Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Masaje Prohibido en el Faro: Su Mejor Amigo Me Abre Mientras Él Mira

Mi amiga Tamara, de 32 años, se abre para que su marido Reid y su mejor amigo Sullivan la follen a la vez en el faro.

32 min read October 05, 2026New

Soy Tamara, una mujer de 32 años casada desde hace ocho con Reid, de 35, un ingeniero de software que siempre ha sido el ancla estable de nuestra vida pero que en la intimidad revela un apetito voyeur que nos ha unido de formas cada vez más intensas. Sullivan, nuestro mejor amigo de 34 años, es masajista profesional y dueño de este faro restaurado que se alza solitario en un acantilado de la costa norte. Sus manos son famosas entre sus clientes por aliviar contracturas profundas, pero entre Reid y yo han adquirido otro significado desde hace meses. Todo empezó una noche de verano, cuando después de una cena los tres terminamos hablando de deseos ocultos. Reid confesó que le ponía salvajemente cachondo imaginarme siendo tocada por otro hombre, especialmente por Sullivan. Yo, con las mejillas ardiendo y el coño ya empapado, admití que llevaba semanas masturbándome pensando en las manos fuertes de nuestro amigo abriéndome mientras mi marido miraba desde un rincón. Aquella confesión se convirtió en nuestro juego secreto. En la cama, Reid me follaba despacio y me susurraba: «Quiero verte convertida en mi hotwife, Tamara. Quiero que Sullivan te abra el coño con los dedos, que te haga gemir como una puta consentida mientras yo me acaricio viéndolo todo». Yo me corría con solo oírlo, imaginando la escena con tal nitidez que a veces me despertaba empapada.

Por eso, cuando Sullivan nos invitó a pasar el fin de semana entero en su faro, Reid y yo nos miramos con la misma mezcla de nervios y excitación pura. Sabíamos que este no sería un fin de semana cualquiera. El trayecto en coche fue una tortura deliciosa. Reid conducía con una mano en el volante y la otra deslizándose por mi muslo, subiendo bajo la falda ligera que había elegido a propósito. Sentía sus dedos rozar la tela húmeda de mis bragas y su voz ronca preguntándome: «¿Ya estás mojada pensando en que te toque, cariño? Dime la verdad». Yo mordía mi labio inferior y asentía, separando un poco las piernas para que pudiera sentir cómo mi coño palpitaba. «Llevo meses soñando con esto, Reid. Con que Sullivan me ponga sus manos aceitadas, me abra las piernas y tú observes cada detalle desde un sillón. Quiero ser tu hotwife aquí, en su faro». El bulto en sus pantalones era evidente. Paramos una vez en un mirador desierto solo para besarnos con hambre, pero nos contuvimos. Queríamos llegar con toda la tensión intacta.

El faro apareció al atardecer, imponente contra el cielo anaranjado. La torre de piedra blanca se elevaba más de veinte metros, coronada por la antigua linterna ahora convertida en sala de relax. Las olas rompían con fuerza contra las rocas abajo, lanzando espuma que el viento salado traía hasta nosotros. Sullivan nos esperaba en la puerta de madera maciza, vestido con una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y sus brazos musculosos, fruto de años de amasar cuerpos ajenos. A sus 34 años conservaba un atractivo maduro y seguro, con esa barba de tres días y los ojos verdes que siempre parecían leer más de lo que decías.

—Tamara… joder, estás espectacular —dijo abrazándome. Su pecho firme presionó mis tetas y sus manos grandes se posaron en mi cintura un segundo más de lo necesario. Sentí un latigazo de deseo directo al clítoris—. Reid, amigo, bienvenidos. El faro es todo vuestro este fin de semana.

Nos hizo un recorrido completo. La planta baja era diáfana: cocina abierta, sofá amplio frente a la chimenea y ventanales que enmarcaban el mar embravecido. Las escaleras de caracol subían estrechas, rozando las paredes curvas. En el primer nivel estaban los dormitorios; Sullivan nos indicó que el principal tenía una cama king size con vistas al océano. «Podéis dormir los tres aquí si queréis», comentó con naturalidad, pero su mirada se detuvo en mí. Subimos más. La torre superior era circular, de unos cinco metros de diámetro, con ventanas panorámicas que ofrecían una vista de 360 grados. En el centro había una mesa de masaje profesional cubierta con una sábana blanca impecable. A un lado, un sillón de cuero oscuro, amplio y cómodo, colocado estratégicamente para tener visión total de la mesa. Los estantes estaban llenos de aceites, toallas calientes y velas. El sonido de las olas llegaba amortiguado pero constante, como un latido sexual.

La cena fue ligera pero cargada de electricidad. Preparamos juntos pescado a la plancha y ensalada mientras bebíamos un vino blanco fresco, sin excedernos. Nadie estaba ebrio; todos sabíamos que queríamos tener la mente clara para lo que pudiera pasar. Sullivan no dejaba de mirarme. Cada vez que me inclinaba para alcanzar algo, sus ojos bajaban a la curva de mis tetas bajo la blusa ligera. Reid, sentado frente a mí, tenía las mejillas encendidas y no paraba de tocarme la rodilla por debajo de la mesa.

Después de recoger los platos, Sullivan se acercó por detrás mientras yo lavaba una copa. Su aliento cálido rozó mi nuca.

—Tamara, llevo toda la tarde notando que tienes los hombros cargados. Como masajista profesional, no puedo ignorarlo. Arriba, en la torre, tengo todo preparado para un masaje especial. Uno profundo, sin límites. Reid puede sentarse en el sillón y observar. Creo que los tres sabemos que no sería solo un masaje de hombros.

Me giré lentamente. Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que lo oirían. Reid se había levantado y estaba a un metro, mirándonos con los ojos brillantes de deseo. Vi el bulto claro en sus vaqueros. Mi propio coño se contrajo, mojando aún más la tela de las bragas.

