Noche Final en el Pajar

Dos jornaleros se follan salvajemente en el pajar.

11 min read August 27, 2026New

El calor de agosto todavía se aferraba al viejo pajar como una segunda piel cuando Grant empujó la puerta de madera y el chirrido familiar llenó el silencio. Dentro, el olor a heno seco, polvo y sudor de animales se mezclaba con el aire denso de la última noche. Andalucía rural no perdía el tiempo con despedidas elegantes; mañana Otto volvería a la ciudad y el verano se iría con él.

Grant, fornido de tanto trabajar la tierra, se pasó una mano por el pecho ancho bajo la camisa abierta. Veintiún años y ya tenía callos en las palmas y ese cuerpo de jornalero que se notaba hasta en la forma de caminar. Otto estaba de pie junto a la pila de heno, guapo de una manera que aún irritaba un poco a Grant: piel más clara por las horas de estudio, pelo oscuro revuelto, esa sonrisa de mierda que había estado mirándole todo el puto verano.

—Pensé que no vendrías —dijo Otto, sin girarse del todo. Su voz sonó baja, casi ronca.

—Y dejar que te marches sin despedirte como Dios manda? Ni de coña.

Se miraron. No era la primera vez. Durante semanas las miradas se habían alargado en el campo, en la sombra de los olivos, cuando Grant se quitaba la camiseta empapada y Otto fingía revisar los apuntes del curso de verano. Los roces “accidentales” en el tractor, el codazo en la cadera al pasar, la mano que se quedaba un segundo de más en el hombro. Todo el pueblo hablaba de la cosecha; ellos solo pensaban en follarse.

Grant se acercó. El heno crujía bajo las botas.

—Llevo semanas aguantándome, Otto. Semanas mirándote el culo cuando te agachas y preguntándome cómo se sentiría tenerte abierto debajo de mí.

Otto soltó una risa corta, cómplice, y por fin se giró del todo. Sus ojos brillaban en la penumbra.

—Y yo llevo las mismas semanas deseando que me la metas hasta el fondo, cabrón. Que dejes de hacer el tonto con esos roces de mierda y me folles de verdad. ¿Contento? Ya lo he dicho.

Grant sintió cómo se le endurecía la polla dentro del pantalón solo de oírlo. Dio un paso más. Estaban lo bastante cerca para olerse: sudor limpio de Otto, el de Grant más espeso, a tierra y trabajo.

—Di otra vez —exigió, voz grave.

—Que quiero que me folles. Duro. Esta noche. Antes de que me vaya y no vuelva a verte hasta quién sabe cuándo.

Se sonrieron como dos cómplices que por fin soltaban la puta tensión. Grant sacó un cigarro del bolsillo del pecho, lo encendió con el mechero y dio una calada larga. El humo se elevó entre ellos. Se sentaron sobre el heno, hombros rozándose, muslos casi juntos. Grant pasó el cigarro. Los dedos de Otto rozaron los suyos al cogerlo; ni siquiera fingieron que era casualidad.

—Joder, qué calor hace aquí arriba —murmuró Otto, exhalando humo. Miró de reojo la entrepierna de Grant, donde la tela del pantalón ya marcaba un bulto claro—. Aunque veo que a ti te sube la temperatura por otro lado.

—Cállate, listillo. Tú no estás mucho mejor. Se te nota la polla desde que entré.

Otto rió, bajo y sucio.

—Claro que se me nota. Llevo todo el verano con ganas de que me la chupes. De agarrarte del pelo y correrme en esa boca de obrero que tienes. ¿O preferías que te la metiera yo a ti primero?

Grant le arrebató el cigarro, dio otra calada y se lo devolvió. El coqueteo ya no era broma; era descaro puro.

—Prefiero follarte yo. Abrirte las piernas en este heno y darte hasta que grites. Que el puto pueblo entero se entere de lo que te estoy haciendo si hace falta.

Otto se inclinó un poco más. Su mano libre bajó, deliberada, y rozó el paquete de Grant por encima del pantalón. No fue un toque tímido: fue una caricia firme, midiendo el grosor, apretando justo lo suficiente para que Grant soltara un gruñido entre dientes.

—Hostia… —Grant apretó la mandíbula. El cigarro tembló entre los dedos de Otto—. Tocas como si ya supieras lo que quieres.

—Porque lo sé —susurró Otto, sin retirar la mano. Frotó con la palma, sintiendo cómo la polla de Grant palpitaba y crecía más—. Quiero esta polla dentro. Quiero que me la metas entera, que me agarres fuerte y me uses. Llevo semanas jodiéndome solo pensando en ti, correrme en la mano imaginando que eras tú quien me partía el culo.

Grant no aguanto más. Tiró el cigarro a un lado, lo aplastó contra el suelo de tierra con la bota y metió la mano por detrás, agarrándole el culo a Otto con fuerza bruta. Los dedos se clavaron en la carne firme a través del pantalón fino, apretando, separando un poco las nalgas como ensayo. Otto jadeó, la mano todavía sobre el bulto de Grant, ahora apretando con más ganas.

