Confesión Nocturna en la Masa

La madrastra de Delphine confiesa a su hijastro Trent que le pone cachonda lo prohibido y terminan follando como animales toda la noche.

18 min read August 26, 2026New

La casa familiar olía aún a la cena tardía: residual de vino tinto, ajo y el perfume pesado de Delphine. Callum, el marido, llevaba ya tres días de viaje y no volvería hasta el fin de semana. En el salón, la luz de la lámpara de pie dibujaba sombras largas sobre el sofá de cuero. Trent, de veinticuatro años, intentaba concentrarse en la tele, pero su mirada traicionera volvía una y otra vez hacia ella.

Delphine tenía cuarenta y dos años y un cuerpo voluptuoso que no hacía ningún esfuerzo por disimular. Aquella noche llevaba solo una bata de seda negra semiabierta, el cinturón flojo. Cada vez que se inclinaba a recoger una copa vacía, las tetas pesadas se escapaban un poco más, pezones oscuros y ya duros rozando la tela. Trent se había corrido mil veces fantaseando con ese culo redondo, con esas tetas que rebotaban cuando ella subía las escaleras. Ella lo sabía. Lo había pillado al menos media docena de veces: la mirada fija en la curva de su culo cuando se agachaba al lavavajillas, la erección tentando el chándal cuando ella se estiraba y la bata se abría.

—No digas nada todavía —susurró Delphine, acercándose descalza. Se sentó a su lado en el sofá, tan cerca que la manga de la bata rozó el brazo de él—. Sé exactamente lo que miras, Trent. Sé lo que te pone duro. El hijo de mi marido, deseándome como un puto animal. Y a mí… a mí me pone cachonda de una forma que no debería.

Trent tragó saliva. El corazón le martilleaba.

—Delphine… mamá… joder, no deberíamos—

Ella se rio bajito, un sonido sucio y bajo. Acercó los labios a su oreja. El aliento caliente le erizó la nuca.

—Quiero que me llames mamá mientras me tocas. Exactamente así. Dilo. Dilo mientras metes la mano donde ya estás mirando.

La bata se abrió del todo. Las tetas grandes y pesadas quedaron al aire, pezones erectos, oscuros, pidiendo boca. Trent temblaba de culpa y de una lujuria que le quemaba las venas. Levantó una mano insegura y la posó en el muslo interior de ella. La piel estaba caliente, suave. Subió más. Delphine abrió las piernas sin pudor. No llevaba bragas. Los dedos de Trent encontraron el coño hinchado, empapado, los labios resbaladizos de jugos.

—Hostia… estás chorreando…

—Por ti —jadeó ella—. Porque es prohibido. Porque eres el hijo de Callum y yo debería ser solo tu madrastra de mentira. Porque si él se enterara nos destroza. Y eso me hace mojar como una puta en celo. Tócame. Mételos.

Trent no pudo parar. Dos dedos se hundieron de golpe en ese coño caliente y apretado. Delphine arqueó la espalda y gimió contra su cuello. Él empezó a besarla allí, chupando la piel, lamiendo el salado de su perfume mientras los dedos se movían dentro, mojándose hasta el nudillo. Ella le agarró la muñeca y lo guió más profundo, frotándose el clítoris hinchado contra la palma.

—Dime que te pone de polla dura follarte a la mujer de tu padre —exigió ella en un susurro ronco—. Dímelo.

—Me pone enfermo de ganas —confesó Trent, la voz rota—. Cada noche me la casco pensando en metértela entera, en correrme dentro de mi madrastra… en que me llames hijo de puta mientras te abro el culo.

Delphine se corrió un poco solo con las palabras; él lo sintió en los dedos, el coño contrayéndose en espasmos cortos. Ella se soltó de golpe, se arrodilló entre sus piernas y le bajó el chándal de un tirón. La polla de Trent saltó libre, gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Delphine no perdió tiempo. Se la metió entera hasta la garganta de un solo movimiento, ahogándose a propósito, babas corriendo por las bolas mientras lo miraba a los ojos.

