La Sombra que Regresó por Mí
La viuda Roxanne se entrega al vampiro Lorenzo en un caserón embrujado, follando con placer eterno y colmillos consentidos.
La niebla se aferraba a los muros del caserón colonial como una amante celosa. Roxanne descendió del coche con la falda pegada a los muslos por la humedad y el corazón latiéndole en la garganta. Veintiocho años, viuda reciente, heredera de una mansión que olía a cera vieja, a rosas marchitas y a secretos que nadie se había atrevido a nombrar en voz alta. Las llaves pesaban en su bolsillo. Empujó la puerta principal y el eco de sus tacones se perdió en el salón enorme, donde los retratos de antepasados la miraban con ojos demasiado vivos.
Encendió las velas una por una. La llama temblaba. En el espejo del recibidor su propio rostro pareció más pálido, los labios entreabiertos. Llevaba meses sin que nadie la tocara. El cuerpo le pedía lo que la mente todavía no se atrevía a confesar. Subió la escalera de madera crujiente hasta el dormitorio de la planta alta. Se desnudó despacio, se puso el camisón de seda negra que había traído de la ciudad y se tendió sobre las sábanas frías. Cerró los ojos.
Las velas se apagaron solas.
Una por una, con un soplo invisible. La oscuridad se espesó hasta volverse casi sólida. Entonces la voz llegó, grave, arrastrando las eses como quien ha hablado castellano antiguo durante siglos:
—Roxanne…
Ella se incorporó de golpe, el pecho agitado bajo la seda.
—¿Quién…?
—Soy la sombra que sedujo a tu bisabuela. La misma que ha esperado tu sangre y tu hambre. Me llamo Lorenzo. Y he regresado por ti.
El aire se enfrió alrededor de su cuello. Sintió un aliento que no era aliento, una presencia que rozaba sin tocar. El miedo le recorrió la espalda… y debajo del miedo, más abajo, entre las piernas, un latido caliente y vergonzoso.
—Puedo darte placer eterno —susurró la voz—. Un pacto. Tú eliges. Yo no tomo lo que no se me ofrece.
Roxanne tragó saliva. Pensó en las noches vacías, en las sábanas frías, en cómo se tocaba a solas mordiéndose el labio para no gritar el nombre de nadie. El corazón le martilleaba.
—Acepto —dijo, y la palabra salió ronca, deseosa—. Quiero el pacto.
Una risa baja, oscura, deleitada, llenó la habitación.
Las noches siguientes Lorenzo se materializó poco a poco. Primero solo sombra. Después contornos: un hombre alto, pálido como mármol bajo la luna, cabello negro peinado hacia atrás, ojos del color de la sangre vieja. Vestía como un aristócrata de otro siglo. Se detenía al borde de la cama y la miraba mientras ella, ya sin camisón, se abría de piernas frente al gran espejo del tocador.
—Tócate para mí —ordenó en voz baja aquella tercera noche—. Quiero ver cómo te mojas pensando en mis colmillos.
Roxanne obedeció. Deslizó dos dedos entre sus labios hinchados, los empapó en su propio jugo y se los llevó a la boca para chuparlos, mirándolo a través del cristal. El clítoris le palpitaba. Se frotó en círculos lentos, luego más rápidos, gimiendo cuando él se acercó por detrás y dejó que sus dedos fríos rozaran apenas la curva de sus pechos sin llegar a apretarlos.
—Eres tan caliente… tan necesitada —murmuró Lorenzo contra su oreja, en ese castellano antiguo que le erizaba la piel—. Voy a follarte hasta que grites mi nombre. Voy a llenarte con mi polla fría y a morderte solo cuando me lo pidas. Di que me quieres dentro.
—Te quiero dentro —jadeó ella, los dedos chapoteando en su coño—. Por favor… tócame de verdad. Ya no aguanto más.
Él sonrió, mostrando la punta de los colmillos.
—Entonces di las palabras del pacto, Roxanne. Ábreme los brazos y entrégate.
