Caught Skinny Dipping With His Stepmom

Javier descubre a su madrastra Laura desnuda en la piscina y la tensión prohibida los arrastra al desastre.

7 min read September 01, 2026New

La casa de campo olía a jazmín y a cloro diluido cuando Javier aparcó el coche sin hacer ruido. Veinte y dos años, la piel todavía caliente del viaje desde la universidad, y un cansancio que se le evaporó en cuanto vio la luz azulada de la piscina privada al fondo del jardín. Había vuelto un día antes de lo previsto. Nadie lo esperaba. Arriba, en el dormitorio principal, su padre roncaba con la ventana entreabierta; lo sabía porque el mismo ronquido sordo se filtraba hasta la terraza.

Bajó la maleta al porche y caminó descalzo por la hierba. Entonces la vio.

Laura.

Cuarenta y un años, el cuerpo de su madrastra recortado contra el agua iluminada, completamente desnuda. Nadaba despacio, de espaldas, los pechos pesados y firmes flotando, los pezones oscuros contraídos por el frescor de la noche. El agua le resbalaba por la curva de la cintura, por el triángulo afeitado del pubis, por los muslos gruesos y suaves que Javier había mirado demasiadas veces en traje de baño y ahora veía sin nada. El pelo húmedo le pegaba al cuello. Cuando giró la cabeza y lo descubrió allí, quieto entre las sombras, no gritó. Solo se quedó flotando, mirándolo, y una sonrisa culpable, casi traviesa, le curvó la boca.

—Javier… —susurró—. Qué haces aquí.

Él tragó saliva. La polla ya se le endurecía dentro del pantalón corto solo de verla así, mojada, disponible, prohibida. Sabían los dos que cualquier ruido más alto, cualquier grito, cualquier puerta que se abriera arriba, podía destrozar el matrimonio de su padre. Y aun así ni uno ni otro apartó la mirada.

—Llegué antes —contestó él, la voz baja, ronca—. No quise despertaros.

Laura no se cubrió. Se acercó nadando hasta el borde más cercano a él, apoyó los antebrazos en el pretil de piedra y dejó que el agua le lamiara los pechos. Le sostuvo la mirada con esa mezcla de vergüenza y hambre que Javier había sentido en el aire de la casa durante años: miradas demasiado largas en la cocina, manos que se rozaban al pasar el salero, el perfume de ella impregnando la toalla que él usaba a escondidas.

—Tu padre duerme como un tronco —dijo ella, casi sin voz—. Baja. El agua está tibia.

No era una orden. Era una invitación cargada de años de atracción reprimida. Javier sintió el corazón golpearle las costillas. Se quitó la camiseta despacio, bajo la mirada hambrienta de ella. Después el pantalón. Los boxers. Su polla saltó libre, ya dura, gruesa, la cabeza brillante. Laura no disimuló el trago de saliva ni la forma en que se le entreabrieron los labios.

Entró en el agua. El calor lo envolvió. Flotaron cerca, sin tocarse del todo al principio, solo el roce “accidental” de una rodilla contra un muslo, de una mano que buscaba el borde y encontraba la cadera ajena. El silencio de la noche pesaba. Arriba, el ronquido distante.

—Esto es una locura —susurró Javier, tan cerca que el aliento le rozó la mejilla mojada—. Si se despierta…

—Lo sé —contestó Laura. Su mano rozó el vientre de él bajo el agua, “sin querer”, y luego se quedó ahí, dedos abiertos sobre la piel caliente—. Llevo años fantaseando con esto. Con mi hijastro. Con esa polla que se te marca cuando me miras en la cocina. Esas noches en las que me tocaba pensando en ti mientras tu padre roncaba al lado. Está completamente prohibido. Y por eso no puedo parar.

La confesión le recorrió la espina dorsal a Javier como una descarga. Su polla, ya rígida, rozó el muslo interno de Laura. Ella soltó un gemido bajo, casi un quejido, y en vez de apartarse empujó la cadera hacia delante. La cabeza del pene se deslizó contra el pliegue de su coño mojado, solo un segundo, suficiente para que ambos temblaran.

—Laura…

Ella ya no tenía control. La mano le bajó, le envolvió la verga dura bajo el agua y empezó a masturbarlo con movimientos expertos, lentos al principio, apretando justo debajo del glande, subiendo y bajando con el pulgar extendido sobre la vena gruesa. Javier soltó un jadeo contra su boca. Se besaron. Lengua hambrienta, dientes, saliva mezclada con el sabor a cloro. Ella lo apretaba más fuerte, el agua chapoteaba suave entre sus cuerpos, y él le agarró un pecho, pesado, el pezón duro entre los dedos, lo pellizcó hasta arrancarle un gemido ahogado que los dos contuvieron al instante, mirando hacia arriba por reflejo.

—Silencio —ordenó ella contra sus labios, aunque la voz le temblaba de excitación—. Si haces ruido nos descubrirá.

