Locker Room Con El Vecino Divorciado
Marco, divorciado latino, folla duro con su vecino negro Andre en el vestuario.
En el gimnasio del barrio el aire siempre olía a hierro, a sudor viejo y a promesas rotas. Marco llegaba todas las tardes a las seis en punto, todavía con el traje de oficina arrugado en la bolsa y la rabia del divorcio clavada entre los hombros. Cuarenta y dos años, pecho ancho, abdomen marcado a fuerza de castigarse en las pesas, piel morena brillando bajo las luces frías. Desde que Rosa se fue con la mitad de los muebles y todas las ganas de pelear, el gimnasio se había convertido en su única iglesia.
Andre apareció un martes. Veinticinco años, alto, hombros de atleta universitario, piel negra profunda y una sonrisa que sabía demasiado. Se había mudado al 4B la semana anterior. Marco lo vio estirarse frente al espejo y se le secó la boca. Andre lo pilló mirando. No apartó la vista. Sonrió.
Empezaron los rituales. Comentarios cargados mientras se ataban las zapatillas. “Ese press lo haces como si quisieras matar a alguien”, decía Andre, voz grave. Marco contestaba sin mirarlo del todo: “A lo mejor sí quiero”. En el vestuario las toallas caían más lento. Marco se quitaba la camiseta y sentía los ojos de Andre recorrer su pecho velludo, sus pezones oscuros, la línea de vello que bajaba hacia el short. Andre se desnudaba sin pudor, polla gruesa balanceándose contra el muslo, y Marco tragaba saliva cada vez que el chico se pasaba la toalla por la nuca.
Un jueves llovía y el gimnasio se vació temprano. Solo quedaron ellos dos. El sonido de las duchas llenó el silencio. Marco entró bajo el chorro caliente, agua corriendo por su espalda ancha. Sintió la puerta de la cabina abrirse detrás. Andre se acercó, desnudo, gotas resbalando por el pecho liso y los abdominales definidos.
—¿Te gusta lo que ves, vecino? —preguntó directo, sin sonrisa falsa.
Marco se giró. El agua le golpeaba la cara. Sonrió, esa sonrisa torcida de hombre que ya no tiene nada que perder, y posó la palma abierta sobre el pecho de Andre. Sintió el corazón joven latiendo fuerte bajo la piel oscura.
—Me gusta demasiado —admitió.
Andre lo agarró de la nuca y lo besó. Fue hambre pura. Lenguas chocando, dientes rozando labios, manos explorando contrastes: la piel morena de Marco contra la negra de Andre, el vello del pecho latino contra el torso liso del joven. Andre lo empujó contra azulejos fríos.
—Llevo semanas queriendo probarte —susurró contra su boca—. Desde el día que te vi cargando cajas en el pasillo. El divorciado del 3A. Mírate. Te quiero folla’o.
Marco gimió. Se dejaron llevar. Las manos de Andre bajaron, apretaron el culo firme de Marco, lo separaron. Marco le rodeó la cintura con un brazo y le agarró la polla ya dura, gruesa, caliente, la cabeza ancha brillando. Se besaron hasta quedarse sin aire, sudor y agua mezclándose.
Salieron de la ducha a trompicones, dejando un rastro de agua en el suelo del vestuario vacío. Andre empujó a Marco hacia el banco largo del centro. Marco se arrodilló sin que se lo pidieran. Tenía la cara a la altura de esa polla negra que le había robado el sueño. La tomó con las dos manos, la lamió desde las bolas hasta la punta, saboreando la piel limpia y el sabor salado. Luego abrió la boca y se la tragó. Andre soltó un gemido ronco y le agarró el pelo corto.
—Joder, Marco… así, trágatela entera.
Marco se ahogó un segundo y siguió. Bajó hasta que la nariz tocó el vello rizado, la garganta abierta, ojos llorosos de placer. Subía y bajaba con ganas, babas escurriéndole por la barbilla, una mano apretándole las bolas pesadas. Andre embestía suave, follándole la boca, mirándolo desde arriba con esa mezcla de asombro y lujuria.