—Mmmh… mamá quiere que te corras en su garganta —gorgoteó alrededor de la polla, la voz vibrando contra el glande—. Úsame. Fóllame la boca como la puta que soy por desearte.

Trent agarró el pelo oscuro de ella y empujó. La polla desaparecía y reaparecía brillante de saliva. Delphine no se retiraba ni cuando le lloraban los ojos; tragaba, chupaba, lamía las bolas y volvía a engullir hasta que la nariz le rozaba el vello púbico. Él estaba al borde.

—No… no todavía —jadeó ella, soltándose con un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta—. Quiero sentirte dentro.

Se subió a horcajadas sobre él en el sofá. Con una mano le alineó la polla y se sentó de un golpe, el coño tragándosela hasta el fondo. Ambos gritaron. Las tetas de Delphine rebotaban salvajemente con cada cabalgada; Trent las agarró, las apretó, chupó un pezón hasta dejarlo morado mientras ella se movía arriba y abajo como una poseída.

—Azótame —exigió—. Dale a este culo. Llámame puta. Di que soy la puta de mi hijastro.

La mano de Trent cayó fuerte sobre un glúteo. El sonido húmedo llenó el salón. Otra vez. Y otra. La carne temblaba. Delphine gemía más alto cada vez, el coño apretándose alrededor de la polla como un puño mojado.

—Puta… mi puta de madrastra… te estoy follando el coño que le pertenece a mi padre—

—Más fuerte —rogó ella—. Destroza a mamá.

Se corrieron casi juntos la primera vez: ella contrayéndose en oleadas, él disparando chorros calientes dentro, tan profundo que sentía el semen resbalar cuando ella seguía moviéndose. Pero no pararon. Delphine lo sacó aún medio duro, lo llevó a la habitación de matrimonio —la cama grande donde dormía con Callum— y se puso a cuatro patas en el centro del colchón, el culo en alto, el coño goteando mezcla de jugos y corrida.

—Métela otra vez. Y después el culo. Quiero que me uses los dos agujeros esta noche.

Trent se arrodilló detrás, la agarró de las caderas y se la volvió a clavar en el coño con embestidas brutales. El slap-slap de carne contra carne era obsceno. Delphine empujaba hacia atrás, pidiendo más. Cuando él sacó la polla, brillante y gorda, ella misma se separó las nalgas.

—Ahí. Despacio al principio… joder, sí—

La cabeza empujó el esfínter apretado. Delphine jadeó, se relajó a propósito, y la polla se hundió centímetro a centímetro hasta que las bolas le golpearon. Trent se quedó quieto un segundo, sintiendo el culo de su madrastra palpitando alrededor de él, más estrecho, más prohibido todavía. Luego empezó a follárselo de verdad: embestidas largas y profundas, las manos marcándole moretones en la cintura, los pechos de ella colgando y balanceándose con cada embestida.

—Mamá… tu culo me está ordeñando la polla… me voy a correr otra vez—

—Dentro —gruñó Delphine—. Lléname el culo. Quiero sentir a mi hijastro corrérseme en las tripas.

Él aceleró, salvaje, animal. Delphine se metió dos dedos en el clítoris y se restregó con furia. El orgasmo la golpeó primero: un grito largo, el culo contrayéndose en espasmos que casi duelen, las piernas temblando. Trent no aguantó. Se enterró hasta el fondo y se corrió a chorros dentro de ese culo caliente, gemidos guturales, las caderas sacudiéndose hasta vaciarse por completo.

Se derrumbaron juntos sobre las sábanas revueltas. Sudorosos, jadeando, el olor a sexo espeso en el aire. Delphine se acurrucó contra el pecho de Trent, una pierna echada sobre la suya, la corrida de él resbalándole todavía entre los muslos y del culo. Pasó un dedo lento por el pezón de él, todavía sensible.

