Snowed In With Her Trainer
Colette y su entrenadora se besan y se follan salvajemente durante la nevada.
Estoy atrapada en esta cabaña de madera en mitad de la nada y la nieve no para de caer desde hace horas. El viento aúlla contra los cristales y el camino que nos trajo hasta aquí ha desaparecido bajo un manto blanco y espeso. Soy Colette, tengo veintiocho años y llevo meses matándome en el gimnasio para una competencia de fitness que se acerca. Mi cuerpo está duro, marcado, preparado… y ahora mismo late de una forma que no tiene nada que ver con el entrenamiento. Porque no estoy sola. Estoy con Carla, mi entrenadora personal. Treinta y cinco años, atlética, dominante, con esa mirada que me ha estado desnudando en silencio durante semanas en el gym.
Desde el primer día que empecé a trabajar con ella sentí algo. No era solo la manera en que me corregía la postura poniendo las manos firmes en mis caderas, ni cómo me miraba sudar mientras me gritaba una repetición más. Era el roce de sus dedos al ajustar la cinta de mi short, el comentario bajo sobre lo firme que se me estaba poniendo el culo, la forma en que sus ojos se quedaban un segundo de más en mis pechos cuando me quitaba la camiseta mojada. Yo respondía. Me reía más alto, me estiraba despacio frente a ella, le pedía que me “revisara la técnica” con una voz que no engañaba a nadie. Pero nunca cruzamos la línea. Hasta ahora.
La cabaña es pequeña. Una sola cama grande, una chimenea que crepita, un sofá viejo y una cocina mínima. Habíamos venido a hacer un retiro de entrenamiento de fin de semana: cardio en la nieve, pesas con lo que trajimos, dieta limpia. El temporal nos jodió el plan. Ahora el exterior es un muro blanco y el interior se ha vuelto demasiado íntimo. Huele a leña y a su perfume ligero, a sudor limpio y a la botella de vino tinto que abrimos “para calentarnos”.
Estamos sentadas en el suelo frente al fuego, las piernas cruzadas, las rodillas casi tocándose. Carla lleva un top deportivo negro que marca sus pechos firmes y unos leggings que abrazan esos muslos potentes que yo he visto tensarse mil veces en el gym. Yo llevo solo una camiseta holgada y short. Mi pelo está recogido a lo loco. El vino ya va por la mitad de la botella. El calor del fuego me sube por la cara y por el pecho.
—Tu cuerpo está increíble, Colette —dice ella de pronto, mirando las llamas y luego a mí—. Esos abdominales… esa espalda. Has trabajado como una puta loca.
Me río bajito, nerviosa, y doy otro trago.
—Tú me has exprimido hasta el último gramo de grasa. A veces odio lo que me haces sentir en el gym. Esa frustración de no poder más… y luego el orgullo cuando lo logro. Pero también… joder, Carla, a veces salgo de ahí empapada y no solo de sudor.
Ella sonríe de lado, esa sonrisa dominante que me pone la piel de gallina. Acerca un poco más la botella y llena mi vaso otra vez. Sus dedos rozan los míos al pasármelo.
—Yo también salgo caliente. No te creas que no lo noto. Esas miradas tuyas cuando te doy órdenes… cuando te digo que abras más las piernas en el press o que aprietes el culo en la sentadilla. Sé exactamente lo que haces.
El silencio se llena del crepitar de la leña. Mi coño ya está húmedo solo de oírla hablar así. Me muerdo el labio inferior.
—Llevamos semanas coqueteando —admito en voz baja—. En el vestuario, cuando te quedabas a revisar mi plan y te acercabas demasiado. Cuando me decías que mi cuerpo te inspiraba. Mentira, ¿verdad? No era solo inspiración.
Carla deja el vaso a un lado y se gira hacia mí por completo. Sus ojos oscuros me atraviesan. El fuego le dibuja sombras en los pómulos y en el cuello fuerte.
—No era solo inspiración. Fantaseo contigo, Colette. Desde hace tiempo. Te imagino en la ducha del gym, con las piernas abiertas contra la pared, y yo de rodillas lamiéndote hasta que grites mi nombre. Te imagino en el banco de pesas, con mis manos en tus tetas mientras te digo que no te pares, que sigas. Te imagino aquí, en esta cabaña, debajo de mí, pidiendo más. He soñado con follarte salvajemente. Con marcar ese cuerpo perfecto que tanto hemos construido juntas.
