Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Tensión Rompida: Nuestros Cuerpos se Entregan en el Gimnasio

Miriam, entrenadora de 32 años, y Darius, arquitecto de 38, se entregan a un sexo anal salvaje y consentido en el gimnasio vacío después de cerrar.

26 min read October 12, 2026New

Miriam llevaba ya casi dos meses cruzándose con él en el gimnasio vacío. A las diez de la noche, cuando apagaba las luces de la sala principal y dejaba solo el pasillo de pesas y las máquinas del fondo, Darius aparecía con su bolsa de cuero y esa camiseta negra que se le pegaba al pecho. Treinta y ocho años, arquitecto de esos que firmaban torres de cristal, hombros anchos, antebrazos marcados y una forma de mirarla que le hacía apretar los muslos cada vez que se inclinaba a corregirle la postura en el press de banca.

—Codos más cerrados —murmuraba ella, y sus pechos rozaban su espalda por un segundo de más—. Así. Perfecto.

Él sonreía sin apartar la vista de su escote. Miriam tenía treinta y dos, piernas largas de entrenadora, culo redondo metido en mallas negras y una costumbre de morderse el labio cuando él sudaba. La tensión se había vuelto espesa, casi palpable. Cada roce de cadera al pasar entre las mancuernas, cada “otra serie” dicho con voz baja, cada vez que ella le sujetaba las muñecas para ajustar el agarre… todo olía a sexo no consumado.

Aquella noche, después de que Darius terminara las sentadillas, se quedó mirándola mientras ella recogía toallas. El aire acondicionado zumbaba. Nadie más en el edificio.

—No puedo más, Miriam —dijo de pronto, voz ronca—. Llevo semanas imaginándome cómo se sentiría follarte. Cómo se te abriría el coño, cómo te gemiría el culo si te lo metiera entero. Me masturbo pensándolo en la ducha del despacho. Estoy jodido.

Ella se rió, nerviosa, pero el calor le subió de golpe a la cara y a la entrepierna. Dejó la toalla y se acercó, olor a sal y a su colonia barata de después del entrenamiento.

—Qué directo, arquitecto… —susurró, y su propia risa salió sucia—. Yo también. Fantaseo con que me uses sin piedad. Que me tires al suelo y me abras las piernas como si fuera tu puta de pago. Que me destroces el culo hasta que no pueda sentarme mañana.

Darius tragó saliva. Miriam dio un paso más, le puso la palma abierta sobre el bulto que ya le tensaba el pantalón de chándal y apretó, midiendo el grosor.

—Quiero que me rompas el culo esta misma noche —le sopló al oído, lamiéndole el lóbulo—. Que me lo dejes abierto y goteando. ¿Lo haces o te quedas solo mirándome las tetas otra semana?

No hizo falta más. Él la agarró por la nuca y la besó con hambre, lengua profunda, dientes en el labio inferior. La empujó hacia atrás hasta que el culo de Miriam chocó contra la máquina de remo. Se arrancaron la ropa a tirones: ella le bajó el chándal y los calzoncillos de un golpe y su polla saltó gruesa, venosa, ya goteando; él le bajó las mallas y las bragas juntas hasta los tobillos y le metió dos dedos en el coño solo para comprobar lo empapada que estaba.

—Joder, estás chorreando…

—Por ti, cabrón. Llevo días mojada.

La llevó a la colchoneta gruesa del rincón de estiramientos. Miriam se puso a cuatro patas sin que se lo pidiera, arqueó la espalda y se agarró las nalgas con las dos manos, abriéndose para él. El agujero rosado se contrajo bajo la luz fría del fluorescente.

—Prepárame —pidió, voz pastosa—. Cómeme el culo. Méteme la lengua hasta el fondo.

Darius se arrodilló detrás, le separó más las mejillas y le plantó la cara entre ellas. Lamió largo, desde el coño hasta el ano, y luego se concentró: lengua punta, lengua ancha, saliva espesa que le resbalaba por el perineo. Empujó la lengua dentro, profunda, follándoselo oralmente mientras Miriam gemía como una puta barata y se tocaba el clítoris con dos dedos rápidos.

—Así… joder, sí, métemela más…

Cuando el esfínter ya estaba blando y brillaba de saliva, Darius metió un dedo, luego dos, tijera lenta, empujando hasta los nudillos. Miriam se empujaba hacia atrás, masturbándose sin vergüenza, el sonido húmedo de su coño llenando la sala.

—Basta de juegos —gruñó ella—. Fóllame el coño primero. Úsame para lubricarte y luego rómpeme el culo.