—Esto no se queda aquí —susurró contra su piel, la voz ronca de tanto gritar—. Callum no vuelve hasta el domingo. Tenemos noches enteras. Y yo aún no te he hecho todo lo que he fantaseado mientras te miraba a escondidas…

Se quedaron enredados un rato en la cama de matrimonio, el colchón hundido bajo el peso de los dos, las sábanas ya hechas un asco de sudor y semen. Delphine no aflojó. El dedo que le rozaba el pezón a Trent bajó por el pecho, el abdomen, y cerró los dedos alrededor de la polla todavía medio hinchada, resbaladiza de su propia corrida y de los jugos de ella. La acarició con lentitud obscena, sintiendo cómo volvía a engordar entre su mano.

—Mira lo que le haces a mamá —murmuró contra su cuello—. Acabas de llenarme el culo y ya te la estoy poniendo otra vez dura. Eres un animal. El animal de tu madrastra.

Trent soltó un jadeo cuando ella le apretó más fuerte, el pulgar untándole el glande con la mezcla espesa que le goteaba aún de entre las nalgas. El olor a sexo era denso, a coño abierto, a culo follado, a la colonia barata de Callum que todavía flotaba en las almohadas. Eso lo ponía peor. Estaban en la cama del marido. En las sábanas donde Delphine se corría con el padre. Y ahora el hijo la tenía abierta y usada.

—Levántate —ordenó ella de pronto, la voz ronca—. Quiero que me mires mientras me lo como otra vez.

Se deslizó hasta el borde de la cama y se arrodilló en la alfombra. Trent se sentó con las piernas abiertas. La polla le latía, gruesa, brillante de restos. Delphine no la lamió con delicadeza: se la embutió de un golpe hasta atragantarse, la nariz aplastada contra el vello, tragando el sabor a semen y a su propio culo. Las babas le corrían por la barbilla. Miraba hacia arriba, ojos brillantes, mientras se follaba la garganta con la polla del hijastro.

—Joder, mamá… —gruñó Trent, enredándole los dedos en el pelo oscuro—. Te la estás metiendo hasta los huevos. Pareces una puta de puticlub.

Ella se retiró solo lo suficiente para hablar, un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta morada.

—Lo soy. La puta de mi hijastro. La que se corre cuando piensa en que le estás follando el agujero que le pertenece a tu padre. Chúpame las tetas mientras te la chupo. Hazlo.

Trent se inclinó, le agarró un pecho pesado y se llevó el pezón a la boca, chupando fuerte, mordiendo justo al borde del dolor. Delphine gimió alrededor de la polla y volvió a engullirla. La mano libre de él bajó y le metió dos dedos en el coño sin aviso. Estaba empapado, abierto, resbaladizo de corridas anteriores. Los dedos entraron fáciles. Ella se empujó contra ellos mientras se ahogaba con la polla.

Cuando ya casi se corría otra vez en su garganta, Delphine se soltó con un jadeo sucio.

—No. En la cara. Quiero que me corras en la cara y después me lamas limpia. Quiero saborearte mientras me comes el coño.

Trent la agarró de las mejillas, se puso de pie y se la empezó a cascar a mano delante de su boca abierta. Delphine sacó la lengua, ojos fijos en los de él, pechos colgando. El primer chorro le pegó en la mejilla. El segundo en la lengua y el labio superior. El tercero le cruzó la frente y le goteó por una ceja. Ella se lo untó con los dedos, se lo metió en la boca, lo tragó con un sonido obsceno y se lo extendió por los pezones duros.

—Ahora lámelo —ordenó, tumbándose de espaldas en la cama, las piernas abiertas del todo, el coño rojo e hinchado, el culo todavía entreabierto y goteando semen blanco—. Lámeme la cara y después bájamelo todo hasta el coño. Quiero que tragues lo que te has corrido en tu madrastra.