—¿Estás proponiendo lo que creo? —pregunté con voz temblorosa pero cargada de lujuria.

Sullivan no apartó la mirada.

—Llevo meses notando cómo me miráis los dos. Las indirectas, las bromas que ya no son solo bromas. Quiero darte un masaje que te abra de verdad, Tamara. Quiero que sientas mis manos por todo el cuerpo, que te relajes tanto que abras las piernas sin vergüenza. Y quiero que Reid esté ahí, mirando, disfrutando de ver a su mujer convertida en hotwife. Si los dos estáis de acuerdo, subimos ahora.

Reid dio un paso adelante y puso su mano en mi cintura, posesivo pero temblando de excitación.

—Tamara y yo hemos fantaseado exactamente con esto durante meses, Sullivan. En la cama, mientras la follo, le digo lo mucho que me pone imaginarte abriéndola, tocándola, follándola mientras yo observo. Ella se corre como una loca solo de oírlo. Si ella quiere, yo también. Quiero ver cómo la abres.

Miré a uno y a otro. Mis pezones estaban tan duros que dolían contra el sujetador. Sentía el calor húmedo entre mis muslos, el pulso constante en mi clítoris hinchado. No había duda, no había miedo. Solo un deseo salvaje y consentido.

—Quiero hacerlo —dije con voz clara, mirándolos a los ojos—. Quiero subir a esa torre, quitarme la ropa y dejar que me masajees, Sullivan. Quiero que Reid se siente en ese sillón y vea cómo me abres el coño con tus manos aceitadas. Llevo demasiado tiempo mojándome con esta fantasía. Hagámosla real.

Los tres subimos las escaleras de caracol en silencio. Cada peldaño aumentaba la tensión. El faro parecía vibrar con nosotros. Al llegar a la torre, el viento azotaba las ventanas pero dentro el aire estaba caliente, cargado de promesas. Sullivan encendió dos lámparas bajas que bañaron la habitación con una luz dorada y cálida. El mar negro se extendía infinito bajo la luna.

Me quedé de pie junto a la mesa. Con manos temblorosas pero decididas, empecé a desnudarme. Primero la blusa, dejando al descubierto mi sujetador de encaje negro que apenas contenía mis tetas llenas y pesadas. Luego la falda, que cayó a mis tobillos revelando unas bragas ya transparentes por la humedad. Sullivan y Reid me observaban sin pestañear. Me quité el sujetador; mis pezones oscuros y erectos apuntaban al techo. Por último, bajé las bragas lentamente, mostrando mi coño depilado, los labios mayores hinchados y brillantes de excitación. Una gota de mi jugo resbaló por el interior de mi muslo.

Me acosté boca abajo en la mesa. La sábana estaba fresca contra mis tetas y mi vientre. Sullivan se lavó las manos y calentó aceite de almendras entre sus palmas. El aroma era dulce y sensual. Reid se sentó en el sillón de cuero, las piernas abiertas, la mano descansando sobre su polla dura que marcaba claramente sus pantalones.

—Relájate, Tamara —murmuró Sullivan con esa voz grave que me erizaba la piel—. Voy a empezar por los hombros y la espalda. Pero no voy a parar ahí. Te voy a abrir como mereces. Lentamente. Profundamente.

Sus manos calientes se posaron sobre mis omóplatos y comenzaron a amasar con presión perfecta. Gemí sin poder evitarlo. Cada pasada bajaba un poco más, rozando los lados de mis tetas, deslizándose hacia la curva de mi cintura. Sentía su aliento cerca de mi nuca. Reid respiraba con dificultad desde el sillón, sus ojos clavados en cada movimiento.

—Dios, Tamara… estás preciosa así —susurró mi marido—. Mírala, Sullivan. Mira cómo se abre ya solo con tus manos.

Sullivan bajó más, sus dedos fuertes recorriendo la base de mi columna, separando ligeramente mis nalgas con cada pasada. El aceite resbalaba entre mis muslos. Mi clítoris latía contra la mesa, desesperado por contacto. Sabía que esto era solo el principio. Las manos de Sullivan seguían explorando, cada vez más cerca de mi coño empapado, mientras Reid miraba con la respiración entrecortada y yo me mordía los labios conteniendo gemidos cada vez más altos.

El faro, el mar y la noche parecían contener la respiración, esperando lo que vendría después.

El aceite caliente cayó en un chorro lento y espeso sobre la curva de mi espalda baja, justo donde la columna se hunde antes de abrirse en las nalgas. Sullivan lo extendió con las palmas abiertas, presionando con esa fuerza controlada que solo un masajista profesional de treinta y cuatro años sabe dosificar. Cada pasada de sus manos era más baja, más atrevida. Mis gemidos, que al principio habían sido suspiros de alivio muscular, empezaron a cambiar de tono. Ya no eran “mmm…” relajados. Eran más graves, más largos, más húmedos.

—Joder, Tamara… estás temblando —murmuró Sullivan con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Sentí cómo sus pulgares se hundían en la carne de mis glúteos, separándolos con deliberada lentitud mientras el aceite resbalaba entre ellos y llegaba hasta mi coño hinchado. El calor del líquido se mezcló con el calor que ya salía de mí. Estaba empapada. Literalmente chorreando. Cada vez que sus dedos se acercaban al borde de mis labios mayores, mi clítoris palpitaba contra la sábana de la mesa como si tuviera pulso propio.

Reid, desde el sillón de cuero, había dejado de fingir que solo observaba. Escuché el sonido inconfundible de su cremallera. Giré apenas la cabeza y lo vi allí, a mis treinta y dos años convertida en el centro de la escena más sucia que habíamos imaginado jamás: mi marido de treinta y cinco, ingeniero de software, con la polla gruesa y venosa fuera, dura como una barra de hierro, acariciándose despacio mientras nos miraba.

