Noche en el Museo con la Curadora Casada
La curadora casada seduce a su restauradora insatisfecha.
Soy Laura, tengo treinta y dos años y llevo seis casada con un hombre que, a estas alturas, apenas me roza de noche. Trabajo como restauradora en el museo y esa noche me tocó quedarme sola cerrando la exposición de arte erótico femenino. Las luces de las salas ya estaban tenues, solo quedaban los focos que bañaban las piezas con un resplandor cálido. Caminaba entre vitrinas y pedestales cuando oí tacones detrás de mí. Me giré y ahí estaba Valeria, la curadora, treinta y ocho años, casada también, imponente en su vestido negro ceñido que marcaba cada curva. Siempre me había mirado con ese deseo contenido, esa mirada que se detenía un segundo de más en mi boca o en el escote de mi bata de trabajo. Esa noche no había nadie más.
—Pensé que ya te habías ido —dije, y la voz me salió un poco ronca.
Valeria sonrió despacio, acercándose hasta quedar a un metro.
—Quería revisar algo de la sala de las diosas antes de cerrar del todo. Y… quería verte.
El silencio se densificó. Nos miramos. Yo sentí el calor subiéndome por el cuello.
—Valeria… mis noches en casa son un desierto. Él se duerme. Yo me toco pensando en cosas que no debería.
Ella soltó un suspiro que sonó casi a alivio.
—Seis años de matrimonio y yo también estoy harta de fingir. Llevo meses fantaseando contigo. Cada vez que te veo restaurando una pieza, me imagino tus manos en mi cuerpo. Me mojo en plena reunión de equipo y tengo que cruzar las piernas.
Mis pezones se endurecieron bajo la blusa. El confesionario había empezado y ninguna de las dos quería frenarlo.
—Yo también —admití—. Te miro y pienso en probarte. En cómo sabría tu boca. En si tus tetas son tan firmes como parecen.
Valeria dio un paso más. El aire entre nosotras olía a barniz, a cera y a algo eléctrico.
Caminamos juntas hasta la escultura central: dos diosas de mármol blanco entrelazadas, una con la cara entre los muslos de la otra, pechos apretados, culos redondos, bocas abiertas en éxtasis eterno. La luz rasante acentuaba cada pliegue de piedra. Nuestras miradas se cruzaron con hambre real, sin disimulo ya.
Valeria se plantó a mi lado. Sus dedos rozaron mi cintura por encima de la falda, subieron despacio hasta la costilla y se detuvieron ahí, calientes.
—Desde la primera vez que te vi restaurando ese relieve de Sappho —susurró contra mi oreja—, llevo deseando probar tu boca. Quiero saberte. Quiero que me dejes comerte aquí mismo.
No pensé. Me giré, agarré su nuca y la besé con urgencia. Nuestros labios se abrieron de golpe. Lenguas húmedas, dientes rozando, gemidos ahogados que rebotaron en las paredes vacías. Ella sabía a vino tinto y a menta. Yo gemí al sentir su pecho aplastándose contra el mío. Por fin cedíamos al deseo mutuo y consentido que habíamos alimentado en secreto durante meses.
Las manos se volvieron ansiosas. Desabroché el cierre de su vestido mientras ella me sacaba la blusa por la cabeza. Mi sujetador cayó al suelo de mármol. Los pechos de Valeria saltaron libres: grandes, firmes, con pezones oscuros y duros. Los cogí con las dos manos, los pesé, los exprimí. Ella me bajó la falda y los bragas de un tirón. El aire fresco del museo me rozó el coño ya empapado.
—Estoy chorreando —confesé contra su boca—. Llevo toda la puta tarde mojada solo de pensar que podrías aparecer.
—Yo también —jadeó ella, guiando mi mano entre sus muslos—. Toca. Estoy empapada por ti.
Mis dedos se deslizaron por sus labios hinchados, resbaladizos. Metí dos y ella arqueó la espalda. Nos besamos otra vez, más sucio, más profundo, mientras nos desnudábamos del todo. Zapatos, medias, todo quedó en un montón junto a la base de las diosas de mármol.
