Cruzando Miradas en la Lavandería

Laura, la esposa de Marcos, se folla al vecino Diego en la lavandería con el permiso de su marido.

20 min read August 23, 2026New

Soy Laura, tengo veintiocho años y llevo casada con Marcos el tiempo suficiente como para saber que su fantasía más repetida no es un secreto entre nosotros: quiere verme como hotwife. Me lo ha confesado mil veces, con la voz ronca y la mano entre mis piernas, contándome lo mucho que le calienta imaginarme con otro hombre mientras él se queda en casa sabiendo exactamente lo que estoy haciendo. Esa tarde, cuando bajé a la lavandería del edificio con la cesta llena de ropa, él me dio un beso largo en la cocina y me dijo, mirándome a los ojos: «Si pasa algo, disfrútalo. Quiero todos los detalles esta noche». Yo salí con el coño ya húmedo y el corazón latiéndome en la garganta.

La lavandería olía a detergente barato y a calor de máquina. Solo había un hombre allí: Diego, el vecino del cuarto, treinta y dos años, solo, cuerpo de gimnasio que no disimulaba ni con la camiseta holgada. Cruzamos miradas en cuanto entré. No fue un saludo educado; fue esa clase de mirada que te baja directa a la entrepierna y te deja sin aire. Él estaba sacando ropa de una secadora. Yo me agaché a meter la mía en la lavadora libre y sentí sus ojos en mi culo, en la curva de mi espalda, en el escote de la blusa que me había puesto a propósito.

Cuando terminé de cargar, él se acercó.

—Déjame ayudarte con esa —dijo, señalando la cesta de toallas que aún me quedaba por meter en la secadora.

Sus dedos rozaron mi cintura al sujetar el borde de la cesta. No fue un accidente. El contacto fue deliberado, caliente, y me dejó un escalofrío que me subió por la columna. Marcos estaba arriba, en el piso, sabiendo de sobra lo que podía estar pasando en ese cuarto estrecho de azulejos blancos y ruido de tambores. Pensé en él mientras Diego me sonreía de cerca, olor a jabón y a hombre, y yo no aparté la mano cuando sus nudillos rozaron otra vez la tela de mi blusa sobre la cadera.

—Llevas semanas mirándome así —murmuré, confesional, porque el estilo de mi marido se me pega: decir las cosas crudas.

Diego no se anduvo con rodeos. Me miró fijamente, sin pestañear, y soltó:

—Llevo semanas imaginándote doblada sobre una de estas máquinas. Con las bragas bajadas hasta los tobillos y ese coño que se te adivina cuando te agachas a recoger la ropa. Cada puta vez que te veo en el ascensor se me pone dura.

La tensión se volvió espesa, casi tangible. El ruido de la lavadora de al lado marcaba un ritmo sordo. Yo tragué saliva, sentí el calor subirme a las mejillas y más abajo, entre las piernas, donde ya estaba empapada.

—Mi marido me ha dado su bendición —le dije sin rodeos—. Si surge la oportunidad, quiere que disfrute. Quiere que me follen y que después le cuente todo. Cada detalle.

Los ojos de Diego se oscurecieron. Un segundo después ya me tenía contra la secadora, su boca sobre la mía, besándome con hambre, lengua profunda, dientes rozándome el labio inferior. Mis manos bajaron solas a su bragueta. Noté el bulto duro, grueso, palpitando bajo la tela. Le abrí la cremallera lo bastante como para meter la mano y sentir la polla caliente, la piel tersa, la humedad en la punta. Él me apretó las tetas por encima de la blusa, pellizcando los pezones ya duros a través del sujetador, y gruñó contra mi boca:

—Entonces vamos a cruzar la línea ahora mismo, Laura. Aquí.

Decidimos en ese instante. No hubo más dudas. El permiso de Marcos ardía en mi pecho como un sello caliente.