Él se alineó y entró de un solo embiste en su coño caliente. La folló con fuerza, caderas chocando, nalgadas secas que le dejaban la marca roja. Cada embestida sacaba un gemido gutural de Miriam. Se corrió casi al borde, apretándolo, y el jugo le resbaló por los muslos. Darius se retiró, la polla reluciente, y se la puso en el ano.

—Respira —dijo, y empujó.

La cabeza entró despacio. Miriam aulló de placer-dolor, empujando hacia atrás hasta que se la tragó casi entera. Perrito profundo: Darius la agarró de las caderas y empezó a follársela el culo con estocadas largas y brutales, las bolas golpeándole el coño.

—Qué culo tan puto estrecho… mi zorra anal. Dilo.

—Soy tu zorra anal —gimeó ella—. Rómpeme el culo, lléname, fóllame más duro…

La giró sin sacar del todo. Vaquera inversa: Miriam montada de espaldas, nalgas abiertas sobre su regazo, bajando y subiendo mientras él le azotaba las mejillas y le pellizcaba los pezones. La polla desaparecía entera en su ano a cada bajada. Ella se tocaba el clítoris otra vez, babosa, sudando.

—Me voy a correr solo de sentirte así… —jadeó Darius.

Tercera posición: la tumbió de espaldas, le subió las piernas a los hombros y entró de nuevo, ángulo que le hacía ver cómo el anillo se estiraba alrededor de su verga. Misionero profundo, embestidas cortas y salvajes, nalgadas cada vez que ella pedía más. Miriam tenía la mirada perdida, la boca abierta, suplicando.

—Lléname el culo… córrete dentro, por favor, lléname de leche, úsame…

Darius se tensó, gruñó y se vació a chorros violentos dentro de su ano, caliente, espeso, empujando hasta el fondo mientras ella se corría otra vez solo del calor y la sensación de ser rellenada. Cuando se retiró, un hilo de semen le resbaló por el pliegue. Miriam, aún temblando, se arrodilló frente a él, le tomó la polla sucia de su propio culo y se la metió en la boca. Chupó lento, saboreando el sabor a sexo y a ella misma, limpiándole con lengua y labios hasta dejarla reluciente. Darius le acariciaba el pelo, todavía jadeando.

Se rieron los dos, bajos, incrédulos, y se besaron con gusto a semen y saliva. Miriam se apoyó en su pecho sudado.

—Esto… solo ha sido el calentamiento —susurró ella contra su boca—. La próxima noche quiero que me traigas juguetes. Quiero que me dejes el culo abierto horas. Quiero que me folles aquí, en el vestuario, contra los espejos, hasta que no pueda caminar derecho.

Darius sonrió, ya semi-duro otra vez solo de oírla.

—Entonces deja las luces de emergencia encendidas mañana. Voy a diseñar un entrenamiento especial solo para ese agujero. Y tú vas a pedírmelo de rodillas cada noche que cerremos.

Se vistieron a medias, aún oliéndose el uno al otro, las manos colándose bajo la ropa otra vez. Fuera llovía. Dentro del gimnasio vacío el eco de sus gemidos aún parecía pegado a las paredes de espejo, y ninguno de los dos tenía la menor intención de que aquello se quedara en una sola noche de tensión rota.

La noche siguiente Miriam llegó media hora antes de la hora de cierre. Había dejado las luces de emergencia encendidas exactamente como él le había pedido: un resplandor rojizo y sucio que bañaba las máquinas y los espejos del fondo. El resto del gimnasio estaba a oscuras. Se cambió en el vestuario de mujeres con las manos ya temblando de anticipación; se puso las mallas negras más ceñidas que tenía, sin bragas, y un top deportivo que apenas contuvo sus tetas. Cuando salió al pasillo de pesas, Darius ya estaba allí, sentado en el banco de pecho con una bolsa de lona a los pies. Treinta y ocho años, camiseta negra otra vez, sudor fresco en la nuca, y esa sonrisa de arquitecto que sabía exactamente lo que iba a construir esa noche dentro de su cuerpo.

—Traje juguetes —dijo sin preámbulos, abriendo la cremallera—. Como pediste. Quiero verte abierta horas.

Miriam se acercó, se arrodilló entre sus piernas y le frotó la cara contra el bulto ya duro del chándal.

—Enséñamelos, cabrón. Quiero saber con qué me vas a destrozar el culo esta noche.