—Tamara… —su voz era puro deseo crudo—. Dime lo que sientes. Quiero oírlo de tu boca.

Otro chorro de aceite cayó directamente entre mis nalgas. Sullivan lo recogió con dos dedos y los deslizó hacia abajo, rozando por primera vez mis labios empapados. No entró. Solo pasó, lento, firme, abriéndome como quien abre un libro prohibido. Gemí alto, sin vergüenza, un gemido que rebotó contra las paredes curvas del faro y se mezcló con el rugido lejano de las olas.

—Dios… Sullivan… tus dedos… —jadeé.

Él no contestó con palabras. Separó más mis muslos con las rodillas, colocándose mejor entre mis piernas abiertas. La mesa crujió ligeramente bajo mi peso cuando me acomodó exactamente como quería: piernas abiertas en ángulo amplio, coño completamente expuesto, aceite y mis propios jugos brillando bajo la luz dorada de las lámparas. Sus dedos volvieron, esta vez con más intención. El índice y el corazón rozaron mi entrada, subieron hasta el clítoris hinchado y bajaron otra vez, extendiendo mi humedad hacia atrás, pintando mi ano con mi propia excitación.

Mis gemidos ya eran completamente sexuales. Eran los gemidos de una puta consentida, y lo sabía. Y me encantaba.

Reid se masturbaba más rápido ahora, la mano brillante por el precum que le salía en gotas gruesas.

—Dilo, Tamara. Dile a Sullivan lo que llevas meses soñando. Quiero oír cómo se lo suplicas a mi mejor amigo.

Tragué saliva. Tenía la mejilla pegada a la sábana, los pezones duros rozando la tela con cada respiración agitada. El aceite seguía cayendo. Sullivan lo vertía directamente sobre mi coño ahora, el líquido caliente golpeando mi clítoris como pequeñas descargas. Sus dedos expertas lo extendían, abriéndome los labios mayores con los pulgares, dejando que el calor entrara dentro de mí sin penetrarme todavía.

—Quiero… —empecé, y la voz me salió rota—. Quiero que Sullivan me folle, Reid. Quiero su polla abriéndome mientras tú miras.

Sullivan gruñó detrás de mí. Sentí cómo su dedo corazón presionaba ligeramente contra mi entrada, sin entrar del todo, solo provocando. Mi coño se contrajo alrededor de la nada, desesperado.

—Más claro, cariño —ordenó Reid. Su mano subía y bajaba por su polla gruesa, el glande morado e hinchado—. Dile exactamente qué quieres que te haga mi mejor amigo.

Sullivan eligió ese momento para deslizar dos dedos por toda mi raja, desde el clítoris hasta el ano, presionando ambos agujeros sin penetrar ninguno. Grité. Un grito gutural, largo, que hizo que mis tetas se aplastaran más contra la mesa.

—¡Quiero que me folles, Sullivan! —supliqué, ya sin filtro—. Quiero que metas esa polla gruesa que sé que tienes y me abras el coño delante de mi marido. Llevo meses corriéndome pensando en esto. Meses tocándome mientras Reid me susurraba que ibas a convertirme en su hotwife. Por favor…

Reid se levantó un poco del sillón, sin soltar su polla. Sus ojos brillaban de pura lujuria.

—Otra vez. Más sucio. Quiero oírte rogar como la puta caliente que eres para nosotros.

Sullivan separó mis nalgas con ambas manos ahora. El aceite caliente caía directamente sobre mi ano y resbalaba hacia mi coño abierto. Sentí su aliento cerca de mi piel. Sus dedos volvieron a rozarme, esta vez uno de ellos presionando suavemente contra mi clítoris hinchado y frotándolo en círculos lentos y perfectos. Mis caderas empezaron a moverse solas, buscando más presión, más profundidad.

—Quiero tu polla, Sullivan —gemí, la voz temblorosa de pura necesidad—. Quiero que me penetres mientras Reid se acaricia mirándonos. Quiero que me folles profundo, que me uses, que me abras hasta que no pueda pensar. Los tres lo queremos. Yo lo quiero. Reid lo quiere. Tú lo quieres. Por favor… por favor, métemela ya. No aguanto más. Mi coño está chorreando para ti.

Sullivan soltó un gemido ronco y apretó su mano libre contra mi nalga, clavando los dedos en la carne blanda. Sentí el peso de su cuerpo inclinándose sobre mí. Su erección, todavía dentro del pantalón, presionó contra mi muslo izquierdo. Estaba enorme. Dura. Lista.

—Tamara… —su voz era pura contención—. Dilo una vez más. Míralo a él mientras lo dices.

Giré la cabeza completamente hacia Reid. Mi marido tenía los pantalones bajados hasta los tobillos, las piernas abiertas, la polla brillando de precum, la mano moviéndose en un ritmo lento y tortuoso. Nuestras miradas se encontraron. En sus ojos vi amor, deseo salvaje y aprobación total.

—Reid… quiero que tu mejor amigo me folle —dije claramente, sin apartar la vista de él—. Quiero que Sullivan me meta la polla ahora mismo. Quiero que me abra mientras tú miras. Quiero ser tu hotwife esta noche… por favor, déjalo que me penetre. Los tres lo deseamos. Los tres lo consentimos.

El faro pareció quedarse en silencio un segundo. Solo se oía el viento golpeando las ventanas, las olas rompiendo abajo y el sonido obsceno de los dedos de Sullivan deslizándose por mi coño empapado y abierto.

Sullivan se inclinó más. Sentí cómo se desabrochaba el pantalón con una mano mientras la otra seguía torturándome el clítoris. Su polla caliente y pesada cayó sobre mi nalga izquierda, gruesa, palpitante, dejando un rastro de precum sobre mi piel aceitada.

