La última apuesta en su suite

Gwen se masturba como loca delante de Nikolai en su suite de Las Vegas para recuperar su dinero.

33 min read August 22, 2026New

La suite olía a whisky caro y a derrota. Gwen cerró la puerta con el hombro, el vestido negro aún pegado a la piel por el sudor del casino, y se dejó caer contra la madera. Veintiocho años, una española de sangre caliente y cuenta bancaria en cero, acababa de tirar los últimos billetes en la ruleta roja como si el color pudiera devolverle la suerte. No lo hizo. Ahora solo le quedaba el eco de las fichas y el recuerdo de unos ojos grises clavados en ella toda la noche desde la mesa.

Nikolai entró sin prisa. Treinta y dos años, hombros anchos bajo la camisa blanca del crupier, la corbata ya aflojada, el mismo mirar intenso que la había seguido ficha tras ficha. Cerró con llave. El clic sonó más fuerte que cualquier grito del pit.

—Has perdido todo —dijo, voz grave, sin acusación—. Te he visto. Cada apuesta desesperada. Cada vez que mordías el labio cuando salía el negro.

Gwen se enderezó. El corazón le golpeaba la garganta.

—¿Y ahora qué? ¿Vienes a echarme?

—Vengo a ofrecerte una última apuesta. Privada. Sin cámaras. Sin testigos. —Se acercó hasta quedar a un metro. El aire entre ambos se densificó—. Te devuelvo cada euro que has perdido esta noche. Todo. A cambio de algo muy concreto: te masturbas delante de mí hasta correrte. Sin tocarme. Ni un dedo. Ni un roce. Si lo logras, el dinero es tuyo. Si fallas… pasas la noche bajo mis condiciones. Todas.

Ella lo miró. El coño ya se le humedecía solo de imaginárselo. Deseo mutuo, puro y crudo. Asintió antes de pensarlo dos veces.

—Trato hecho.

Nikolai sonrió apenas, se quitó la chaqueta y se dejó caer en el sillón de cuero frente a la cama king-size. Abrió las piernas, acomodó la polla ya marcada bajo el pantalón, y esperó.

Gwen se situó al borde del colchón. Los dedos le temblaban de adrenalina cuando bajó la cremallera del vestido. La tela cayó al suelo en un susurro. Se quedó en bragas negras de encaje y tacones. Se giró despacio, ofreciéndole la espalda, y se desabrochó el sujetador. Los pechos pesados saltaron libres; los pezones duros como piedras. Luego enganchó los pulgares en las bragas y las bajó, paso a paso, hasta que el olor a su coño mojado llenó el aire acondicionado. Se subió a la cama de rodillas, se giró hacia él y abrió las piernas de par en par. Los labios hinchados, brillantes, el clítoris ya asomando.

—Mírame —ordenó ella, voz ronca—. Quiero que veas cómo me corro por ti.

Nikolai no contestó. Solo se desabrochó el pantalón, sacó la polla gruesa y dura, y la rodeó con la mano sin moverla aún. Gwen metió dos dedos en la boca, los chupó con ruido obsceno y los bajó directo a su coño. El primer contacto le arrancó un gemido. Estaba empapada. Deslizó los dedos por los labios, abriéndolos, y encontró el clítoris hinchado. Empezó con círculos lentos, apenas rozando.

—Joder, Nikolai… llevo toda la noche mojada mirándote repartir cartas. Imaginé tu boca aquí. Tu lengua. —Aceleró. El sonido húmedo de su coño llenó la suite. Circulares más firmes, más rápidos. El pulgar entraba un poco y salía. Gimió su nombre otra vez—. Nikolai… mírame. Mírame frotarme para ti. Quiero correrme sabiendo que me estás viendo. Que te estás tocando esa polla gorda mientras yo…

Se echó hacia atrás sobre las almohadas, rodillas abiertas hasta casi dislocarse. Introdujo dos dedos de golpe en el coño chorreante. El canal se apretó alrededor de ellos. Con la otra mano atacó el clítoris a un ritmo frenético, dedos resbaladizos, círculos violentos. La espalda se le arqueó. Los pechos subían y bajaban. Gritaba ya, sin vergüenza.

—Así… joder, así… me voy a correr. Voy a mojar toda esta puta cama mientras me miras. Nikolai, por favor, no dejes de mirarme…

Él se masturbaba despacio, el glande morado brillando de precum, los ojos fijos en el espectáculo. No se movió del sillón. No intervino. Solo observaba cómo los dedos de Gwen entraban y salían, brillantes, cómo el clítoris se ponía rojo y duro bajo los dedos frenéticos.

Ella se tumbo del todo, piernas en V perfecta, y empujó más hondo. Tres dedos ahora. El pulgar castigando el clítoris. El orgasmo la golpeó como un camión. La espalda se le levantó del colchón. Un grito desgarrado le salió de la garganta. El coño se contrajo con fuerza y entonces salió: chorros potentes de squirt que salpicaron las sábanas blancas, el edredón, hasta el borde de la cama. Convulsionaba. Las piernas le temblaban sin control. El orgasmo se alargaba, olas tras olas, mientras seguía frotándose y follándose con los dedos, exprimiendo cada espasmo hasta que se quedó sin aire, empapada, temblando, el coño aún palpitando a la vista de él.

Silencio. Solo su respiración entrecortada y el sonido húmedo de la mano de Nikolai subiendo y bajando por su polla.

Gwen se incorporó despacio. Aún le temblaban los muslos. Se bajó de la cama, se arrodilló entre las piernas abiertas de él y levantó la cara. Los ojos brillantes de placer y de algo más oscuro.

—He perdido a propósito —confesó, voz baja, ronca—. Podría haberme corrido sin mirarte. Podría haber cerrado los ojos. Pero quería fallar. Quería que me follaras. Quería pasar la noche bajo tus condiciones, Nikolai. Quería esta polla dentro de mí desde que te vi en la mesa.