Diego me subió de un tirón sobre la lavadora que ya estaba en marcha. El tambor vibraba bajo mi culo. Me bajó las bragas de un jalón, dejándolas colgando de un tobillo, y se arrodilló entre mis muslos abiertos. Su lengua me encontró mojada, hinchada, y no tuvo piedad. Me comió el coño con habilidad brutal: chupó el clítoris, metió la lengua dentro, lamíó largo y lento hasta el ano y volvió a concentrarse arriba, succionando mientras dos dedos me abrían y buscaban ese punto que me hace ver estrellas. Yo me agarré a sus hombros, eché la cabeza hacia atrás y gemí sin cuidado de quién pudiera oír. La máquina vibraba bajo mí y su boca no paraba. Cuando me corrí, lo hice gritando, las piernas temblándome alrededor de su cabeza, el coño contrayéndose contra su lengua mientras un chorro de placer me dejaba sin aliento.

No me dio tiempo a bajar del orgasmo. Diego se puso de pie, se bajó los pantalones lo justo, sacó la polla gruesa y dura y me bajó de la lavadora para empujarme contra la pared fría del cuarto. Me alzó un poco, enganchó una de mis piernas en su cadera y se metió de una embestida profunda. Me llenó por completo. Gemí contra su cuello mientras él me follaba de pie, embestidas brutales, profundas, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño resonando entre las máquinas. Le arañé la espalda por debajo de la camiseta, dejándole marcas, y él me mordió el hombro sin romper la piel, gruñendo:

—Joder, qué apretada estás… Marcos sabe lo que regala.

—Sí —jadeé—. Sabe. Quiere esto.

Me giró de repente. Me puso a cuatro patas sobre una pila de ropa limpia —toallas blancas, sábanas olorosas a suavizante— y me entró otra vez por detrás, aún más hondo. Me tiró del pelo con una mano, obligándome a arquear la espalda, y con la otra me agarró la cadera para clavármela hasta el fondo. Cada embestida me hacía gemir más alto. El olor a sexo se mezclaba con el del detergente. Diego me daba duro, sin piedad, la polla golpeándome el fondo del coño, los huevos chocando contra mi clítoris hinchado.

—Eres la puta más caliente del puto edificio —gimió él, tirándome más del pelo—. Mírate, con el coño abierto tragándome la polla mientras tu marido espera arriba. Dime que te gusta.

—Me encanta —confesé, la voz rota—. Me encanta que me folles aquí… que me llenes… voy a contárselo todo a Marcos… cada embestida…

Él aceleró. Yo me corrí de nuevo, el segundo orgasmo más fuerte, el coño exprimiendo su polla con espasmos violentos. Diego se enterró hasta el fondo y se corrió dentro, llenándome el coño con chorros espesos y calientes de leche. Sentí cada pulso, cada gota que me desbordaba. Se quedó un momento clavado, respirando pesado contra mi espalda, antes de salir despacio. El semen empezó a resbalarme por los muslos enseguida, caliente, abundante, manchando la ropa limpia debajo de mis rodillas.

Me giré hacia él todavía de rodillas. Le di un beso sucio, saboreando mi propio sabor en su boca, y le susurré contra los labios:

—Esta misma noche le cuento a Marcos cada detalle. Cómo me comiste el coño sobre la lavadora, cómo me follaste contra la pared y a cuatro patas, cómo me llenaste. Se va a correr solo de oírme.

Diego me miró con esa media sonrisa satisfecha, aún con la polla brillante de mis jugos y de su leche.

—Que sepa que hay más donde eso salió —dijo—. La próxima vez quiero más tiempo.

Salí de la lavandería con las mejillas sonrojadas, las bragas torcidas y el coño chorreando semen de Diego que me resbalaba hasta casi la rodilla dentro del pantalón. Cada escalón hacia el piso me recordaba lo que acababa de pasar: el ardor dulce entre las piernas, el sabor de su boca, la certeza de que Marcos estaría esperándome detrás de la puerta con esa mirada hambrienta de querer saberlo todo. Toqué el pomo del ascensor y sonreí sola, sintiendo cómo otra gota espesa me bajaba por el muslo. La noche apenas empezaba, y yo aún tenía que contarle a mi marido cómo su fantasía acababa de hacerse carne en el cuarto de las lavadoras… y lo que Diego había prometido para la siguiente vez.