Ella se giró, abierta, temblorosa, empapada. Extendió los brazos.
—Lorenzo, te acepto. Te deseo. Fóllame. Morderme. Hacer lo que quieras conmigo mientras yo lo quiera también. El placer eterno… contigo.
La sombra se solidificó por completo. Lorenzo la alzó como si no pesara nada y la llevó hasta la biblioteca, donde los candelabros aún ardían con luz temblorosa. La empujó contra la pared entre estanterías de libros polvorientos. Le alzó el camisón hasta la cintura, le separó los muslos con una rodilla y frotó la cabeza gruesa y helada de su polla contra la ranura caliente y resbaladiza.
—Mírate… chorreando por un muerto —dijo él, y empujó.
La penetro de un solo tajo profundo. Roxanne gritó de puro alivio. Estaba gruesa, dura como el mármol, fría por fuera y, paradójicamente, capaz de calentarla por dentro hasta volverla loca. Lorenzo la folló de pie, contra la pared, con embestidas largas y poseedoras. Cada embestida hacía que los pechos de ella rebotaran y que los libros temblaran en los estantes. Sus colmillos rozaron el cuello de Roxanne —el roce fino, peligroso, delicioso— sin hundirse aún.
—Más… más duro —rogó ella, clavándole las uñas en los hombros fríos—. Quiero sentirte hasta el fondo.
Él gruñó, la sujetó por los muslos y la embistió con fuerza brutal y controlada, el pubis golpeándole el clítoris a cada embestida. Roxanne se corrió la primera vez así, contra la pared, con la polla del vampiro enterrada hasta las bolas y un grito ahogado contra la boca helada de Lorenzo.
Sin sacarla de su interior, la cargó hasta el lecho ancestral del dormitorio principal: el mismo donde habían dormido generaciones de su sangre. La tendió de espaldas, le alzó los brazos por encima de la cabeza y le sujetó las muñecas con una sola mano. Con la otra le abrió más las piernas.
—Ahora te voy a follar como se folla a una mujer que ha elegido la oscuridad —prometió.
Y cumplió. Misionero profundo, embestidas potentes que hacían crujir el viejo catre. Roxanne arqueaba la espalda, gemía sin vergüenza, pedía más. La polla fría le frotaba ese punto dulce una y otra vez. Lorenzo bajó la cabeza y lamió un pezón, después el otro, y dejó que los colmillos rozaran la curva del pecho sin romper la piel. Ella se corrió otra vez, contrayéndose alrededor de él, chorreando sobre las sábanas antiguas.
Cuando él se echó de espaldas, Roxanne no esperó invitación. Se montó a horcajadas, guió la verga gruesa y pálida hasta su entrada y se la clavo hasta el fondo con un gemido gutural. Empezó a cabalgarlo con movimientos salvajes, caderas en círculos y luego arriba y abajo, rápida, desesperada. Los pechos le rebotaban. El coño le chupaba la polla fría con sonidos obscenos y mojados.
—Así… úsame —jadeó Lorenzo, sujetándole las caderas con fuerza posesiva—. Eres mía esta noche. Gime mi nombre mientras te llenas de sombra.
—Lorenzo… joder, Lorenzo —gritó ella, rebotando más fuerte—. Me llenas tanto… tan profundo… muerde… por favor, muerde un poco.
Él se incorporó, la abrazó contra su pecho helado y hundió los colmillos apenas un centímetro en la carne suave del hombro, lo suficiente para que el pinchazo de dolor se mezclara con el orgasmo que ya la sacudía. Roxanne gritó de puro éxtasis consentido, el coño espasmódico apretando la polla del vampiro mientras él lamía la gota de sangre y susurraba posesivo al oído:
—Esto es solo el comienzo, viuda mía. La mansión tiene más habitaciones… y yo tengo toda la eternidad para follarte en cada una.
