Tormenta en la casa de la playa con mi madrastra

Una tormenta aísla a Xavier con su madrastra voluptuosa.

4 min read August 22, 2026New

La tormenta había atrapado la casa de playa como una fiera. El viento azotaba las ventanas de cristal y el mar rugía allá abajo, invisible bajo la lluvia. Xavier, de veintidós años, se quedó mirando el pasillo cuando Sonia salió de la ducha con el pelo pegado a la espalda. Su madrastra. Cuarenta y dos años, curvas generosas que la bata blanca apenas disimulaba, pechos pesados, caderas anchas, esa boca pintada de rojo que siempre le había puesto nervioso en las cenas familiares. Su padre estaba de viaje de negocios; solo ellos dos, y el corte de luz que llegó de golpe, sumiendo todo en un azul eléctrico de relámpagos.

—Joder —murmuró Sonia, buscando velas en el cajón—. Qué momento.

Encendieron tres velas gruesas y se sentaron en el sofá enorme frente al ventanal. La camisola de seda que se había puesto estaba empapada en los hombros por el vapor y la humedad; la tela se le pegaba a los pezones duros, oscuros, perfectamente visibles. Xavier tragó saliva. Llevaba años masturbándose con esa imagen, reprimiéndola, odiándose un poco cada vez que se corría pensando en ella. Sonia se cubrió con una manta y se la ofreció, acercándose hasta que sus muslos se rozaron.

—Siempre has mirado demasiado, Xavier —dijo en voz baja, casi divertida—. Desde que tenías dieciocho. Yo también. No lo digas. Tu padre no puede saberlo jamás.

Deslizó el pie descalzo por la pantorrilla de él, subiendo despacio, rozándole la rodilla, el muslo interior. Xavier se le puso la polla dura al instante, empujando contra el chándal. Le respondió pasando la mano por debajo de la manta, tocando la piel caliente del muslo de Sonia, subiendo hasta notar que no llevaba bragas. Estaba mojada. Resbaladiza.

—Hostia, madrastra… —jadeó él.

—Dilo. Di que quieres follarme. Que te da igual que esté casada con tu padre.

—Quiero follarte. Llevo años aguantándome. Me la vas a chupar y después te voy a meter hasta el fondo.

Sonia se arrodilló entre sus piernas sin más preámbulos. Le bajó el chándal y el bóxer de un tirón; la verga de Xavier saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Ella la agarró con las dos manos y la lamió de base a glande, saboreando, y después se la embutió entera hasta la garganta. Hizo un ruido sucio, de puta ahogada, mirándolo hacia arriba con los ojos entornados mientras saliva le chorreaba por la barbilla y le mojaba las tetas. Xavier le agarró el pelo y la guió, embistiéndole la boca con golpes cortos.

—Así, trágatela toda, zorra… mi madrastra zorra…

Sonia se corrió un poco solo de oírlo. Se apartó jadeando, hilos de saliva uniendo sus labios a la polla.

—Fóllame ya. Donde quieras.

Xavier la volteó a cuatro patas sobre el sofá. Le arrancó la camisola; los pechos le cayeron pesados, pezones rozando la tela. Le dio una nalgada seca que dejó la marca roja y le abrió los labios del coño con los dedos. Estaba empapada, hinchada. Se alineó y se la clavó de un solo empujón hasta las pelotas. Sonia gritó, agarrándose al respaldo.

—¡Joder, sí! Más profundo, Xavier, rómpeme…

Él la folló con fuerza, caderas golpeando culo, el sonido húmedo y obsceno mezclado con el trueno. Le tiró del pelo para arquearle la espalda y le metió dos dedos en la boca para que los chupara.

—Di que eres mi puta.

—Soy tu puta… la madrastra zorra de mi hijastro… ¡ah, así, así!

Sacó la polla del coño chorreante y se la apoyó en el culo. Sonia empujó hacia atrás, ofreciéndose. Xavier escupió sobre el agujero apretado, lo lubrificó con el precum y el jugo de ella, y empujó despacio. El esfínter cedió con un gemido largo de Sonia; él entró centímetro a centímetro hasta hincársela entera en el culo. La folló ahí un rato, nalgadas fuertes, llamándola madrastra zorra, y después volvió al coño, alternando, embistiendo sin piedad. Sonia se corrió gritando su nombre, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Xavier no aguantó: se enterró hasta el fondo y se corrió a chorros dentro de ella, llenándola, sintiendo cómo el semen le salía por los lados con cada sacudida.

Se quedaron jadeando. Pero no fue suficiente. A la media hora, con otra vela a punto de apagarse, Sonia se montó a horcajadas y se la volvió a meter sola, rebotando las tetas en la cara de él mientras se corrían otra vez. Después él la tomó de pie contra el ventanal, la lluvia empañando el cristal, una mano en su garganta suave y la otra en el clítoris hasta que Sonia se deshizo otra vez. Follaron hasta que las piernas les temblaban y el sofá olía a sexo y cera derretida.

Cuando por fin se desplomaron bajo la manta, sudados, el semen de Xavier todavía le resbalaba por el muslo interior a Sonia, ella le besó el pecho.

—Tu padre vuelve el domingo —susurró—. Tendremos que ser discretos.

Xavier sonrió en la oscuridad, ya calculando. El viernes el viejo se iba de nuevo a una conferencia de tres días. Él fingiría un resfriado en la uni, bajaría a la casa de playa un día antes, y dejaría las esposas de peluche y el lubricante grueso en el cajón de la mesita. Esta vez la amarraría a la cama y le follaría el culo hasta que no pudiera sentarse, grabando en la cabeza cada gemido para cuando tuviera que mirarla en la mesa familiar como si nada. Ya tenía el plan entero.

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