—Entonces vas a tener lo que suplicas, Tamara —gruñó.

Sus dedos abandonaron mi clítoris. Sentí la cabeza ancha y caliente de su polla colocándose exactamente en mi entrada. Empujó apenas, lo justo para que la corona se alojara entre mis labios hinchados. No entró. Todavía no. Se quedó allí, latiendo, prometiendo.

Reid se acercó un paso más, todavía acariciándose, la respiración agitada.

—Esto es solo el principio, mi amor —susurró con voz rota de excitación—. Ahora vas a sentir cómo te abre de verdad.

Y yo, con las piernas abiertas de par en par, el coño chorreando aceite y deseo, el corazón latiéndome en la garganta y las tetas aplastadas contra la mesa, solo pude gemir una última súplica que resonó entre las paredes de piedra del faro:

—Fóllame, Sullivan… por favor… métemela ya.

Sullivan no esperó ni un segundo más. Con un movimiento poderoso de sus brazos fuertes, me agarró por las caderas y me volteó sobre la camilla de masaje como si fuera una muñeca. Quedé boca arriba, con las tetas pesadas rebotando por el impacto, las piernas abiertas de par en par y el coño completamente expuesto, hinchado, brillante de aceite y de mis propios jugos que no paraban de brotar. El corazón me latía en la garganta. Sentía el aire fresco del faro rozando mi clítoris palpitante y, al mismo tiempo, el calor brutal que subía desde mi vientre.

Él se colocó entre mis muslos, su polla gruesa y venosa apuntando directamente a mi entrada. Reid, mi marido de treinta y cinco años, arrastró el sillón de cuero hasta quedar a menos de medio metro de nosotros. Su cara estaba tan cerca que podía ver cada detalle de su expresión: los ojos vidriosos de deseo, la boca entreabierta, la mano moviéndose lenta sobre su polla dura.

Sullivan empujó. La cabeza ancha de su verga separó mis labios y se hundió de golpe hasta el fondo. Grité, un gemido largo y ronco que rebotó contra las paredes curvas del faro. Me sentía tan llena, tan abierta… Su polla era más gruesa que la de Reid y tocaba lugares que me hacían temblar sin control.

—Dios mío… —jadeé, clavando las uñas en la sábana blanca.

Reid acercó aún más su rostro, casi rozando mi mejilla con los labios mientras Sullivan empezaba a follarme con estocadas profundas y medidas, sacando casi todo para volver a clavármela hasta el fondo.

—Qué puta caliente eres, Tamara —me susurró mi marido al oído, la voz temblorosa de excitación—. Mira cómo te abre mi mejor amigo. Ese coño que es mío… ahora se está tragando cada centímetro de Sullivan delante de mí. Eres mi hotwife compartida, cariño. Mi puta consentida. Me estás poniendo tan cachondo que apenas puedo respirar.

Cada palabra suya era como gasolina. Sullivan gruñía encima de mí, sus caderas chocando contra las mías con un ritmo constante que hacía que mis tetas saltaran. El aceite y mis jugos salpicaban con cada embestida, creando un sonido húmedo, obsceno, que se mezclaba con el rugido lejano de las olas contra las rocas. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes internas, frotando ese punto exacto que me hacía ver estrellas.

—Más fuerte… por favor… —supliqué, mirando a Reid directamente a los ojos.

Mi marido sonrió con esa mezcla de amor y depravación que tanto me excitaba.

—Óyela, Sullivan. Nuestra hotwife ya está rogando. Fóllala más duro. Quiero ver cómo se le ponen los ojos en blanco.

Sullivan obedeció. Me levantó las piernas, las apoyó sobre sus hombros anchos y empezó a bombearme con fuerza. La camilla crujía bajo nosotros. Mis gemidos se convirtieron en gritos cortos y agudos. Reid no dejaba de susurrarme:

—Así, mi amor… déjate follar como la zorra caliente que eres. Mira cómo te llena. Ese coño depilado está hecho para que lo compartamos. Eres perfecta, Tamara. Mi hotwife favorita.

El orgasmo me pilló por sorpresa. Me corrí con violencia alrededor de la polla de Sullivan, contrayéndome, chorreando, gritando su nombre y el de Reid al mismo tiempo. Pero ellos no pararon. Sullivan siguió follándome a través de mi clímax, prolongándolo hasta que temblaba entera.

De pronto salió de mí. Sentí un vacío brutal.

—Date la vuelta, hotwife —ordenó con voz ronca—. A cuatro patas. Ahora.

Obedecí al instante, poniéndome de rodillas sobre la camilla, el culo en pompa, la espalda arqueada. Sullivan no perdió tiempo. Me agarró del pelo con una mano firme, enroscando mi melena oscura en su puño, y me penetró de un solo golpe desde atrás. El ángulo era brutal. Su polla me llegaba aún más profundo. Empezó a follarme con fuerza salvaje, tirando de mi pelo para mantenerme en posición, haciendo que mi espalda se curvara más.

—Así… así te quería —gruñó, dándome nalgadas fuertes que resonaban en la torre—. Mira qué culo tan perfecto tienes para que te lo follen mientras tu marido mira.

Reid se subió a la camilla, arrodillándose frente a mí. Su polla gruesa y familiar quedó a centímetros de mi boca. No hizo falta que dijera nada. Abrí los labios y la engullí con hambre, chupándola hasta el fondo mientras Sullivan me reventaba el coño desde atrás. El sabor salado de su precum me inundó la lengua. Tenía una polla en la boca y otra enterrada hasta el fondo en mi coño. Me sentía completamente usada, completamente adorada.

—Chúpame, Tamara —jadeó Reid, sujetándome la cabeza con suavidad pero firmeza—. Eso es… traga la polla de tu marido mientras Sullivan te folla como una perra. Eres nuestra hotwife compartida. Nuestra puta del faro. Joder, cómo me encanta verte así.

