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Deseo Desatado con la Amiga de su Esposa

Carlos, un arquitecto de 42 años, folla salvajemente a Yara, la divorciada de 38 y mejor amiga de su esposa, sobre el escritorio de esta en un

11 min read October 10, 2026New

Carlos cerró la puerta del garaje y dejó las llaves sobre la mesa de mármol de la entrada. Cuarenta y dos años, arquitecto de renombre, casa de lujo vacía un fin de semana entero porque Naomi, su esposa, había volado a un congreso de diseño en Barcelona. El silencio le pesaba de un modo agradable: sin horarios, sin fingir. Iba a abrir una botella cuando el timbre sonó dos veces, seco.

Yara.

La mejor amiga de Naomi desde la universidad. Divorciada hace tres años, treinta y ocho bien cumplidos, curvas que la ropa cara no conseguía disimular. Llegaba, según el mensaje de su mujer, «solo a recoger las cajas de muestras de telas que dejé en el estudio». Carlos abrió y ahí estaba ella, vestido negro ceñido hasta media muslo, escote generoso, labios pintados de un rojo que pedía pecados.

—Hola, Carlos —dijo, y la sonrisa le duró un segundo de más—. ¿Naomi ya se fue?

—Esta mañana. Pasa.

La dejó entrar. El perfume de ella —algo amaderado y caro— llenó el vestíbulo. Mientras cruzaba el salón hacia el estudio del fondo, Carlos no pudo evitar mirarle el culo: redondo, firme, balanceándose con esa insolencia que siempre había fingido no notar. Años de lealtad a Naomi. Años de miradas que se cortaban a tiempo. Ahora la casa estaba sola y la tensión le subió por la espalda como electricidad barata.

—Las cajas están junto al escritorio de ella —informó, siguiendo a Yara. Ella se detuvo delante del enorme tablero de roble donde Naomi revisaba planos y facturas. Se inclinó para leer una etiqueta y el vestido subió un palmo. Sin medias. Tanga negra.

—Qué ordenada es tu mujer —murmuró Yara sin volverse—. Siempre tan perfecta. Tú también… tan correcto. ¿Nunca te cansas de ser el marido modelo?

Carlos se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Y tú nunca te cansas de fingir que no me miras la entrepierna cuando crees que nadie te ve?

Yara se enderezó despacio. Se giró. Las tetas le subían y bajaban con la respiración. Se acercó a pasar junto a él «buscando» otra caja. Al rozarlo, empujó deliberadamente el culo contra la polla de Carlos, ya medio dura dentro del pantalón. El contacto fue lento, pesado, un frotamiento que no dejaba duda.

—Ups —susurró ella, sin apartarse del todo—. Qué torpe soy.

Carlos le agarró la muñeca.

—No eres torpe. Estás provocándome. Dilo.

Yara levantó la barbilla. Los ojos oscuros le brillaban.

—Vale. Lo digo. Llevo años fantaseando con follarme al marido de mi mejor amiga. Con que me tires sobre su escritorio y me uses como la puta que no se atreve a ser delante de ella. Me corre solo de pensarlo. ¿Feliz?

La confesión le reventó algo dentro. Carlos la empujó contra el borde del escritorio, le agarró la cara con las dos manos y la besó con una violencia hambrienta. Lenguas, dientes, saliva. Yara le mordió el labio inferior y gimió en su boca.

—La traición… —jadeó ella entre besos— es lo que más me moja. Saber que estoy follándome lo que no me pertenece. Que Naomi confía en mí y yo le estoy abriendo las piernas a su marido.

—Y a mí me pone de piedra saber que te voy a correr dentro mientras su perfume todavía está en esta habitación —gruñó Carlos, ya abriéndole la cremallera del vestido. El tejido cayó. Sostenes negros, tanga, tetas pesadas con pezones duros. Se las masajeó con ganas, chupándole un pezón hasta que ella arqueó la espalda—. Puta. Puta traidora de tu amiga.

—Sí… llámame así.

