La Viuda y el Hijastro en la Lavandería
La viuda Harriet se folla a su hijastro Hassan en la lavandería.
La casa dormía en silencio absoluto cuando Harriet bajó al sótano. La lavandería olía a detergente caro y a humedad tibia; las máquinas cromadas reflejaban la luz amarilla del tubo fluorescente. Llevaba solo una bata de seda corta que apenas le cubría el culo redondo y pesado, las tetas grandes y firmes balanceándose libres bajo la tela fina. A sus cuarenta y dos años, su cuerpo de viuda acomodada seguía siendo una provocación: cintura estrecha, caderas anchas, muslos suaves y un coño afeitado que ya se le humedecía sin motivo aparente.
Hassan estaba allí. Veinticuatro años, recién graduado, torso desnudo y pantalones de chándal bajos en las caderas. El sudor del gimnasio nocturno le brillaba en los pectorales duros y en los abdominales marcados. Cuando ella entró, él levantó la vista y el aire se espesó de inmediato.
—No pensaba que vinieras tan tarde —murmuró él, metiendo una toalla en la lavadora.
—Tampoco yo esperaba encontrarte sin camiseta, hijastro mío —respondió Harriet, dejando su cesta junto a la suya. La bata se le abrió un segundo al inclinarse y él no apartó la mirada.
Se movieron en el espacio reducido. Cada vez que ella pasaba, el dorso de su mano rozaba el brazo de Hassan “por accidente”. Cada vez que él se agachaba a recoger calcetines, su hombro rozaba el pecho de ella. El silencio se llenaba de respiraciones más pesadas. Harriet sentía el calor de él a centímetros; el olor a hombre joven y jabón barato le subía por la garganta hasta el coño. Hassan, por su parte, no podía dejar de mirar cómo la seda se pegaba a los pezones endurecidos de su madrastra.
La tensión rompió cuando una braga de encaje negro cayó al suelo. Harriet se agachó de espaldas a él, la bata subió y Hassan vio todo: el triángulo de tela empapada entre sus nalgas, el coño grueso y rosado apenas cubierto, el culo redondo y jugoso que se abría un poco con el movimiento. La polla de Hassan se puso dura al instante, abultando el chándal de forma obscena.
Harriet se enderezó despacio, giró la cabeza y sonrió con picardía al ver la erección que le tensaba la tela.
—Vaya… —susurró, acercándose un paso—. Se te ha puesto dura solo de mirarme el culo, ¿verdad? Es normal, cariño. Soy tu madrastra y tienes veintiún putos años de ganas acumuladas. No te avergüences.
Hassan tragó saliva. La voz le salió ronca.
—Llevo años deseándote, Harriet. Desde que papá se casó contigo. Me corría pensando en esas tetas, en follarte como una puta en cada habitación de esta casa. No puedo más.
Ella se mordió el labio inferior, los ojos oscuros brillando de hambre.
—Yo también te quiero, Hassan. Cada vez que te veo salir de la ducha me mojo. Cada vez que te oigo gemir en tu habitación me meto los dedos imaginando que eres tú. Esta noche no vamos a fingir. Vamos a follarnos como animales porque los dos lo deseamos con la misma puta intensidad. ¿Estás de acuerdo?
—Sí —gruñó él—. Te voy a follar hasta que no puedas caminar.
Harriet se arrodilló en el suelo frío de la lavandería sin perder un segundo. Tiró del chándal hacia abajo y la polla gruesa y venosa de Hassan saltó libre, dura como piedra, la cabeza morada ya goteando precum. Ella la agarró con las dos manos y la lamió de base a punta, saboreando el sabor salado y masculino.
—Qué polla tan gorda tienes para tu madrastra… —murmuró antes de engullirla.
Se la metió hasta la garganta de un solo empujón. Los labios brillantes se estiraron alrededor del tronco; babas espesas le corrían por la barbilla mientras tragaba y tragaba. Hassan le agarró el pelo rubio con fuerza, gimiendo bajo.
—Joder, Harriet… me la estás tragando entera, puta. Así, más profundo.
Ella gorgoteaba, la nariz aplastada contra su pubis, la garganta abriéndose para recibirlo. Chupaba con hambre, succionando fuerte, moviendo la cabeza adelante y atrás mientras una mano le apretaba los huevos pesados. El sonido húmedo y obsceno de su boca llena llenaba la habitación junto al zumbido de la secadora.
Cuando ya no aguantó más, Hassan la levantó de un tirón, la subió a la lavadora y le arrancó las bragas de un jalón. El encaje se rompió. Abrió las piernas de ella de par en par y embistió de una sola estocada. La polla gruesa se le clavó hasta el fondo del coño empapado.
—¡Ah, joder! —gritó Harriet, arqueándose—. Qué grande… me estás abriendo toda, hijastro de mierda.
Él la folló en misionero salvajemente, las caderas golpeando contra las suyas con fuerza brutal. La lavadora temblaba bajo ellos. Cada embestida sacaba un gemido sucio de la garganta de Harriet; sus tetas botaban libres, los pezones duros rojos de tanto que él se los chupaba y mordía.
—Dime que te gusta que te folle tu hijastro —exigió Hassan, sudor corriéndole por el pecho.
—Me encanta… fóllame más duro, lléname ese coño de puta madrastra. Úsame.
La sacó de la lavadora, la giró y la puso a cuatro patas encima de la secadora caliente. El metal vibraba contra su vientre. Hassan le abrió las nalgas con las manos y se la volvió a meter por el coño hasta las pelotas, follándola con fuerza de perro. El sonido de piel contra piel era obsceno, chapoteante. Luego sacó la polla, la alineó con el culo apretado de Harriet y empujó despacio pero sin piedad.