Sullivan tiraba más fuerte de mi pelo, follándome con golpes secos y profundos que me empujaban hacia delante, haciendo que la polla de Reid entrara más en mi garganta. Las lágrimas de placer me corrían por las mejillas. Mi coño chorreaba sin parar, apretando la verga gruesa que me taladraba. Los tres gemíamos al unísono: yo ahogada alrededor de la polla de mi marido, Sullivan gruñendo como un animal, Reid susurrando sin parar lo puta caliente que era su mujer.

—Vas a correrte otra vez, ¿verdad? —me preguntó Sullivan entre embestidas—. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te follo por detrás.

Y lo hice. Me corrí con la boca llena de polla, gritando alrededor de la verga de Reid, el cuerpo convulsionando. Sullivan me soltó el pelo solo para agarrarme las caderas con ambas manos y darme las últimas estocadas brutales antes de salir de mí otra vez.

—Ahora súbete encima de mí, hotwife —dijo, tumbándose boca arriba en la camilla amplia—. Quiero que me montes y me ordeñes hasta que te llene.

Temblando todavía de los orgasmos anteriores, me subí a horcajadas sobre él. Mi coño estaba hinchado, rojo, goteando. Agarré su polla brillante de mis jugos y la guié dentro de mí mientras bajaba lentamente. La sensación de llenarme otra vez me arrancó un gemido largo y profundo. Empecé a cabalgarlo en posición de vaquera, moviendo las caderas en círculos y subiendo y bajando, sintiendo cómo su polla me tocaba el cervix con cada descenso.

Reid se colocó de pie al lado de la camilla, justo a la altura de mi cara. Me metió la polla en la boca otra vez y yo la chupé con devoción, lamiendo, succionando, dejando que me follara la cara con movimientos cortos mientras yo seguía montando a su mejor amigo.

—Esto es lo que querías, ¿no? —me susurró Reid, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Ser follada por los dos. Ser nuestra hotwife compartida en este faro. Mírate… cabalgando esa polla como una puta desesperada mientras me la chupas a mí.

Sullivan me agarró las tetas con fuerza, pellizcándome los pezones mientras yo aceleraba el ritmo.

—Estoy a punto, Tamara… —gruñó—. ¿Quieres que te llene el coño?

Asentí frenéticamente sin sacar la polla de Reid de mi boca. Sullivan empezó a empujar hacia arriba, follándome desde abajo con fuerza. Mis jugos resbalaban por sus bolas. Reid gemía más rápido.

—Córrete dentro de mí —logré suplicar un segundo cuando saqué la verga para respirar—. Lléname, Sullivan. Quiero sentir cómo me llenas mientras Reid se corre en mi boca.

Los dos aceleraron. El faro entero parecía girar. Sullivan dio un último empujón profundo y se corrió con un rugido, soltando chorros calientes y espesos dentro de mi coño. Sentí cada pulsación, cada disparo llenándome hasta rebosar. Casi al mismo tiempo, Reid me agarró la cabeza y se corrió en mi boca, inundándome la lengua con su leche espesa y salada. Tragué todo lo que pude, gimiendo alrededor de su polla, mientras mi propio orgasmo me sacudía otra vez, apretando el miembro de Sullivan dentro de mí y ordeñándolo hasta la última gota.

Los tres jadeábamos como animales. Sullivan seguía dentro de mí, palpitando. Reid sacó su polla de mi boca y me limpió los labios con el pulgar, mirándome con una mezcla de adoración y hambre que no se había apagado ni un poco. Sentía el semen de Sullivan chorreando lentamente de mi coño abierto, bajando por mis muslos, mezclándose con el aceite.

Pero cuando creí que íbamos a derrumbarnos, Reid se inclinó y me besó en la frente sudorosa.

—Esto solo es el principio de la noche, mi hotwife —susurró, con la voz todavía ronca—. El faro es grande… y todavía nos quedan muchas horas.

Sullivan, todavía enterrado en mí, sonrió con esa sonrisa peligrosa que tanto me gustaba y movió las caderas una vez más, como prometiendo que su polla no había terminado de jugar conmigo.

Y yo, con el coño lleno, la boca hinchada y el cuerpo temblando de placer, solo pude gemir suavemente, sabiendo que todavía no habíamos ni empezado a explorar todo lo que este fin de semana prohibido tenía preparado para mí.

Después de aquel clímax brutal que nos dejó a los tres jadeando como animales salvajes, Sullivan permaneció enterrado en mi coño unos segundos más, su polla gruesa latiendo dentro de mí mientras mis paredes internas lo apretaban con los últimos espasmos de mi orgasmo. Sentía su semen caliente mezclándose con el mío, escapando ya en hilos espesos por los bordes de mi entrada hinchada. Reid, todavía de pie junto a la camilla, me acariciaba el cabello con una mano temblorosa, su propia polla semierecta brillando con restos de saliva y semen. Tenía treinta y dos años, pero en ese momento me sentía como una diosa recién follada, el cuerpo laxo, las tetas pesadas subiendo y bajando con cada respiración agitada y el faro entero oliendo a sexo, aceite de almendras y sudor.

—Joder, Tamara… —gruñó Sullivan, de treinta y cuatro, sacando lentamente su verga de mi coño con un sonido húmedo y obsceno. Un chorro de semen blanco y espeso brotó de mí y cayó sobre la sábana blanca de la mesa de masaje—. Eres una puta caliente de verdad. Mira cómo te hemos dejado.

Reid, mi marido de treinta y cinco, se inclinó y me besó en los labios con una ternura que contrastaba con la brutalidad de lo que acababa de presenciar. Su lengua buscó la mía con hambre renovada, saboreando todavía el rastro de su propia corrida.