Él sacó un plug de silicona negro grueso, otro más pequeño y acanalado, un bote de lubricante espeso y un consolador realista del tamaño de su propia polla. Miriam se mojó al instante solo de mirarlos. Darius le agarró el pelo y le obligó a mirarle a los ojos.

—Primero te voy a preparar como una puta de verdad. Luego te voy a follar el culo hasta que grites, y cuando te corras te voy a dejar el plug puesto mientras te uso la boca. ¿Lo quieres?

—Lo quiero —susurró ella, ya con la voz rota—. Úsame. Ábreme.

La levantó, la empujó contra el espejo del fondo y le bajó las mallas de un tirón. El aire frío le rozó el coño ya chorreante. Darius le separó las nalgas con las dos manos, le escupió directo al ano y empujó el plug más pequeño sin aviso. Miriam gritó de placer, el esfínter resistiendo un segundo antes de tragarlo. Él lo giró, lo sacó un poco, lo volvió a clavar hasta la base mientras ella se sostenía del marco del espejo y se tocaba el clítoris con dedos torpes.

—Mírate —ordenó él—. Mira cómo se te abre el culo de puta. Cómo se te estira el anillo alrededor del juguete.

Ella miró por encima del hombro: el reflejo mostraba su culo abierto, el plug negro enterrado, las tetas aplastadas contra el cristal. Darius le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, frotando el punto que la hacía temblar las piernas.

—Joder… ya estoy a punto… —jadeó Miriam.

—No te corras todavía. Quiero que te corras con mi polla dentro.

Sacó el plug de un tirón húmedo y le metió el más grueso de un solo golpe. Miriam aulló, se empujó hacia atrás y se vino en ese mismo instante, el coño contrayéndose en vacío, el culo agarrando el silicona como si no quisiera soltarlo. El orgasmo le dobló las rodillas. Darius la sujetó por la cintura, le dio nalgadas secas mientras ella temblaba, y luego la guió hasta la colchoneta de estiramientos otra vez.

La puso a cuatro patas, le dejó el plug puesto y se arrodilló delante. Se bajó el chándal. Su polla saltó gruesa, venosa, ya goteando precum. Miriam se la metió entera a la boca sin que se lo pidiera, chupando profundo, garganta abierta, saboreando la sal mientras el plug le llenaba el culo y le recordaba lo que venía. Darius le agarró la cabeza con las dos manos y la folló la boca con embestidas cortas, hasta que babas le caían por la barbilla y los ojos se le llenaban de lágrimas de esfuerzo.

—Así se chupa la polla de tu dueño anal —gruñó—. Limpia bien, zorra. Luego te la voy a meter donde más te duele de rico.

Cuando la sacó, un hilo de saliva unía sus labios a la punta. Darius la giró, le sacó el plug con un pop obsceno y le embadurnó el ano con lubricante a manos llenas. El agujero ya estaba rojo, abierto, brillando. Se alineó y empujó. La cabeza entró de golpe. Miriam gritó, arqueó la espalda y se empujó hacia atrás hasta que las bolas le golpearon el coño.

—Todo… dámelo todo… —suplicó.

Él se la clavó entera de una estocada. El culo de Miriam lo tragó hasta la base. Darius empezó a follársela salvaje, caderas chocando, nalgadas que le dejaban la piel marcada, agarrándola del pelo para forzarla a mirar el espejo de al lado: su cara de puta, la boca abierta, las tetas colgando y rebotando, el culo abierto alrededor de su verga gruesa. Cada embestida sacaba un gemido gutural de ella.

—Dilo —exigió él, dándole más fuerte—. Dime qué eres.

—Soy tu zorra del gimnasio… tu puta de culo… fóllame más duro, lléname, rómpeme…

La giró sin sacar. La tumbó de lado, le subió una pierna y la penetró en ángulo profundo, la polla desapareciendo y saliendo cubierta de lubricante y de los restos de su corrida anterior. Miriam se tocaba el clítoris con furia, el sonido chapoteante llenando la sala vacía. Se corrió otra vez, el ano apretándole la verga en espasmos, y Darius casi se vino con ella pero se contuvo, respirando por la nariz, sudando.

—Todavía no. Quiero probar el consolador en ti primero.

Sacó la polla con un sonido húmedo. Miriam se quejó, el culo quedando abierto y vacío un segundo. Darius le metió el consolador realista de un solo empujón. Lo movió dentro y fuera con fuerza, torciéndolo, follándosela el culo con el juguete mientras ella gemía y se masturbaba. Cuando el anillo ya estaba blando y abierto como una boca, lo sacó y volvió a meterse él.