Él soltó un gruñido, se inclinó, la agarró del pelo y la besó con hambre brutal. Lengua profunda, dientes en el labio inferior. La levantó como si no pesara nada y la tiró de espaldas sobre la cama mojada. Se quitó la camisa de un tirón. Se colocó entre sus piernas abiertas, alineó la polla gruesa en la entrada hinchada y sensible, y empujó de un solo golpe hasta el fondo.

Gwen gritó. El coño aún latía del orgasmo y ahora se estiraba alrededor de él, caliente, resbaladizo, demasiado sensible. Nikolai no esperó. Empezó a follarla con fuerza, embestidas profundas que hacían chapotear su squirt entre ambos. La cama crujía. Ella se aferraba a sus hombros, uñas clavadas, gemiendo cada vez que la base de la polla le machacaba el clítoris.

—Así… joder, así… más duro… me duele de lo bien que está… —balbuceaba ella.

Él la follaba sin piedad, sudor cayéndole por el pecho, mirándola a los ojos mientras le reventaba el coño sensible. Cada embestida sacaba un sonido húmedo y obsceno. Gwen sentía otro orgasmo trepando ya, más agudo, más desesperado. Él aceleró, la agarró de las caderas y la clavó contra el colchón, follándola hasta el límite.

Cuando se corrió fue con un gruñido gutural, enterrándose hasta las bolas y llenándola a chorros calientes. Gwen lo sintió todo: el pulso de la polla, el semen espeso saliendo, mezclándose con su squirt. Él siguió empujando despacio, vaciándose dentro, sellando el trato con cada gota.

Pero no se retiró. Se quedó hondo, todavía duro, todavía palpitando, y le mordió el cuello.

—La noche acaba de empezar, Gwen —susurró contra su piel—. Has perdido. Ahora cumples. Y no te he dicho todavía todas mis condiciones.

Ella apretó el coño a propósito alrededor de él, sintiendo cómo el semen le resbalaba por el culo, y sonrió con los labios hinchados.

—Entonces dilas. Estoy lista.

Nikolai no se retiró. Siguió hondo, la polla todavía dura y gruesa latiéndole contra las paredes sensibles del coño de Gwen, lleno de su semen caliente que ya empezaba a rezumar por los bordes. Ella apretó a propósito, sintiendo el roce viscoso, y él gruñó contra su cuello antes de incorporarse lo justo para mirarla a los ojos.

—Primera condición —dijo con voz ronca, sin sacar el glande—. Te vas a correr otra vez. Solo con mi polla dentro. Sin tocarte el clítoris. Sin dedos. Solo contrayéndote alrededor de mí hasta que te revientes. Si lo logras, pasamos a la siguiente. Si no… te dejo al borde toda la noche y te hago mirarme mientras me corro otra vez sobre tu cara.

Gwen tragó saliva. El coño le latía, hiperestímulado, todavía goteando la mezcla de squirt y semen. Asintió, la respiración entrecortada.

—Trato.

Él empezó a moverse. Lento al principio, sacando solo la mitad y volviendo a enterrar hasta las bolas con un chapoteo obsceno. Cada embestida empujaba más semen hacia fuera; se le deslizaba por el culo y manchaba las sábanas ya empapadas. Gwen arqueó la espalda, las uñas clavadas en sus hombros anchos. Intentó apretar, contrayendo el canal alrededor de aquella polla gruesa que la abría sin piedad. El roce era brutal. Cada vena, cada pulso, le rozaba puntos que la hacían ver estrellas.

—Así… joder, Nikolai… está tan gorda… siento cómo me llenas otra vez —gimió ella, voz rota—. Me duele de lo sensible que estoy y aún así quiero más.

Él aceleró un poco. Embestidas más profundas, caderas chocando contra las suyas con un sonido húmedo y rítmico. Sudor le corría por el pecho y le caía sobre los pezones duros de Gwen. Ella cerró los ojos un segundo y él le agarró la mandíbula.

—Ábrelos. Quiero verte mientras te follas sola con mi polla. Contráete. Aprieta. Quiero sentir cómo te corres sin tocarte.

Gwen obedeció. Concentró toda la atención en el coño. Apretó con fuerza, soltó, apretó otra vez al ritmo de las embestidas. El placer trepaba rápido, afilado, casi doloroso. El glande le rozaba el fondo una y otra vez; el semen que él había dejado antes hacía de lubricante caliente y espeso. Empezó a temblar. Las piernas se le abrieron más, tacones aún puestos enredados en las sábanas. Gimió su nombre sin parar.

—Me voy… joder, me voy solo con esto… tu polla me está destrozando… Nikolai, mírame, mírame correrme otra vez para ti…

El orgasmo la partió en dos. El coño se le cerró en espasmos violentos alrededor de él, exprimiéndole la polla, intentando ordeñarla. Gwen gritó, la espalda levantada del colchón, chorros más débiles esta vez pero todavía calientes que salpicaron el bajo vientre de él. Contrayéndose sin control, gimiendo como una puta mientras las olas la sacudían. Nikolai aguantó quieto hondo, dejando que ella se deshiciera sola alrededor de su carne dura.

Cuando los temblores bajaron, él salió de golpe. El coño de Gwen quedó abierto, rojo, goteando semen espeso que le resbalaba hasta el culo. Ella jadeaba, el pecho subiendo y bajando.

—Segunda condición —anunció él, poniéndose de pie al borde de la cama y agarrándose la polla brillante de jugos—. Te arrodillas aquí. Me chupas limpio. Todo. Tu squirt, mi leche, lo que sea. Y mientras lo haces te masturbas otra vez. Lento. Sin correrte hasta que yo te lo diga. Quiero ver tus dedos dentro de ese coño arruinado mientras me chupas la polla.