El aire se me queda corto. El vino me arde en la garganta y más abajo, entre las piernas, late con fuerza. Mis pezones se endurecen contra la tela fina de la camiseta. La confesión sale de mí sin filtro, confesional, cruda, como si llevara semanas guardándola bajo la lengua.
—Yo también. Joder, Carla, yo también. Cada vez que me tocas para corregirme se me pone el coño chorreando. Quiero que me toques de verdad. Quiero tus manos en mi cuerpo sin la excusa del entrenamiento. Quiero que me bese, que me muerda, que me uses como quieras. Estoy harta de fingir que solo eres mi entrenadora. Quiero que me folles. Aquí. Ahora. Mientras la nieve nos deja atrapadas y no hay escape.
Ella se acerca. No hay prisa falsa. Es deliberada, dominante, como cuando me manda una serie extra. Su rodilla toca la mía. Luego su mano sube y se posa en mi muslo desnudo, justo por encima de la rodilla, y aprieta con fuerza. El calor de su palma me quema.
—Dilo otra vez —ordena en voz baja, ronca—. Dime exactamente qué quieres.
—Quiero que me toques. Quiero tu boca. Quiero tus dedos dentro. Quiero que me hagas correr hasta que no pueda más. Quiero entregarme a esto que las dos estamos sintiendo desde hace semanas.
Carla se inclina. Su aliento huele a vino y a deseo. Yo me inclino también. Nuestras frentes se rozan un segundo y luego nuestros labios se encuentran con hambre. No es un beso suave. Es voraz, abierto, lenguas buscando, dientes rozando. Gimo dentro de su boca cuando su mano sube por mi muslo y se cuela bajo el borde de mi short, agarrándome el culo con fuerza. Yo me aferro a sus hombros, a esa espalda musculosa que he admirado tantas veces, y la atraigo más cerca. El beso se profundiza. Ella me empuja suavemente hacia atrás hasta que quedo semi-reclinada sobre la alfombra frente al fuego. Su cuerpo se coloca encima del mío, pesado, caliente, perfecto. Siento la dureza de sus pechos contra los míos a través de la ropa. Siento el calor de su coño rozando el mío aunque todavía haya tela de por medio.
—Joder, cómo te deseo —murmura contra mi boca entre besos—. Vas a ser mía esta noche. Voy a explorarte entero. Voy a saborearte.
Mis manos bajan por su espalda y se meten bajo el top deportivo. Piel caliente, músculos tensos. Le subo la prenda y ella se incorpora un momento para quitársela del todo. Sus pechos quedan libres: firmes, con pezones oscuros y duros. Me incorporo lo justo para chupar uno, lamiendo, mordiendo suave. Carla gime y agarra mi pelo, tirando justo lo necesario para que me duela rico.
—Así… más fuerte —jadea.
Le doy lo que pide. Chupo, muerdo, mientras una de sus manos se mete bajo mi camiseta y me agarra una teta, apretándola, pellizcando el pezón hasta que un escalofrío me recorre entero. Me quito la camiseta de un tirón. Ahora estamos piel con piel de cintura para arriba. El roce de nuestros pechos desnudos es eléctrico. Seguimos besándonos con desesperación mientras las manos recorren, aprietan, exploran. Carla baja la boca a mi cuello, chupa, deja marcas. Yo arqueo la espalda y abro las piernas para que ella se acomode mejor entre ellas. El roce de su coño contra el mío, aun con leggings y short de por medio, me saca un gemido largo y necesitado.
—Sácame esto —le pido, tirando de la cintura de sus leggings—. Quiero tocarte. Quiero sentir lo mojada que estás por mí.
Ella se ríe bajo, dominante, y se levanta un poco de rodillas para bajarse los leggings y la braga de un solo movimiento. Su coño queda a la vista: depilado, hinchado, brillante de excitación. El olor de su deseo me vuelve loca. Yo me quito el short y la braguita mojada. Ahora no hay nada entre nosotras. Carla se vuelve a tumbar encima, pierna entre piernas, y el primer contacto directo de piel mojada contra piel mojada me hace soltar un “joder, sí” tembloroso.