Subí las escaleras con las piernas temblándome y el semen de Diego resbalándome por el interior del muslo a cada paso. El ascensor habría sido más rápido, pero necesitaba esos segundos extra para ordenar en la cabeza cada embestida, cada gruñido, el sabor de su lengua en mi coño. Marcos me abriría la puerta con esa mirada que ya conocía: hambre pura, impaciencia, la polla probablemente ya dura solo de imaginarse lo que había pasado abajo.

Toqué el pomo. La puerta se abrió antes de que girara del todo. Marcos estaba allí, camiseta blanca pegada al pecho, pantalones de chándal marcando un bulto evidente. Me agarró de la muñeca, me metió dentro y cerró de una patada. Su boca se estrelló contra la mía al instante, lengua profunda, saboreando lo que quedaba de Diego en mis labios.

—Hueles a sexo —murmuró contra mi boca—. Cuéntame. Ahora.

No me dejó ni quitarme los zapatos. Me empujó hacia el sofá, me sentó a horcajadas sobre sus muslos y me subió la blusa de un tirón. Sus manos grandes me agarraron las tetas, pellizcaron los pezones todavía sensibles, y yo empecé a hablar mientras él me lamía el cuello.

—Me comió el coño encima de la lavadora que vibraba —dije, la voz ya rota—. Me bajó las bragas, se arrodilló y me chupó hasta que me corrí gritando. Metió la lengua hasta el fondo, lamió hasta el culo, y dos dedos me buscaron ese punto… joder, Marcos, me hizo venirme tan fuerte que se me humedecieron las toallas de debajo.

Marcos gruñó, levantó las caderas y frotó su polla dura contra mi coño todavía empapado y lleno. Sentí el calor de la leche de Diego manchándole el chándal.

—Sigue —ordenó, bajándome el pantalón y las bragas torcidas de un jalón. Sus dedos se metieron de inmediato, recogiendo el semen espeso que me goteaba y empujándolo de vuelta dentro—. Esto es de él. Me encanta.

—Después me folló de pie contra la pared —continué, jadeando mientras sus dedos me abrían—. Me alzó una pierna, me clavó la polla de una embestida y me dio tan hondo que pensé que me partía. Me mordió el hombro, me arañé la espalda… y me dijo que sabías lo que regalabas. Que yo era la puta más caliente del edificio.

Marcos se sacó la polla, gruesa y morada en la punta, y me bajó sobre ella de un empujón. Entré fácil, resbaladiza de jugos y de la leche de Diego. El contraste me sacó un gemido largo: la polla de mi marido conociendo el coño que otro acababa de usar. Empezó a follarme despacio, profundo, mirándome a los ojos.

—Y a cuatro patas —añadí, moviendo las caderas al ritmo de él—. Me puso sobre su ropa limpia, me tiró del pelo y me la metió hasta el fondo. Cada embestida me hacía gritar. Me dijo que le dijera que me gustaba… y yo se lo dije. Que me encantaba que me follara ahí, que te lo iba a contar todo. Se corrió dentro, Marcos. Me llenó tanto que todavía me baja por la pierna. Siente…

Él empujó más fuerte, los huevos chocando contra mi culo, y metió dos dedos junto a su polla para sentir la mezcla. Sacó los dedos brillantes y me los metió en la boca. Chupé mi propio sabor mezclado con el semen del vecino mientras mi marido me follaba más rápido.

—Dime cómo se sintió su polla —exigió, la voz ronca—. Comparada con la mía.