La sentó en el borde del escritorio de Naomi, le arrancó el tanga y le separó los muslos. El coño de Yara estaba chorreando: labios hinchados, clítoris asomando, hilos de lubricante bajándole al culo. Carlos se arrodilló, le abrió los pliegues con los pulgares y le comió el coño como un condenado. Lengua plana lamiendo de abajo arriba, succionando el clítoris, metiendo la lengua dentro. Dos dedos gruesos se clavaron de golpe en ese coño caliente y empapado; los curvó buscando el punto que la hizo gritar.

—¡Joder, Carlos… así, más fuerte!

Follaba con los dedos sin piedad, el pulgar frotándole el culo, la boca no dejando el clítoris. Yara se agarraba al borde del escritorio, las uñas rayando la madera pulida de su mejor amiga, las piernas temblando alrededor de la cabeza de él. Se corrió rápido, violento, chorreándole la barbilla, gritando el nombre de Carlos y maldiciendo a Naomi en el mismo aliento.

Carlos se levantó, se bajó los pantalones y la polla le saltó gruesa, venosa, goteando precum. Dio la vuelta a Yara, la puso a cuatro patas sobre el escritorio, papeles y un portarretratos de la boda tirados al suelo. Le dio una cachetada sonora en una nalga.

—Abre ese coño de puta.

La penetró de un solo empujón hasta el fondo. Yara gritó, el culo temblándole. Carlos la agarró de las caderas y empezó a follarla con fuerza brutal, el ruido húmedo de carne contra carne llenando el estudio. Cada embestida hacía que las tetas de ella rebotaran sobre la madera. Le tiró del pelo, obligándola a arquearse, y le dio otra torta en el culo.

—Puta traidora de tu amiga. ¿Te gusta que te destroce el coño en su escritorio?

—Sí… sí, me encanta… fóllame más duro, lléname…

Sacó la polla del coño y se la clavó en el culo sin más lubricante que los jugos de ella. Yara aulló de placer-dolor, empujando hacia atrás para recibirlo entero. Carlos alternaba: tres embestidas en el culo, cuatro en el coño, el cambio constante volviéndola loca. Le escupió en el culo abierto, le metió dos dedos junto a la polla, le tiraba del pelo como si quisiera arrancárselo.

—Vas a llevarte mi leche dentro, ¿entiendes? Voy a dejarte el coño goteando de mí mientras te vas a tu casa a sonreírle a Naomi por teléfono.

—Por favor… córrete dentro… lléname, Carlos, úsame…

Le dio una ristra de cachetadas en las nalgas hasta dejarlas rojas. El escritorio crujía. Yara se corrió otra vez, el coño convulsionándole alrededor de la polla, el culo apretándose. Carlos no aguantó más: la clavó hasta las pelotas en el coño y se vació en chorros densos y profundos, gruñendo contra su nuca, llenándola hasta que el semen le rebosó por los muslos.

Quedaron jadeando. El olor a sexo y traición impregnaba el aire acondicionado. Carlos se retiró despacio; un hilo blanco espeso unió su polla al coño abierto de Yara. Ella se resbaló del escritorio, se arrodilló frente a él y sin que se lo pidiera le limpió la polla con la boca: lamió los restos de semen y de sus propios jugos, chupó la cabeza todavía sensible, le besó los huevos. Cuando estuvo brillante de saliva, se incorporó un poco y le susurró contra el glande húmedo:

—Esto solo es el comienzo. Cada vez que Naomi salga de viaje… yo vengo. Me follas donde quieras. En su cama. En su ducha. En este mismo escritorio. Secretos nuestros. Nadie se entera. ¿Trato?

Carlos la bajó la cara y le dio un beso sucio, saboreando su propio sabor en la lengua de ella.

—Trato. La próxima vez te voy a abrir el culo hasta que no puedas sentarte y te voy a mandar a casa con marcas que tengas que esconder.