Ella seguía moviéndose sobre él, lenta ahora, exhausta y hambrienta a la vez, sintiendo cómo la sombra la llenaba por completo. Afuera la niebla golpeaba los cristales. Dentro, las velas volvieron a parpadear. Y en el fondo del pasillo algo más antiguo que Lorenzo mismo pareció despertar, atraído por el olor del sexo y la sangre ofrecida… algo que aún no se había presentado, pero que ya había oído el pacto.
La niebla seguía lamiendo los cristales cuando Roxanne, todavía ensartada en la polla helada de Lorenzo, sintió el eco lejano de algo que se arrastraba por el pasillo. No era él. Él estaba dentro de ella, sólido, frío, poseedor, lamiéndole la herida superficial del hombro con una lengua que sabía a siglos. Ella se movió despacio, circulando las caderas, exprimiendo cada centímetro de aquella verga gruesa que le llenaba hasta el útero. El placer le subía por la columna como una fiebre invertida: calor humano contra mármol vampírico.
—Hay algo más —susurró ella contra su boca helada—. Lo siento… como si la casa respirara.
Lorenzo sonrió con los colmillos aún manchados de su sangre. Le apartó el pelo pegado al sudor del cuello y le clavó la mirada de sangre vieja.
—La mansión nunca duerme del todo, viuda mía. Tu sangre ofrecida y tu coño abierto han llamado a lo que duerme debajo de los cimientos. Pero tú me aceptaste a mí primero. Yo decido cuándo te presento a las sombras mayores… o si te las entrego también. Dime que quieres más.
—Quiero más —jadeó Roxanne sin dudar—. Fóllame en cada rincón. Quiero que me uses hasta que no sepa dónde empieza mi cuerpo y termina el tuyo.
Él la alzó de un tirón, todavía enterrado en ella, y la cargó por el pasillo oscuro. Las velas se encendían solas a su paso, como si la casa celebrara el pacto. Roxanne se aferraba a sus hombros fríos, gimiendo cada vez que el movimiento hacía que la polla se hundiera más profundo. Cruzaron el umbral de un salón de baile abandonado: espejos empañados, cortinas pesadas, un suelo de madera que crujía bajo los pies descalzos del vampiro. Lorenzo la bajó, la giró de espaldas contra él y la obligó a inclinarse sobre el brocal de una chimenea de mármol negro. Le separó las nalgas con las manos posesivas y volvió a empujar de un solo tajo, entrando hasta las bolas.
—Mírate en el espejo —ordenó, tirándole del pelo para que alzara la cara—. Mira cómo te abro. Cómo chorreas por un muerto que te folla como si fueras su puta eterna.
Roxanne miró. Su propio rostro sonrojado, pechos colgando y rebotando con cada embestida brutal, labios hinchados abiertos en gemidos. Detrás, Lorenzo, pálido, hermoso, monstruoso, clavándola con ritmo implacable. La cabeza gruesa le rozaba ese punto dulce una y otra vez; el frío de su carne contrastaba con el calor líquido que le resbalaba por los muslos. Ella empujó hacia atrás, buscando más, abriéndose más.
—Más duro… joder, Lorenzo, destózame —rogó—. Quiero sentir tus bolas golpeándome. Quiero que me dejes marcada por dentro.
Él gruñó, le agarró las caderas con fuerza suficiente para dejar moratones deliciosos y la embistió sin piedad. El sonido obsceno de piel contra piel llenó el salón. Cada embestida hacía temblar los candelabros. Roxanne se corrió gritando su nombre, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla fría, chorreando sobre la madera antigua. Lorenzo no se detuvo. La siguió follando a través del orgasmo, alargándolo, convirtiéndolo en oleadas sucesivas hasta que ella temblaba y lloraba de puro exceso consentido.
Cuando por fin se retiró, un hilo grueso de jugos de ella unió todavía su entrada con la verga pálida y brillante. Lorenzo la hizo arrodillarse. Roxanne no esperó instrucción: abrió la boca y se tragó aquella polla helada hasta la garganta, saboreando su propio sabor mezclado con el de la sombra. Chupó con hambre, lengua plana, garganta relajada, mirándolo desde abajo mientras él le sujetaba la cabeza y le follaba la boca con lentitud posesiva.