Nos besamos otra vez, más despacio pero igual de hambrientas. Sus dedos bajan entre mis piernas y encuentran mi clítoris hinchado. Empieza a frotar en círculos lentos, precisos, como quien conoce exactamente el cuerpo que ha entrenado. Yo meto la mano entre nosotras y le imito el gesto: mis dedos se deslizan por sus labios resbaladizos y entran un poco, solo la yema, sintiendo cómo se aprieta alrededor. Las dos gemimos al mismo tiempo.
—Así de mojada te tienes por mí —dice ella contra mi oído—. Llevo semanas imaginando cómo te sabes. Cómo gritas. Cómo te corres en mi boca.
—Entonces no te detengas —le susurro, moviendo las caderas contra su mano—. Tócame. Fóllame con los dedos. Quiero sentirte dentro. Quiero que me des todo lo que has fantaseado.
Carla empuja dos dedos dentro de mí de una vez, profundos, curvados, encontrando ese punto que me hace ver estrellas. Empieza a follarme con ellos mientras el pulgar sigue trabajando mi clítoris. Yo le meto los míos a ella y la imito, embistiendo, frotando. El sonido de nuestros coños mojados se mezcla con el crepitar del fuego y con nuestros jadeos. Nos besamos entre gemidos, nos mordemos los labios, nos agarramos con fuerza. El placer sube rápido, caliente, inevitable. Pero no quiero que acabe todavía. Ninguna de las dos quiere. Esto apenas empieza.
Me doy la vuelta con esfuerzo, empujándola suavemente hasta que queda de espaldas. Me coloco a horcajadas sobre un muslo suyo y bajo la cara hacia su pecho, chupando un pezón mientras mis dedos siguen dentro de ella, más rápidos ahora. Luego bajo más. Beso su abdomen marcado, su vello púbico, y por fin abro la boca sobre su coño. La lamo de abajo arriba, lenta, saboreando el sabor salado y dulce de su excitación. Carla agarra mi cabeza con las dos manos y empuja mis labios más contra ella.
—Así… joder, Colette, come mi coño como si te fuera la vida en ello.
Lo hago. Chupo su clítoris, meto la lengua dentro, la follo con la boca mientras ella se retuerce y gime mi nombre. Al mismo tiempo siento sus dedos buscarme otra vez, encontrarme, entrar en mí desde atrás mientras estoy inclinada. El ángulo es profundo, intenso. El placer me golpea en oleadas. La nieve sigue cayendo afuera, sellándonos aquí, y yo solo pienso en lo mucho que quiero más: su lengua en mí, su cuerpo encima, frotándonos hasta corrernos juntas una y otra vez, hasta que no quede aliento.
Me levanto un poco, los labios brillantes de ella, y la miro a los ojos. Ambos estamos temblando, al borde, pero ninguna da el paso final todavía. Hay demasiado que explorar. Demasiado deseo acumulado.
—No voy a parar —le digo, confesando en voz ronca mientras me acomodo de nuevo entre sus piernas, lista para seguir—. Esta noche eres mía y yo soy tuya. Fóllame como has fantaseado. Usa mi cuerpo. Quiero que me dejes marcada, empapada, temblando. Quiero todo.
Carla sonríe con esa mezcla de hambre y control que me vuelve loca. Me agarra de las caderas y me tira hacia arriba hasta que mi coño queda justo encima de su boca.
—Entonces siéntate en mi cara, mi preciosa atleta —ordena—. Y no te levantes hasta que te haya hecho correrte al menos dos veces. Después yo me subiré encima de ti y te follaré con los dedos y con la lengua hasta que grites. La nieve puede caer todo lo que quiera. Nosotros no vamos a salir de aquí hasta que estemos satisfechas… o hasta que ya no podamos más.
Me bajo sobre su boca. Su lengua me encuentra al instante, caliente, experta, voraz. Gimo alto, echando la cabeza hacia atrás, las manos en sus pechos, apretándolos. El placer me inunda. El fuego crepita. Afuera el mundo está blanco y silencioso. Aquí dentro solo existimos nosotras dos, el sabor, el tacto, el deseo que por fin dejamos libre. Y esto… esto apenas está empezando.