La llevé hasta la banca de terciopelo rojo que había en el centro de la sala para los visitantes. Me empujó suavemente hasta sentarme al borde y luego se tumbó de espaldas, tirando de mis caderas.
—Siéntate en mi cara —ordenó con voz grave—. Quiero beberte.
Me subí a horcajadas sobre su boca. Valeria agarró mis muslos y me bajó directo sobre su lengua. El primer lametón largo, de entrada a clítoris, me arrancó un grito. Su lengua era experta: plana y ancha al principio, luego puntiaguda, clavándose entre mis labios, chupando el capuchón, metiéndose dentro. Yo me agarré a sus tetas grandes y firmes, apretándolas, pellizcando los pezones mientras me balanceaba contra su cara. Ella gemía contra mi coño y las vibraciones me hacían estremecer. Babeaba, se untaba la barbilla con mis jugos. Yo miraba hacia abajo y veía cómo se la comía con glotonería, ojos cerrados de placer.
—Joder, Valeria… así… no pares…
Cuando sentí que iba a correrme demasiado pronto, me bajé temblando. La hice ponerse de cuatro sobre la banca. Su culo redondo y perfecto quedó alzado. Me arrodillé detrás y le abrí los glúteos. Primero le comí el culo: lengua plana lamiendo el agujero fruncido, empujando un poco, saboreando la piel limpia y caliente. Ella empujaba hacia atrás y gemía alto.
—Sí, cómeme el culo… más…
Después bajé al coño. Se lo comí desde atrás, labios, lengua, chupones en el clítoris hinchado. Metí dos dedos en su concha empapada, curvándolos hacia delante, follándola con ritmo constante mientras lamía. El sonido húmedo llenaba la sala. Valeria se corrió gritando, el coño contrayéndose alrededor de mis dedos, jugos corriéndole por los muslos. Temblaba tanto que casi se cae de la banca.
No le di respiro. Me tumbé yo y la atraje encima en tijera. Entrecruzamos las piernas, juntamos los coños hinchados y empezamos a frotar. Clítoris contra clítoris, labios resbalando, jugos mezclándose. Valeria me follaba con los dedos al mismo tiempo: tres dentro de mí, duros, precisos, mientras su boca buscaba la mía. Yo le metía los dedos a ella también. El roce era brutal, delicioso, cada movimiento enviaba chispas directas a la entrepierna. Sudábamos. El terciopelo se manchaba. Gemíamos el nombre de la otra.
—Me corro… Laura, me corro otra vez…
—Juntas —jadeé—. Córrete conmigo.
El orgasmo nos golpeó largo y violento. Contracciones profundas, gritos sofocados contra la boca de la otra, cuerpos sacudiéndose, coños pulsando uno contra otro. Seguimos frotándonos a través de las ondas hasta que nos dolió de lo sensibles que estábamos. Nos desplomamos abrazadas sobre la banca, sudorosas, respirando agitadas, piernas enredadas.
Valeria me besó con ternura, labios suaves ahora, lengua lenta. Me acariciaba el pelo pegado a la frente. Yo le recorría la espalda con las uñas suaves.
—Quiero repetir esto cada vez que cerremos el museo —confesó contra mi cuello—. Cada puta noche que podamos. No quiero quedarme solo con la fantasía otra vez.
Sonreí, todavía con el corazón desbocado, y le mordisqueé el labio inferior.
—Entonces la próxima vez trae algo más. Quiero sentirte de todas las formas posibles antes de que amaneczca.
Ella se rio bajito, un sonido oscuro y prometedor, y sus dedos ya volvían a dibujar círculos perezosos alrededor de mi pezón todavía sensible. La sala seguía vacía, las diosas de mármol nos miraban desde su pedestal eterno, y afuera el reloj del museo marcaba que todavía quedaban horas de oscuridad por delante.
Seguí gimiendo cuando sus dedos dejaron de dibujar círculos y pellizcaron mi pezón con más fuerza. El pinchazo dulce me atravesó hasta el clítoris todavía hinchado. Valeria se incorporó un poco sobre la banca de terciopelo, el pecho sudoroso rozándome el costado, y me miró con esa sonrisa ladeada que me había devorado meses en silencio.