—Así… trágame entero, mi viuda hambrienta —murmuró él—. Esta noche vas a aprender lo que significa pertenecer a la oscuridad por elección.
Ella gimió alrededor de su carne, saliva resbalándole por la barbilla. Cuando él se retiró, un hilo de saliva la unió a la punta gruesa. Lorenzo la alzó otra vez y la llevó hacia la escalera que bajaba a las bodegas. El aire se volvió más denso, más viejo. Roxanne sintió el latido de su propio cuello, el hambre de ser mordida de verdad, no solo rozada.
En la bodega, barricas cubiertas de polvo y un altar de piedra que olía a cera y a hierro antiguo. Lorenzo la tendió sobre la losa fría. Le abrió las piernas de par en par, le contempló el coño hinchado, rojo, goteando, y se arrodilló para lamerla. Su lengua era fría y hábil; rodeó el clítoris, lo chupó, lo azotó suavemente mientras dos dedos helados se curvaban dentro de ella. Roxanne arqueó la espalda, empujando el sexo contra su boca.
—Lorenzo… voy a correrme otra vez… no pares…
Él no paró. La lamió hasta que ella se deshizo en un orgasmo que le sacudió las piernas y le arrancó un grito ronco. Entonces se subió sobre ella, le colocó la cabeza de la polla en la entrada y empujó despacio, milímetro a milímetro, obligándola a sentir cada vena fría, cada pulgada que la abría. Cuando estuvo completamente dentro, se detuvo.
—Pídeme los colmillos —susurró contra su pecho—. Pídemelos de verdad. No el roce. La mordida. El pacto sellado con sangre y semen de sombra.
Roxanne lo miró a los ojos, el deseo más fuerte que cualquier resto de duda. Extendió el cuello, ofreciéndoselo.
—Muérdeme. Bebe. Fóllame mientras chupas. Quiero sentir tus colmillos y tu polla al mismo tiempo. Te lo doy. Te lo ofrezco. Hazlo.
Lorenzo hundió los colmillos en la curva suave donde el cuello se une al hombro, profundo esta vez, y al mismo instante empezó a embestir. El dolor agudo se fundió al instante con el placer brutal de la verga que la atravesaba. Roxanne gritó de éxtasis puro, las uñas clavándole la espalda, las piernas envueltas alrededor de su cintura para clavárselo más hondo. Sentía la sangre salir en sorbos lentos mientras él la follaba con embestidas largas y profundas, el pubis frotándole el clítoris hinchado. Cada chupada de sangre le enviaba un latido directo al coño; cada embestida le sacaba un gemido más alto.
Se corrió así, ensartada y mordida, el cuerpo entero en convulsiones, el jugo empapando la piedra del altar. Lorenzo lamió la herida hasta cerrarla con su saliva antigua, sellándola, y siguió follándola a través del temblor, más rápido ahora, más salvaje, hasta que ella volvió a correrse, débil y voraz a la vez.
Cuando por fin se derrumbó sobre ella, todavía dentro, Roxanne le acarició el cabello negro.
—No te retires —pidió, voz ronca—. Quédate. Fóllame despacio otra vez. Quiero sentir cómo me usas mientras la casa escucha.
Él sonrió contra su piel y comenzó a moverse otra vez, lento, profundo, casi tierno en su monstruosidad. Las embestidas eran largas, rodando las caderas para frotar ese punto interno una y otra vez. Roxanne gemía bajito, recibiendo, abriéndose, pensando en las noches vacías que había dejado atrás y en la eternidad que ahora se abría entre sus piernas.
Un crujido más profundo sacudió los cimientos. Algo antiguo se removió bajo la piedra. Lorenzo alzó la cabeza, oliendo el aire, y sus ojos brillaron.
