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Reencuentro Ardiente: Su Culo Se Abre para Mí en el Lago

Reencuentro con mi exnovia de 29 años, la abogada divorciada, que se abre el culo virgen para mí en el lago.

12 min read October 09, 2026New

Nunca pensé que volver a este puto pueblo me iba a partir el pecho de esa manera. Tengo treinta y dos años, llevo una década comiéndome el asfalto de la ciudad, y el primer día que pisé de nuevo el camino de tierra hacia el lago escondido —ese mismo rincón donde Carla y yo nos escapábamos a los dieciocho, diecinueve— me la encontré a ella. Carla. Veintinueve años ahora, abogada divorciada, exitosa, con ese traje de lino arrugado tirado sobre una roca y el cuerpo que yo conocía de memoria sumergido hasta las tetas en el agua quieta.

Me vio antes de que yo pudiera dar media vuelta. Sonrió de lado, esa sonrisa de siempre, y dijo mi nombre como si lo hubiera estado ensayando.

—Wesley… joder, eres tú de verdad.

Me quité la camisa sin pensarlo mucho. El calor pegaba y ella ya estaba casi desnuda, solo con las bragas blancas pegadas al culo bajo el agua. Entré. El lago estaba fresco, el mismo de siempre. Nos quedamos mirándonos a dos metros, respirando raro.

—Escuché que te divorciaste —dije, porque había que decir algo.

—Sí. El muy hijo de puta se fue con una pasante. Tres años de matrimonio y cero orgasmos de verdad. Tú… tú nunca te casaste, ¿verdad?

Negué con la cabeza. El agua me llegaba a la cintura. Ella nadó un poco más cerca. Su pelo oscuro flotaba alrededor de los hombros. Las tetas se le movían libres, pezones oscuros y duros por el frío o por otra cosa. La recordaba perfecta y lo seguía estando: caderas anchas, cintura estrecha, ese culo redondo que yo había agarrado mil veces cuando éramos novios.

—Nunca te olvidé —confesó de golpe, mirándome a los ojos—. En serio, Wesley. Sobre todo… lo que te gustaba hacerme detrás. Cómo me abrías las nalgas, cómo me chupabas ahí, cómo me metías un dedo mientras me follabas. Nadie más lo ha hecho. Nadie. Mi ex ni siquiera lo intentó. Y yo… joder, yo he fantaseado con eso todas las noches desde que nos separamos.

Se me puso la polla dura al instante. El agua no disimulaba nada. Ella lo notó y soltó una risita baja, casi nerviosa.

—Mira eso… igual de gordo que antes.

Nadé hasta ella. El pecho contra el pecho. Sus pezones rozaron mi piel y un calambre me bajó hasta los huevos. La agarré de la nuca y la besé. No fue un beso suave de “hace cuánto tiempo”. Fue hambre. Lengua profunda, dientes en el labio inferior, saliva compartida. Ella se pegó entera, las piernas abriéndose alrededor de mi cadera bajo el agua, el coño caliente rozándome la polla a través de la tela de mis bóxers, que me quité a empujones sin dejar de comerle la boca.

Quedamos los dos completamente desnudos, flotando, frotándonos. El sol de la tarde nos daba en la espalda. Nadie alrededor. Solo pájaros y el chapoteo suave.

—Quiero que me domines como antes —susurró contra mi boca, con la voz ronca—. Que me uses. Que me digas qué hacer. Me he pasado años recordando cómo me tenías contra el capó del coche, o aquí mismo, con la cara en la hierba y el culo al aire. Me abría para ti y tú me dejabas empapada y temblando.

La agarré del culo con las dos manos, apretando fuerte las nalgas carnosas. Ella gimió en mi boca. Separé un poco los cachetes y noté el agua fría colarse por la hendidura. Su ano se contrajo contra la yema de mis dedos cuando rozé la zona sin entrar todavía.

—Ahí… toca ahí —pidió, casi lloriqueando de ganas—. Por favor, Wesley.

Se giró en el agua. Me dio la espalda, flotando de bruces un segundo, y después se agarró a mis muslos por detrás, abriéndose ella misma las nalgas con las manos. El agua le resbalaba por la raya del culo. Vi el agujero rosado, apretado, virgen de polla, exactamente como lo recordaba. Solo que ahora era el de una mujer de veintinueve años que había ganado juicios y firmado divorcios y aun así se abría para mí como una puta necesitada.