Trent se le echó encima. La lengua le recorrió la mejilla salada, la frente, los labios hinchados. Besó la boca de ella y ella le devolvió el semen con la lengua, mezclándolo. Bajó por el cuello, por el valle entre las tetas, lamiendo los pezones untados, chupándolos hasta dejarlos brillantes. Cuando llegó al vientre, Delphine le abrió más las piernas con las manos.

—Ahí. Come. Come el coño que le has llenado de leche a tu padre en la cabeza mil veces. Y no pares hasta que me corra en tu boca.

Se la comió como un desesperado. Lengua plana en el clítoris hinchado, dos dedos otra vez dentro del coño, el pulgar empujando el esfínter aún suelto y grasiento de la corrida anterior. Delphine se arqueó, le agarró la cabeza y se frotó la cara contra la boca de él sin vergüenza.

—Así… joder, así, hijo de puta… lámelo más fuerte… dile a mamá que le sabes el coño a semen de hijastro—

Trent gruñó contra la carne mojada:

—Te sabes a puta follada. A madrastra que se deja reventar el culo por la polla de su hijastro. Me estás empapando la cara, Delphine. Me estás chorreando encima.

Ella se corrió con las piernas temblando alrededor de su cabeza, el coño palpitándole contra la lengua, un grito ahogado contra el dorso de la mano. Trent no se detuvo: siguió lamiendo, tragando, empujando los dedos hasta que ella lo empujó lejos con un gemido ahogado de hipersensibilidad.

—Suficiente… joder… ven aquí.

Lo tiró encima de ella. La polla de Trent ya estaba otra vez dura, gorda, pegajosa. Delphine la guió al coño y él se la clavó de un solo embate profundo. El sonido húmedo llenó la habitación. Empezó a follársela con embestidas largas y brutales, la cama golpeando la pared, el cabecero de madera crujiendo. Las tetas de Delphine rebotaban con cada golpe. Él se las agarró, las apretó juntas, le escupió entre ellas y se las folló un segundo con la mirada antes de volver a clavársela hasta el fondo.

—Dime que esto es de Callum —exigió ella entre embestidas—. Dime que le estás follando a tu padre la mujer en su propia cama.

—Te estoy follando el coño de mi padre —escupió Trent, sudor goteándole de la frente a los pechos de ella—. Te estoy abriendo como una zorra en la cama donde te corre él. Y te va a doler caminar mañana y vas a tener que sonreírle cuando vuelva sabiendo que te llené el culo y el coño yo.

—Más… azótame las tetas… márCame—

La mano de Trent cayó abierta sobre un pecho. La carne tembló. Otra vez. Delphine gritó de gusto, el coño apretándosele alrededor de la polla como si quisiera ordeñársela. Él la sacó de golpe, la volteó a cuatro patas otra vez y se la volvió a clavar desde atrás, más hondo, las bolas golpeándole el clítoris.

—El culo otra vez —suplicó ella, mirándolo por encima del hombro, el pelo pegado a la cara sudada—. Métela en el culo ahora. Quiero los dos agujeros otra vez. Quiero que me dejes hecha una mierda antes de que amanezca.

Trent sacó la polla del coño, la apoyó en el esfínter todavía blando y empujó. Entró de un tajo. Delphine soltó un alarido gutural y empujó el culo hacia atrás hasta que las caderas de él chocaron contra las suyas. Él se la folló el culo sin piedad: embestidas cortas y profundas, una mano en la nuca aplastándole la cara contra la almohada de Callum, la otra azotándole un glúteo hasta dejarlo rojo marcado.

—Tócate —ordenó—. Quiero que te corras con mi polla enterrada en el culo de mamá.

Delphine metió la mano entre sus piernas y se frotó el clítoris con furia. El orgasmo le llegó torcido, violento, el culo contrayéndose en espasmos que le arrancaron a Trent un gemido animal. Él no se detuvo. Siguió embistiendo a través de las contracciones hasta que sintió las bolas subírsele.

—¿Dónde? —jadeó.