—Todavía no he terminado contigo —susurró—. Dijiste que querías sentirme de todas las formas. Entonces ábreme las piernas otra vez y déjame follarte como me da la gana.
No dudé. Separé los muslos y ella se arrodilló entre ellos. Sus pechos pesados colgaban, rozándome el vientre mientras bajaba la cara. Primero lamió el pliegue donde el muslo se junta con el coño, saboreando los restos de mi primer orgasmo. Después abrió mis labios con los pulgares y sopló aire fresco sobre el clítoris. Me estremecí entero.
—Estás inflamada —dijo contra mi carne—. Roja, brillante, olorosa a sexo. Me encanta cómo hueles después de correrte. Huele a puta casada que necesita más.
Metió la lengua otra vez, pero ahora más lenta, más cruel. La aplanaba y la arrastraba de abajo arriba, deteniéndose en el capuchón para chupar con fuerza rítmica. Yo agarré el borde de la banca y arqueé la espalda. El terciopelo se me pegaba al culo sudado. Cada chupón me sacaba un gemido que rebotaba entre las diosas de mármol.
—Más fuerte… joder, Valeria, chúpame como si fueras a vaciarme.
Ella obedeció. Hundió la cara entera. Su nariz rozaba mi monte mientras la lengua se clavaba dentro, follándome con ella. Sentí el calor de su saliva mezclándose con mi humedad. Mis jugos le goteaban por la barbilla y caían sobre sus tetas. Yo miraba hacia abajo y veía cómo se untaba, cómo disfrutaba. Me corrí otra vez sin avisar: un espasmo seco que me dobló por la mitad. Grité su nombre y ella no paró. Siguió lamiendo a través de las contracciones hasta que tuve que empujarle la frente porque el clítoris me ardía de lo sensible que estaba.
Valeria se limpió la boca con el dorso de la mano y se rio bajo.
—Dos. Voy a por la tercera antes de que el reloj marque la una.
Se puso de pie, desnuda y majestuosa bajo los focos cálidos. Caminó hasta su bolso, tirado junto al montón de ropa, y sacó algo que brilló un segundo: un dildo de cristal grueso, liso, con una base ancha. Mi coño dio un latido solo de verlo.
—Lo traje por si acaso —confesó, volviendo hacia mí—. Llevo semanas mojándome en la oficina imaginando metértelo mientras me chupas las tetas. ¿Quieres?
—Mételo —jadeé—. Fóllame con eso y después te lo meto yo a ti.
Se arrodilló otra vez entre mis piernas. Primero lo frotó por mis labios hinchados, recolectando humedad. El cristal frío me hizo jadear. Después lo empujó despacio. La cabeza redonda abrió mi entrada y yo sentí cómo me estiraba, cómo entraba centímetro a centímetro hasta que la base quedó apoyada contra mi montículo. Valeria lo giró un poco, buscando el punto exacto, y cuando lo encontró empecé a temblar.
—Ahí… joder, ahí dentro…
Empezó a follarme con movimientos largos y profundos. Cada embestida sacaba un sonido húmedo y obsceno. Con la otra mano me abría más los labios para ver cómo el cristal entraba y salía brillante de mis jugos. Yo le agarré una teta, la llevé a mi boca y chupé el pezón oscuro con glotonería. Ella gemía mientras me follaba, y el sonido de su voz grave me calentaba todavía más.
—Mírame —ordenó—. Quiero verte la cara cuando te corras con mi juguete dentro.
Abrí los ojos. Ella estaba inclinada sobre mí, sudor corriendo entre sus pechos, el brazo moviéndose sin parar. Aceleró. El dildo golpeaba mi punto con precisión brutal. Sentí el orgasmo subir como una marea espesa. Me agarré a sus hombros y me corrí gritando, el coño apretando el cristal con fuerza, contracciones que parecían no acabar nunca. Ella lo dejó dentro mientras yo pulsaba, y solo lo sacó cuando mis piernas cayeron flojas.