—No hemos terminado, mi hotwife —me susurró contra la boca, su voz ronca—. Quiero verte abierta para los dos al mismo tiempo. Quiero que Sullivan y yo te follemos juntos, que sientas cómo te llenamos los dos agujeros hasta que no puedas pensar.

Mi coño se contrajo solo de oírlo. A pesar de los dos orgasmos que ya había tenido, el deseo volvió como una ola ardiente. Pensé en todas las noches que habíamos fantaseado con esto en nuestra cama: Reid susurrándome al oído mientras me follaba despacio cómo su mejor amigo y él me usarían a la vez. Ahora era real. Asentí, mordiéndome el labio inferior, y me incorporé sobre la camilla con las piernas todavía temblorosas.

—Quiero eso —dije con la voz rota de tanto gemir—. Quiero vuestras pollas dentro de mí al mismo tiempo. Ábranme. Fóllenme como la hotwife que soy.

Sullivan sonrió con esa expresión peligrosa que me volvía loca y se tumbó de espaldas en la camilla amplia, su polla todavía medio dura y brillante de nuestros fluidos. Me hizo un gesto con la mano.

—Ven aquí, Tamara. Monta mi polla otra vez. Quiero sentir ese coño apretado tragándomela mientras Reid te prepara el culo.

Me subí a horcajadas sobre él con las rodillas temblando. Agarré su verga con una mano, sintiendo su calor y su grosor, y la guié hasta mi entrada empapada. Bajé lentamente, centímetro a centímetro, dejando escapar un gemido largo cuando me llenó por completo. Mis tetas colgaban pesadas sobre su pecho y él las atrapó con las manos, pellizcándome los pezones duros mientras yo empezaba a mover las caderas en círculos lentos.

Reid se colocó detrás de mí, sus manos grandes extendiendo más aceite caliente sobre mis nalgas abiertas. Sentí cómo sus dedos expertamente masajeaban mi ano, primero uno, luego dos, abriéndome con paciencia mientras Sullivan me follaba despacio desde abajo. El doble estímulo era enloquecedor. Mi clítoris rozaba el pubis de Sullivan con cada movimiento y mi mente se nublaba de placer.

—Relájate, cariño —murmuró Reid, inclinándose para besarme la espalda entre los omóplatos—. Quiero que sientas cada dedo. Quiero que tu culo esté listo para mi polla. Eres tan hermosa así… abierta para nosotros dos.

Introdujo un tercer dedo y yo grité de placer, empujando hacia atrás contra su mano. Sullivan me miraba desde abajo con los ojos verdes encendidos, sus caderas subiendo para clavarme su polla más profundo.

—Dilo, Tamara. Dinos qué eres —exigió con voz grave.

—Soy vuestra hotwife —jadeé, moviéndome más rápido sobre su verga—. Soy la puta consentida de mi marido y su mejor amigo. Quiero que me folléis los dos a la vez. Quiero que me llenéis el coño y el culo hasta que me corra gritando.

Reid retiró los dedos y colocó la cabeza de su polla gruesa contra mi ano lubricado. Empujó con lentitud controlada. Sentí cómo mi esfínter se abría para él, esa quemazón deliciosa que se convirtió en un placer profundo cuando la corona pasó el anillo muscular. Poco a poco, centímetro a centímetro, mi marido se hundió en mi culo mientras Sullivan permanecía quieto dentro de mi coño, dejando que me adaptara a la doble penetración.

Cuando los dos estuvieron completamente dentro de mí, me sentí tan llena que creí que iba a explotar. Sus pollas se rozaban a través de la fina pared que separaba mis dos agujeros. Gemí como una loca, el sudor corriendo por mi espalda, mis tetas aplastadas contra el pecho de Sullivan.

—Dios… estáis los dos tan adentro… —sollocé de placer—. Me estáis abriendo como nunca.

Empezaron a moverse. Primero con ritmo lento y coordinado, uno entrando mientras el otro salía apenas, luego acelerando hasta follarme con fuerza. El sonido era obsceno: carne contra carne, mis jugos y su semen salpicando, mis gemidos rebotando contra las paredes circulares del faro. El mar rugía abajo como si acompañara nuestro ritmo.

Reid me agarró del cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras me follaba el culo con estocadas profundas.

—Mírate, Tamara. Treinta y dos años convertida en una zorra que toma dos pollas a la vez delante de las olas. Mi hotwife perfecta. Sullivan y yo vamos a usarte todas las veces que queramos.

Sullivan, desde abajo, me mordía los pezones y gruñía cada vez que mi coño lo apretaba.

—Está chorreando, Reid. Su coño me está ordeñando. Esta puta está hecha para esto.

El orgasmo me golpeó como un tsunami. Empecé a correrme sin control, gritando sus nombres, mi cuerpo convulsionando entre los dos. Sentí cómo mi ano y mi coño se contraían alrededor de sus pollas, ordeñándolas. Sullivan fue el primero en correrse, rugiendo y clavándose hasta el fondo mientras soltaba chorros calientes que me llenaban el útero otra vez. Reid, al sentir las contracciones, me dio tres embestidas brutales más y se corrió en mi culo, inundándome con su semen espeso.

Los tres nos corrimos al unísono en un coro de gemidos y maldiciones, temblando, sudando, completamente perdidos en el placer. Cuando por fin los últimos espasmos cesaron, se retiraron con cuidado. Sentí sus corridas escapando de ambos agujeros, bajando por mis muslos en riachuelos calientes. Estaba destrozada de placer, pero feliz.

Reid y Sullivan bajaron de la camilla y, sin decir nada, fueron hasta los estantes. Calentaron toallas en un pequeño calentador eléctrico que Sullivan usaba para sus masajes. Volvieron conmigo y empezaron a limpiarme con ternura infinita. La toalla caliente pasó primero por mis tetas, bajando por mi vientre, luego entre mis piernas. Sullivan limpiaba mi coño hinchado con besos suaves en el interior de los muslos, mientras Reid pasaba la toalla por mi ano y mi espalda, besándome los hombros y el cuello.