—Míralo —dijo, la voz temblorosa—. Nunca se lo he dado a nadie. He fantaseado con que seas tú el primero. Que me lo destrozes despacio. Que me lo llenes. Desde el día que te fuiste a la ciudad he tocado ese agujero en la ducha pensando en tu polla. Métete el dedo. Hazlo.

Metí el índice despacio. El anillo de músculo cedió apenas, caliente, resbaladizo por el agua y por la saliva que ella misma iba soltando al jadear. Apretó alrededor de mi dedo con una fuerza que me hizo echar la cabeza atrás.

—Joder, Carla… qué estrecho lo tienes. Igual que cuando te abría con la lengua a los diecinueve.

—Más… otro dedo. Ábreme. Quiero sentirte.

Saqué el dedo, escupí en la yema (el agua no bastaba) y volví a entrar con dos. Ella soltó un gemido largo, animal, y empujó el culo hacia atrás contra mi mano. El agua chapoteaba entre nosotros. Mi polla latía contra la parte baja de su espalda, gorda, dura, rozándole la raya cada vez que ella se movía.

La giré otra vez hacia mí. La besé con lujuria pura, mordiéndole la lengua, chupándole el labio. Sus manos bajaron y me agarraron la polla con las dos, subiendo y bajando el prepucio, esparciendo el líquido precum que ya se me escapaba.

—Vamos a follar sin restricciones —le dije contra su boca—. Aquí. Ahora. Como se nos salga de los huevos. Te voy a lamer ese culo hasta que grites, te voy a abrir con los dedos y después te voy a meter la polla despacio hasta que me ruegues que te la meta entera. Y cuando te corras con el culo lleno, te voy a dar la vuelta y te voy a follar el coño hasta que no puedas caminar. ¿Quieres eso?

—Sí. Joder, sí. Todo. Quiero que me trates como tu puta otra vez. Que me digas sucia. Que me abras.

Nos besamos otra vez, más bruscos. La levanté un poco y ella enredó las piernas en mi cintura. La punta de mi polla buscó sola la entrada de su coño, se deslizó entre los labios hinchados, notó lo empapada que estaba por dentro a pesar del lago. No entré del todo. Solo jugué, frotando, dejando que el glande besara el clítoris hinchado una y otra vez mientras mis dedos seguían abriéndole el culo por detrás, tijereteando suavemente el esfínter.

Ella temblaba. Me miraba con los ojos vidriosos, la boca abierta.

—Llévanos a la orilla —suplicó—. Quiero que me pongas a cuatro patas en la hierba. Quiero sentir el sol en la espalda mientras me comes el culo. Y después… después quiero que me lo des. Completo. Sin condón. Sin nada. Soy tuya otra vez, Wesley. Usa mi culo virgen. Ábrelo para ti.

Nadé hacia la orilla con ella pegada a mí, la polla atrapada entre nuestros cuerpos, los dedos todavía metidos hasta el nudillo en ese agujero caliente que se contraía en oleadas. El agua nos llegaba a las rodillas cuando tocamos fondo. El barro suave bajo los pies. La hierba alta a un metro. El corazón me martilleaba en las sienes y en la polla por igual.

La bajé despacio. Ella se quedó de pie frente a mí, gotas resbalándole por las tetas, por el vientre, por el vello del coño. Se giró otra vez, se inclinó, se agarró los tobillos un segundo solo para enseñármelo mejor: el culo abierto, el ano rosado y entreabierto por mis dedos, el coño goteando hacia los muslos.

—Mírame —dijo, la voz rota de ganas—. Dime que me lo vas a follar. Dime que me lo vas a dejar abierto y usado.

Me arrodillé detrás de ella en el agua baja. Separé las nalgas con las dos manos. Soplé aire caliente sobre el agujero y la vi estremecerse. Saqué la lengua y di la primera lamida larga, de coño a ano, saboreando el sabor a lago y a mujer caliente. Ella gritó ahogado. Volví a lamer, más despacio, clavando la punta de la lengua exactamente en el centro del esfínter, empujando hasta sentirlo ceder un milímetro.