—¡Hostia…! —Jadeó ella cuando la cabeza gruesa le abrió el culo—. Sí, métela por el culo también… fóllame los dos agujeros, cabrón.
Hassan alternaba: tres embestidas profundas en el coño chorreante, luego tres en el culo apretado y caliente. Harriet gritaba putadas, pidiéndole más.
—Lléname de leche… córrete dentro como la puta de tu hijastro que soy. Quiero sentir cómo me llenas el coño y el culo, Hassan. Úsame, márcame.
Él volvió al coño, agarrándola de las caderas con fuerza bruta, y embistió como un loco. Harriet se corrió primero, el orgasmo sacudiéndola con violencia; sus paredes se cerraron alrededor de la polla de Hassan en espasmos fuertes, exprimiéndola. Él gruñó y se vació dentro, chorros densos y calientes de semen disparándose profundo en el coño de su madrastra, llenándola hasta que el líquido blanco empezó a derramarse por los muslos temblorosos de ella.
Se quedaron jadeantes, sudorosos, pegados el uno al otro. Hassan todavía dentro, palpitando. Harriet se giró lo suficiente para buscar su boca y se besaron con una ternura prohibida, lengua lenta, labios hinchados y saboreándose mutuamente.
—Esto… —susurró ella contra su boca, la voz ronca— va a ser nuestro secreto caliente. Cada vez que la casa se quede sola, cada vez que bajes a la lavandería a medianoche… te voy a follar como la viuda puta que soy. Pero tenemos que tener cuidado. Si alguien sospecha…
Hassan le acarició el culo todavía lleno de su semen y sonrió con hambre nueva.
—Nadie se va a enterar. Pero esta noche no ha terminado, madrastra. Aún me quedan ganas de oírte gemir otra vez.
Hassan no se retiró. Su polla seguía hinchada y palpitante dentro del coño de Harriet, removiéndose con lentitud deliberada, removiendo su propio semen caliente que goteaba ya por los labios hinchados de ella. La secadora vibraba bajo el vientre de la madrastra, el calor del metal subiendo por su piel sudorosa. Ella arqueó la espalda y empujó hacia atrás, buscando más profundidad, sintiendo cómo el glande grueso rozaba ese punto sensible que la hacía ver estrellas.
—Todavía estás duro —jadeó Harriet, la voz ronca de tanto gritar—. Qué hijo de puta tan joven y tan insaciable. Me has llenado el coño y ya quieres más.
—Quiero todo —gruñó Hassan contra su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Quiero verte lamer mi polla llena de tu jugo y de mi leche. Quiero follarte la boca otra vez hasta que se te caiga la baba. Quiero correrme en tus tetas y en tu cara y volver a meterla caliente en ese culo que me aprieta como un puto puño.
La sacó despacio, el semen espeso saliendo en un hilo blanco que le resbaló por el muslo interior. Harriet se giró sobre la secadora, se sentó al borde y abrió las piernas de par en par. El coño le brillaba, rosado, hinchado, goteando. Se pasó dos dedos por los labios y se los ofreció a Hassan.
—Chupa —ordenó ella—. Prueba lo que nos hemos hecho.
Hassan se arrodilló entre sus muslos y lamió los dedos con hambre, luego bajó la lengua al coño abierto. Chupó su propio semen mezclado con los jugos de ella, succionando fuerte el clítoris hinchado mientras metía la lengua lo más profundo posible. Harriet le agarró la cabeza y se frotó contra su boca, gemiendo sin contención.
—Así, hijastro… límpame el coño con esa lengua de perro. Trágate nuestra leche. Joder, qué bien chupas… te la has ganado follándome tan duro.
Él metió tres dedos de golpe y la folló con ellos mientras chupaba, curvándolos para buscar ese punto. Harriet se corrió otra vez en segundos, las piernas temblando violentamente alrededor de su cabeza, el coño contrayéndose y expulsando más líquido espeso que Hassan bebió sin asco. Cuando ella bajó de la oleada, él se puso en pie, la polla todavía goteando precum nuevo, y se la puso en la cara.
—Ábrela —dijo.
Harriet abrió la boca y él se la metió entera de un empujón, hasta que la nariz le tocó el pubis. La folló la garganta con embestidas cortas y profundas, las manos enredadas en el pelo rubio de su madrastra. Babas y restos de semen le corrían por la barbilla y caían sobre sus tetas pesadas. Ella miraba hacia arriba con los ojos llorosos de placer, gorgoteando alrededor del tronco grueso.
—Mírate —jadeó Hassan—. La respetable viuda Harriet de rodillas en la lavandería chupándole la polla a su hijastro. Si papá te viera ahora… te desheredaría en el acto. Pero a ti te gusta, ¿verdad? Te gusta ser mi puta secreta.
Ella asintió con la boca llena, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Cuando ya no aguantó más sin aire, se apartó tosiendo y le lamió los huevos con la lengua plana, succionándolos uno por uno mientras masturbaba el tronco empapado.
—Quiero que me folle el culo otra vez —pidió ella, la voz destrozada—. Pero más duro. Quiero que me dejes coja. Quiero bajar mañana a desayunar y que me duela cada paso, recordando cómo me abriste.
Hassan la levantó como si no pesara nada y la puso de pie, de espaldas a él, apoyada en la lavadora. Le abrió las nalgas con las manos grandes y escupió sobre el agujero rosado y ya un poco abierto. La cabeza de su polla empujó y entró de un solo golpe seco. Harriet gritó, un grito largo y gutural que la secadora no pudo tapar del todo. Él no esperó: la embistió con fuerza de animal, las caderas chocando contra su culo con un sonido húmedo y brutal. Cada embestida le sacaba el aire, el glande rasgando las paredes apretadas.