Vaquera. Miriam montada encima, de frente esta vez, bajando despacio hasta sentarse del todo sobre su regazo. Él le chupó los pezones a través del top, le mordió, le pellizcó mientras ella rebotaba, el culo haciendo un ruido obsceno cada vez que bajaba. Darius le agarró las nalgas y las separó más, mirando cómo su polla desaparecía.

—Qué culo tan puto perfecto… mi arquitecta de agujeros. Vas a venir al gimnasio cada noche solo para que te abra.

—Sí… cada noche… úsame hasta que no pueda sentarme… —jadeó ella, ya cerca otra vez.

Él la empujó hacia adelante, la puso de rodillas otra vez y la folló perrito profundo, embestidas largas y brutales que le hacían temblar las tetas. Miriam se corrió por tercera vez, gritando su nombre, el coño chorreando jugos por los muslos. Darius no aguantó más. Se clavó hasta el fondo, gruñó y se vació a chorros calientes dentro de su ano, empujando cada gota lo más profundo posible mientras ella se contrajo alrededor de él otra vez solo por la sensación de ser rellenada.

Cuando se retiró, un río espeso de semen le resbaló por el pliegue y le goteó en la colchoneta. Miriam, temblando, se giró, se arrodilló y le limpió la polla con la lengua: chupó el sabor a culo y a leche, le lamió las bolas, le dejó la verga reluciente otra vez. Darius le acarició el pelo, todavía jadeando.

Pero no había terminado. Sacó el plug grueso otra vez, lo embadurnó con su propio semen que le salía del culo a ella, y se lo volvió a clavar hasta la base.

—Te lo dejas puesto el resto de la noche —ordenó—. Vas a limpiar el gimnasio con el culo lleno de mi leche y del juguete. Y cuando terminemos, te voy a follar otra vez en el vestuario, contra los espejos, como prometiste.

Miriam se levantó tambaleante, las mallas todavía en los tobillos, el plug apretándole cada paso. Se rió, sucia, incrédula, y le besó la boca con gusto a semen.

—Entonces dame las toallas, arquitecto. Voy a fregar el suelo de rodillas mientras me siento abierta. Y después quiero que me rompas otra vez. Quiero que me dejes tan usada que mañana no pueda hacer sentadillas sin acordarme de tu polla.

Darius sonrió, ya semi-duro de nuevo solo de verla caminar con el culo lleno. Fuera seguía lloviendo. Dentro, el zumbido del aire acondicionado mezclado con el olor a sexo y a lubricante. Él la miró mientras ella se arrodillaba de verdad a recoger las toallas, el plug negro visible entre las nalgas cada vez que se inclinaba, y supo que aquella noche apenas había empezado. Mañana traería más. Cadenas quizás. O un arnés. Quería verla atada a la máquina de remo, el culo expuesto, pidiendo más. Miriam levantó la vista desde el suelo, le guiñó un ojo y se pasó la lengua por los labios.

—No te quedes mirando, cabrón. Ven y azótame el culo mientras limpio. Quiero que me dejes rojo para cuando me vuelvas a folla…

Él se acercó, se arrodilló detrás de ella, le dio una nalgada seca que resonó en la sala vacía y le retorció el plug un cuarto de vuelta. Miriam gimió y abrió más las rodillas. La tensión no se había roto del todo; solo se había transformado en algo más sucio, más adictivo, y ninguno de los dos tenía prisa por que el gimnasio volviera a llenarse de gente al día siguiente.

Él se acercó, se arrodilló detrás de ella, le dio una nalgada seca que resonó en la sala vacía y le retorció el plug un cuarto de vuelta. Miriam gimió y abrió más las rodillas, el silicona negro moviéndose dentro de su ano ya hinchado y lleno de leche. Darius le agarró una nalga con fuerza, la apretó hasta que la carne le sobresalía entre los dedos y le propinó otra azotada, luego otra, el sonido carne contra carne llenando el gimnasio rojo de las luces de emergencia. Ella recogía toallas a trompicones, el culo en alto, el plug brillando cada vez que se inclinaba, y cada nalgada le arrancaba un gemido gutural que se le escapaba por la boca abierta.

—Así, zorra —gruñó él, voz baja y sucia—. Limpia bien mientras te dejo el culo rojo. Quiero ver mis huellas mañana cuando te pongas las mallas. Quiero que cada sentadilla te recuerde cómo te estoy destrozando.