—Joder, sí… Así —Otto empujó el culo contra esa mano grande—. Agárrame más fuerte. Quiero notarlo mañana cuando me siente en el puto tren.

Grant le apretó el culo con ambas manos ya, subiéndole un poco hasta casi sentarlo a horcajadas sobre su muslo. Se miraron de cerca, respiraciones mezcladas, pollas duras y confesadas.

—Nadie nos va a interrumpir esta noche —dijo Grant, voz ronca de ganas—. La puerta está cerrada. El pueblo duerme. Puedo follarte todo lo que quiera. Duro. Sin prisa y sin piedad. Te voy a dejar el culo ardiendo y lleno de leche, ¿me oyes?

Otto asintió, la sonrisa torcida de excitación pura.

—Eso quiero. Que me folles salvaje. Que me digas de todo mientras me la metes. Llevo desde junio deseando que dejes de mirarme y empieces a usarme.

Se besaron entonces, brusco, sin delicadeza: bocas abiertas, lenguas empujando, dientes rozando labios. Grant le mordió el labio inferior y Otto gimió dentro de su boca, la mano todavía apretándole la polla por fuera del pantalón, ahora abriéndole la bragueta a tientas. El heno se hundía bajo ellos. El pajar olía a sexo anticipado.

Grant le bajó los pantalones lo justo para meter la mano dentro y agarrarle el culo a piel desnuda. La carne caliente, firme, perfecta para clavarle los dedos. Otto arqueó la espalda y le devolvió el favor, metiendo la mano en los calzoncillos de Grant y envolviendo aquella polla gruesa y caliente. Ambos jadearon al contacto directo.

—Mira cómo me tienes —masculló Grant contra su cuello, lamiéndole el sudor—. Dura como una piedra solo de tocarte el culo. Voy a follarte hasta que no puedas ni caminar mañana. Y tú vas a pedírmelo otra vez antes de irte.

—Pídemelo tú a mí también —respondió Otto, bombeando despacio aquella polla, el pulgar pasando por la cabeza ya húmeda—. Que te la chupe. Que te monte. Lo que quieras. Esta noche es nuestra y nadie entra aquí.

Grant le dio la vuelta con facilidad, empujándolo de pecho contra el heno alto, y se pegó a su espalda. La polla dura se clavó entre las nalgas de Otto todavía medio vestido. Le mordió el hombro por encima de la camisa y le habló al oído:

—Primero te voy a abrir con los dedos. Luego te la meto despacio para que sientas cada puto centímetro. Y cuando estés listo… te follo como he querido hacerlo desde el primer día que te vi sudando en el campo.

Otto empujó el culo hacia atrás, buscando más presión.

—Hazlo. Deja de hablar y fóllame ya, Grant. Llevo semanas esperando esta polla. No me hagas esperar más.

El pajar quedó en silencio salvo por las respiraciones agitadas y el crujido del heno. Afuera, la noche andaluza seguía igual de quieta. Dentro, los dos jóvenes de veintiún años ya no fingían nada: se tenían agarrados, pollas fuera, culos al aire, y la promesa clara de follarse hasta no poder más antes de que saliera el sol y Otto tuviera que marcharse.

Grant le separó las nalgas con las manos grandes, miró aquel culo que había deseado todo el verano y se lamió los labios. Todavía no había empezado de verdad. Todavía podían alargar el tormento un poco más. Otto temblaba de ganas debajo de él, pidiendo con el cuerpo lo que ya había confesado con la boca.

La última noche en el pajar apenas acababa de empezar.

Grant no esperó más. Agarró a Otto por las caderas con esas manos callosas de jornalero y lo empujó de un solo golpe contra el montón de balas de paja. El heno crujió y se hundió bajo la espalda de Otto, que soltó un jadeo ahogado cuando Grant le comió la boca. Besos brutales, sin piedad: lengua profunda, dientes rozando labios, saliva mezclándose mientras Grant le bajaba los pantalones de un tirón junto con los calzoncillos. La polla de Otto saltó libre, gruesa, venosa, ya goteando por la punta.

—Joder, mira cómo la tienes… —masculló Grant contra su boca antes de arrodillarse en el heno—. Te la voy a tragar entera, cabrón.

Se la metió de un bocado. Hambre pura. Labios estirados alrededor del glande salado, bajando hasta que la nariz le rozó el vello púbico de Otto. Tragó, la garganta apretando, la lengua planchada contra la vena inferior. Otto arqueó la espalda y agarró el pelo corto de Grant, empujándolo más abajo.

—Hostia, sí… así, trágatela toda. Chúpame esa polla como si te estuvieras muriendo de hambre. Más profundo, joder, que se te note en el cuello.

Grant chupaba con ruido obsceno, saliva chorreando por las bolas de Otto, la mano libre apretándole el culo desnudo. Subía y bajaba la cabeza a un ritmo salvaje, tragando hasta el fondo cada vez, el cogote flexionándose. Sentía la polla latirle contra la lengua, el sabor a precum amargo llenándole la boca. Otto gemía alto, las caderas empujando, follándole la cara sin control.