—Más gruesa en la base —confesé sin vergüenza, porque eso era lo que él quería oír—. Me estiró distinto. Cuando me la metió por detrás llegaba a un sitio que me hacía ver blanco. Pero la tuya… la tuya me conoce. Me folla como si quisiera marcar de nuevo lo que es tuyo después de prestármelo.

Marcos me levantó, me giró y me puso a cuatro patas en el sofá exactamente como Diego me había puesto abajo. Me penetró de un embestida brutal y me agarró el pelo igual.

—Así te tenía él —dijo—. Así de abierta y chorreando. Voy a correrme dentro también. Quiero que esta noche duermas con la leche de los dos goteándote.

Me dio duro, sin piedad, el sonido húmedo y obsceno llenando el salón. Yo empujaba hacia atrás, buscando más, confesando entre gemidos todo lo que Diego había prometido.

—Dijo que hay más donde eso salió —jadeé—. Que la próxima vez quiere más tiempo. Quiere follarme sin prisa. Quiere que le chupe la polla hasta el fondo y que después me la meta otra vez. Marcos… me dijo que te lo cuente.

Mi marido aceleró, una mano rodeándome para frotar el clítoris hinchado. El segundo orgasmo me golpeó tan fuerte que el coño le exprimió la polla a tirones. Él se enterró hasta el fondo y se vació con un gruñido animal, chorros calientes mezclándose con lo que ya tenía dentro. Sentí el desborde inmediato, espeso, bajándome por los labios hinchados hasta el sofá.

Nos quedamos así un momento, unidos, respirando agitados. Después él me sacó despacio, me giró y me hizo arrodillarme entre sus piernas. Su polla brillaba con nuestra mezcla. Me la metí en la boca sin que me lo pidiera, saboreando el sabor de los dos hombres, limpiándolo con la lengua mientras él me acariciaba el pelo.

—Esta misma noche le escribes —dijo Marcos, la voz todavía entrecortada—. Le dices que baje mañana a la misma hora. Que quiero que te folles otra vez, pero esta vez quiero oírlo desde el rellano. Quiero escucharte gemir su nombre mientras yo me hago una paja al otro lado de la puerta. Y después subes y me lo cuentas otra vez, con su leche todavía caliente dentro.

Asentí con la boca llena, chupando más profundo, sintiendo cómo se me volvía a poner dura la polla de mi marido contra la lengua. El coño me latía, abierto, usado, feliz. Saqué la polla de la boca solo el tiempo suficiente para hablar.

—Le voy a decir que me coja más fuerte. Que me deje marcas donde tú puedas verlas. Que me folle el culo si quiere… ¿te gustaría eso? ¿Que el vecino me abra el culo y después yo baje a que tú me lo termines de destrozar?

Los ojos de Marcos se oscurecieron. Me levantó, me llevó al dormitorio y me tiró en la cama. Se metió otra vez entre mis piernas, esta vez más lento, saboreando cada centímetro, mientras yo le contaba en voz baja y sucia cómo me había imaginado a Diego follándome la boca al mismo tiempo que Marcos me comía el coño. Le describí el peso de los huevos del vecino contra mi cara, el grosor de su glande empujándome la garganta, y cómo me correría con las dos pollas usándome.

Marcos me folló hasta un tercer orgasmo, más largo, más tembloroso, y se corrió otra vez profundo, añadiendo más leche al desastre que ya era mi coño. Después se quedó tumbado a mi lado, una mano poseída sobre mi vientre, los dedos jugando con el semen que me salía.

—Mándale el mensaje ahora —susurró—. Quiero ver lo que le escribes.

Cogí el móvil con dedos temblorosos. Abrí el chat que apenas usábamos para temas del edificio. Escribí exactamente lo que Marcos me dictaba en el oído, la voz caliente y obscena:

«Diego. Mi marido quiere todos los detalles y ya se los di. Mañana a la misma hora en la lavandería. Esta vez sin prisa. Quiere que me folles más duro y que me dejes el coño destrozado para cuando suba. Y dice que si quieres el culo, es tuyo también. Avísame cuando bajes.»