—Fuera… en la espalda… márCame como tuya—

Sacó la polla en el último segundo y se corrió a chorros gruesos sobre la espalda de Delphine, la raya de la columna, el culo abierto, incluso salpicándole el pelo. Ella se quedó temblando a cuatro patas, la corrida resbalándole por los costados hacia las tetas colgantes. Trent se la untó con la palma, se la metió entre las nalgas, se la empujó otra vez un poco dentro del culo con los dedos.

Se derrumbaron de lado. El reloj de la mesilla marcaba casi las cuatro. Fuera aún era de noche. Delphine se rio bajito, un sonido ronco y satisfecho, y se giró lo suficiente para morderle el hombro a Trent.

—Aún no has visto nada —susurró—. Mañana por la mañana te quiero en la ducha de él. Quiero que me folles contra el cristal mientras me haces confesar en voz alta cada fantasía que he tenido contigo desde que te viniste a vivir aquí. Y después… después vamos a bajar a la cocina y te voy a chupar la polla de rodillas en el sitio exacto donde Callum desayuna. Quiero que me dejes la cara hecha un desastre de leche justo antes de que llegue el domingo.

Trent la miró, la polla ya recobrando un latido traicionero solo de oírla. Delphine le pasó la lengua por el pezón y le sonrió con la boca hinchada, manchada.

—Toda la noche, hijastro. Mamá aún no ha terminado contigo. Y cuando amanezca… vamos a manchar cada habitación de esta puta casa.

Delphine no lo soltó. Con la lengua todavía pegada a su pezón, tiró de la polla de Trent hasta ponerlo de pie y lo arrastró hacia el baño de la suite matrimonial. La luz del amanecer apenas filtraba por la ventana empañada. Ella abrió la ducha de Callum, el agua caliente golpeando el cristal, y se metió debajo sin soltarle la verga. El chorro le empapó el pelo, le corrió por las tetas pesadas, le lavó a medias el semen seco de la espalda y las nalgas.

—Confiesa —ordenó, de espaldas a él, las manos apoyadas en el cristal empañado—. Cada puta fantasía. Desde el día que te mudaste. Habla mientras me la clavas.

Trent la agarró de las caderas y se la empotró de un solo empujón en el coño hinchado. El agua hacía que todo sonara más sucio, el chapoteo de su carne contra la de ella. Empezó a embestir fuerte, las bolas mojadas golpeándole el clítoris.

—El primer mes… te veía salir de esta misma ducha con la toalla a medias. Me la cascaba en mi habitación pensando en entrarte por detrás sin que te dieras cuenta. Después… en la cocina, cuando te agachabas a coger algo del cajón bajo y se te veía el culo. Me imaginaba bajarte las bragas y follarte ahí mismo, con el olor a café de mi padre todavía en el aire. Joder, Delphine… mamá… soñaba con correrme dentro y que te sentaras a desayunar con él con mi leche resbalándote por el muslo.

Ella gimió, empujando el culo hacia atrás para tragarlo más hondo. El vapor los envolvía. Trent le agarró el pelo mojado y le dobló la cabeza hacia atrás, follándola más bruto, el cristal temblando con cada embestide.

—Más —exigió ella—. Las peores. Las que te daban vergüenza.

—Pensaba en ti de rodillas chupándome la polla debajo de la mesa mientras él veía el fútbol en el salón. En correrme en tu boca y que tragaras sin que él lo notara. En meterte los dedos en el culo mientras te besaba “buenas noches” delante de él. En que me llamaras hijo de puta y me rogaras que te abriera los dos agujeros la noche que él se fuera de viaje… exactamente como estamos ahora, mamá. Te estoy follando en su ducha. Tu coño me está ordeñando la polla con el agua de él cayéndonos encima.

Delphine se corrió con un grito ahogado contra el cristal, el coño contrayéndose en espasmos calientes que le arrancaron a Trent un gruñido. Él no paró. Sacó la polla, la apoyó en el esfínter todavía blando y se la hundió en el culo de un tajo. Ella gritó más alto, las uñas rayando el cristal.