Miriam se empujó hacia atrás contra su mano, el coño chorreando otra vez solo del calor de las azotadas y del peso del juguete. Darius le sacó el plug de un tirón húmedo, miró el agujero abierto y goteante de semen, y le escupió dentro antes de volver a clavárselo hasta la base. Ella aulló, las rodillas resbalando en la colchoneta, y se tocó el clítoris con dedos torpes mientras seguía recogiendo, el cuerpo temblando.

—Joder, arquitecto… me estás volviendo loca —jadeó ella—. Azótame más. Quiero que me duela al sentarme. Quiero que me folles otra vez ya, aquí mismo, contra las máquinas.

Él la levantó de un tirón del pelo, la hizo ponerse de pie con las mallas aún en los tobillos y la empujó hacia la máquina de press de banca. La dobló sobre el banco acolchado, tetas aplastadas contra el cuero frío, culo en alto y abierto. Le sacó el plug otra vez, lo dejó a un lado y se embadurnó la polla con el semen que le salía a ella del ano mezclado con más lubricante. Se alineó y empujó. La cabeza entró de golpe, el anillo ya blando y usado la tragó hasta la mitad en un solo embiste. Miriam gritó contra el banco, las manos agarrándose a los laterales, y él se la clavó entera de una estocada brutal.

—Todo dentro, puta de culo —dijo, empezando a follársela con fuerza, caderas chocando, nalgadas secas que le marcaban la piel ya roja—. Mira cómo te lo comes. Este agujero es mío. Cada noche que cerremos voy a venirme a llenártelo.

Ella se empujaba hacia atrás, el sonido obsceno de su culo tragando la verga gruesa resonando entre las máquinas. Darius le agarró las caderas, la penetró más profundo, cambiando el ángulo para rozarle ese punto que la hacía ver estrellas. Miriam se corrió rápido, el ano contrayéndose en espasmos alrededor de él, el coño chorreando jugos que le resbalaban por los muslos hasta el suelo. Él no paró. La folló a través del orgasmo, embestidas largas y salvajes, hasta que ella balbuceaba incoherencias, saliva goteándole de la boca al banco.

—Más… rómpeme más… —suplicó, voz rota—. Quiero que me dejes tan abierta que el plug se me caiga solo.

Darius se retiró de golpe, el culo de ella quedando boquiabierto y goteando. La giró, la sentó a horcajadas sobre el banco de pecho y le metió el consolador realista de un empujón mientras se arrodillaba delante. Se la folló el culo con el juguete con una mano, torciéndolo, sacándolo casi del todo y clavándoselo otra vez, y con la otra se masturbaba la polla brillante de lubricante y semen. Miriam miraba el espejo de al lado: su cara de puta sudada, las tetas fuera del top ya, los pezones duros, el consolador desapareciendo en su ano rojo.

—Mírate —ordenó él—. Eres mi zorra anal del gimnasio. Dilo mientras te lo meto.

—Soy tu zorra anal… tu puta de culo… fóllame con el juguete y luego con tu polla, lléname otra vez —gimeó ella, masturbándose el clítoris con furia.

Cuando el anillo ya estaba blando como una boca abierta, Darius sacó el consolador, lo dejó a un lado y se la clavó él otra vez. Vaquera sobre el banco: Miriam bajando y subiendo, nalgas abiertas, la polla desapareciendo entera a cada bajada. Él le chupaba los pezones, le mordía, le pellizcaba mientras le azotaba las mejillas. El plug grueso lo recogió y se lo puso en la mano a ella.

—Métetelo en el coño —exigió—. Quiero llenarte los dos agujeros. Quiero verte llena como la puta que eres.

Miriam no dudó. Se empujó el plug negro en el coño chorreante mientras rebotaba en su verga. El doble relleno la hizo gritar, el culo y el coño apretados, llenos, usados. Darius gruñó, la agarró de la cintura y la folló hacia arriba con estocadas cortas y brutales. Ella se corrió otra vez, el cuerpo entero convulsionando, el plug saliendo un poco del coño con cada espasmo y él empujándoselo de nuevo dentro. El olor a sexo, sudor y lubricante impregnaba el aire acondicionado. Fuera seguía lloviendo; dentro solo existían ellos dos y el eco de piel contra piel.

—Al vestuario —jadeó él, casi al borde—. Como prometiste. Contra los espejos. Voy a correrme en tu culo otra vez y luego te voy a hacer lamerlo del cristal.