Gwen se bajó de la cama sin dudar. Las rodillas le temblaban al tocar la alfombra. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, olfateó el olor crudo a sexo que le salía de la polla y abrió la boca. La tomó entera de un trago. El sabor salado y ácido la inundó: semen, su propio squirt, sudor. Chupó con hambre, lengua plana contra la vena gruesa, garganta abierta cuando él empujó más hondo. Babas le corrían por la barbilla. Con la mano libre bajó directo a su coño empapado. Metió dos dedos de golpe —estaba tan abierto y resbaladizo que entraron sin resistencia— y empezó a follarse a sí misma al mismo ritmo que chupaba.

El sonido era obsceno: chupadas ruidosas, dedos chapoteando dentro del coño, gemidos ahogados alrededor de la polla. Nikolai le agarró el pelo y le guió la cabeza, follándole la boca con embestidas cortas y profundas.

—Más profundo. Quiero oírte atragantarte. Y no te detengas con esos dedos. Ábrete más. Enséñame cómo te metes tres.

Ella obedeció. Tres dedos ahora, empujando hasta el fondo, el pulgar frotando el clítoris hinchado con círculos lentos y tortuosos como él había ordenado. El placer volvía a subir, caliente y denso. Cada vez que la polla le golpeaba la garganta sentía que se corría un poco más. Nikolai la miraba desde arriba, ojos grises oscuros, la mandíbula tensa.

—Te gusta esto, ¿verdad? Perder a propósito. Convertirte en mi puta personal en esta suite. Chupar mi polla llena de tu propio squirt mientras te follas con los dedos como una desesperada.

Gwen solo pudo gemir alrededor de él, afirmativo, y acelerar los dedos. El coño le hacía ruidos húmedos vergonzosos. Estaba al borde otra vez. Las piernas le temblaban de rodillas. Él la soltó del pelo de golpe y salió de su boca con un hilo de saliva y semen uniendo sus labios al glande.

—Para. Saca los dedos. Enséñamelos.

Ella los sacó, brillantes, hilos viscosos cayendo entre ellos. Nikolai se inclinó, se los metió en la boca y los chupó limpios con un gruñido, saboreando la mezcla. Luego la levantó como si no pesara y la tiró de bruces sobre la cama, culo en alto.

—Tercera. Te voy a follar el culo. Lento al principio. Y tú te vas a masturbar el clítoris mientras te lo meto. Quiero oírte pedirlo. Quiero que te corras con mi polla enterrada en el culo y tus dedos destrozándote el coño.

Gwen gimió contra las sábanas, el culo ya alzado por instinto. Él se arrodilló detrás, escupió sobre su entrada estrecha y frotó el glande resbaladizo contra ella. Empujó. Lento. El anillo cedió con un ardor delicioso. Gwen soltó un grito ahogado cuando la cabeza entró. Él no se detuvo. Centímetro a centímetro, abriéndola, hasta que las bolas le rozaron el coño chorreante.

—Joder… tan apretado… —gruñó él—. Empieza. Tócate. Ya.

Ella metió la mano bajo su cuerpo y encontró el clítoris hinchado. Circulos rápidos, frenéticos, mientras Nikolai empezaba a moverse. Embestidas largas y profundas en el culo, saliendo casi del todo y volviendo a enterrar hasta el fondo. El dolor se mezcló con placer puro en segundos. Gwen se follaba el coño con tres dedos otra vez, el sonido chapoteante unido al de la polla entrando y saliendo de su culo.

—Más duro… por favor, Nikolai… fóllame el culo como si fuera mi coño… me voy a correr otra vez… joder, siento todo…

Él agarró sus caderas y aceleró. Cachetadas sonoras en las nalgas, embestidas que la hacían avanzar por la cama. Gwen gritaba sin control, dedos castigando el clítoris, el orgasmo construyéndose como una tormenta. Cuando llegó fue brutal: el culo se le cerró alrededor de la polla de él en espasmos, el coño goteando a chorros sobre su propia mano. Gritó su nombre hasta quedarse sin voz mientras las contracciones la sacudían entera.

Nikolai no se corrió. Salió del culo de golpe, la volteó como un trapo y se le montó encima otra vez, polla roja y dura brillando de saliva y jugos. La alineó con el coño y entró de un embiste hasta el fondo.

—Cuarta condición —susurró contra su boca, empezando a follarla otra vez con fuerza salvaje—. Esta noche no duermes. Te voy a llenar cada agujero hasta que no puedas caminar. Y cada vez que te corras te voy a hacer contármelo. Cuántas. Cómo. Por qué. Y si mientes… empiezo de nuevo.

Gwen lo miró con los ojos vidriosos de placer, el coño ya contrayéndose otra vez alrededor de aquella polla incansable, y sonrió con los labios hinchados y brillantes.

—Entonces no pares. Quiero todas. Cada puta condición. Fóllame hasta que el sol salga por esas ventanas y yo todavía esté pidiendo más.

Él embistió más hondo, más duro, la cama crujiendo bajo ellos, y la noche —apenas empezada— prometía no terminar pronto.

Nikolai no aflojó el ritmo. Cada embestida hundía su polla hasta las bolas dentro del coño empapado de Gwen, empujando hacia fuera la mezcla caliente de semen y squirt que ya le chorreaba por el culo y manchaba más las sábanas. Ella se aferraba a su espalda, uñas clavadas, las piernas enredadas en su cintura, gimiendo sin freno cada vez que la base le machacaba el clítoris hinchado.

—Uno —jadeó ella contra su boca, obedeciendo ya la cuarta condición—. Me estoy corriendo… joder, Nikolai, me parto otra vez solo con tu polla…

El orgasmo la sacudió entero. El canal se le cerró en espasmos brutales, ordeñándolo, y un chorro más débil pero caliente salpicó el bajo vientre de él. Gwen gritó el número, la espalda arqueada, los pezones duros rozándole el pecho sudado. Él no paró. Siguió follándola a través de las contracciones, forzando el placer hasta que se volvió casi doloroso, hipersensible, delicioso.