Yara sonrió, satisfecha, casi dulce. Se vistió sin prisa, se ajustó el tanga empapado, se pasó los dedos por el coño para recoger un poco de semen y se los chupó mirándolo a los ojos. Recogió las cajas de telas —la excusa perfecta— y caminó hacia la puerta.

En el umbral se detuvo.

—El martes tiene una cena de trabajo hasta tarde. Yo puedo pasar a «devolver» una muestra. Ten la polla lista.

Se fue. El clic de la puerta de entrada resonó en la casa vacía. Carlos se quedó en el estudio, la polla otra vez endureciéndose al ver el desorden sobre el escritorio de su esposa: el portarretratos caído, una mancha húmeda en la madera, el olor de Yara todavía en el aire. Pensó en el martes. En cómo iba a tenerla contra la nevera o arrodillada en el vestidor de Naomi. En lo fácil que iba a ser mentir. La excitación no bajaba; le subía por la garganta como una promesa sucia.

El martes cayó sobre la casa como una promesa húmeda. Carlos había dejado el garaje abierto a propósito, las luces del vestíbulo bajas, la polla ya semi-dura dentro de los pantalones desde que leyó el mensaje de Yara a las seis: «Voy de camino. Tenla lista». No preparó nada romántico. Solo despejó el escritorio de Naomi otra vez, tiró el portarretratos al cajón y dejó la botella de lubricante a la vista junto a los planos. Cuando el timbre sonó, abrió sin sonreír.

Yara entró con un vestido rojo todavía más corto que el negro del fin de semana, sin sostén. Las tetas se le marcaban completas, pezones duros contra la tela. El perfume amaderado golpeó a Carlos en la cara igual que la primera vez.

—Naomi me mandó un audio hace una hora —dijo ella mientras se quitaba los tacones—. Que la cena se alarga y que «cuides la casa». Qué irónico.

Carlos la agarró del cuello del vestido y la empujó contra la nevera de acero. El frío del metal le arrancó un gemido cuando le subió la tela hasta la cintura. Sin bragas. El coño afeitado, ya brillante, labios hinchados de solo imaginarlo.

—Cállate de mi mujer —gruñó, metiéndole dos dedos de golpe—. Hoy te voy a usar hasta que no te quede voz para mentirle.

Yara se abrió de piernas, empujando contra su mano. Los jugos le corrían por los muslos.

—Úsame. Destrózame en su cocina. Quiero oler a ella mientras me corres dentro otra vez.

Le bajó los pantalones con prisa. La polla saltó gruesa, venas marcadas, la cabeza morada y goteando. Carlos la levantó, le enganchó las piernas a la cintura y la empaló de una embestida seca hasta el fondo del coño. El chillido de Yara rebotó en los azulejos. Empezó a follarla contra la nevera con golpes secos y profundos, el acero helado contrastando con el calor del coño que lo apretaba como un puño empapado. Las tetas le rebotaban fuera del escote; él las chupó, mordió, dejó marcas rojas alrededor de los pezones mientras le martillaba el punto G sin piedad.

—Puta de mi mujer… te encanta que te llene donde ella guarda la comida —jadeó contra su oreja, acelerando—. El martes que viene te voy a tirar semen en sus yogures para que se los coma sin saber.

Yara se corrió ahí mismo, el coño convulsionando, chorros calientes bajándole por el culo y manchando el suelo. Carlos no paró. La bajó, la giró, la obligó a apoyarse en la isla de mármol y le abrió las nalgas con las dos manos. Escupió directo al agujero rosado y apretado, frotó la saliva con el pulgar y empujó la polla en el culo de un solo tajo. Yara aulló, las uñas rascando el mármol, el placer-dolor subiéndole por la espalda en espasmos.

—Más… rómpeme el culo, Carlos… haz que mañana no pueda sentarme en la reunión con ella…

La folló el culo con brutalidad metódica, embestidas largas que lo sacaban casi entero y lo clavaban hasta las pelotas. Cada vez que entraba hasta el fondo le daba una cachetada sonora en la nalga, dejándola roja y temblando. Le tiró del pelo, la obligó a mirar el reflejo borroso en el microondas: cara de puta, boca abierta, saliva cayéndole al pecho.