—Eres preciosa, mi amor —susurraba Reid entre beso y beso—. Gracias por entregarte así.

Sullivan me besó en la boca con dulzura, su barba de tres días rozándome la piel.

—Nunca había sentido algo tan intenso, Tamara. Eres increíble.

Me ayudaron a incorporarme. Las piernas me temblaban, pero ellos me sostuvieron entre caricias y palabras cariñosas. Nos pusimos unas batas suaves que Sullivan tenía preparadas y bajamos las escaleras de caracol hasta el balcón circular que rodeaba la parte alta del faro. El viento nocturno era fresco pero no frío, cargado de sal. El mar negro se extendía infinito bajo la luna, las olas rompiendo contra las rocas con un rumor constante que ahora me parecía romántico y sexual al mismo tiempo.

Reid sirvió tres copas de vino blanco frío. Nos sentamos en los bancos de madera acolchados, yo en el centro, con una pierna de cada uno rozando las mías. Bebimos en silencio al principio, solo disfrutando del momento, de los cuerpos relajados y de la complicidad que se había creado.

—Esto… esto ha sido solo el principio —dije por fin, mirando el horizonte—. Nunca imaginé que sería tan intenso. Me siento viva, deseada, completamente vuestra.

Reid me pasó un brazo por los hombros y me besó la sien.

—Y lo eres, Tamara. Mi hotwife. He disfrutado cada segundo viéndote abrirte para Sullivan. Ver cómo te follaba, cómo te corrías… ha sido mejor que cualquier fantasía que hayamos tenido en casa.

Sullivan tomó mi mano y la besó.

—Quiero que sepas que esto no cambia nada de nuestra amistad. Solo la hace más… completa. Si Reid está de acuerdo, me encantaría que esta sea solo la primera de muchas noches. Quiero que tu marido te entregue a mí cuando quiera. En este faro, en nuestra casa, donde sea. Quiero seguir abriéndote, follándote, compartiéndote.

Miré a Reid. Él asintió con esa sonrisa tranquila pero cargada de deseo que tanto amaba.

—Estoy completamente de acuerdo. Esta será solo la primera de muchas noches en las que te entregue gustosamente a mi mejor amigo. Quiero verte convertida en nuestra hotwife una y otra vez. Mañana, la semana que viene, siempre que lo deseemos. El faro nos espera.

Brindamos con las copas, el vino frío bajando por mi garganta mientras el viento nos acariciaba. Sentía el semen de ambos todavía dentro de mí, un recordatorio cálido y sucio de lo que habíamos hecho. Mi cuerpo estaba exhausto pero mi mente ya volaba hacia lo que vendría después: más posiciones, más horas de placer, más formas en las que Reid me ofrecería a Sullivan sin reservas.

Terminamos la botella hablando en voz baja, planeando sin prisa, dejando que la promesa flotara entre nosotros. El mar seguía rugiendo abajo, testigo silencioso de nuestro pacto. Y aunque la noche aún era joven, sabíamos que esto solo había empezado. Había mucho más por explorar, mucho más por sentir, y la idea me humedeció de nuevo entre las piernas mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Reid y dejaba que Sullivan me acariciara el muslo con esa mano experta que ya conocía cada secreto de mi cuerpo.

El roce de los dedos de Sullivan se volvió más audaz bajo la bata, separando mis labios hinchados y recogiendo el semen que aún escapaba de mi coño para untarlo en círculos lentos sobre mi clítoris palpitante. Gemí contra el hombro de Reid, abriendo más las piernas en aquel balcón azotado por el viento salado, mientras el mar rugía abajo como un eco de lo que ya habíamos hecho. A mis treinta y dos años, casada con Reid desde hacía ocho, sentía que cada caricia de nuestro mejor amigo de treinta y cuatro era una promesa de que la noche no terminaría con una sola sesión. Reid, de treinta y cinco, me apretó el muslo con posesión, su polla endureciéndose de nuevo contra mi cadera.

—¿Quieres más, Tamara? —susurró mi marido, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. ¿Quieres que te follemos los dos otra vez, más duro, más profundo, hasta que no puedas caminar mañana?

Asentí, jadeando, porque mi cuerpo ya respondía por mí. El coño me ardía, aún lleno de su semen mezclado, pero el deseo era un fuego que crecía en lugar de apagarse. Sullivan introdujo dos dedos en mi interior, follándome despacio con ellos mientras Reid me besaba la boca con hambre renovada. Mis tetas pesadas se movían con cada respiración agitada, los pezones duros rozando la tela de la bata hasta que Sullivan la abrió por completo y se metió uno en la boca, succionando con fuerza.

—Eres insaciable, hotwife —gruñó él, su barba de tres días raspando mi piel sensible—. Subamos. Quiero que Reid vea cómo te abro el culo mientras te lleno el coño de nuevo.

Volvimos a la torre circular, desnudándonos por el camino. La bata cayó a los pies de la mesa de masaje, y yo me quedé completamente expuesta bajo la luz dorada de las lámparas. Mis jugos y el semen anterior brillaban en mis muslos. Sullivan se tumbó primero en la camilla ancha, su polla gruesa y venosa completamente erecta, palpitando contra su vientre. Me subí encima sin que me lo pidieran, de espaldas a él, y agarré su verga con una mano temblorosa. La cabeza ancha presionó mi ano lubricado por el aceite y los restos de corrida, y bajé lentamente, sintiendo cómo me abría el esfínter centímetro a centímetro. El ardor delicioso se convirtió en un placer brutal cuando lo tuve todo dentro. Gemí alto, arqueando la espalda, mis tetas rebotando mientras empezaba a moverme arriba y abajo.