La sacó de encima con un sonido húmedo, el semen anterior ya mezclándose con el nuevo precum. Miriam caminó tambaleante, las mallas arrastrándose, el plug todavía en el coño, el culo abierto y goteante. Darius la siguió, polla dura y palpitante en la mano, y la empujó dentro del vestuario de hombres, luces de emergencia bañando los espejos de pared a pared. La puso de pie contra el cristal frío, le separó las nalgas y se la clavó de un solo golpe por detrás. Miriam aulló, las tetas aplastadas contra el espejo, viendo su propia cara de puta y la de él detrás, sudado, concentrado, follándosela el culo como si quisiera destrozárselo.

—Mírate chupándomela con el ano —gruñó contra su oído, mordiéndole el lóbulo—. Qué culo tan puto perfecto. Cada noche te voy a abrir más. Mañana traigo cadenas. Te ato a la máquina de remo y te dejo el culo expuesto horas, con un plug enorme, hasta que ruegues que te folle.

—Sí… átame… úsame… lléname otra vez, por favor —suplicó ella, empujándose hacia atrás, el plug del coño moviéndose con cada embestida.

Darius le sacó el plug del coño de un tirón, se lo metió en la boca a ella para que lo chupara sucio de sus jugos, y aceleró. Embestidas profundas, salvajes, las bolas golpeándole el clítoris. Miriam se corrió gritando contra el espejo, el aliento empañando el cristal, el ano apretándole la verga en oleadas. Él no aguantó. Se clavó hasta el fondo, gruñó su nombre y se vació a chorros violentos dentro de su culo, caliente, espeso, empujando cada gota lo más hondo posible mientras ella se contraía alrededor de él otra vez solo por la sensación de ser rellenada como una puta de pago.

Cuando se retiró, un río de semen le resbaló por el pliegue, le goteó por los muslos y le cayó al suelo del vestuario. Miriam, temblando, se arrodilló, se giró y le limpió la polla con la lengua otra vez: chupó el sabor a culo y a leche fresca, le lamió las bolas, le dejó la verga reluciente. Luego, sin que se lo pidiera, se giró hacia el espejo, recogió el semen que le caía con los dedos y se lo untó en los labios, lamiéndolo despacio mientras lo miraba a él por el reflejo.

—Todavía quiero más —susurró, voz pastosa, ojos brillantes—. Quiero que me dejes el plug puesto otra hora. Quiero que me folles la boca hasta que me ahogue y luego me lo metas otra vez en el culo. Y mañana… mañana trae las cadenas. Quiero que me atas aquí, en el vestuario, desnuda, el culo lleno, esperándote como tu puta personal.

Darius sonrió, ya semi-duro de nuevo solo de verla así, arrodillada, usada, el semen resbalándole todavía. Le puso el plug grueso otra vez, embadurnado con su propia corrida, y se lo clavó hasta la base. Miriam gimió, se levantó tambaleante y se pegó a él, besándolo con gusto a semen y a culo.

—Vamos a limpiar el resto —dijo él, nalgueándola una vez más—. Y luego te voy a follar contra las duchas. Quiero verte con el agua caliente corriendo por el culo abierto mientras te lo meto otra vez. Esta noche no termina hasta que no puedas caminar derecho, y la próxima… la próxima te voy a dejar tan abierta que necesites el plug solo para no gotear por el gimnasio entero.

Ella se rió, sucia, y le agarró la polla todavía sensible.

—Entonces azótame mientras friego el semen del suelo, cabrón. Y prepárate. Porque yo también tengo ideas. Quiero que me uses el culo con los dos plugs a la vez el rato que pueda. Quiero que me dejes marcada por dentro y por fuera. Y cuando salgamos a la lluvia… quiero que me folles una última vez en el callejón detrás del gimnasio, contra la pared mojada, para que todo el mundo que pase sepa que soy tu zorra anal.

Darius le retorció el plug, le dio otra nalgada que resonó y la empujó de rodillas otra vez hacia las toallas. El aire olía a sexo puro. Las luces rojas bañaban sus cuerpos sudados. Fuera la lluvia arreciaba, pero dentro la tensión solo crecía, más sucia, más adictiva, y ninguno de los dos tenía la menor prisa por apagar las luces de emergencia. Mañana traería cadenas. O un arnés. O lo que hiciera falta para abrirla todavía más. Miriam levantó el culo, el plug negro visible y brillante, y le miró por encima del hombro con esa sonrisa de puta satisfecha y hambrienta a la vez.

—Ven —susurró—. Azótame y fóllame otra vez. Quiero gritar tu nombre contra los espejos hasta que se me rompa la voz.