—Te han oído, Roxanne. El pacto no es solo mío. Hay puertas que se abren cuando una mujer elige la oscuridad con las piernas abiertas y la sangre ofrecida. ¿Quieres ver lo que duerme debajo? ¿Quieres que te lleve más abajo, a la cámara donde tu bisabuela también gritó mi nombre… y otros nombres?
El corazón de ella latía desbocado, no de miedo, sino de hambre. Le rodeó la cintura con las piernas y lo apretó más dentro.
—Llévame —susurró—. Muéstrame. Fóllame allí. Quiero todo lo que esta casa pueda darme contigo. No me escondas nada.
Lorenzo se retiró de golpe, la alzó en brazos otra vez y caminó hacia una grieta en el muro de la bodega que no había estado allí minutos antes: una escalera de caracol que bajaba hacia una negrura más densa, más húmeda, olorosa a tierra y a sexo antiguo. Roxanne, desnuda, marcada, goteando aún por los muslos, apoyó la cabeza en su pecho frío y sintió cómo el deseo le volvía a arder entre las piernas.
Al llegar al fondo, la cámara se abrió: velas negras, un lecho de piedra cubierta de pieles viejas, y en las paredes símbolos que parecían moverse con la luz. El aire zumbaba. Lorenzo la depositó sobre las pieles, se arrodilló entre sus muslos y le separó los labios hinchados con los pulgares.
—Aquí te voy a follar hasta que la piedra recuerde tu grito —prometió—. Y cuando estés abierta del todo, cuando me hayas pedido que te llene otra vez, quizás deje que la otra sombra te toque también… si tú lo pides. Solo si lo pides.
Roxanne se tocó el clítoris frente a él, dos dedos resbaladizos, ofreciéndole el espectáculo de su hambre.
—Entonces empieza —dijo, voz temblorosa de anticipación—. Métetela. Úsame aquí abajo. Quiero que me corra tantas veces que olvide mi nombre de viuda y solo sepa el tuyo… y el de lo que venga después.
Lorenzo se inclinó, le besó el coño abierto con reverencia oscura y después se alineó. La cabeza fría empujó, entró, se hundió hasta el fondo con un solo movimiento posesivo. Roxanne arqueó, gritó, lo recibió entero. Él empezó a follarla con ritmo profundo y ceremonial, cada embestida un sello más del pacto, mientras algo invisible rozaba los tobillos de ella con una caricia que no era humana… y que ella, lejos de rechazar, abrió más las piernas para invitar.
—Sí… —gimió ella, mirando a Lorenzo y a la oscuridad a la vez—. Los dos. Quiero sentir más. Quiero la eternidad completa.
Lorenzo se rió bajo, oscuro, deleitado, y aceleró las caderas, clavándola contra las pieles, colmillos rozando otra vez la herida recién sellada sin abrirla del todo, prometiendo más sangre cuando ella lo pidiera. El aire de la cámara se espesó. Las velas parpadearon. Y mientras la polla del vampiro la abría una y otra vez, Roxanne sintió que la mansión entera se inclinaba hacia ellos, hambrienta, paciente, lista para el siguiente paso del placer que ella misma había invocado.
La caricia invisible subió por las pantorrillas de Roxanne como humo vivo, fría y insistente, mientras Lorenzo la embestía con aquel ritmo ceremonial que hacía crujir las pieles viejas bajo su espalda. Ella abrió más las piernas, no por miedo, sino por una avaricia que le quemaba el pecho. El otro roce ya no era solo en los tobillos: subía, se enroscaba en sus muslos, rozaba el borde de su coño hinchado donde la polla pálida del vampiro entraba y salía con sonidos húmedos y obscenos.
—Sí… más arriba —jadeó ella, mirando a Lorenzo y a la oscuridad que se espesaba a su lado—. Quiero tocarlo. Quiero que me toque.