—Tú ahora —dije con voz rota—. Túéntate. Quiero reventarte yo.
Valeria se tumbó de espaldas en la banca y abrió las piernas. El coño le brillaba, los labios hinchados y oscuros. Me arrodillé, lamié primero para saborearla otra vez —salada, espesa, deliciosa— y después alineé el dildo. Lo empujé despacio. Ella soltó un gemido largo cuando la cabeza desapareció dentro.
—Más… mételo todo, Laura. Quiero sentirlo hasta el fondo.
Lo hundí hasta la base. Empecé a follarla con ritmo constante, mirando cómo su entrada se estiraba alrededor del cristal. Con la mano libre le frotaba el clítoris en círculos rápidos. Valeria se agarraba a mis muñecas, empujaba las caderas al encuentro de cada embestida. Sus tetas rebotaban. El pezón que yo había chupado estaba rojo e hinchado.
—Cuéntame —jadeé mientras la follaba—. Cuéntame lo que fantaseabas en las reuniones.
—Te imaginaba debajo de la mesa —confesó entre gemidos—. Abriéndome las piernas con la falda subida. Chupándome el coño mientras yo firmaba papeles. Me mojaba tanto que tenía que ir al baño a correrme con los dedos pensando en tu lengua. Y de noche, cuando mi marido ronca, me meto tres dedos y digo tu nombre en la almohada.
Eso me destrozó. Aceleré. El dildo entraba y salía rápido, el sonido chapoteante llenando la sala vacía. Le bajé la cara al pecho y mordí un pezón mientras mi pulgar no paraba de frotar su clítoris. Valeria se corrió con un grito ronco, el cuerpo entero convulsionando. El coño le apretaba el juguete con tanta fuerza que casi no pude seguir moviéndolo. Los jugos le salían a chorros alrededor del cristal y me mojaban la mano y la muñeca.
No la dejé recuperarse. Saqué el dildo, me lo llevé a la boca y lo chupé limpio mientras ella me miraba con los ojos vidriosos. Después me tumbé encima en tijera otra vez, pero más sucia, más desesperada. Entrecrucé las piernas altas, junté nuestros coños empapados y empecé a frotar con fuerza. Clítoris contra clítoris, labios abiertos resbalando, el ruido obsceno de carne mojada chocando. Valeria me agarró las caderas y empujó hacia arriba. Yo me balanceaba, frotándome contra ella como una perra en celo.
—Así… frota más fuerte… quiero que me dejes el coño rojo de tanto usarlo.
Sudábamos a mares. El terciopelo debajo de nosotras estaba empapado de jugos y saliva. Yo le metí dos dedos por detrás mientras frotábamos, buscándole el culo. Ella abrió más las piernas para darme paso. El dedo índice se deslizó dentro del agujero apretado y caliente. Valeria gritó y se corrió otra vez, el esfínter contrayéndose alrededor de mi dedo, el coño disparando más líquido caliente contra el mío. El orgasmo ajeno me empujó al mío: una oleada larga y dolorosa de lo intenso que fue. Nos quedamos temblando, frotándonos todavía a través de las últimas ondas, hasta que nos dolió demasiado y tuvimos que parar.
Caímos una al lado de la otra, jadeando. El aire de la sala olía a sexo puro, a coños abiertos y a sudor de mujeres. Valeria me acariciaba el vientre con la yema de los dedos, bajando despacio hasta rozarme el clítoris todavía sensible. Yo le miraba el pecho subir y bajar.
—Todavía quedan horas —susurró ella—. Y yo todavía quiero meterte la lengua en el culo hasta que grites. Quiero que me montes la cara otra vez y me ahogues con el coño. Quiero que me folles con los dedos hasta que no pueda caminar mañana en la reunión de las diez.
Me giré hacia ella y le mordí el hombro, dejando una marca roja.
—Entonces vamos a la sala de los espejos —dije—. Quiero vernos mientras te como. Quiero que me veas la cara llena de tu coño. Y después… después quiero que me hables sucio de lo que le harías a mi marido si supiera lo que estoy haciendo con su esposa casada.