—Joder, qué estrecho… —gruñó Hassan, sudor cayéndole por la espalda—. Tu culo me come la polla, madrastra. Parece que nunca te han follado aquí como se debe. Voy a destrozártelo.
—Destrozámelo —rogó ella, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo—. Úsame el culo como un coño de segunda. Llénamelo también. Quiero caminar mañana con tu leche saliéndome de los dos agujeros.
Él le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le frotó el clítoris con dedos torpes y rápidos. La folló el culo sin piedad, sacando la polla casi entera y volviendo a clavar hasta las pelotas. El metal de la lavadora se embadurnaba de sudor y fluidos. Harriet se corría otra vez, el orgasmo anal más sucio y profundo, las piernas fallándole; Hassan la sostuvo y siguió embistiendo a través de los espasmos, sintiendo cómo el culo le apretaba en oleadas.
Cuando sintió que se acercaba, la sacó, la giró y la volvió a subir a la lavadora, esta vez sentada, las piernas abiertas sobre sus hombros. Se la metió en el coño de nuevo de un empujón y la folló mirándola a los ojos. Las tetas de Harriet botaban con cada estocada; él se agachó y las mordió, chupando los pezones hasta dejarlos morados y sensibles.
—Dime que eres mía —exigió él—. Dime que este coño y este culo son solo para tu hijastro.
—Soy tuya —gimió Harriet, los ojos en blanco—. Mi coño es tuyo, mi culo es tuyo, mi boca es tuya. Fóllame siempre que quieras, en cualquier habitación, mientras la casa duerma. Te voy a chupar la polla bajo la mesa en la cena si me lo pides. Voy a dejarte correrte en mi cara y bajar así a abrir la puerta al cartero. Úsame, Hassan. Márcalo todo.
Él se corrió otra vez con un gruñido animal, disparando chorros calientes y densos dentro del coño de su madrastra, apretándole las caderas con tanta fuerza que le dejaría moretones. Ella lo recibió todo, contrayendo las paredes para ordeñarlo, gimiendo de placer puro al sentir cómo la llenaba por segunda vez.
Se quedaron así un rato, jadeando, la polla de Hassan todavía dentro, ablandándose despacio pero sin salir del todo. Harriet le acarició el pecho sudoroso, bajó la mano y le apretó los huevos vacíos con cariño obsceno.
—Otra ronda —susurró ella—. Todavía no has corrido en mis tetas. Quiero que me las folle y me dejes la cara hecha un desastre. Y después… quiero que me lleves a la ducha del sótano y me laves con la lengua antes de volver a ensuciarme.
Hassan sonrió, ya sintiendo cómo la sangre le volvía a bajar al miembro a pesar del cansancio.
—Vamos a suciar esta puta lavandería entera esta noche —dijo—. Pero ten cuidado con la voz. Hace un rato creí oír un ruido arriba. Si mamá… si alguien baja…
El silencio de la casa de pronto se volvió pesado. Un crujido lejano de madera. Los dos se quedaron quietos, la polla de Hassan todavía enterrada, el semen goteando. Harriet sonrió con malicia, el miedo añadiendo un filo nuevo al deseo.
—Entonces te la chupo en silencio —murmuró—. Y si bajan, me la trago entera y finjo que estoy doblando toallas. Pero no pares. Esta noche eres mío hasta que amanezca, hijastro. Y mañana… mañana vamos a tener que inventar una excusa para que el resto de la casa se vaya un par de horas. Porque quiero que me folles en la cama de tu padre.
Hassan se quedó inmóvil un segundo más, la polla todavía enterrada hasta las pelotas en el coño resbaladizo de Harriet, escuchando. El crujido no se repitió. Solo el zumbido sordo de la secadora y el goteo lento de su semen mezclado con los jugos de ella resbalando por la chapa metálica. El alivio le llegó mezclado con una oleada de lujuria aún más sucia: el peligro los había dejado al borde y ahora quería empujar más lejos.
—Nadie viene —susurró contra la nuca de ella, sacando la verga despacio. El sonido húmedo y chapoteante llenó el sótano cuando el glande salió con un plop obsceno y un hilo blanco espeso cayó al suelo—. Pero te voy a follar en silencio como pediste, puta. Y si alguien baja… te tragas todo y sonríes.
Harriet se deslizó de la lavadora con las piernas temblorosas. El semen le corría por los muslos internos en hilillos calientes. Se arrodilló de inmediato en el suelo frío de baldosas, abrió la boca y sacó la lengua. Hassan le agarró el pelo rubio con las dos manos y le restregó la polla empapada por toda la cara: mejillas, nariz, labios hinchados. Le pintó la boca con la mezcla de leche y coño hasta que brilló.
—Chúpala limpia —ordenó en voz baja—. Quiero oír solo el sonido de tu garganta tragando.
Ella obedeció. Engulló el tronco grueso de un solo movimiento, la nariz aplastada contra su pubis sudoroso. Babas espesas le salían por las comisuras mientras Hassan le follaba la boca con embestidas cortas y profundas, casi sin ruido. Solo se oía el gorgoteo ahogado y el roce de labios contra carne. Harriet miraba hacia arriba con los ojos llorosos de placer, las tetas pesadas colgando y balanceándose. Con una mano se metió tres dedos en el coño y se folló a sí misma con furia, sacando más semen que le chorreaba por la muñeca.
Hassan tiró de ella hacia arriba antes de corrérsele en la garganta. La subió a la secadora otra vez, pero esta vez de lado, una pierna alzada alta contra su pecho. Le abrió el culo con los pulgares y le escupió directo en el agujero rosado y ya hinchado. La cabeza de la polla empujó y entró de un golpe seco. Harriet mordió su propio brazo para no gritar. El metal caliente le quemaba la mejilla mientras él la embestía el culo con fuerza brutal pero controlada, cada embestida profunda y lenta para no hacer demasiado ruido.