Lorenzo sonrió con los colmillos aún rojos de su sangre anterior y aceleró las caderas. Cada embestida le frotaba el clítoris hinchado contra el pubis helado; cada retirada dejaba un vacío que ella llenaba empujando hacia arriba. El aire de la cámara zumbaba. Las velas negras se alargaron, proyectando sombras que ya no imitaban formas humanas.
De la negrura surgió una segunda silueta. No tan sólida como Lorenzo al principio: un contorno de hombre alto, piel como mármol bajo ceniza, ojos que brillaban con un rojo más antiguo, casi violeta. No habló. Solo se arrodilló junto a la cabeza de Roxanne y le ofreció la mano abierta, esperando. Ella la tomó sin dudar. La carne era fría, dura, y al contacto un escalofrío delicioso le recorrió el brazo hasta el pezón.
—Él es la sombra que guardaba tu sangre antes que yo —murmuró Lorenzo contra su cuello, sin dejar de follarla—. Se llama Varek. Tu bisabuela lo invocó también. Solo entra si tú lo mandas.
Roxanne miró aquellos ojos violeta y sintió el hambre subirle por la garganta como un segundo orgasmo.
—Entra —dijo, voz ronca, clara—. Fóllame con él. Los dos. Quiero vuestras pollas, vuestros colmillos, todo lo que la casa me deba.
Varek se materializó del todo. Era más ancho de hombros, el cabello más largo, peinado hacia atrás con grasa antigua. Su verga ya estaba erecta: gruesa, pálida, con venas marcadas que parecían hilos de plata muerta. Se colocó a un lado. Lorenzo se retiró un instante solo para girar a Roxanne de costado sobre las pieles. Él se puso detrás, le alzó un muslo y volvió a clavársela de un solo tajo profundo por detrás, llenándola hasta el fondo. Varek se arrodilló frente a su boca.
Ella abrió los labios y se tragó aquella segunda polla helada hasta la garganta. El contraste la volvió loca: Lorenzo embistiéndola por detrás con fuerza posesiva, el frío de su carne abriéndole el coño una y otra vez, mientras Varek le follaba la boca con lentitud ceremonial, sujetándole el pelo con dedos que no temblaban. Ella chupaba, gemía alrededor de la carne, saliva resbalándole por la barbilla y cayendo sobre los pechos. Cada embestida de Lorenzo la empujaba más contra la verga de Varek; cada retirada le permitía respirar un segundo antes de volver a tragársela.
—Mírala —gruñó Lorenzo, clavándole los dedos en la cadera—. Nuestra viuda. Abierta por elección. Chorreando por dos muertos.
Roxanne se corrió así, el grito ahogado contra la polla de Varek, el coño apretándose en espasmos violentos alrededor de Lorenzo. El jugo le resbaló por los muslos hasta las pieles. Ellos no se detuvieron. Continuaron usándola a través del orgasmo, alargándolo, convirtiéndolo en oleadas que le hacían temblar las piernas y llorar de exceso querido. Cuando Varek se retiró de su boca, un hilo de saliva los unió. Ella jadeó, la lengua fuera, y miró a Lorenzo por encima del hombro.
—Ahora los dos dentro —pidió—. Quiero sentiros juntos. Estiro. Destrozadme si hace falta. Os lo doy.
Lorenzo se rió, oscuro, deleitado. Se recostó de espaldas sobre las pieles y la alzó para que ella se montara a horcajadas otra vez. Roxanne guió su polla hasta la entrada y se la clavó hasta las bolas con un gemido gutural. Empezó a cabalgarlo despacio, sintiendo cada centímetro frío. Entonces Varek se arrodilló detrás. Le separó las nalgas con pulgares posesivos, escupió sobre su entrada trasera —una saliva fría y espesa— y empujó la cabeza gruesa contra el anillo apretado.
—Relájate, viuda mía —susurró Lorenzo debajo de ella, sujetándole las caderas—. Ábrete. Él no toma. Tú das.