Le enseñé la pantalla antes de pulsar enviar. Marcos sonrió, esa sonrisa oscura y excitada que solo saca cuando su fantasía se está comiendo la realidad.

—Perfecto. Ahora ven aquí. Quiero que te corras una vez más pensado en cómo te va a partir el culo mañana mientras yo escucho desde arriba.

Me montó otra vez, despacio, profundo, y mientras su polla entraba y salía de mi coño destruido yo cerré los ojos y me dejé llevar por las imágenes: Diego mañana, la puerta de la lavandería entreabierta a propósito, mi marido en el rellano con la mano en la bragueta, y yo en el medio, usada, feliz, contando cada segundo para después poder contárselo todo otra vez. El móvil vibró sobre la mesita. Un mensaje nuevo. No lo abrimos todavía. Marcos me follaba más fuerte y yo gemía su nombre y el de Diego mezclados, sabiendo que la noche solo estaba calentando motores y que lo que vendría después iba a ser todavía más sucio, más profundo, más nuestro.

Soy Laura y el móvil siguió vibrando sobre la mesita mientras Marcos me embestía con esa lentitud cruel que me conoce demasiado bien. Cada vez que su polla rozaba el fondo de mi coño destrozado yo sentía la mezcla espesa de las dos leches resbalar hacia afuera y mojarme más el culo. No abrimos el mensaje todavía. Él me sujetaba las muñecas por encima de la cabeza y me miraba a los ojos con esa sonrisa torcida que solo saca cuando su fantasía se está comiendo viva la realidad.

—No lo mires aún —ordenó, clavándomela hasta el fondo—. Primero correrte pensando en lo que te va a hacer mañana. Quiero ver tu cara cuando te imagines la polla de Diego abriéndote el culo.

Cerré los ojos y me dejé llevar. Vi la lavandería otra vez: las máquinas girando, el olor a detergente y a semen, Diego empujándome contra la secadora caliente, su mano grande abriéndome las nalgas, el glande grueso presionando mi agujero apretado mientras yo gemía el nombre de mi marido para que él lo oyera desde el rellano. El orgasmo me subió lento y sucio, desde el útero hasta la garganta. Me contraje alrededor de la polla de Marcos con espasmos largos y él gruñó, se enterró y se vació otra vez, añadiendo más chorros calientes al desastre que ya era mi interior. Sentí el desborde inmediato, espeso, bajándome por el periné hasta manchar las sábanas.

Cuando por fin se salió, me dejó temblando de lado. Recogió el móvil con los dedos brillantes de jugos y me lo puso delante de la cara.

—Ahora. Ábrelo.

El mensaje de Diego era corto y directo, exactamente como su forma de follar:

«Mañana a las seis. Dejo la puerta con el pestillo puesto pero sin cerrar del todo. Quiero oírte gritar mi nombre sabiendo que él está escuchando. Lleva falda sin bragas. Voy a follarte el coño primero y después el culo. Dile a Marcos que se prepare una paja larga.»

Marcos leyó en voz alta, la voz ronca, y su polla —todavía semidura y brillante— dio un latido visible contra su muslo. Me agarró del pelo y me acercó la cara a su entrepierna.

—Chúpame mientras le contestamos —dijo—. Quiero que saborees lo que acaba de salir de tu coño lleno de él.

Me arrodillé entre sus piernas y le metí la polla en la boca de un solo movimiento. El sabor era puro sexo: mi coño, su leche, la de Diego todavía agria y espesa en el fondo de mi garganta. Chupé despacio, lamiendo la base, acariciando los huevos pesados con la lengua mientras él tecleaba con una mano y me sujetaba la nuca con la otra.

Dictó el mensaje en voz baja y obscena, y yo lo escribí con los labios todavía estirados alrededor de su glande:

«Diego. Mi marido está leyendo esto con la polla en mi boca. Dice que sí. Mañana a las seis. Falda sin bragas. Quiero que me abras el culo despacio primero, que me dejes llorar de ganas, y que después me lo destroces mientras yo grito tu nombre para que él se corra al otro lado de la puerta. Cuando termines me mandas a casa chorreando por los dos agujeros. Él me estará esperando de rodillas para limpiarme con la lengua.»