Cuando los temblores bajaron lo justo, Nikolai salió de golpe. El coño de Gwen quedó abierto, rojo, goteando. Ella gimió por la pérdida, pero él ya la estaba girando, poniéndola a cuatro patas al borde de la cama.

—Quinta condición —dijo con voz ronca, agarrándose la polla brillante y dándole un par de embestidas lentas con la mano—. Te masturbas ahora mismo. Aquí. Delante de mí. Pero no como antes. Quiero que te folles el coño con una mano y el culo con la otra al mismo tiempo. Tres dedos en cada agujero. Y no te corras hasta que yo diga el número dos. Si te adelantas, te dejo mirarme correrme solo sobre tus pechos y empiezo la cuenta de nuevo. ¿Entendido?

Gwen asintió, el corazón martilleándole la garganta. El coño le latía vacío, necesitado. Se arrodilló bien, culo en alto, y metió la mano derecha entre sus piernas. Tres dedos entraron de una en el coño resbaladizo; el sonido chapoteante llenó la suite de inmediato. Con la izquierda alcanzó atrás, escupió sobre sus propios dedos y empujó dos, luego tres, dentro del culo aún abierto y sensible de la follada anterior. El ardor se mezcló con el placer al instante. Empezó a mover ambas manos al unísono, follándose los dos agujeros con ritmo desesperado.

Nikolai se dejó caer otra vez en el sillón de cuero, piernas abiertas, y se masturbó despacio mirándola. La polla gruesa brillaba con sus jugos. Gwen lo miraba por encima del hombro mientras se destrozaba a sí misma, los pechos colgando y balanceándose, el pelo pegado a la frente por el sudor.

—Así… joder, siento tus ojos en mi culo mientras me lo abro… —gimió ella, voz rota—. Los dedos me llegan tan hondo… el coño todavía tiene tu leche y se me escurre por los nudillos… Nikolai, está tan rico follarme para ti…

Él gruñó, apretando la base de su polla para no dispararse todavía.

—Más profundo. Ábrete de verdad. Quiero ver cómo entran hasta el fondo. Cuéntame qué sientes. Cada detalle.

Gwen aceleró. Los dedos del coño hacían un ruido obsceno, húmedo, constante. Los del culo entraban y salían con más resistencia, estirándola, el anillo apretándolos en cada retirada. El clítoris le pedía a gritos que lo tocara, pero se contuvo; solo rozaba de refilón cuando los dedos salían. El placer trepaba afilado, concentrado en esos dos puntos. Cerró los ojos un segundo y se concentró en las sensaciones: el calor interno, la forma en que su propio cuerpo se abría y se cerraba, el olor a sexo crudo que llenaba el aire acondicionado, la mirada gris de él clavada en cada movimiento.

—Siento… siento cómo el coño me chupa los dedos solo… está tan hinchado y sensible que duele rico… y el culo… joder, el culo me arde pero quiero más, quiero que me lo dejes abierto toda la noche… Me imagino tu polla ahí otra vez mientras me toco… Me voy a volver loca, Nikolai…

Él se levantó, se acercó y le dio una cachetada seca en una nalga. El golpe resonó. Gwen gritó y apretó más los dedos dentro.

—No pares. Sigue. Y abre más las piernas. Quiero ver todo.

Ella obedeció, arrodillándose más ancha, el culo presentado, los dos agujeros brillantes y ocupados por sus propias manos. Los brazos le temblaban del esfuerzo. El orgasmo se construía como una ola pesada en el bajo vientre, pero se mordió el labio y aflojó un segundo el ritmo cuando sintió que estaba demasiado cerca. Nikolai lo notó. Se colocó delante de su cara, le agarró el pelo y le restregó el glande morado por los labios hinchados.

—Chupa. Solo la cabeza. Y no dejes de follarte.

Gwen abrió la boca y tomó el glande, chupando con hambre, saboreando otra vez la mezcla salada de ambos. La lengua giraba alrededor mientras las manos seguían el ritmo abajo: tres dedos empujando el coño hasta el nudillo, tres abriéndole el culo con lentitud tortuosa ahora, porque si aceleraba se corría. Babas le caían por la barbilla. Cada vez que él empujaba un poco más hondo, el placer le subía por la espalda como electricidad.

Interiormente se sorprendía de sí misma. Nunca se había tocado así, tan expuesta, tan obediente y a la vez tan voraz. Cada condición la empujaba más lejos de lo que creía posible. El dinero ya no importaba; solo importaba la forma en que su cuerpo respondía bajo esa mirada, la forma en que el coño y el culo se contraían alrededor de sus propios dedos sabiendo que él lo veía todo. Se sentía puta y poderosa al mismo tiempo. Descubría que le gustaba perder el control de esta manera, que le gustaba que le dijeran exactamente cómo destrozarse para su placer.

Nikolai le sacó la polla de la boca con un hilo de saliva.

—Dos —ordenó de pronto—. Córrete. Ahora. Y grítamelo.

Gwen no necesitó más. Aceleró ambas manos a un ritmo brutal, follándose el coño y el culo con fuerza, el pulgar de la derecha finalmente aplastando el clítoris en círculos salvajes. El orgasmo la partió. Gritó «¡dos!» con la voz desgarrada mientras el coño expulsaba otro chorro débil sobre su propia muñeca y el culo se cerraba en espasmos alrededor de los dedos. Las piernas le flaquearon; se habría caído si él no la hubiera agarrado de las caderas. Convulsionaba, gimiendo sin sentido, exprimiendo cada ola hasta que le faltó el aire.

Nikolai la levantó, la tumbó de espaldas otra vez sobre el colchón empapado y se montó entre sus piernas sin entrar todavía. Le agarró las muñecas y se las pinó sobre la cabeza. Su polla dura y pesada le rozaba el clítoris con cada movimiento de cadera.