—Voy a correrme si sigues… para, para un segundo.

Grant se soltó con un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta roja y brillante. Se puso de pie, le dio la vuelta a Otto como si no pesara nada y lo plantó a cuatro patas sobre las balas. El culo de Otto quedó expuesto: redondo, firme, el agujero apretado y rosado entre las nalgas sudorosas. Grant le escupió encima, un chorro espeso que resbaló por el centro. Con dos dedos lo embadurnó y empujó dentro de golpe.

—Mírate… abierto y baboso solo para mí. Te voy a partir el culo esta noche.

Se colocó detrás, se escupió en la propia polla gruesa y la alineó. Empujó. El glande abrió el anillo con dificultad, luego se hundió centímetro a centímetro hasta que las bolas le golpearon las de Otto. Ambos gritonaron.

—¡Joder, qué apretado! Te siento latir alrededor… —Grant agarró las caderas y empezó a follar. Embestidas profundas, salvajes, el sonido carne contra carne llenando el pajar—. Toma toda la polla, Otto. Ábrete más. Quiero metértela hasta los huevos.

Otto empujaba hacia atrás, el culo rebotando, la cara enterrada en el heno. Gritaba obscenidades con la voz rota de placer:

—¡Más duro, cabrón! ¡Fóllame el culo como un puto animal! ¡Dásela entera! Me tienes el agujero ardiendo… ¡sí, así, rómpeme!

Grant se inclinó sobre su espalda, una mano rodeándole el cuello sin apretar del todo, la otra bajando a bombearle la polla a Otto al mismo ritmo de las embestidas. Alternó: sacó casi toda la longitud y se la volvió a clavar de un solo golpe. Luego lo giró sin salir del todo, lo tumbó de espaldas sobre la paja y le abrió las piernas en misionero. Las rodillas de Otto le llegaban casi a los hombros. Grant se hundió otra vez, más profundo todavía, mirándole a los ojos mientras se masturbaban mutuamente: la mano grande de Grant alrededor de la polla de Otto, la de Otto rodeando la base de la de Grant cada vez que salía.

—Mírame mientras te la meto… di lo que sientes.

—Siento tu polla abriéndome… llena… caliente… ¡me vas a hacer correrme solo con follarme! ¡Más fuerte, Grant! ¡Úsame! ¡Dime que soy tu puto de esta noche!

—Eres mío esta noche. Este culo es mío. Esta polla que me late en la mano es mía. Voy a llenarte de leche y después te la voy a hacer tragar.

El ritmo se volvió brutal. Heno volando, sudor cayendo de la frente de Grant sobre el pecho de Otto, el olor a sexo espeso mezclado con el polvo. Ambos se masturbaban sin parar: pulgares rozando glándes hinchados, dedos apretando. Gritaban sin cuidado de que alguien los oyera.

—¡Voy…! —aulló Otto—. ¡Me corro, joder, me corro con tu polla dentro!

—Juntos… ¡ahora!

El orgasmo los partió a la vez. Grant se corrió profundo, chorros calientes inundando el interior de Otto, la polla latiendo y bombeando mientras Otto se corría entre sus cuerpos: leche blanca salpicando el abdomen de Grant, el pecho, llegando hasta la barbilla. Algunos chorros le cayeron a Grant en la cara y él se los lamió sin dejar de embestir hasta vaciarse del todo. Otto se contrajo alrededor de él en espasmos, ordeñándole hasta la última gota. Se quedaron temblando, unidos, respirando como bestias.

Despacio, Grant se salió. Un hilo de semen espeso le siguió y resbaló por el muslo de Otto. Se limpiaron con la camisa de Otto, pasándola por los vientres, por el culo goteante, por las pollas todavía sensibles. Después se besaron con una ternura residual que contrastaba con la salvajada de minutos antes: labios suaves, lenguas lentas, manos acariciando espaldas sudadas.

Se acomodaron abrazados sobre el heno, Grant cucharita detrás de Otto, mirando las estrellas a través del techo roto del pajar. El cielo andaluz brillaba limpio. Otto suspiró, la voz baja:

—La próxima vez que vuelva al pueblo… no esperamos tanto. Ni un puto día.

Grant le besó el hombro y ya estaba tramando. Mientras acariciaba el vientre de Otto, la mente le iba a toda velocidad: el próximo verano Otto volvería en junio, no en agosto. Él le escribiría antes, le mandaría fotos del pajar arreglado un poco, le diría que le había dejado un colchón escondido detrás de las balas. Planeaba pedirle al dueño del cortijo unos días libres exactos cuando Otto bajara del tren. Los dos se meterían aquí la primera noche, sin rodeos, y Grant le follaría otra vez hasta que el techo se les cayera encima. Y si Otto se quedaba más tiempo, le enseñaría el rincón del olivar donde nadie pasaba, y el cobertizo del tractor. Ya estaba contando las semanas en la cabeza, sonriendo contra la nuca de Otto, la polla removiendo de nuevo solo de imaginarlo.

—No voy a esperar —murmuró Grant—. Cuando vuelvas, te voy a tener aquí la misma noche. Te lo juro.

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