Me bajo más contra su boca y el mundo se reduce al calor húmedo de su lengua. Carla me agarra las caderas con fuerza de entrenadora y me hunde contra ella, lamiendo, chupando, metiendo la lengua hasta el fondo mientras yo gimo y me balanceo. El fuego me quema la espalda desnuda. Siento cómo se me resbala el coño sobre su cara, cómo mojo sus labios y su mentón. Ella no se detiene. Me devora como si llevara meses esperando exactamente esto.
De pronto me tumba. Un empujón firme, dominante, y ruedo sobre la alfombra. Carla se sube encima, me agarra la cara con las dos manos y me besa con una voracidad que me quita el aire. Su boca sabe a mí. A mi coño. A deseo crudo. Me muerde el labio inferior mientras sus manos bajan por mi pecho, apretando mis tetas, pellizcando los pezones duros hasta que yo arqueo la espalda y forcejeo un segundo solo por el placer. Ya no queda ropa que quitar, pero ella finge que sí: me arranca las últimas resistencias con las uñas, me marca los costados, me abre las piernas de un manotazo.
—Mírame —ordena ronca—. Quiero verte cuando te corras en mi boca.
Se desliza hacia abajo. Besa mi abdomen marcado, muerde la carne firme de mis caderas y abre mis labios con los dedos. Su lengua me encuentra hinchada, chorreando. Empieza lenta, circular, exactamente donde más lo necesito. Luego se vuelve salvaje. Me chupa el clítoris con fuerza, lo pellizca entre los labios, mete dos dedos de golpe y los curva hacia arriba mientras lame sin piedad. Yo grito. Agarro su pelo corto y empujo. Las caderas me fallan. El placer sube tan rápido que me da miedo.
—Carla… joder, así… no pares…
Ella no para. Me folla con la boca y con los dedos al mismo tiempo, el pulgar frotando, la lengua entrando y saliendo, el sonido obsceno de mi coño empapado llenando la cabaña junto al crepitar de la leña. Siento el orgasmo llegar como una sentadilla pesada: primero las piernas tiemblan, luego el vientre se contrae y de repente estallo. Grito su nombre. Me corro contra su cara, chorreando, sacudiéndome, apretando sus dedos dentro de mí mientras ella sigue lamiendo cada gota. No me da respiro. Me chupa hasta que lloro de tanto placer y empujo su cabeza porque ya no puedo más… y aun así quiero más.
Cuando por fin levanta la cara, tiene la boca brillante y una sonrisa de depredadora.
—Una —cuenta—. Ahora a cuatro patas.
Me da la vuelta como si pesara nada. Me pone de rodillas y codos sobre la alfombra, el culo en alto hacia el fuego. El calor me quema las nalgas. Carla se arrodilla detrás, me abre con las manos y empuja tres dedos de una vez. Profundos. Rápidos. Me folla con esa precisión cruel que usa en el gym, buscando el punto exacto y machacándolo sin piedad. Con la otra mano me azota. El primer golpe me saca un grito. El segundo me hace echar las caderas hacia atrás pidiendo más. El sonido de la palmada contra mi culo mojado de sudor y de ella me vuelve loca.
—Más fuerte —suplico, ya sin vergüenza—. Azótame y fóllame. Úsame.
Ella obedece. Me da cachetadas firmes mientras sus dedos entran y salen, el pulgar jugando con mi otro agujero, el ritmo brutal. Yo empujo contra su mano, gimiendo como una puta, el pelo suelto cayéndome sobre la cara, los pechos colgando y balanceándose. Cada azote me manda una descarga directa al clítoris. Cada embestida de sus dedos me acerca otra vez al borde. El olor de sexo y leña me emborracha más que el vino.
No aguanto. Me giro de golpe, la tumbo yo esta vez y me lanzo entre sus piernas. Su coño está hinchado, abierto, chorreando sobre la alfombra. Lo huelo. Lo lamo de un solo trazo largo, de abajo arriba, saboreando lo mucho que se ha mojado comiéndome a mí. Carla gime y agarra mi cabeza con las dos manos.
—Cómemelo, Colette. Chúpame el clítoris hasta que me corra en tu puta boca.