—Joder, madrastra… tu culo me está ordeñando la polla —gruñó él al oído, una mano apretándole el cuello sin cortarle el aire—. Imagina si suben ahora. Te ven así, con la verga de tu hijastro enterrada hasta el fondo del culo, el coño chorreando leche. ¿Qué dirías?
—Diría que me está dando lo que tu padre ya no podía —jadeó ella, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo—. Que me destroce el culo cada noche. Más fuerte, Hassan. No pares aunque cruja el puto techo.
Él le rodeó la cintura y le frotó el clítoris hinchado con los dedos resbaladizos. La folló el culo sin piedad, sacando casi toda la verga y volviendo a clavar hasta que los huevos le golpeaban las nalgas. Harriet se corrió en silencio, el cuerpo sacudido por espasmos violentos, el culo apretándose en oleadas alrededor de la polla gruesa. Cuando el orgasmo le aflojó las piernas, Hassan la sacó, la giró y le puso la verga entre las tetas grandes y sudorosas.
—Ahora las tetas —dijo—. Como pediste. Te voy a correr en la cara y en estos pechos de viuda puta.
Harriet se sentó en el borde de la lavadora, juntó las tetas con las manos y se las ofreció. Hassan embistió el canal blando y caliente que formaban, el glande saliendo por arriba para que ella lo lamiera en cada estocada. Las tetas botaban, los pezones morados y sensibles rozaban el tronco venoso. Él escupió entre ellas para lubricar mejor y folló más rápido, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la lavandería.
—Mírame —exigió—. Quiero ver tu cara cuando te llene de leche.
Ella abrió la boca, sacó la lengua y lo miró con hambre. Hassan gruñó y se corrió con violencia: chorros densos y calientes salieron disparados sobre las tetas, el cuello, la barbilla y la lengua de Harriet. Le pintó la cara entera, semen espeso goteándole por las pestañas y cayendo a la boca abierta. Ella se lo tragó todo lo que pudo y se frotó el resto por los pezones, metiéndose los dedos ensuciados en la boca después.
—Así… —susurró ella, la voz ronca—. Ahora llévame a la ducha del sótano. Lávame con la lengua y vuélveme a ensuciar.
Hassan la cargó como un saco, las piernas de ella rodeándole la cintura, y la llevó los pocos metros hasta la ducha estrecha del lavadero. Abrió el agua tibia. Bajo el chorro, se arrodilló y le abrió las piernas. Su lengua limpió primero el coño hinchado, chupando el semen que aún salía a borbotones, luego bajó al culo y lo lamió con la lengua plana, metiéndola lo más hondo posible. Harriet se agarró a la pared de azulejos y se frotó contra su cara, gimiendo bajito.
—Más… límpame bien, hijastro. Quiero que me dejes reluciente antes de volver a llenarme.
Él la levantó, la puso de frente a la pared y se la metió otra vez por el coño de un solo empujón. El agua les corría por los cuerpos mientras la follaba de pie, una mano en su pecho apretándole una teta, la otra en el clítoris. Las embestidas eran profundas y rápidas. Harriet empujaba el culo hacia atrás, pidiendo más en susurros sucios.
—Fóllame como si fueras a dejármelo roto… quiero sentir tu polla mañana cuando me siente en la cama de tu padre. Imagina: las sábanas donde él dormía, yo a cuatro patas y tú destrozándome el culo otra vez. ¿Me vas a correr dentro allí también?
—Te voy a llenar tanto que las sábanas se van a empapar —gruñó Hassan, mordiéndole el hombro—. Y después te voy a hacer lamerlas. Esta noche no termina aquí, Harriet. Cuando salgamos de esta puta ducha te voy a follar otra vez contra la puerta. Y si oímos otro crujido… te tapo la boca con la polla y sigo.
Ella se corrió otra vez bajo el agua, las paredes del coño exprimiéndole la verga. Hassan aguantó, sacó la polla goteando y se la puso otra vez en el culo sin avisar. Harriet soltó un gemido ahogado contra el azulejo. Él la embistió con fuerza renovada, el agua salpicando, el sonido de piel contra piel más fuerte ahora. La folló el culo hasta que sintió los huevos apretarse de nuevo.
Entonces se oyó otro ruido: un paso claro en el piso de arriba. Ambos se helaron. La polla de Hassan siguió palpitando dentro del culo apretado de su madrastra. El agua caía. El silencio se volvió pesado otra vez.
Harriet sonrió con malicia, el miedo subiéndole por la espalda como un escalofrío de placer.
—No salgas —susurró—. Quédate dentro. Si bajan, me arrodillo y te la chupo hasta que se vayan. Pero no te retires. Quiero sentir cómo me late la polla en el culo mientras fingimos que no pasa nada.
Hassan le apretó las caderas y empujó un centímetro más hondo, lento, deliberado. El crujido se repitió, más cerca de la escalera del sótano.
—Mañana —murmuró él al oído, la voz ronca de deseo y peligro—. Inventamos lo que sea. La casa vacía. La cama de papá. Te voy a atar con sus corbatas y te voy a follar hasta que grites mi nombre. Pero ahora… ahora te voy a correr otra vez en este culo y te voy a dejar aquí goteando mientras subo a comprobar quién camina arriba. Y cuando vuelva… te voy a usar la boca otra vez.
Harriet apretó el culo a propósito alrededor de él, ordeñándolo.
—Hazlo —jadeó—. Lléname y ve. Pero vuelve rápido. Esta noche eres mío hasta que amanezca, y todavía me quedan agujeros que quieres destrozar.