—Mírate… el divorciado comiéndome la polla como si no hubiera comido en meses.
Marco se separó jadeando, labios hinchados.
—Hace meses que no como algo tan rico.
Andre lo levantó, lo giró y lo puso en cuatro sobre el banco. Las rodillas de Marco se abrieron sobre la madera dura. Andre se arrodilló detrás, le abrió los glúteos morenos y le pasó la lengua por el culo. Marco se arqueó.
—Hostia…
Andre lo comió con lengua profunda, mojando, empujando, chupando el anillo apretado hasta que Marco temblaba y empujaba hacia atrás pidiendo más. Cuando estuvo listo, Andre se puso de pie, se escupió en la mano, se untó la polla gruesa y empujó. La cabeza ancha abrió a Marco despacio. Los dos gimieron al mismo tiempo.
—Tan apretado… —gruñó Andre—. Tu culo me está chupando entero.
Empujó hasta el fondo. Marco apretó los puños contra el banco y empujó hacia atrás.
—Dámelo duro. No me trates como si me fuera a romper.
Andre empezó a follarlo. Embestidas largas y profundas al principio, luego más rápidas, más brutales. El sonido húmedo de piel contra piel llenó el vestuario. Nalgadas consentidas resonaron; la mano grande de Andre dejando marcas rojas en el culo moreno de Marco. Marco gemía sin tapujos, pidiendo más, maldiciendo en español, sudor cayéndole de la frente al banco.
Andre lo giró sin salirse del todo. Lo puso de espaldas, piernas abiertas sobre el banco, y lo folló en misionero. Se miraron a los ojos. Andre encima, pecho negro brillando de sudor, músculos tensos. Marco debajo, piernas enganchadas a la cintura del joven, manos agarrándole los hombros.
—Así… mírame mientras me la metes —jadeó Marco—. Quiero ver esa cara de hijo de puta cuando te corras dentro.
Andre aceleró. Cada embestida hacía que el banco chirriara. Se besaron torpes, saliva compartida, respiraciones robadas. Andre le agarró la polla a Marco y se la bombó al ritmo de las embestidas.
—Tu culo está hecho para mi polla, Marco. Tan rico… tan jodidamente apretado.
Marco sintió el orgasmo de Andre antes de que llegara: las embestidas se volvieron erráticas, profundas, y entonces Andre se clavó hasta el fondo y se corrió con un gemido gutural, caliente, llenándolo a pulsos. Marco sintió cada chorro dentro. Andre se quedó temblando un segundo, todavía enterrado, y después se retiró despacio. Semen espeso le resbaló a Marco por el muslo.
Andre no lo dejó a medias. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Marco, le lamió el pecho y le masturbó con mano firme y rápida, jugando con la cabeza sensible, apretando justo donde hacía falta. Marco se arqueó, gritó bajo y se corrió fuerte sobre su propio abdomen moreno, chorros blancos salpicando el vello del pecho y el ombligo. Andre le besó la boca mientras se vaciaba, tragándose los gemidos.
Se quedaron ahí un rato, respirando. Luego rieron, bajos, incrédulos. Se limpiaron con toallas húmedas, besos suaves entre risas, dedos pasando por marcas rojas y piel sensible. Andre le secó el semen del vientre a Marco con la lengua una última vez, solo porque podía.
—La próxima semana —dijo Andre, ya poniéndose el pantalón, esa sonrisa peligrosa otra vez—. En tu casa. Tú pones las sábanas limpias. Yo pongo la polla.
Marco se rio, todavía con las piernas flojas, el culo latiéndole de forma deliciosa.
—Voy a preparar la cama grande. Y vas a follarme hasta que los vecinos del 2A llamen a la policía.
Andre lo besó una última vez, profundo, y salió del vestuario con la toalla al hombro.
Marco se quedó solo un momento, sentado en el banco todavía caliente de lo que habían hecho, sintiendo el semen de Andre resbalarle despacio por dentro, y por primera vez en meses no pensó en el divorcio ni en la casa vacía.
Solo pensó en la próxima semana.
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