Valeria se rio, oscura, y se levantó. Me tendió la mano. Estábamos completamente desnudas, brillantes de humedad, pezones duros, coños abiertos y rojos. Las diosas de mármol seguían mirándonos desde su pedestal eterno mientras cruzábamos la sala vacía, el taconeo de nuestros pies descalzos ecoando en el silencio, y yo sentía cómo me volvía a mojar solo de imaginar lo que íbamos a hacernos frente a aquellos espejos antiguos antes de que la noche se acabara del todo.
Llegamos a la sala de los espejos desnudas, los pies descalzos pegajosos contra el mármol frío, el rastro de nuestros jugos marcando el camino como una confesión muda. Los espejos antiguos, altos y dorados, multiplicaban nuestras siluetas bajo la luz ámbar: pechos pesados, pezones hinchados, coños rojos y abiertos, muslos brillantes. Me vi reflejada mil veces montando a Valeria y el estómago se me contrajo de hambre pura.
—Mírame —ordené, empujándola contra el marco más grande—. Quiero que veas cómo te como.
La hice abrirse de piernas contra el cristal. Me arrodillé. El olor de su coño me golpeó: espeso, salado, todavía impregnado de cristal y de mis dedos. Separé sus labios con los pulgares y le clavé la lengua de un solo golpe. Valeria soltó un gemido ronco que rebotó en todos los espejos. Chupé su clítoris hinchado, lo atrapé entre los labios y lo succioné con ritmo lento y cruel mientras dos dedos entraban en su entrada empapada. Ella se arqueó, agarrándome el pelo, frotándose la cara contra mi boca.
—Así, Laura… cómeme… mira cómo me mojo por ti…
Yo miraba de reojo el reflejo: mi cara enterrada, la barbilla chorreando, sus tetas grandes rebotando cada vez que empujaba las caderas. Metí un tercer dedo y curvándolos busqué ese punto esponjoso. Ella gritó. Sus jugos me bañaron la muñeca. Seguí follándola con la mano mientras la lengua no paraba de lamer, chupar, meterse. Cuando se corrió la primera vez en esa sala, el esfínter le tembló y un chorro caliente me salpicó la mejilla. No me aparté. Seguí bebiéndola a través de las contracciones, saboreando cada espasmo.
Me levanté temblando y la giré de espaldas al espejo. Mis pechos aplastaron los suyos. Nos besamos con la boca llena de su sabor. Ella me agarró el culo con las dos manos y me abrió los glúteos.
—Ahora tú —jadeó—. Siéntate en mi cara otra vez. Quiero ahogarme.
Nos tumbamos en el suelo de mármol frente al espejo más grande. Me subí a horcajadas sobre su boca, de espaldas, para poder ver todo en el cristal: mi coño abriéndose sobre su lengua, mis labios hinchados descendiendo, su nariz aplastada contra mi montículo. Valeria me agarró las caderas y me bajó del todo. Su lengua se clavó plana y ancha, lamiendo de clítoris a entrada, después empujando dentro. Yo me balanceaba, frotándome, mirando cómo mi jugo le untaba la cara entera. Me corrí rápido, un orgasmo seco y violento que me dobló hacia delante. Grité su nombre y ella no soltó. Siguió chupando mientras yo temblaba, hasta que el clítoris me ardió y tuve que levantarme un segundo.
No me dio respiro. Sacó el dildo de cristal del bolso que había arrastrado y me lo pasó por los labios.
—Chúpalo. Quiero verlo brillar con tu saliva antes de metértelo.
Lo chupé profundo, mirándola a los ojos en el espejo. Ella se arrodilló detrás de mí, me abrió de rodillas y me empujó el cristal de un solo golpe hasta la base. El estiramiento me sacó un gemido gutural. Empezó a follarme duro, embestidas largas y precisas, la otra mano pellizcándome el pezón. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran en el reflejo. Yo miraba, hipnotizada: el dildo entrando y saliendo brillante, mis labios estirados, su cara concentrada y sudorosa detrás.
—Más fuerte —supliqué—. Fóllame como si no hubiera mañana.