—Así… joder, así, Wesley… no pares…

Seguí comiéndoselo mientras mi mano libre le masturbaba el clítoris en círculos lentos. Ella empujaba el culo contra mi cara, abriéndose más, pidiendo sin palabras que la profundizara. Mi polla goteaba sobre el agua. Sabía que en cuanto la tumbaramos en la hierba no habría marcha atrás: le iba a abrir ese culo centímetro a centímetro, le iba a hacer sentir cada vena, y ella lo iba a recibir con esa misma hambre con la que me había confesado que nunca lo había olvidado.

Todavía no habíamos llegado a la hierba seca. Todavía mi lengua estaba enterrada en ella, mis dedos volviendo a entrar al lado de la lengua, estirándola un poco más. El sol nos quemaba la piel. El lago chapoteaba alrededor de nuestras rodillas. Y Carla, mi ex de veintinueve años, la abogada que había vuelto a abrirme su cuerpo entero, gemía mi nombre como si fuera la única palabra que le quedaba.

—No pares… ábreme más… quiero tu polla ahí… quiero que me la des hoy, Wesley… hazme tuya otra vez…

La tensión no bajaba. Al contrario: cada lamida, cada gemido, cada contracción de ese ano virgen alrededor de mi lengua no hacía más que subir la temperatura. Sabíamos los dos lo que venía. Y ninguno de los dos iba a detenerse.

Seguí lamiéndole el culo un rato más en el agua baja, la lengua empujando y abriendo ese anillo rosado mientras Carla gemía mi nombre y se empujaba hacia atrás. Cuando no pude más, la levanté del barro, la cargué hasta la hierba seca y extendí la manta que ella había traído —una de picnic vieja, a rayas, que olía a sol y a ella—. La tumbé de rodillas encima. El sol de la tarde le doraba la espalda, el agua todavía le resbalaba por el surco de las nalgas y por los muslos. Se puso a cuatro patas sin que se lo pidiera, abrió las rodillas y se miró por encima del hombro, los ojos negros, la boca abierta.

—Cómeme el culo, Wesley. Por favor. Méteme la lengua hasta el fondo mientras me toco. Quiero correrme con tu boca ahí antes de que me lo metas.

Me arrodillé detrás. Le separé las nalgas con las dos manos, los cachetes carnosos, pesados, y volví a clavar la lengua en el centro de ese agujero que ya se abría un poco por mis dedos anteriores. Sabía a lago y a ella, a sal y a ganas acumuladas. Carla bajó una mano entre sus piernas y se metió dos dedos en el coño, frotándose el clítoris hinchado en círculos rápidos. Cada vez que yo empujaba la lengua más adentro, ella gemía más alto y se abría más ella misma, tirando de las nalgas para ofrecerme todo.

—Así… joder, así… lámelo como si fuera tu puta… no pares…

Escupí sobre el ano, dejé que la saliva espesa corriera y la empujé dentro con la lengua y después con el dedo medio. Entró fácil. Añadí el índice. Dos dedos girando, abriéndola, mientras ella se masturbaba con furia y el culo se le contraía alrededor de mis nudillos. Mi polla latía contra mi vientre, gorda, morada, goteando precum sobre la manta. Saqué los dedos, escupí otra vez y los volví a meter, tijereteando el esfínter hasta que el agujero rosado se quedó entreabierto, brillando, listo.

—Ahora —rogó, la voz rota—. Métela. Solo con saliva y tus dedos. Quiero sentirte cruda. Ábreme el culo virgen con esa polla gruesa. Fóllame duro. Por favor.

Me puse de rodillas detrás de ella. Agarré la base de mi polla, frotré el glande contra el ano baboso, empujé despacio. El anillo cedió milímetro a milímetro. Carla soltó un grito largo, animal, y empujó el culo hacia atrás. Entré la cabeza entera. El calor la apretaba como un puño. Me quedé quieto un segundo, respirando, sintiendo cómo su culo me chupaba.