—Sexta —susurró contra su oreja, la voz grave y peligrosa—. Ahora te vas a tocar solo el clítoris. Lento. Círculos mínimos. Sin meter nada dentro. Yo voy a frotar mi polla contra tus labios y tu clit, pero no entro. Quiero verte mendigar. Quiero oírte pedirme que te la meta otra vez mientras te friccionas como una perra en celo. Y no te corres hasta el tres. Si lo haces antes… te ato las manos a la cabecera y te dejo mirarme correrme solo toda la puta madrugada.

Gwen tragó saliva, los ojos vidriosos, el cuerpo aún temblando del dos. Asintió. Cuando él le soltó una muñeca, bajó la mano temblorosa directo al clítoris inflamado. Empezó con círculos suaves, apenas rozando, tal como había ordenado. El roce era una tortura exquisita. Nikolai se frotaba contra ella: la polla gruesa deslizándose entre los labios hinchados, el glande golpeándole el clit cada subida, untándola con precum y los restos de jugos. El calor de él era brutal. Gwen arqueó la espalda, mordiéndose el labio inferior.

—Por favor… —empezó ella, la voz ya rota—. Métela… joder, Nikolai, la siento tan gorda rozándome… necesito que me la entierra otra vez… me duele de lo vacía que estoy…

Él sonrió apenas y siguió frotándose sin entrar, el fuste resbalando arriba y abajo, aplastándole el clítoris contra sus propios dedos. Gwen aceleró un poco los círculos a pesar suyo; el placer era demasiado concentrado, demasiado afilado. Cada vez que el glande le pasaba por encima del nervio hinchado veía estrellas. El coño se le contraía en el vacío, pidiendo ser llenado. Semen viejo y squirt nuevo le resbalaban hacia el culo.

—Más despacio —ordenó él—. Y sigue pidiendo. Quiero cada palabra sucia que se te ocurra.

—Fóllame… por favor, fóllame el coño hasta que no pueda pensar… métela en el culo si quieres, o en la boca, da igual… solo métela… me estoy tocando como una puta delante de ti y aún así no es suficiente… Nikolai, te necesito dentro… te quiero corriendo otra vez tan hondo que me gotee días…

Él gruñó, apretando más la fricción. El sudor les unía los vientres. Gwen sentía el orgasmo tres trepando ya, inevitable, y tuvo que morderse la lengua por dentro para no lanzarse. Se obligó a círculos tortuosamente lentos, el dedo resbaladizo apenas moviéndose, mientras la polla de él le machacaba el clítoris una y otra vez. El interior de sus muslos temblaba. Los pezones le pedían boca. Pensó en lo lejos que había llegado desde la ruleta: de la desesperación del casino a esta suite, arrodillada, follada, masturbándose bajo órdenes, descubriendo que su cuerpo podía dar y recibir tanto más de lo que jamás había imaginado. Cada condición era una puerta nueva. Y quería abrirlas todas.

Nikolai se inclinó y le mordió un pezón con los dientes, chupando fuerte mientras seguía frotándose abajo.

—Casi… te veo temblar… estás empapando mi polla otra vez sin que te la meta… qué puta tan perfecta eres cuando pierdes a propósito…

Gwen gimió su nombre como una plegaria. Los círculos en el clítoris se volvieron un poco más firmes a pesar de la orden; no podía evitarlo. El borde estaba ahí, brillando, peligroso. Él lo notó. Se apartó de golpe, dejándola sin el roce de la polla, y se puso de pie al borde de la cama, masturbándose con la mano ahora sí rápido, el glande a centímetros de su cara.

—Para. Saca la mano. Enséñame cómo te queda el clítoris.

Ella obedeció temblando, levantando los dedos brillantes. El clítoris estaba rojo oscuro, hinchado, palpitando a la vista. Nikolai se inclinó, le escupió encima y le dio un solo lengüetazo lento que la hizo gritar. Luego se enderezó otra vez.

—Séptima condición —dijo, la voz más grave todavía, la polla engrosada y lista en su puño—. Te voy a dejar al borde así una hora si hace falta. Te masturbas cuando yo diga. Paras cuando yo diga. Cada vez que te acerques al tres te detienes y me chupas los huevos hasta que se te baje. Y solo cuando yo decida… te la meto otra vez. En el agujero que yo elija. Hasta entonces eres solo mis ojos y tus putos dedos. ¿Listas para seguir perdiendo, Gwen?

Ella miró esa polla gruesa, el pecho subiendo y bajando, el coño palpitándole vacío y empapado, y sonrió con los labios hinchados y brillantes de saliva. El dinero, la ruleta, la derrota… todo se había convertido en esto: una noche que apenas empezaba y ya la estaba rehaciendo desde dentro.

—Listas —susurró, la voz ronca de ganas—. Dime cuándo empiezo otra vez. Quiero el tres. Y el cuatro. Y todos los que vengan después. No pares de darme condiciones, Nikolai. Fóllame la cabeza con ellas hasta que amanezca.

Él le agarró la mandíbula, le restregó el glande por la lengua una vez más y luego se apartó hacia el sillón, acomodándose con la polla en la mano, los ojos grises fijos en ella como al principio de la noche.

—Entonces abre las piernas otra vez. Y empieza. Lento. Solo el clítoris. Y no te atrevas a llegar al tres sin mi permiso.

Gwen abrió las piernas de par en par sobre las sábanas manchadas, bajó la mano temblorosa y rozó el clítoris con la yema del dedo índice. El primer contacto le arrancó un gemido largo. Nikolai se masturbaba despacio mirándola, y la suite volvió a llenarse del sonido húmedo de su propia carne y de la promesa cruda de todo lo que todavía faltaba por cumplir.