Aceleró. El sonido chapoteante llenó la sala. Con la mano libre me abrió el culo y metió la lengua en el agujero fruncido, lamiendo mientras el cristal martilleaba mi coño. El doble estímulo me destrozó. Me corrí gritando, el cuerpo entero convulsionando, el coño apretando el juguete con fuerza casi dolorosa. Ella lo sacó, me lo pasó por la cara y después se lo metió a sí misma de un empujón. Se folló delante de mí, de rodillas, gemendo mi nombre, y yo me arrastré para chuparle el clítoris mientras el cristal entraba y salía. Cuando se corrió, los jugos le salieron a chorros alrededor del dildo y me mojaron la boca y el pecho.
Todavía no bastaba. Nos enredamos otra vez en tijera frente al espejo, piernas altas entrecruzadas, coños abiertos y rojos chocando. Frotamos con desesperación, clítoris contra clítoris, labios resbalando, el ruido obsceno de carne mojada. Nos metíamos los dedos al mismo tiempo: yo tres en ella, ella tres en mí, follándonos mientras rozábamos. Sudor, saliva, jugos, todo mezclado. Valeria me hablaba sucio entre gemidos:
—Si tu marido te viera ahora… con el coño abierto y rojo de tanto usarlo… me corrí pensando en contárselo algún día… en que te vea montándome la cara…
Eso me empujó al borde. Frotamos más fuerte, más sucio, hasta que el orgasmo nos aplastó juntas: largas contracciones, gritos ahogados, cuerpos sacudiéndose, coños pulsando uno contra otro. Seguimos moviéndonos a través de las ondas hasta que el clítoris nos dolió demasiado y tuvimos que parar, desplomadas una encima de la otra sobre el mármol frío.
El sexo se acabó. El aire olía a coño abierto y a sudor de mujeres casadas. Valeria me acariciaba el pelo con dedos perezosos, todavía metida entre mis muslos, la respiración caliente contra mi pecho. Yo miraba nuestros reflejos infinitos: dos cuerpos brillantes, marcados, satisfechos… y de pronto el placer se me escurrió como agua entre los dedos.
Sentí el vacío. El mismo desierto que me había empujado hasta aquí volvía, solo que ahora era peor. Pensé en mi marido durmiendo en nuestra cama, en las sábanas que ya no olían a nada, en las mañanas en las que fingíamos normalidad. Valeria susurró algo sobre repetirlo la próxima noche de cierre, sobre traer más juguetes, sobre no volver a fingir. Yo asentí, le besé la frente, pero por dentro algo se había torcido.
Me levanté despacio. El mármol me había marcado la espalda. Recogí mi ropa en silencio mientras ella seguía tendida, hermosa y agotada. Me vestí sin mirar demasiado los espejos. Cada botón de la blusa me pesaba. El reloj del museo marcaba casi las tres. Afuera el mundo seguía igual: matrimonios huecos, reuniones de equipo, diosas de mármol que no juzgaban.
Valeria se incorporó y me sonrió, todavía confiada.
—¿Estás bien?
—Sí —mentí—. Solo… cansada.
Pero no estaba bien. Mientras cruzábamos de nuevo la sala de las diosas para cerrar del todo, sentí el ardor entre las piernas y al mismo tiempo un nudo frío en el pecho. Habíamos follado como animales, nos habíamos corrido hasta quedarnos vacías, y aun así el vacío seguía ahí. Peor: ahora sabía exactamente lo que me faltaba y lo que no podía quedarme. Mañana ella firmaría papeles y yo restauraría relieves, y los dos maridos seguirían roncando en camas distintas. Y yo, Laura, la restauradora casada de treinta y dos años, me tocaría otra vez pensando en ella… y después me odiaría un poco más por haber cruzado una línea que ya no podía borrar.
Cerré la puerta de la sala de los espejos con llave. El clic sonó definitivo. Valeria me besó una última vez en la oscuridad del pasillo, suave, prometedora. Yo le devolví el beso, pero por dentro solo quedaba una pregunta amarga que no me atreví a decir en voz alta: ¿y ahora qué?
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