—Más… dámela toda… destrozame…

Agaré sus caderas y empujé. Centímetro a centímetro, hasta que mis huevos le golpearon el coño. Estaba enterrado hasta el fondo en ese culo virgen de abogada de veintinueve años que se abría solo para mí. Empecé a moverme. Lento al principio, sacando casi toda la polla y volviendo a entrar de un embiste seco. Ella gritaba, pedía más, se tocaba el clítoris con una mano mientras la otra se aferraba a la manta.

—Más duro… fóllame el culo como tu puta… azótame… por favor…

Le di una palmada en la nalga derecha. El sonido seco, la carne temblando. Otra en la izquierda. Carla gimió de placer puro y empujó hacia atrás con más fuerza. Empecé a follarla de verdad: profundo, duro, el culo haciendo clap-clap contra mi pelvis, mi polla abriéndola de par en par. Veía cómo el anillo se estiraba alrededor del tronco grueso, cómo se cerraba cuando sacaba y se abría otra vez cuando entraba. Sucio, perfecto.

—Joder, Carla… qué estrecho lo tienes… te estoy abriendo… mírate cómo me lo chupas…

—Sí… úsame… dime que soy tuya… azótame otra vez…

Le di tres azotes más, consentidos, fuertes, dejando la piel roja. Ella se corría casi, el coño chorreando sobre la manta. Saqué la polla de golpe, me tumbé de espaldas y la hice girar.

—Súbete en vaquera inversa. Quiero ver cómo se te abre el culo alrededor de mi polla.

Carla obedeció al instante. Se colocó de espaldas a mí, piernas a cada lado de mis caderas, y se agachó guiando mi verga otra vez al ano. Bajó despacio, gimiendo, hasta que me la tragó entera. Desde esa posición veía todo: su culo redondo abriéndose por completo alrededor de mi grueso, el esfínter estirado al máximo, brillando de saliva y de ella. Empezó a cabalgarme. Subía y bajaba, rápido, duro, las nalgas rebotando, el agujero chupándome en cada bajada. Yo le azotaba las nalgas a ritmo, le agarraba las caderas para embestirla desde abajo, profundo.

—Míralo… joder… se me abre todo… tu polla me destroza el culo… más… fóllame más fuerte…

Ella se masturbaba otra vez mientras cabalgaba, los dedos empapados. Los gemidos se volvieron sucios, rotos: “métemela toda”, “llename el culo”, “soy tu puta del lago otra vez”. Yo embestía hacia arriba, viendo cómo el anillo se dilató alrededor de mi polla hasta que casi no cabía más. El calor, la presión, el sonido húmedo de su culo tragándome… no aguanté mucho.

—Me voy a correr dentro… te voy a llenar el culo…

—Sí… córrete dentro… lléname… me corro contigo…

Empujé tres veces más, profundo, y me corrí. Chorros gruesos, calientes, disparándose dentro de ese culo apretado. Carla gritó, se sacudió entera, el orgasmo le recorrió la espalda en oleadas mientras su ano se contraía alrededor de mi polla y ordeñaba cada gota. Seguí embistiéndola despacio mientras me vaciaba, sintiendo cómo el semen empezaba a salir por los bordes del esfínter cuando se movía.

Cuando terminamos de temblar, ella se levantó despacio. Mi polla salió con un sonido húmedo y el culo se le quedó entreabierto, rosado, usado, goteando mi leche por el surco hacia el coño. Se giró, se tumbó a mi lado sobre la manta y me besó con una ternura que me partió el pecho. Labios suaves, lengua lenta, manos en mi cara.

—Este reencuentro ardiente ha despertado en mí el deseo de que sigamos explorando mi analidad juntos —susurró contra mi boca—. Quiero más. Quiero que me lo abras de todas las maneras. La próxima semana volvemos aquí. ¿Quieres?

Nos vestimos despacio. Ella se puso las bragas blancas todavía húmedas, yo los bóxers. El sol bajaba. El lago estaba quieto otra vez. Planificamos en voz baja: misma hora, misma manta, más lubricante tal vez, o nada, solo saliva y ganas. Cuando ya estábamos de pie, listos para el camino de tierra, Carla me miró de lado, la sonrisa sucia y tierna a la vez, y dijo la última frase con la voz ronca de después del sexo:

—¿Me vas a follar el culo otra vez la semana que viene hasta que no pueda sentarme en el juzgado, Wesley?

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