Gwen abrió más las piernas sobre las sábanas empapadas, el coño al aire, rojo e hinchado, y rozó el clítoris con la yema del índice exactamente como él había mandado. El contacto fue un chisporroteo eléctrico que le subió por la espina. Circuló despacio, apenas presión, sintiendo cada nervio inflado latir bajo el dedo. Nikolai la observaba desde el sillón, la mano subiendo y bajando por su polla gruesa con esa calma cruel que la volvía loca. El glande brillaba, una gota de precum colgándole, y ella no podía dejar de mirarlo mientras se tocaba.

—Más lento todavía —ordenó él, voz grave—. Quiero ver cómo te tiembla el muslo antes de que llegues ni cerca. Cuéntame qué sientes ahora mismo.

Ella tragó saliva. El aire acondicionado le enfriaba la piel sudada y el olor a sexo crudo se le metía en la nariz cada vez que respiraba.

—Está… joder, está tan hinchado que duele. Cada roce me da un tirón hasta el estómago. Siento tu semen viejo resbalándome todavía por el culo y el coño me pide a gritos que meta los dedos, pero no lo hago. Solo esto. Solo el clit. Me estoy volviendo loca, Nikolai. Nunca me había tocado tan despacio. Nunca había sentido tanto con tan poco.

Aceleró un milímetro sin querer y se mordió el labio. Él chasqueó la lengua.

—Para. Mano arriba. Enséñame.

Gwen levantó la mano temblorosa. El clítoris palpitaba a la vista, oscuro, brillando de jugos. Nikolai se levantó, se acercó y le escupió encima otra vez. La saliva caliente le cayó justo en el nervio y ella gritó, las caderas levantándose solas. Él no la tocó. Solo volvió al sillón y se acomodó.

—Octava condición. Ahora te masturbas con las dos manos pero sin entrar. Una en el clítoris, la otra abriéndote los labios para que yo vea el agujero vacío. Y hablas. Me dices cada cosa que se te pase por la cabeza. Si te callas, te dejo así hasta el amanecer.

Ella obedeció al instante. Con la izquierda se abrió los labios hinchados, estirándolos, mostrando el interior rosado y chorreante que aún goteaba restos de él. Con la derecha volvió a los círculos mínimos en el clítoris. El placer era una aguja fina y constante. Interiormente se asombraba: semanas atrás se habría corrido en dos minutos con un vibrador barato en su piso de Madrid. Ahora necesitaba esta tortura, esta mirada gris, esta voz diciéndole exactamente cómo destrozarse. Descubría que el verdadero orgasmo no estaba en el final, sino en el borde infinito donde su cuerpo se volvía solo nervios y obediencia.

—Me imagino tu lengua aquí —gimió ella, abriéndose más—. Imagino que me chupas el clit mientras me miras a los ojos y me dejas al borde una y otra vez. Siento el vacío dentro. El coño se me contrae solo, buscando tu polla, y no hay nada. Solo aire y mis dedos fuera. Nikolai… me gusta. Me gusta ser tu puta que se toca y no se corre. Me gusta perder.

Él se masturbaba más rápido un segundo, luego aflojó.

—Buenas chica. Sigue. Ahora métete solo la yema de un dedo. Nada más. Y frótate el clit al mismo tiempo. Cuando sientas que el tres está cerca, paras y me chupas los huevos como te dije.

Gwen metió la yema del medio. El calor interno la envolvió de inmediato. Tan poco y ya su canal se cerraba alrededor de esa mínima invasión. Circuló el clítoris con más firmeza, el sonido húmedo llenando la suite otra vez. El orgasmo tres trepaba por su bajo vientre como lava. Las piernas le temblaron. Los pechos subían y bajaban. Justo cuando las estrellas empezaban a brillar detrás de los párpados, se detuvo con un gemido frustrado, sacó el dedo y se arrastró hasta el sillón. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, le bajó un poco más el pantalón y enterró la cara en sus huevos pesados. Los chupó con hambre, lengua ancha, aspirando el olor a macho y a sexo. Él le agarró el pelo y la mantuvo ahí, frotándose la polla contra su mejilla mientras ella lamiía.

—Así… joder, así se queda una perra al borde —gruñó él—. Vuelve a la cama. Novena. Ahora te vas a sentar en el borde, piernas abiertas hacia mí, y te vas a follar con cuatro dedos. Lento. Quiero oír el chapoteo. Y con la otra mano te tiras del pezón hasta que te duela rico. No te corres. El tres es mío.

Gwen se sentó como le mandó, los pies en el suelo, las rodillas abiertas hasta doler. Metió cuatro dedos de golpe. El coño, ya destrozado y resbaladizo, los aceptó con un sonido obsceno y profundo. Empezó a empujar, entrando hasta el nudillo, saliendo casi del todo, el pulgar rozando el clítoris de refilón. Con la izquierda se pellizcó el pezón derecho, tirando, retorciendo. El dolor se mezcló con el placer y le arrancó un grito. Cada embestida de sus propios dedos le sacaba más jugos; le corrían por la muñeca y caían al suelo de la suite. Nikolai la miraba sin pestañear, la polla hinchada y morada en su puño.

—Más hondo. Ábrete. Quiero ver cómo te cabe el puño casi. Y dime por qué perdiste a propósito en la ruleta.

Ella empujó más, los cuatro dedos torciéndose dentro, buscando ese punto que la hacía ver blanco.

—Porque… ah, joder… porque desde que te vi repartir cartas supe que quería esto. Quería que me miraras así. Quería correrme sabiendo que me estabas viendo. El dinero era la excusa. Yo ya estaba mojada antes de la primera ficha. Me masturbé en el baño del casino pensando en tu boca y me corrí callada. Por eso perdí. Porque necesitaba que me follaras la cabeza y el coño y el culo hasta no saber quién soy.

Nikolai se puso de pie otra vez. Se acercó hasta quedar a centímetros, la polla a la altura de su cara, pero no se la metió. Solo la dejó ahí, palpitando, mientras ella se follaba con los cuatro dedos y se torturaba el pezón.