Enviamos. El móvil vibró casi al instante con un simple «Perfecto. Prepárate». Marcos me sacó la polla de la boca con un pop húmedo y me tiró de espaldas otra vez. Se metió entre mis piernas abiertas, pero esta vez no me folló el coño. Bajó la cara y me lamió todo el desastre: la leche de los dos hombres, mis jugos, el sabor metálico del esfuerzo. Metió la lengua dentro de mi coño hinchado, chupó, tragó, y después bajó hasta mi culo y me lo abrió con los pulgares.

—Mañana esto va a estar rojo y abierto —murmuró contra mi agujero—. Voy a oír cómo te lo estira y después voy a metértelo yo también, todavía caliente de él.

Me subió dos dedos al coño y el pulgar al culo al mismo tiempo. Empezó a follarme así, lento, profundo, mientras me contaba exactamente lo que iba a pasar. Yo gemía y empujaba hacia sus manos, el clítoris hinchado rozándole la palma.

—Vas a bajar con la falda corta que te compramos en verano —dijo—. Sin nada debajo. Cuando entres él te va a poner de cara a la puerta entreabierta. Te va a agachar, te va a escupir en el culo y te va a ir metiendo el dedo hasta que pidas la polla. Yo voy a estar en el rellano, pantalones bajados, pajeándome despacio. Cada vez que grites su nombre voy a apretar más fuerte. Cuando se te meta entera vas a decir en voz alta «Marcos, me está abriendo el culo» para que yo lo oiga claro. Y cuando se corra dentro te vas a quedar quieta, con la polla de él todavía clavada, y vas a gritarme que baje a verte. Quiero mirarte el culo destrozado antes de que subas.

Me corrí otra vez solo con sus palabras y sus dedos. El orgasmo me sacudió las piernas y me hizo soltar un chorro claro que le mojó la muñeca. Marcos se rió bajo, satisfecho, y me lamió los dedos limpios delante de mí.

Nos duchamos juntos después, pero no fue una ducha limpia. Me puso contra el azulejo frío, me abrió las piernas y me folló de pie bajo el agua caliente mientras me hacía repetir el plan en voz alta. Cada detalle. Cómo me iba a arrodillar mañana para chuparle la polla a Diego hasta las lágrimas. Cómo me iba a dejar marcar el cuello con chupetones que yo después le enseñaría a Marcos. Cómo, si Diego quería, me iba a correr dentro del culo y me iba a mandar subir las escaleras con la leche resbalándome por los muslos para que mi marido me esperara de rodillas en el recibidor y me la comiera toda.

Cuando salimos, todavía mojados, me tumbó en la cama otra vez. Esta vez fue más lento, más poseído. Me montó de lado, una pierna levantada, entrando y saliendo de mi coño ya sensible mientras me susurraba al oído las cosas que quería que Diego me hiciera la próxima semana también. No solo mañana. La semana que viene. El fin de semana. Quiere que lo invite a cenar aquí, que me folle en nuestra cama mientras él mira desde el sillón, que después los dos me usen a la vez: una polla en la boca y otra en el culo, o las dos turnándose mi coño hasta que no pueda ni cerrar las piernas.

—Le voy a escribir mañana por la noche, después de que bajes —dijo Marcos, embistiéndome más hondo—. Le voy a decir que el sábado a las nueve suba. Que traiga cuerdas si quiere. Que te ate a la cabecera y te folle la boca mientras yo te como el culo. Y que se quede a dormir. Quiero despertarme y verte chupándole la polla de buenos días.