Hassan empujó un centímetro más hondo dentro del culo apretado de Harriet, sintiendo cómo las paredes calientes le ordeñaban la polla con cada latido. El agua tibia les resbalaba por la espalda, mezclándose con el sudor y el semen que aún goteaba del coño hinchado de ella. El paso de arriba se repitió, más claro, como si alguien dudara al borde de la escalera del sótano. Harriet apretó el culo a propósito, un anillo de músculo que se cerraba alrededor de la base de su verga, y él tuvo que morderse el labio para no gruñir.
—No te salgas —susurró ella contra el azulejo, la voz ronca y temblorosa de placer—. Quédate enterrado. Si bajan, me arrodillo y te la chupo hasta que se vayan. Pero ahora córrete. Llénamelo. Quiero sentir tu leche caliente subirme por las tripas mientras fingimos que no pasa nada.
Hassan le agarró las caderas con fuerza bruta, los dedos hundidos en la carne blanda, y empezó a embestir con movimientos cortos y profundos, casi sin sacar la polla. El sonido era húmedo, chapoteante, tapado a medias por el chorro de la ducha. Cada embestida le abría el culo un poco más; el glande grueso rozaba ese punto que hacía que a Harriet se le doblaran las rodillas. Ella empujaba hacia atrás, ofreciéndole todo, el coño chorreando una mezcla espesa de jugos y semen anterior que le corría por los muslos hasta el desagüe.
—Joder, madrastra… tu culo me está chupando la leche —jadeó él al oído, una mano subiendo para apretarle el cuello sin cortarle el aire del todo—. Imagina que abren la puerta ahora. Te ven empalada en la verga de tu hijastro, el agua corriendo por esas tetas de puta, el semen saliéndote del coño. ¿Qué dirías? ¿Que te estoy lavando?
—Diría que me estás destrozando el culo como se merece una viuda caliente —gimió ella, la voz rota—. Que me folles más fuerte. Que me dejes el agujero abierto y goteando para cuando vuelvas. Córrete, Hassan. Márcame por dentro otra vez.
Él aceleró. Las caderas chocaban contra las nalgas de Harriet con un sonido obsceno de carne mojada. El peligro hacía que todo fuera más intenso; la polla le palpitaba como si fuera a explotar. Metió la mano entre las piernas de ella y le frotó el clítoris hinchado con dos dedos torpes y rápidos, sintiendo cómo el coño le contraía en espasmos anticipados. Harriet se corrió primero, en silencio casi total, solo un gemido ahogado contra el azulejo y el culo cerrándose en oleadas brutales alrededor de la verga de Hassan. Eso lo mandó al límite.
—Tómalo… tómalo todo, puta de mi padre —gruñó él, y se vació. Chorros densos y calientes dispararon profundo en el culo de Harriet, llenándola hasta que sintió el exceso empujar hacia fuera alrededor del tronco. Empujó hasta las pelotas, palpitando, vaciándose por completo mientras ella apretaba para ordeñarlo. El semen le subió por las tripas; lo sintió caliente, espeso, marcándola por dentro.
Se quedaron así unos segundos, jadeando bajo el agua, la polla de Hassan todavía enterrada y palpitante. El paso de arriba se detuvo. Silencio. Luego otro crujido, más lejos, como si quien fuera se hubiera alejado hacia la cocina.
Hassan sacó la verga despacio. El glande salió con un plop húmedo y un hilo blanco espeso cayó al suelo de la ducha, seguido de un goteo lento de su leche que le resbalaba a Harriet por el muslo interior. Ella se giró, la cara sonrojada, los labios hinchados, y se arrodilló de inmediato bajo el chorro. Agarró la polla semidura de Hassan y la lamió limpia: base, tronco, glande, chupando los restos de semen y de su propio culo sin asco. La succión fue ruidosa, obscena, la lengua plana limpiando cada centímetro.
—Así… limpia tu juguete —murmuró ella entre lametones—. Ahora ve. Comprueba quién camina. Y cuando vuelvas te voy a chupar los huevos hasta que se te ponga otra vez como una piedra. Quiero que me folles la boca contra la puerta de la lavandería. Quiero que me dejes la cara hecha un desastre y después me vuelvas a meterla por el coño mientras me cuentas cómo me vas a atar mañana en la cama de tu padre.
Hassan le acarició el pelo mojado, la polla ya endureciéndose otra vez contra la lengua de ella.
—No tardo —dijo, la voz baja y cargada—. Si es alguien, te aviso con dos golpes en la tubería. Tú quédate aquí, con las piernas abiertas y el culo goteando. No te limpies. Quiero verte así cuando regrese: llena, usada, lista para más.
Salió de la ducha sin secarse, se puso solo los pantalones de chándal —la polla todavía semi dura abultando la tela— y subió la escalera del sótano descalzo, dejando huellas mojadas. Harriet se quedó bajo el agua tibia, las piernas abiertas, dos dedos metidos en el culo para no dejar escapar toda la leche. Se folló despacio a sí misma, recordando cada embestida, el peligro del crujido, la forma en que la verga de su hijastro le había abierto el culo como nunca nadie. El coño le palpitaba, vacío y hambriento. Se pasó los dedos al clítoris y se frotó en círculos lentos, mordiéndose el labio para no gemir alto.
Arriba, Hassan cruzó el pasillo en silencio. La casa olía a madera vieja y a la colonia barata de su padre que aún impregnaba algunas habitaciones. La luz de la cocina estaba encendida. Se asomó. Era la empleada de la limpieza, María, una mujer de cincuenta años que a veces se quedaba a dormir cuando había mucho trabajo. Estaba bebiendo un vaso de agua, en bata, el pelo revuelto. Hassan se pegó a la pared, el corazón latiéndole en la polla más que en el pecho.