—Décima. Para. Saca los dedos. Lámelos limpios. Todos. Y después te das la vuelta, culo al aire, y te masturbas el clítoris desde atrás mientras yo te miro el coño y el culo abiertos. Si te corres sin el tres… te dejo atada y me corro solo en tu cara tres veces seguidas sin dejarte tocarme.

Gwen sacó los dedos brillantes y se los metió en la boca uno por uno, chupando con ruido, saboreando su propio squirt mezclado con el semen de él. Luego se giró, pecho contra el colchón, culo levantado y abierto. Metió la mano por debajo y encontró el clítoris. Circuló de nuevo, esta vez más firme, porque el borde la estaba matando. Sentía la mirada de él clavada en sus agujeros: el coño rojo y distendido, el culo aún marcado de la follada anterior. El placer era tan concentrado que le lloraban los ojos. Cada círculo la acercaba más. El vientre se le contrajo. Las uñas se le clavaron en la sábana.

—Nikolai… por favor… el tres… déjame… no aguanto…

Él se arrodilló detrás de ella sin tocarla. Solo sopló aire caliente sobre su coño abierto y ella gritó.

—Aguantas. Porque te gusta. Porque estás descubriendo que puedes correrte solo con mi voz y tus putos dedos. Sigue. Más despacio. Y pide el tres como se pide.

Gwen redujo la velocidad hasta la tortura. El clítoris le latía como un corazón aparte. Interiormente se reconoció distinta: ya no era la española desesperada de la ruleta. Era esta mujer que se abría voluntariamente, que convertía cada negación en combustible, que encontraba poder en la rendición. El dinero no importaba. Solo importaba cuánto más podía dar su cuerpo bajo esas condiciones.

—Por favor, Nikolai… déjame el tres. Necesito correrme para ti otra vez. Necesito que veas cómo me parto solo tocándome. Te lo pido. Te lo ruego. Fóllame después si quieres, o no me folles nunca más, pero dame el tres. Déjame gritarlo.

Él se puso de pie, se colocó delante de su cara otra vez y le restregó el glande por los labios hinchados.

—Chupa solo un segundo. Y después vuelves al clit. Cuando yo diga tres, te corres. No antes. Y cuando te corras vas a seguir tocándote. No paras. Quiero el cuatro inmediatamente después. Encadenados. Sin descanso. ¿Entendido?

Ella asintió con la boca llena de la cabeza de su polla, chupando una vez, dos, saboreando el precum. Luego volvió la mano al clítoris y reanudó los círculos. El borde estaba ahí, brillando, a un suspiro. Nikolai se masturbaba rápido ahora, los ojos fijos en sus dedos, en su culo alzado, en la forma en que su coño se contraía vacío.

—Casi… te veo… estás empapando la cama otra vez sin que te toque… qué perfecta te queda la derrota, Gwen…

Ella gimió contra las sábanas, el cuerpo entero tenso como un cable. El tres la estaba destrozando por dentro y aún no la dejaba cruzar. Las piernas le fallaban. El sudor le corría entre los pechos. Y en medio de todo eso, una claridad salvaje: quería más condiciones. Quería que la noche se alargara hasta que no quedara un solo rincón de ella sin explorar bajo su mirada. Quería amanecer todavía tocándose, todavía pidiendo, todavía perdiendo a propósito.

Nikolai se inclinó, le agarró el pelo y le levantó la cara.

—Mírame mientras te destrozas. Y prepárate. Porque el tres va a doler de lo bueno que va a ser. Y después el cuatro. Y la undécima condición que todavía no te he dicho.

Gwen lo miró con los ojos vidriosos, los dedos sin parar en el clítoris inflamado, el coño goteando sin control, y sonrió con la boca abierta y húmeda.

—Dila ya. Estoy lista para todas. No pares. Haz que me corra hasta no saber mi nombre. Y después dime la siguiente.

Él le soltó el pelo, se apartó justo lo suficiente para verla entera y apretó la base de su polla para no dispararse todavía.

—Entonces no dejes de frotarte. Más fuerte ahora. Casi… casi… y cuando diga la palabra, te rompes. Pero acuérdate: después no paras. El cuatro viene pegado. Y yo voy a estar aquí, mirándote, decidiendo en qué agujero te voy a vaciar cuando por fin te deje tener mi polla otra vez.

Gwen aceleró, el sonido húmedo de su carne llenando cada rincón de la suite, el cuerpo entero pendiendo de un hilo, la noche todavía abierta y salvaje delante de ellos, prometiendo más bordes, más números, más condiciones que aún no habían ni empezado a cumplirse.

Gwen aceleró los círculos en el clítoris hinchado, el sonido húmedo y chapoteante llenando la suite mientras las sábanas empapadas se le pegaban a la espalda. El borde del tres la tenía temblando entera, los muslos abiertos hasta doler, el coño vacío contrayéndose solo y goteando una mezcla espesa de semen viejo y jugos frescos que le resbalaba hasta el culo. Nikolai la miraba desde el sillón, la mano subiendo y bajando despacio por su polla gruesa y morada, el glande brillando de precum.

—Tres —ordenó de pronto, voz ronca—. Córrete. Ahora. Y no pares.

El orgasmo la partió como un rayo. Gwen gritó el número con la garganta desgarrada mientras el clítoris palpitaba bajo sus dedos frenéticos y el coño expulsaba un chorro caliente que salpicó sus propias muñecas y el colchón. Las piernas le fallaron; se arqueó entera, pechos al aire, pezones duros como piedras, convulsionando sin control. Las olas la sacudían una tras otra, más largas, más brutales que las anteriores, y ella seguía frotándose exactamente como él había mandado, exprimiendo cada espasmo hasta que le faltó el aire y le lloraron los ojos de lo intenso.