Asentí, jadeando, el tercer o cuarto orgasmo de la noche ya subiendo otra vez. El móvil volvió a vibrar. Era Diego otra vez:

«Dile a tu marido que mañana también quiero oírlo a él. Que gima tu nombre desde el rellano mientras te parto. Y que el sábado acepto la invitación. Voy a follarte en vuestra cama hasta que no puedas ni hablar.»

Marcos leyó el mensaje en voz alta y se corrió dentro de mí en ese mismo instante, con un gruñido largo y animal, agarrándome las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones. Me llenó otra vez. Sentí cada pulso. Cuando se salió, el semen de los tres —el de Diego de la tarde, el de Marcos de hace rato y este nuevo— me resbaló en un hilo grueso hasta el colchón.

Me giré hacia él, le besé la boca sucia y le susurré contra los labios lo que ya estaba planeando mientras el coño me latía abierto y feliz:

—Mañana después de la lavandería le digo que el sábado traiga también un juguete grueso. Quiero que me lo meta en el culo y me deje así, abierto y con el juguete puesto, mientras subo las escaleras hacia ti. Tú me lo sacas con la boca y después me follas. Y la semana que viene… la semana que viene le pedimos que nos lleve a los dos al gimnasio por la noche, cuando no haya nadie. Que me folle en las duchas mientras tú me sujetas las muñecas. Que me deje marcas en las tetas que solo tú puedas ver cuando me quite la camiseta en casa. Voy a ser su puta y tu esposa al mismo tiempo, Marcos. Y cada vez que me corra con él voy a pensar en cómo te lo voy a contar después, con la voz rota y el coño goteando, exactamente como te gusta.

Marcos me abrazó por detrás, la mano grande cubriéndome el vientre todavía manchado, los dedos jugando con el semen que me salía. Su polla semidura rozaba mi culo abierto.

—Escríbele ahora mismo el plan del sábado —murmuró contra mi nuca—. Y dile que la semana que viene el gimnasio es suyo. Que quiero ver fotos. No de tu cara. Solo de su polla saliendo de tu coño o de tu culo, con tu anillo de casada visible. Para que yo me pajee mirándolas mientras tú estás abajo con él.

Cogí el móvil con dedos temblorosos. Escribí despacio, saboreando cada palabra sucia, sintiendo cómo se me volvía a humedecer el coño solo de imaginarlo. Cuando envié el mensaje largo y detallado, Marcos ya estaba duro otra vez contra mi espalda. Me levantó una pierna y se metió en mi coño por detrás, despacio, profundo, mientras yo leía en voz alta la respuesta de Diego que llegó casi al instante:

«Sábado a las nueve. Llevo el juguete y las cuerdas. Gimnasio la semana que viene. Y dile a Marcos que la próxima vez que te preste quiero follarte los tres agujeros en la misma noche y mandarte a casa tan usada que ni puedas subir las escaleras sin ayuda. Que baje él a recogerte.»

Marcos aceleró las embestidas. Yo apreté el móvil contra el pecho y me corrí una vez más, gritando los dos nombres mezclados, el cuerpo entero temblando, el coño exprimiendo la polla de mi marido como si quisiera robarle hasta la última gota. Él se vació dentro con un gemido largo y se quedó clavado, respirando contra mi cuello.

La noche se nos fue así: follando lento, planeando más sucio, escribiendo mensajes que nos ponían duros otra vez. Cuando por fin el sueño nos ganó, yo tenía el coño y el culo sensibles, las sábanas hechas un desastre y la cabeza llena de imágenes del día siguiente y de todos los que vendrían después. Mañana a las seis la lavandería. El sábado nuestra cama. La semana que viene las duchas del gimnasio. Y yo en el medio, abierta, consentida, contando cada segundo para después poder contárselo todo a Marcos con la voz rota y la leche de Diego todavía caliente dentro de mí. Ya estaba pensando en el mensaje que le mandaría el domingo por la mañana, ofreciéndole el lunes también, y el martes, y cada puta noche que mi marido quisiera prestarme.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged dirty-talk teasing touching voyeurism

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.