secos de mi corrida de la tarde. El coño hinchado, labios abiertos, goteando.
—Míralo, Reid. Todavía abierto por ti. Usa los dos. Empieza por el coño y acaba en el culo. Quiero sentir cómo me llenas otra vez mientras mi hijastro ronca abajo.
Me bajé los pantalones. La polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya chorreando precum. Me arrodillé detrás de ella, le puse el glande en la raja empapada y empujé de un solo golpe hasta el fondo. El calor me arrancó un gruñido. Aisha enterró la cara en la almohada de Trent para ahogar el gemido. Empecé a follarla fuerte, profundo, el colchón crujiendo, el sonido de mi cadera golpeando sus nalgas gordas llenando la habitación. Cada embestida sacaba un chapoteo obsceno. Le agarré el pelo, le doblé la espalda y le hablé al oído mientras la usaba:
—Tu hijastro está abajo soñando con tías del gym y yo te estoy abriendo el coño en su propia cama, madrastra de mierda. Siente cómo te lleno. Siente la traición.
—Más… joder, más duro… que me duela —jadeó ella, empujando hacia atrás—. Métela entera. Quiero que me dejes el coño destrozado para cuando me acueste con mi marido.
Saqué la polla empapada, la froté entre sus nalgas y empujé contra el anillo del culo. Aisha respiró hondo y empujó ella misma. El agujero se abrió con un quemazón rica, tragándome centímetro a centímetro hasta que mis huevos le golpearon el coño. Los dos nos quedamos quietos un segundo, jadeando. Luego empecé a moverme. Despacio al principio, sintiendo cómo el culo maduro me apretaba la verga como un puño caliente. Después más fuerte. Más bruto. El sonido era puro sexo prohibido: piel contra piel, sus gemidos ahogados en la almohada de Trent, el crujido de la cama donde él había dormido mil noches sin saber que su mejor amigo le iba a follar a la madrastra hasta dejarla cojeando.
—Así… rómpeme el culo… lléname… —suplicaba, la voz rota—. Quiero bajar mañana y sonreírle a la cara mientras aprieto tu leche dentro.
Le metí dos dedos en el coño mientras la embestía por detrás. Ella se corrió con un temblor largo, el culo contrayéndose en oleadas alrededor de mi polla, el coño empapándome la mano. No paré. La follé a través del orgasmo, viendo cómo el agujero se abría y se cerraba, rojo, usado, perfecto. Cuando sentí la corrida subirme desde los huevos me hundí hasta el fondo y le vacié chorros calientes y espesos dentro del culo, bombeando, gruñendo su nombre contra su nuca. Aisha se retorcía, recibiendo todo, gimiendo bajito:
—Sí… déjamelo todo… márcame otra vez…
Saqué despacio. Un hilo grueso de semen le salió del culo dilatado y le resbaló por el coño hasta el colchón de Trent. Ella se giró, me empujó de espaldas y se montó a horcajadas. Todavía dura, todavía goteando, me metió la polla en el coño de un solo descenso y empezó a cabalgarme salvaje, las tetas pesadas rebotando, las manos en mi pecho. Se inclinó, me mordió el labio y habló al oído mientras me usaba:
—Imagina si se despierta. Si sube y nos pilla así. Su madrastra llena de la polla de su hermano de otra madre. Se le rompería el corazón… y a mí me correría más solo de pensarlo.
Cabalgó hasta que se corrió otra vez, apretándome, y yo le seguí, vaciándole una segunda carga profunda en el coño mientras ella se reía bajito, sucia, temblando. Nos quedamos así, jadeando, mi semen saliéndole ya por los dos agujeros, el olor a sexo impregnando las sábanas de Trent. Aisha me besó con ternura sucia, me acarició la cara y susurró:
—Nuestro secreto. Siempre. Ahora bájame despacio y limpia un poco… no quiero que…
El crujido de la escalera nos cortó la frase. Un paso. Otro. Pesado. Despacio. La voz de Trent, pastosa de sueño y cerveza, subiendo:
—¿Aisha? ¿Reid? ¿Estáis arriba? Creí oír algo…
La puerta de la habitación no tenía pestillo. El pomo giró.
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