No se detuvo. El cuatro vino pegado, tal como prometió. Los dedos no aflojaron; pasaron del clítoris al coño abierto en un segundo, metiendo tres de golpe mientras el pulgar seguía castigando el nervio inflamado. El segundo orgasmo la alcanzó antes de que el primero terminara del todo. Gritó «¡cuatro!» ahogada, el canal cerrándose en espasmos violentos alrededor de sus propios dedos, más squirt débil pero caliente chorreándole por el culo. El cuerpo le temblaba sin tregua. Interiormente se asombraba de lo lejos que había llegado: la española rota de la ruleta ahora no era más que carne obediente y voraz, descubriendo que podía corrérsele el alma solo con la voz de él y sus manos sucias.

Nikolai se levantó del sillón. Se acercó, le agarró las muñecas y se las apartó con suavidad brutal.

—Undécima —susurró contra su boca, alineando la polla gruesa en la entrada hinchada y sensible—. Ahora te la meto. Hasta el fondo. Y te vas a tocar el clítoris mientras te follo. Sin parar. Quiero el cinco y el seis seguidos alrededor de mi polla. Si dejas de frotarte, salgo y te dejo mirarme correrme solo en tu cara.

Empujó de un solo embiste. Gwen gritó. El coño, destrozado y empapado, lo tragó entero hasta las bolas con un chapoteo obsceno. Él no esperó. Empezó a follarla con fuerza salvaje, embestidas profundas que hacían crujir la cama y sacaban más de la mezcla caliente hacia fuera. Ella metió la mano entre ambos al instante, dedos resbaladizos atacando el clítoris aplastado contra la base de su polla cada vez que chocaban. El roce era brutal, eléctrico, demasiado.

—Así… joder, Nikolai… tan gorda… me estás abriendo otra vez… —balbuceaba ella, voz rota, uñas clavadas en su espalda sudada—. Cinco… me voy… me parto…

El cinco la destrozó. El coño se le cerró en un puño alrededor de él, ordeñándolo, y un gemido largo y animal le salió de la garganta mientras las caderas le sacudían solas. Nikolai no aflojó. La folló a través de las contracciones, más duro, más hondo, sudor cayéndole del pecho sobre los pechos de ella. Gwen seguía frotándose el clítoris sin piedad, el placer volviendo afilado en segundos.

—Seis —gruñó él contra su cuello, mordiéndole la piel—. Dámelo. Ahora.

Ella obedeció. El sexto orgasmo fue más agudo, casi doloroso de lo sensible que estaba. Gritó su nombre y el número mientras el canal palpitaba sin control y más jugos le chorreaban por el culo. Las piernas se le enredaron en su cintura, tacones todavía puestos rayándole la espalda. Él aceleró, embestidas cortas y brutales que le machacaban el fondo.

—Séptima condición de esta ronda —jadeó él, sin sacar la polla—. Te voy a llenar. Y mientras me corro dentro vas a seguir tocándote. Quiero sentirte correrte otra vez alrededor de mi leche. El siete. Y después el ocho si hace falta. No paras hasta que yo diga que la noche se acabó.

Gwen asintió con la boca abierta, babas en la comisura, los ojos vidriosos de placer. Él embistió tres veces más, profundas, brutales, y se enterró hasta las bolas con un gruñido gutural. La polla latió fuerte dentro de ella; chorros calientes y espesos la llenaron a pulsos, empujando hacia fuera lo que ya había y mezclándose con su squirt. Gwen lo sintió todo: el calor, el volumen, la forma en que su coño lo ordeñaba. Sus dedos no pararon. Frotó el clítoris con círculos salvajes mientras él se vaciaba y el séptimo orgasmo la alcanzó enseguida. Gritó «¡siete!» ahogada, el cuerpo entero en espasmos, el coño contrayéndose alrededor de la polla que aún latía y escupía leche dentro.

Nikolai siguió empujando despacio, sellando cada gota, todavía semi-duro. Ella no dejó de tocarse. El octavo llegó más suave pero más largo, una ola pesada que la hizo llorar de verdad mientras gemía sin sentido y el semen le resbalaba ya por el culo en hilos blancos y viscosos. Solo entonces él le agarró la muñeca y le apartó la mano con suavidad.

—Basta —susurró contra su boca, besándola lenta y profunda, lengua saboreando la sal de su piel—. La noche se acabó. Cumpliste todas.

Se quedó dentro un momento más, la polla ablandándose poco a poco mientras ambos jadeaban. El aire acondicionado enfriaba el sudor que les unía los vientres. Gwen sentía el latido lento de él contra sus paredes sensibles, el semen caliente rezumando, el clítoris todavía palpitando con ecos de los últimos orgasmos. El cuerpo le pesaba delicioso, agotado, cada músculo flojo y satisfecho. Ya no pensaba en la ruleta ni en el dinero. Solo en cómo su coño se había rendido y descubierto bajo esas condiciones, en cómo había aprendido a corrérsele el alma con los dedos y con su polla y con su voz.

Nikolai se retiró al fin con un sonido húmedo. El coño de ella quedó abierto, rojo, goteando la mezcla espesa sobre las sábanas destrozadas. Él se dejó caer a su lado, un brazo pesado sobre su cintura, la respiración todavía entrecortada. Gwen giró la cara hacia él, labios hinchados, sonrisa cansada y sincera.

—He ganado perdiendo —murmuró ella, voz ronca.

Él solo asintió, los ojos grises aún oscuros de deseo residual, y la atrajo un poco más contra su pecho sudado. La suite olía a sexo crudo y a whisky viejo. Afuera el sol de Las Vegas empezaba a teñir las cortinas de naranja pálido, pero dentro solo quedaba el silencio pesado de dos cuerpos vaciados, el último temblor en los muslos de ella y la certeza de que aquella última apuesta los había dejado exactamente donde querían estar: rotos, llenos y quietos en el resplandor medio del afterglow.

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