—¿Hassan? —llamó ella, sin girarse del todo—. ¿Eres tú el que hace ruido abajo a estas horas?
Él tragó saliva. La erección le tiraba del chándal de forma obscena.
—Sí… lavando la ropa del gym —mintió, la voz lo más normal posible—. Se me hizo tarde. Ya termino.
María bostezó.
—No despiertes a la señora Harriet. Esa mujer necesita descansar. Buenas noches.
—Buenas noches —respondió él, y esperó a que ella apagara la luz y subiera a su habitación del segundo piso. El crujido de las escaleras se alejó. Solo entonces bajó otra vez, dos a dos, la polla ya completamente dura otra vez, pesada y exigente.
Encontró a Harriet exactamente como la había dejado: de pie bajo el chorro, las piernas abiertas, el semen de él goteándole del culo en hilillos blancos que el agua arrastraba despacio. Tenía tres dedos enterrados en el coño y se follaba con furia contenida, los pechos pesados botando, los pezones morados y erectos.
—Era María —susurró Hassan al entrar, cerrando la puerta de la ducha tras de sí—. Se fue arriba. Estamos solos otra vez. Pero no por mucho. Si se despierta otra vez…
Harriet le sacó los dedos del coño y se los ofreció. Él los chupó enteros, saboreando la mezcla de jugos y semen.
—Entonces fóllame ahora —exigió ella—. Fóllame la boca primero. Quiero tragarme lo que te quede. Y después métela otra vez por el culo. Más profundo. Quiero que me dejes coja de verdad. Quiero bajar mañana a desayunar y que cada paso me recuerde cómo me abriste el agujero con esa polla de hijo de puta joven.
Hassan la empujó de rodillas al suelo de la ducha. El agua les caía encima. Le agarró el pelo rubio mojado con las dos manos y le restregó la verga por toda la cara: mejillas, frente, labios. Le pintó la boca con el precum nuevo que ya goteaba. Harriet abrió la boca y él se la metió de un solo empujón hasta la garganta. La folló la boca con embestidas profundas y rítmicas, los huevos golpeándole la barbilla, las babas espesas mezclándose con el agua. Ella gorgoteaba, los ojos llorosos de placer, una mano apretándole los huevos pesados y la otra metiéndose dos dedos otra vez en el culo lleno.
—Mírate —gruñó Hassan, sin sacar del todo—. La respetable viuda de rodillas en la ducha del sótano, tragándose la polla de su hijastro hasta las pelotas. Si María baja ahora te ve con la cara llena de verga y el culo goteando mi leche. Te despedirían a las dos. Pero a ti te encanta el riesgo, ¿verdad? Te mojas más cuando hay peligro.
Ella asintió con la boca llena, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Cuando ya no aguantó más sin aire se apartó tosiendo, un hilo de baba conectando sus labios con el glande morado. Lamió los huevos con la lengua plana, succionándolos uno por uno mientras masturbaba el tronco empapado.
—Métela otra vez por el culo —pidió, la voz destrozada—. Ahora. Sin prepararme más. Quiero que duela rico. Quiero que me dejes el agujero abierto y rojo.
Hassan la levantó, la giró de espaldas contra la pared de azulejos y le abrió las nalgas con las manos grandes. El agujero rosado estaba hinchado, brillante de semen anterior. Escupió encima y empujó. La cabeza gruesa abrió y entró de un golpe seco. Harriet gritó contra su propio brazo, un grito largo y gutural que la ducha apenas tapó. Él no esperó: la embistió con fuerza de animal, las caderas chocando contra su culo con un sonido brutal y húmedo. Cada embestida le sacaba el aire; el glande rasgaba las paredes apretadas que aún estaban resbaladizas de su corrida anterior.
—Joder, qué estrecho sigues… —jadeó Hassan, sudor y agua corriéndole por el pecho—. Tu culo me come la polla como si tuviera hambre. Parece que nunca te han follado aquí como se debe. Voy a dejártelo hecho una mierda, madrastra. Voy a hacer que camines mañana con las piernas abiertas y mi leche saliéndote a cada paso.
—Hazlo —rogó ella, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo—. Úsame el culo como un coño de segunda. Más fuerte. Llénamelo otra vez. Quiero sentir cómo me late cuando te corras. Y después… después llévame a la lavadora otra vez. Quiero que me folles el coño mientras la secadora vibra contra mi clítoris. Quiero correrme gritando tu nombre aunque nos oigan.
Él le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le frotó el clítoris con dedos resbaladizos y rápidos. La folló el culo sin piedad, sacando la polla casi entera y volviendo a clavar hasta que los huevos le golpeaban las nalgas mojadas. Harriet se corría otra vez, el orgasmo anal sucio y profundo, las piernas fallándole; Hassan la sostuvo y siguió embistiendo a través de los espasmos, sintiendo cómo el culo le apretaba en oleadas violentas.
Cuando sintió que se acercaba de nuevo, la sacó, la giró y la cargó hasta la lavadora todavía caliente. La subió encima, de espaldas, las piernas abiertas sobre sus hombros. Se la metió en el coño de un empujón brutal y la folló mirándola a los ojos. Las tetas de Harriet botaban con cada estocada; él se agachó y las mordió, chupando los pezones hasta dejarlos más morados y sensibles. El metal vibraba bajo ella. El semen del culo le corría hacia el coño, lubricando todavía más.
—Dime que eres mía —exigió él, sudor goteándole de la barbilla a los pechos de ella—. Dime que este coño y este culo son solo para tu hijastro. Que mañana en la cama de papá me vas a dejar atarte y usarte como quiera.