—Mira qué cara de traidora tienes con la polla de tu mejor amiga hasta el fondo del culo.

Sacó la verga, la volvió a meter en el coño empapado tres veces, luego otra vez al culo, alternando sin avisar hasta que Yara solo balbuceaba insultos y ruegos. El ruido húmedo y obsceno llenaba la cocina. Carlos sintió los huevos tensarse y se retiró justo a tiempo. La puso de rodillas en el suelo frío y se corrió a chorros densos sobre su cara, tetas y lengua sacada. Semen espeso le goteó por la barbilla, le manchó el vestido rojo, le cayó entre las tetas. Ella lo lamió todo, chupó la polla sensible hasta dejarla limpia, mirándolo con ojos brillantes de puta satisfecha.

—Todavía no terminamos —dijo Carlos, la voz ronca—. Arriba. A su cama.

La subió medio cargada por la escalera. En el dormitorio matrimonial corrió las sábanas de hilo egipcio que olían todavía al perfume de Naomi. Tiró a Yara de espaldas, le abrió las piernas hasta casi partirla y le comió el coño otra vez: lengua ancha lamiendo semen propio mezclado con jugos de ella, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua en el culo abierto y relajado. Yara se agarró a la cabecera —la misma donde Naomi leía por las noches— y se corrió gritando el nombre de Carlos y el de su amiga en el mismo grito roto.

Cuando la polla volvió a ponerse de piedra, la montó en misionero profundo, las rodillas clavadas en el colchón de matrimonio. Le sujetó las muñecas por encima de la cabeza y la folló lento y pesado al principio, luego salvaje, el cabezal golpeando la pared. Cada embestida sacaba un «sí, fóllame la puta de tu mujer» de la garganta de Yara. Le escupió en la boca, ella lo tragó. Le mordió el cuello dejando chupetones que tendría que tapar. Cuando sintió que se acercaba otra vez, se salió, la puso a cuatro patas mirando el armario de Naomi y se la volvió a clavar en el culo hasta las pelotas. Esta vez no hubo piedad: embestidas cortas y brutales, una mano en el clítoris frotando en círculos rápidos, la otra cacheteándole las nalgas ya rojas.

—Voy a dejarte el culo goteando para que mañana, cuando te sientes a tomar café con ella, sientas mi leche resbalarte.

Yara se corrió gritando contra la almohada de Naomi, el culo apretándole la polla como un anillo de fuego. Carlos la siguió segundos después, vaciándose profundo en el recto, chorros calientes que le rebosaron alrededor de la verga y le bajaron por los huevos hasta las sábanas. Se quedó dentro, pulsando, jadeando contra su espalda sudada.

Se separaron despacio. El olor a sexo, sudor y traición impregnaba las sábanas blancas. Yara se recostó un momento, dedos perezosos recogiendo semen de entre sus nalgas y chupándolos con una sonrisa perezosa.

—Trato cumplido —susurró—. La próxima vez traigo plug. Quiero que me lo metas en el culo antes de que llegue ella y yo me vaya a cenar con ella todavía lleno de ti.

Carlos la miró limpiarse superficialmente en el baño de la suite, ajustarse el vestido manchado, pasarse los dedos por el pelo. No le dijo nada del mensaje que le había llegado al móvil veinte minutos antes, mientras la tenía contra la nevera: Naomi anunciando que el congreso se había acortado y que aterrizaba esa misma noche a las once y media. Faltaban menos de dos horas. Yara no lo sabía. Salió por la puerta creyendo que tenían días, sonriendo con el secreto compartido de los martes futuros, el culo todavía abierto y goteando, sin idea de que la casa volvería a oler a esposa legítima antes del amanecer y de que Carlos ya estaba calculando cómo lavar las sábanas y esconder el lubricante antes de que el Uber de Naomi doblara la esquina.

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