Darius no necesitaba que se lo repitiera. Le agarró del pelo, la obligó a quedar a cuatro patas sobre las toallas mojadas de semen y le propinó tres nalgadas secas seguidas que le hicieron temblar las tetas y el plug negro brillar entre las nalgas hinchadas. Miriam abrió más las rodillas, arqueó la espalda y empujó el culo hacia atrás como la zorra entrenada que ya era.

—Azótame más fuerte, arquitecto —gruñó ella, voz pastosa—. Quiero que me duela al sentarme mañana. Quiero que cada sentadilla me recuerde cómo me destrozaste el ano.

Él le sacó el plug de un tirón húmedo. El agujero quedó boquiabierto, rojo, goteando hilos espesos de leche anterior. Darius le escupió directo al centro, embadurnó su polla ya dura otra vez con el semen que le salía y se la clavó de un solo embiste brutal. Miriam aulló contra el suelo, las manos resbalando en las toallas, el culo tragándosela hasta las bolas en un segundo.

—Joder, qué culo tan puto usado… —jadeó Darius, agarrándola de las caderas y embistiendo con fuerza, caderas chocando, nalgadas secas que marcaban la carne ya roja—. Mírate, zorra del gimnasio. Este ano es mío. Cada noche que cerremos te lo voy a abrir hasta que no puedas cerrarlo sin ayuda.

Ella se empujaba hacia atrás al ritmo de las estocadas, el sonido chapoteante y obsceno de su culo tragando la verga gruesa llenando el vestuario. Darius le retorció un pezón, le pellizcó el clítoris con dos dedos y la folló más profundo, cambiando el ángulo para rozarle ese punto que la hacía ver estrellas. Miriam se corrió rápido, el ano contrayéndose en espasmos violentos alrededor de él, el coño chorreando jugos que le resbalaban por los muslos hasta el suelo frío.

—Más… rómpeme más… —suplicó, saliva goteándole de la boca—. Quiero que me dejes tan abierta que el plug se me caiga solo. Fóllame como si fuera tu puta de pago.

Él se retiró de golpe. El culo de Miriam quedó boquiabierto y goteante, un hilo espeso uniéndolos. La levantó del pelo, la empujó contra el espejo de pared a pared del vestuario y le separó las nalgas con las dos manos. Le metió el consolador realista de un empujón mientras se alineaba detrás. Lo movió dentro y fuera con fuerza, torciéndolo, follándosela el ano con el juguete al mismo tiempo que le metía dos dedos en el coño. Miriam miraba su propio reflejo: cara de puta sudada, tetas aplastadas contra el cristal, pezones duros, el culo abierto alrededor del silicona grueso.

—Dilo —exigió Darius, clavándole el consolador hasta la base—. Dime qué eres mientras te destrozo.

—Soy tu zorra anal… tu puta de culo del gimnasio… fóllame con el juguete y luego con tu polla, lléname otra vez hasta que gotee por las duchas —gimeó ella, masturbándose el clítoris con furia, los dedos chapoteando.

Cuando el anillo ya estaba blando como una boca abierta y hambrienta, Darius sacó el consolador, lo dejó caer y se la clavó él de nuevo. Embestidas profundas, salvajes, las bolas golpeándole el perineo. Miriam gritaba su nombre contra el espejo, el aliento empañando el cristal, viendo cómo su ano se estiraba alrededor de la verga venosa. Él le sacó el plug del coño —todavía lo llevaba embutido— y se lo metió en la boca para que lo chupara sucio de sus propios jugos.

—Limpia bien, zorra. Luego te lo voy a meter otra vez mientras te follo el culo.

Miriam chupó, babas cayéndole por la barbilla, ojos brillantes de placer. Darius aceleró. Embestidas cortas y brutales. Ella se corrió gritando, el ano apretándole en oleadas, el cuerpo entero convulsionando. Él no paró. La folló a través del orgasmo hasta que ella balbuceaba incoherencias y las rodillas le flaqueaban.

—A las duchas —gruñó, sacándola sin aviso. El semen anterior ya se mezclaba con el precum nuevo y le goteaba por los muslos.

La arrastró hasta las duchas del vestuario de hombres, abrió el grifo de agua caliente y la puso de pie bajo el chorro, de espaldas a él, manos contra azulejos mojados. El agua corría por su espalda, por las nalgas rojas, por el culo abierto y usado. Darius le separó las mejillas, le escupió otra vez y se la clavó de un solo golpe. Miriam aulló, el agua caliente mezclándose con el lubricante y el semen que le salía a chorros cada vez que él entraba hasta el fondo.