Ella se abrió. Empujó hacia atrás. Varek entró milímetro a milímetro, la carne helada abriéndola con una presión deliciosa que le arrancó un grito largo y roto. Cuando estuvo completamente dentro, los dos juntos, Roxanne se quedó inmóvil un segundo, el pecho agitado, llena hasta el límite de sombra y mármol. Luego empezó a moverse. Arriba y abajo sobre Lorenzo, empujando hacia atrás contra Varek. Ellos la follaban al unísono: uno saliendo cuando el otro entraba, después los dos a la vez, profundos, sincronizados, el frio duplicado volviéndola loca. El clítoris le rozaba el pubis de Lorenzo a cada bajada. Las nalgas le golpeaban contra Varek. Los pechos rebotaban.
—Joder… tan llenos… no pareis —gimió ella, la voz hecha pedazos—. Mordedme. Los dos. Ahora.
Lorenzo se incorporó, la abrazó contra su pecho y hundió los colmillos en el lado derecho del cuello. Al mismo tiempo Varek se inclinó sobre su espalda y clavó los suyos en el hombro izquierdo. El doble pinchazo, el doble sorbo de sangre, se fundió con el doble embestir. Roxanne gritó de éxtasis puro, el cuerpo entero en convulsiones. Se corrió con tanta fuerza que el jugo le salió a chorros alrededor de la polla de Lorenzo, empapándolo todo. Ellos lamieron las heridas mientras seguían follándola, sellándolas con saliva antigua, y aceleraron.
Cambió de posición sin que nadie lo pidiera en voz alta. Ella lo sabía. Se bajó, se puso a cuatro patas sobre las pieles y miró hacia atrás. Lorenzo se arrodilló frente a su cara y le ofreció la verga brillante de sus propios jugos. Ella se la tragó. Varek se colocó detrás y la embistió de nuevo en el coño, profundo, brutal, las bolas golpeándole el clítoris. El sonido de carne contra carne llenó la cámara. Las velas parpadearon. Los símbolos de las paredes parecieron latir al ritmo de las embestidas.
Roxanne chupaba, se atragantaba de placer, empujaba el culo hacia atrás buscando más. Cuando Varek se corrió dentro de ella —un semen frío y espeso que le llenó el útero como sombra líquida—, ella lo sintió y se deshizo otra vez, el grito vibrando alrededor de la polla de Lorenzo. Él se retiró de su boca, la giró, la tendió de espaldas y se la clavó de nuevo mientras Varek le ofrecía los dedos empapados para que los chupara.
—La eternidad sabe a ti —dijo Varek por primera vez, voz como piedra arrastrada—. A tu coño abierto. A tu sangre elegida.
Lorenzo la folló hasta que ella perdió la cuenta de los orgasmos. La piedra bajo las pieles se calentó con el roce. Cuando por fin se derramó dentro de ella, frío y abundante, Roxanne lo apretó con las piernas y no lo dejó salir. Varek se recostó a su lado y le acarició el pecho marcado, los pezones duros, la herida sellada del hombro.
El aire cambió. La mansión entera pareció exhalar. Roxanne sintió el pacto cerrarse alrededor de su corazón como un anillo de hierro dulce. Ya no había noches vacías. Ya no había sábanas frías sin alguien que las llenara. Ella era la viuda que había elegido la oscuridad con las piernas abiertas y la sangre ofrecida, y la oscuridad la había tomado con ambas manos.
Lorenzo la besó, lento, con sabor a su propia sangre y a siglos. Varek le besó la muñeca donde el pulso aún latía fuerte. Ella sonrió, exhausta, hambrienta todavía, el coño goteando semen de sombra por los muslos.
Se incorporó un poco, miró a los dos vampiros y a la cámara que ahora era suya también, y dejó que la última verdad le saliera de la boca sin vergüenza:
—¿Me vais a follar así cada noche hasta que olvide cómo se siente estar sola… o preferís que os ruegue de rodillas la próxima vez que la niebla llame a la puerta?
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