Reid se colocó entre mis piernas abiertas, de pie frente a la camilla, y guió su polla gruesa hacia mi coño empapado. Empujó con un solo movimiento posesivo, hundiéndose hasta el fondo mientras Sullivan permanecía enterrado en mi culo. La doble penetración fue devastadora. Sentía sus dos vergas rozándose dentro de mí a través de la fina pared, estirándome como nunca, llenándome hasta el límite. Mis paredes internas se contrajeron alrededor de ambas, ordeñándolas por instinto.

—Joder, Tamara… estás tan apretada —jadeó Reid, empezando a bombear con estocadas largas y profundas—. Mira cómo te tragas las dos pollas a la vez. Eres la hotwife perfecta, mi puta consentida de treinta y dos años que se abre para mi mejor amigo y para mí.

Sullivan me agarró las caderas desde abajo, levantando el culo para follarme el recto con fuerza controlada. El ritmo se sincronizó: cuando Reid salía de mi coño, Sullivan entraba hasta el fondo en mi culo, y viceversa. El sonido era obsceno, húmedo, chapoteante. Mis jugos salpicaban con cada embestida, mezclándose con el semen que ya me habían dejado antes y que ahora salía expulsado en espumarajos blancos. Mis gemidos se convirtieron en gritos roncos que rebotaban contra las paredes curvas del faro.

—¡Más fuerte! ¡Folladme más duro! —supliqué, clavando las uñas en los muslos de Reid—. Quiero sentir cómo me destrozáis los dos agujeros. Soy vuestra puta del faro… usadme, llenadme, hacedme correr hasta que no pueda pensar.

Reid me pellizcó los pezones con saña, tirando de ellos mientras aceleraba el ritmo. Sullivan me dio una nalgada fuerte que resonó en la torre, luego otra, y otra, marcando mi piel mientras su polla gruesa me reventaba el culo. El placer era casi insoportable; cada terminación nerviosa de mi cuerpo ardía. Pensé en todas las noches en casa, cuando Reid me follaba despacio y me susurraba esta misma escena. Ahora era real, visceral, y yo me corría como una loca alrededor de sus dos vergas.

El primer orgasmo me golpeó como una ola del mar que rugía afuera. Mi coño y mi ano se contrajeron violentamente, apretando sus pollas hasta hacerlas palpitar. Grité sus nombres, convulsionando entre ellos, chorreando sobre la polla de Reid hasta que el semen de Sullivan anterior se mezcló con mis fluidos y cayó en goterones espesos sobre la sábana. Ellos no pararon. Siguieron follándome a través del clímax, prolongándolo hasta que vi estrellas y mis piernas temblaron sin control.

—Otra vez —ordenó Sullivan, saliendo de mi culo solo para voltearme sobre la camilla. Ahora quedé boca arriba, con las piernas abiertas de par en par. Reid se tumbó debajo de mí, penetrándome el coño de un golpe mientras yo quedaba sentada sobre él. Sullivan se colocó entre mis muslos y, sin darme tiempo a recuperarme, empujó su polla gruesa en mi ano ya abierto y lubricado. La doble penetración en esta posición era aún más intensa; podía sentir cada vena, cada latido, cada centímetro que me partía en dos.

Empezaron a moverse al unísono, Reid empujando hacia arriba desde abajo, Sullivan follándome el culo con estocadas brutales que hacían que mis tetas saltaran salvajemente. Reid me sujetaba las caderas, Sullivan me agarraba el pelo y me obligaba a mirarlo a los ojos.

—Dilo, hotwife —gruñó—. Dinos que quieres que te llenemos los dos al mismo tiempo otra vez. Que quieres nuestra leche caliente en tu coño y en tu culo.

—Quiero que me llenéis… por favor —sollocé de placer, mi voz rota—. Llenadme el coño y el culo con vuestra corrida. Soy vuestra hotwife de treinta y dos años, la puta que se abre para su marido y su mejor amigo. Corredme dentro, usadme, marcadme.

El ritmo se volvió salvaje. La camilla crujía peligrosamente bajo nosotros. Mis jugos chorreaban sin parar, empapando las bolas de Reid y el pubis de Sullivan. Me corrí por tercera vez, luego por cuarta, cada orgasmo más largo y devastador que el anterior. Mis gritos se mezclaban con el rugido de las olas contra las rocas del acantilado. Reid fue el primero en correrse, rugiendo mi nombre mientras soltaba chorros espesos y calientes dentro de mi coño, inundándome hasta rebosar. Sullivan lo siguió segundos después, clavándose hasta el fondo en mi ano y vaciándose allí, llenándome el recto con su semen espeso.

Cuando por fin se retiraron, un río blanco y caliente escapó de ambos agujeros, bajando por mi perineo y empapando la sábana. Me quedé tumbada, temblando, con el cuerpo cubierto de sudor, aceite y semen, el coño y el ano hinchados y rojos, palpitando con las secuelas del placer más intenso de mi vida. Reid y Sullivan me limpiaron con toallas calientes una vez más, besando cada marca, cada zona sensible, susurrándome lo hermosa que era, lo valiente, lo perfecta como hotwife.

Bajamos al dormitorio principal cuando el amanecer empezaba a teñir el horizonte. Nos tumbamos los tres en la cama king size, yo en medio, sus brazos rodeándome con ternura y posesión. El faro parecía respirar con nosotros, testigo silencioso de cómo había cambiado todo. Habían sido horas de folladas brutales, de doble penetración constante, de corridas dentro y fuera de mí, de palabras sucias que me habían hecho sentir más viva que nunca. Mi cuerpo dolía de un placer delicioso, pero mi mente ya planeaba la siguiente vez, y la siguiente.

Y supe que aquel masaje prohibido en el faro había abierto en mí algo que jamás volvería a cerrarse.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged fingering creampie doggy-style cowgirl dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.