—Soy tuya —gimió Harriet, los ojos en blanco, las uñas clavándole la espalda—. Mi coño es tuyo, mi culo es tuyo, mi boca es tuya. Fóllame siempre que quieras. Te voy a chupar la polla bajo la mesa en la cena. Voy a dejarte correrte en mi cara y bajar así a abrir la puerta. Úsame, Hassan. Márcalo todo. Córrete dentro. Lléname otra vez.
Él se corrió con un gruñido animal, disparando chorros calientes y densos dentro del coño de su madrastra, apretándole las caderas con tanta fuerza que ya se veían los moretones formándose. Ella lo recibió todo, contrayendo las paredes para ordeñarlo, gimiendo de placer puro al sentir cómo la llenaba por tercera vez esa noche. El exceso le salió empujado alrededor de la verga, blanco y espeso, manchando la chapa de la lavadora.
Se quedaron así, jadeando, pegados, la polla de Hassan todavía dentro, ablandándose despacio pero sin salir. Harriet le acarició el pecho sudoroso, bajó la mano y le apretó los huevos vacíos con cariño obsceno.
—Otra —susurró ella, la voz rota de tanto gemir—. Todavía no has corrido en mi cara como prometiste del todo. Quiero que me la folles entre las tetas otra vez y me dejes los ojos pegados de leche. Y después… quiero que me lleves a la cama de invitados del sótano. Esa que nadie usa. Quiero que me folles ahí hasta que amanezca, despacio, profundo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Y si oímos otro ruido… me tapas la boca con la mano y sigues. Porque esta noche no termina, hijastro. Todavía me quedan ganas de que me destroces.
Hassan sonrió, ya sintiendo la sangre volverle al miembro a pesar del cansancio. Sacó la polla con un sonido húmedo y un nuevo hilo de semen cayó entre las nalgas de Harriet. La cargó otra vez, las piernas de ella rodeándole la cintura, y la llevó hacia la estrecha cama de hierro que había al fondo del lavadero, detrás de una cortina vieja. El colchón chirrió cuando la tumbaron. Él se metió entre sus muslos abiertos y le restregó la verga semidura por el coño goteante, sin entrar todavía.
—Mañana —murmuró contra su boca, besándola con lengua lenta y sucia—. Inventamos lo que sea. La casa vacía. La cama de papá. Te ato con sus corbatas, te pongo una de sus camisas abierta y te follo hasta que grites mi nombre tan alto que los vecinos oigan. Pero ahora… ahora te voy a usar despacio. Y si alguien baja… te tragas mi polla y sonríes como la puta educada que eres.
Harriet levantó las caderas, buscando la entrada.
—Entonces métela —jadeó—. Y no pares aunque cruja el puto techo. Esta noche eres mío hasta que salga el sol, Hassan. Y todavía no has visto lo puta que puedo ser cuando me dejas sin aire.
Él empujó dentro de un solo movimiento largo y profundo. El coño de Harriet lo recibió con un sonido chapoteante, todavía lleno de su leche. Empezó a follarla lento, casi tierno, pero cada embestida llegaba hasta el fondo, el glande rozándole el cuello del útero. Ella se arqueó, las uñas en su espalda, y el colchón crujió otra vez bajo ellos. Arriba, en algún lugar de la casa, se oyó un nuevo crujido de madera. Los dos se quedaron quietos un segundo, la polla de Hassan enterrada hasta las pelotas, el corazón latiéndoles al unísono. Luego Harriet sonrió con malicia, apretó el coño a propósito y susurró:
—Sigue. Si bajan, me corres en la garganta y fingimos que estoy planchando. Pero no te retires. Quiero sentir cómo me late mientras mentimos. Y cuando se vayan… me vas a follar el culo otra vez contra esta puta cama hasta que no pueda cerrar las piernas.
Hassan empujó más hondo, lento, deliberado, y el crujido de arriba se repitió, más cerca de la escalera otra vez.
Hassan empujó más hondo, lento, deliberado, y el crujido de arriba se repitió, más cerca de la escalera otra vez. El colchón de hierro chirrió bajo ellos. Harriet apretó el coño a propósito, un anillo caliente y resbaladizo que ordeñaba la polla gruesa de su hijastro hasta las pelotas. El semen anterior le salía empujado en hilillos blancos que manchaban las sábanas viejas. Ella sonrió con los labios hinchados pegados a su oreja.
—Sigue —susurró—. Si bajan, me la trago entera y finjo que estoy buscando una toalla. Pero no te retires ni un puto centímetro. Quiero sentir cómo me late mientras mentimos.
Hassan gruñó bajo y empezó a embestir otra vez, profundo y controlado. Cada estocada llegaba hasta el cuello del útero; el glande grueso rozaba ese punto que hacía que a Harriet se le pusieran los ojos en blanco. El agua de la ducha aún les goteaba del pelo y de la espalda, mezclándose con el sudor. Él le agarró las muñecas y se las clavó encima de la cabeza contra el colchón. Las tetas de ella botaban con el ritmo lento y brutal. Hassan bajó la boca y le mordió un pezón morado hasta dejarlo más sensible, chupando fuerte mientras la follaba.
—Joder, madrastra… tu coño está hecho un desastre —jadeó él contra la carne—. Lleno de mi leche y todavía me aprieta como si quisiera robarme hasta el último chorro. Imagina si María abre esa puta puerta ahora. Te ve con las piernas abiertas, la verga de tu hijastro enterrada hasta el fondo, el culo goteando. ¿Qué le dirías?
—Le diría que me está dando lo que tu padre ya no podía —gimió Harriet, arqueándose—. Que me destroce. Más hondo, Hassan. No pares aunque cruja el techo entero. Quiero que me dejes el coño abierto y rojo para cuando amanezca.