—Mira cómo te corre el agua por el agujero… qué puta tan perfecta —dijo él, follándosela salvaje, una mano en su cuello, la otra azotándole la nalga derecha una y otra vez—. Cada gota que te sale es mía. Este culo es mi puto proyecto. Voy a reformarlo cada noche hasta que no quepa nada más.

Ella se empujaba hacia atrás, el sonido húmedo y chapoteante resonando bajo el agua. Darius le metió el plug grueso otra vez en el coño mientras la follaba el ano, doble relleno brutal. Miriam se corrió otra vez, gritando, el cuerpo temblando, el agua arrastrando los jugos por sus piernas. Él se contuvo, respirando por la nariz, sudando a pesar del chorro.

Sacó la polla, la giró y la obligó a arrodillarse bajo el agua. Miriam se la metió entera a la boca sin que se lo pidiera, chupando el sabor a culo, a semen y a agua caliente, garganta abierta, babas y chorro mezclándose. Darius le folló la boca con embestidas cortas, hasta que las lágrimas se le mezclaban con el agua y ella se atragantaba de gusto.

—Así se chupa la polla de tu dueño anal —gruñó—. Ahora levántate. Voy a correrme otra vez en tu culo y vas a lamerlo del suelo si hace falta.

La puso de pie otra vez, la dobló contra la pared de la ducha y se la clavó. Embestidas largas, brutales, el agua corriendo por el punto exacto donde su verga entraba y salía del ano hinchado. Miriam se tocaba el clítoris con dos dedos, el plug todavía en el coño, el cuerpo entero temblando. Se corrió por quinta vez esa noche, el ano exprimiéndole la polla en espasmos. Darius no aguantó. Se clavó hasta las bolas, gruñó su nombre y se vació a chorros violentos dentro de su culo, caliente, espeso, empujando cada gota lo más hondo posible mientras el agua arrastraba el exceso por sus muslos.

Cuando se retiró, un río blanco le salió del ano abierto y le goteó al suelo de la ducha. Miriam, temblando, se arrodilló bajo el chorro, recogió el semen con los dedos y se lo untó en la lengua, lamiéndolo despacio mientras lo miraba a él con ojos de puta saciada y hambrienta a la vez. Luego se giró, se abrió las nalgas con las dos manos y le ofreció el agujero boquiabierto, goteante, rojo.

—Méteme los dos plugs a la vez —pidió, voz rota—. Quiero sentirme rota. Quiero que me dejes tan abierta que mañana gotee por las mallas mientras entreno a los demás. Azótame mientras me los clavas. Quiero gritar.

Darius sonrió sucio. Cogió el plug pequeño y el grueso, los embadurnó con el semen que aún le salía a ella y los empujó uno tras otro en su ano. Miriam aulló, el esfínter resistiendo un segundo antes de tragarlos los dos, el culo estirado al máximo, hinchado, lleno. Él le dio nalgadas secas mientras los retorcía, los sacaba un poco y los volvía a clavar. El agua caliente corría por todo. Ella se masturbaba el clítoris con furia, el coño vacío ahora, chorreando solo del dolor-placer.

—Así, zorra —gruñó él—. Llena como la puta que eres. Mañana traigo cadenas y te ato a la máquina de remo con el culo expuesto horas. Te voy a dejar un plug enorme hasta que ruegues que te folle otra vez. Y tú vas a pedírmelo de rodillas cada noche.

Miriam se empujó hacia atrás, los dos plugs moviéndose dentro, y se corrió otra vez solo de la presión, el cuerpo entero convulsionando bajo el agua. Darius le sacó los juguetes de un tirón húmedo, el culo quedó boquiabierto y vacío un segundo, y se la clavó él de nuevo para una última ronda. Perrito profundo bajo la ducha, embestidas salvajes, nalgadas que resonaban, ella gritando su nombre hasta que la voz se le quebró de verdad.

Se vació otra vez dentro, chorros finales, calientes, empujando hasta el fondo. Cuando se retiró, el semen le salió a borbotones del ano destruido y le goteó por las piernas hasta el desagüe. Miriam se quedó a cuatro patas, temblando, el culo abierto y goteando, y se rió sucia mientras recogía con los dedos lo que le salía y se lo metía en la boca.

Darius le retorció una última vez el ano con tres dedos, le azotó las nalgas ya moradas y le escupió dentro del agujero abierto.

—Trágatelo todo, puta de culo. Esta leche es tuya y vas a llevártela puesta hasta mañana.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged rimming anal doggy-style reverse-cowgirl creampie

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.