Siguieron besándose mientras ella le bombeaba la polla con la mano diestra, a veces rozándole los huevos hinchados, a veces apretando la base para que no se corriera demasiado pronto. Javier le metió dos dedos entre las piernas, encontró el clítoris hinchado y lo frotó en círculos. Laura abrió más las piernas bajo el agua, se empaló contra sus dedos, y el coño se le cerró alrededor con una contracción caliente.

No aguantaron más en la piscina. Salieron salpicando lo mínimo posible. Laura se arrodilló en el borde de piedra, el culo en el aire, la espalda arqueada, y se llevó la polla de Javier a la boca sin preámbulos. Lo chupó con glotonería profunda, tragando hasta el fondo, la garganta abriéndose alrededor del glande, la nariz aplastada contra el vello púbico. Babas le resbalaban por la barbilla. Javier le agarró el pelo mojado y embistió despacio, sintiendo cómo la lengua le recorría la cara inferior del pene cada vez que ella se retiraba. El calor de esa boca, el hecho de que fuera la boca de su madrastra, el riesgo de que cualquier ruido despertara al hombre que dormía arriba… todo se le concentró en la entrepierna.

—Joder, Laura… te la comes entera —jadeó él—. Mi madrastra chupándome la polla como una puta…

Ella gimió alrededor de su carne, el sonido vibrándole en los huevos, y se la metió más hondo aún, hasta que las lágrimas le brotaron de los ojos por el reflejo. Escupió, volvió a bajar, usó la mano para torcer y apretar la base mientras la lengua le daba vueltas a la cabeza. Javier tuvo que morderse el labio para no gemir alto.

Cuando ya no pudo más sin correrme, la levantó, la giró y la puso a cuatro patas sobre la tumbona de lona gruesa que había junto a la piscina. El metal crujió suavemente. Laura abrió las piernas, el culo alto, el coño hinchado y chorreante a la luz azul. Javier se arrodilló detrás, le abrió los labios con los pulgares y la embistió de un solo golpe hasta el fondo. Ella ahogó un grito contra el brazo.

—Más fuerte —suplicó en un susurro roto—. Fóllame como si no fueras mi hijastro. Rómpeme.

Empezó a follarla con embestidas brutales, el sonido húmedo de la carne chocando contra la carne, las bolas golpeándole el clítoris. Le tiró del pelo con una mano, le arqueó el cuello hacia atrás, y con la otra le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja al instante. Laura empujó el culo hacia atrás al ritmo, pidiendo más sin voz, solo con gemidos ahogados y el coño contrayéndose alrededor de la polla gruesa que la llenaba.

Alternó. Sacó la verga chorreante de jugos, la apoyó contra el agujero más estrecho del culo y empujó despacio, spit y lubricación natural abriéndola centímetro a centímetro. Laura tembló entera, una mano entre sus propias piernas frotándose el clítoris con desesperación mientras él le clavaba la polla en el culo hasta que los huevos le tocaron la piel. Folló ese agujero apretado con embestidas cortas y profundas, después volvió al coño, después otra vez al culo, marcando el ritmo de animal en celo, nalgadas fuertes cada pocas estocadas, tirones de pelo que le hacían arquearse y ofrecerse más.

—Está tan prohibido… —jadeó ella, la cara contra la tumbona, los ojos vidriosos—. Tu padre arriba… y tú reventándome el culo y el coño como si fuera tu puta. No pares. Te lo he imaginado mil noches.

Javier se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro, le agarró los pechos colgantes y la folló más rápido, alternando agujeros hasta que los dos estuvieron al borde. Cuando sintió que ella se corría —el coño espasmódico, el culo apretándole la polla en un anillo imposible— se dejó ir también. Se enterró hasta el fondo en su coño y se corrió con intensidad ciega, chorros calientes llenándola, pulsando una y otra vez mientras ella apretaba alrededor de él para ordeñarlo entero. El semen le resbaló por los muslos cuando se retiró un poco; él lo empujó de nuevo dentro con la cabeza del pene, como si quisiera que se quedara allí.

Se quedaron jadeando, pegados, el oído atento a cualquier ruido de la casa. Solo el ronquido lejano y el chapoteo suave del agua contra el borde. Laura se giró despacio, lo miró con los labios hinchados y una sonrisa sucia, satisfecha y todavía hambrienta. Le limpió una gota de semen de la punta con el dedo y se la metió en la boca.

—Mañana —susurró, la voz ya calculando— tu padre se va temprano a la ciudad por lo del notario. Estará fuera hasta la noche. Yo voy a dejar la puerta del baño de la suite entreabierta a las once. Quiero que me folles otra vez contra el espejo, mirándome a los ojos mientras me llenas. Y si sobra tiempo… te voy a chupar los huevos hasta que me pidas por favor que te deje correrte en la cara.

Javier, todavía con la polla medio dura y el corazón desbocado, asintió. Ya estaba armando el plan en la cabeza: cómo bajar sin hacer crujir la escalera, cómo taparle la boca con la mano si gemía demasiado alto, cómo dejarla temblando y marcada para que, cuando su padre volviera, ella tuviera que sonreírle como si nada mientras el semen de su hijastro todavía le resbalaba por dentro.

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