Lo hago con devoción. Con hambre de meses. Abro sus labios con los dedos y chupo su clítoris hinchado como si fuera lo único que importa en el mundo. Meto la lengua dentro, la follo, la retiro y vuelvo a chupar con fuerza rítmica. Ella se retuerce, empuja mis labios contra su coño, me tira del pelo. Gime mi nombre una y otra vez. Yo meto dos dedos y los muevo rápido mientras chupo sin parar. Siento cómo se aprieta, cómo tiembla, cómo el orgasmo la agarra de repente.
—Ahí… joder, me corro… tómala…
Se corre en mi boca. Fuerte. Escalofríos. Su coño palpitando contra mi lengua, el sabor caliente y salado llenándome. Yo no dejo de lamer hasta que ella me empuja suavemente porque ya no aguanta el contacto. Me miro los labios brillantes y sonrío. Estoy empapada de ella. Orgullo y lujuria me recorren enteras.
Carla me agarra y me sube. Nos acomodamos de lado, una pierna de cada una levantada, y juntamos los coños. Piel mojada contra piel mojada. Labios hinchados rozándose. Empezamos a frotar. Lento al principio, buscando el ángulo perfecto, y luego salvaje. Tijereta dura. Empujamos las caderas con fuerza de atletas, nuestros clítoris chocando, resbalando, frotándose una y otra vez. El sonido es obsceno, chapoteo húmedo, gemidos rotos. Nos agarramos de las manos, de las tetas, de los culos. Yo miro cómo se unen nuestros coños, cómo se mojan mutuamente, cómo brillan a la luz del fuego.
—Más fuerte —jadeo—. Fóllame con tu coño. Así…
Carla aumenta el ritmo. Nos frotamos como locas, sudor corriendo entre los pechos, músculos tensos, el placer subiendo otra vez sin piedad. Gimo. Ella gime. Nuestros sonidos se mezclan. Siento el segundo orgasmo de la noche llegar desde muy adentro, distinto, más profundo, compartido. Ella también está cerca: lo veo en la forma en que aprieta la mandíbula y empuja más duro.
—Juntas —dice ella—. Córrete conmigo.
Empujamos una última vez. El roce es perfecto. Estallo. Ella estalla. Nos corremos al mismo tiempo, gritando, temblando, frotando hasta que duele de tan rico, los coños contrayéndose uno contra el otro, chorreando, empapando la alfombra y nuestros muslos. El placer me deja ciega un segundo. Solo siento calor, humedad, su cuerpo contra el mío y el fuego crepitando al lado.
Cuando por fin paramos, estamos hechas un desastre hermoso. Sudorosas, temblorosas, pegajosas de sexo. Carla me atrae contra su pecho. Nos quedamos abrazadas en la alfombra, piernas enredadas, mi cara en el hueco de su cuello. El olor de ella me calma y me excita a la vez. Fuera la nieve sigue cayendo, sellándonos aquí. Dentro solo late el fuego y nuestros corazones todavía desbocados.
Me besa suave. Labios hinchados contra los míos. Ya no hay prisa. Solo ternura después de la salvajada.
—Esto solo es el principio —susurra contra mi boca—. La tormenta va a durar días. Voy a follarte en cada rincón de esta cabaña. Contra la pared. En la cama. En la ducha fría. Te voy a despertar con la lengua y te voy a dormir con los dedos dentro. Vas a salir de aquí sabiendo exactamente de quién eres.
Sonrío contra su piel. Por fin puedo decirlo sin miedo, sin excusas de entrenamiento, sin miradas robadas en el gym.
—Deseo esto desde el primer día que me gritaste una repetición más —confieso en voz baja, confesional, cruda—. Deseo tu cuerpo, tu boca, tu control. Deseo que me marques y me uses y me hagas tuya mientras la nieve nos deja atrapadas. Ya no tengo que esconderlo. Te deseo, Carla. Todo. Y voy a tomarlo cada puto día que estemos aquí.
Ella me aprieta más fuerte. Su mano baja y se queda posada en mi culo todavía caliente de los azotes. El fuego crepita. Afuera el viento aúlla. Aquí dentro, sudorosas y satisfechas por ahora, las dos sabemos que la noche apenas empieza y que los días que vienen van a ser una confesión continua de cuerpos y de hambre. Me besa otra vez, lenta, y yo le devuelvo el beso sabiendo que por fin soy libre de quererla exactamente así.
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