Él sacó la polla casi entera y la volvió a clavar de un golpe seco. El sonido chapoteante llenó el rincón oscuro detrás de la cortina. Harriet se corrió en silencio, el cuerpo sacudido por espasmos violentos, las paredes del coño contrayéndose en oleadas que casi le sacan la leche a Hassan otra vez. Él aguantó, sudor cayéndole de la barbilla a los pechos de ella. Cuando el orgasmo le aflojó las piernas, la giró de un tirón y la puso a cuatro patas en la cama estrecha. El colchón protestó. Le abrió las nalgas con las manos grandes y escupió directo en el agujero hinchado y todavía brillante de semen.
—Ahora el culo otra vez —ordenó en voz baja—. Como pediste. Sin piedad.
La cabeza gruesa empujó y entró de un solo movimiento largo. Harriet mordió la almohada para no gritar. El culo se le abrió alrededor del tronco venoso, resbaladizo y caliente. Hassan la embistió con fuerza de animal pero sin hacer demasiado ruido: embestidas cortas, profundas, los huevos golpeándole las nalgas mojadas. Cada vez que sacaba la polla casi entera, un hilo blanco de su corrida anterior salía empujado y le resbalaba a ella por el muslo hasta la sábana. Él metió dos dedos en el coño chorreante y la folló los dos agujeros a la vez, curvando los dedos para buscar ese punto mientras la verga le destrozaba el culo.
—Úsame… —rogó ella, la voz destrozada contra la tela—. Destroza ese culo de viuda puta. Quiero bajar mañana a desayunar y que cada paso me duela. Quiero sentir tu leche saliéndome cuando me siente en la silla de tu padre.
Hassan aceleró. La mano libre le rodeó la cintura y le frotó el clítoris hinchado con dedos torpes y rápidos. Harriet se corrió otra vez, el orgasmo anal sucio y profundo, las piernas temblando tanto que casi se derrumba. Él la sostuvo por las caderas y siguió embistiendo a través de los espasmos, sintiendo cómo el anillo de músculo le ordeñaba la polla en oleadas brutales. El peligro de los crujidos de arriba hacía que todo ardera más; la polla le palpitaba como si fuera a explotar.
Cuando sintió que se acercaba, la sacó con un plop húmedo y la giró otra vez. Se sentó en el borde de la cama y la subió a horcajadas. Harriet se impaló sola, el coño tragándose la verga gruesa hasta las pelotas de un solo descenso. Empezó a cabalgarlo con furia contenida, las tetas pesadas golpeándole la cara. Hassan le agarró el culo con las dos manos y la ayudó a subir y bajar, clavándola con fuerza cada vez que ella bajaba.
—Dime que eres mía —exigió él, mirándola a los ojos—. Dime que mañana en la cama de papá me vas a dejar atarte con sus corbatas y follarte hasta que grites mi nombre.
—Soy tuya —gimió Harriet, los ojos vidriosos—. Mi coño, mi culo, mi boca… todo para mi hijastro. Te voy a chupar la polla bajo la mesa. Voy a dejarte correrte en mi cara y bajar así a abrir la puerta. Córrete dentro otra vez. Lléname. Márcame.
Él se corrió con un gruñido ahogado, disparando chorros densos y calientes profundo en el coño de su madrastra. Ella apretó las paredes para ordeñarlo, gimiendo de placer puro al sentir cómo la llenaba por cuarta vez esa noche. El exceso le salió empujado alrededor del tronco, blanco y espeso, manchándole los huevos y la sábana. Se quedaron así, jadeando, pegados, la polla de Hassan todavía dentro, palpitando. Harriet le acarició el pecho sudoroso y sonrió con malicia.
Pero él no había terminado. Sacó la verga goteando, la puso entre las tetas grandes de ella y le ordenó que las juntara. Folló el canal blando y caliente con embestidas rápidas, el glande saliendo por arriba para que ella lo lamiera en cada estocada. Cuando ya no aguantó más se corrió otra vez: chorros calientes salieron disparados sobre las tetas, el cuello, la barbilla y la lengua de Harriet. Le pintó la cara entera. Ella se lo tragó todo lo que pudo, se frotó el resto por los pezones y se metió los dedos ensuciados en la boca, chupándolos con hambre.
—Así… —susurró ella, la voz ronca—. Ahora úsame la boca una última vez. Quiero tragarme lo que te quede antes de que amanezca.
Hassan se puso de pie junto a la cama. Harriet se arrodilló en el suelo frío y abrió la boca. Él le agarró el pelo rubio mojado y se la metió hasta la garganta de un empujón. La folló la boca con embestidas profundas y rítmicas, los huevos golpeándole la barbilla, las babas espesas mezclándose con el semen de la cara. Ella gorgoteaba, los ojos llorosos de placer, una mano metiéndose tres dedos en el coño lleno y la otra apretándole los huevos vacíos. Cuando él sintió la última oleada, se vació en su garganta. Harriet se lo tragó todo, chupando hasta dejar la polla limpia y brillante.
Se derrumbaron los dos en la cama estrecha, sudorosos, exhaustos, el semen goteando de todos los agujeros de Harriet y manchando las sábanas. El silencio de la casa volvió a ser absoluto. Ya no había crujidos. Solo el zumbido lejano de la secadora y sus respiraciones agitadas. Hassan le acarició el culo todavía abierto y lleno, y ella le besó el pecho con ternura sucia.
—Esto… —murmuró Harriet contra su piel— va a ser nuestro secreto cada puta noche. La lavandería, la ducha, esta cama… y mañana la de tu padre.
Hassan rio bajo, todavía jadeando, y le dio una palmada suave en una nalga.
—Perfecto. Pero la próxima vez avisamos a María con antelación… porque si vuelve a bajar por un vaso de agua y nos pilla así, va a creer que la lavadora tiene un ciclo extra de “madrastra a cuatro patas” y nos va a pedir que le enseñemos el programa.
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