—Así… joder, así… destroza el culo de mamá… confiesa más mientras me la metes entera—

—Quería dejarte marcada. Que cuando él te follara notara que estabas más suelta, más usada. Que te oliera a mí. Que te sintiera resbaladiza de mi corrida. Cada vez que te veía ponerle la mano en el hombro pensaba “esa mano se la va a cascar a tu hijo esta noche”. Eres mía ahora, puta. La puta de tu hijastro.

Se corrió dentro del culo de ella bajo el agua, embistiendo hasta vaciarse, las caderas sacudiéndose. Delphine se tocó el clítoris con furia y se corrió otra vez, el esfínter palpitándole alrededor de la polla todavía dura. Cuando él salió, el semen le bajó por el muslo mezclado con el agua. Ella se arrodilló allí mismo, en la bañera, y le chupó la polla limpia, lamiendo su propia mierda y la leche de él, tragando todo lo que goteaba.

Bajaron a la cocina sin secarse del todo, desnudos, dejando huellas mojadas por el pasillo. Delphine se arrodilló exactamente donde Callum se sentaba a desayunar, entre la silla y la mesa de madera. Agarró la polla de Trent, todavía grasienta, y se la metió en la boca hasta atragantarse. Él le sujetó la cabeza y se la folló la garganta con embestidas profundas, las bolas golpeándole la barbilla.

—Mírate —jadeó él—. De rodillas en el sitio de mi padre. Tragándote la polla que le pertenece a su hijo. Cuando vuelva va a comer aquí sin saber que te corrí en la cara justo encima de su plato.

Delphine gorgoteó alrededor de él, babas y restos de corrida anterior resbalándole por las tetas. Se la chupó con hambre de perra, mirándolo a los ojos, una mano metiéndose dos dedos en el coño y el pulgar en el culo. Trent no aguantó mucho. Se corrió a chorros en su boca abierta, en la lengua, en los labios hinchados, en las mejillas. Ella se lo untó por toda la cara, se lo metió entre las tetas, se lo lamió de los pezones y se lo tragó con un sonido obsceno.

—Queda más casa —susurró ella, la voz destrozada, poniéndose de pie con las piernas temblando—. El sofá del salón. La mesa del comedor. Tu antigua habitación. Quiero que me uses en cada puto rincón.

En el salón la tumbó de espaldas en el sofá de cuero donde había empezado todo. Le abrió las piernas hasta que le dolieron y se la clavó en el coño otra vez, embistiendo salvaje, el cuero chirriando. Le azotó las tetas hasta dejarlas rojas, le escupió en la boca y ella lo tragó. Cuando estaba a punto de corrérsele otra vez, la volteó y se la folló el culo de rodillas en el suelo, una mano en la nuca aplastándole la cara contra el cojín que olía todavía a la colonia de Callum.

—Dile —gruñó Trent—. Dile a la casa que eres mi puta.

—Soy la puta de mi hijastro —gritó ella—. Me está abriendo el culo en el sofá de mi marido… me está llenando de leche… joder, me corro… me corro con la polla de mi hijastro enterrada hasta las tripas—

Se corrió contrayéndose con violencia. Trent la sacó y se corrió en su espalda otra vez, untándoselo entre las nalgas, metiéndoselo un poco más con los dedos. Después la llevó al comedor, la subió a la mesa y se la comió el coño hasta que ella se orinó un poco de puro orgasmo, lamviendo todo, tragando. Luego se la folló allí mismo, las piernas al aire, hasta corrérsele dentro otra vez.

En su antigua habitación de adolescente la empujó contra el escritorio donde hacía los deberes años atrás. Se la cogió de pie, una pierna levantada, follándola el coño y el culo alternando, sin piedad, hasta que Delphine ya no podía ni hablar, solo gemir y babear. Se corrieron juntos una última vez brutal: él dentro del culo, ella gritando “hijo de puta, lléname”, el semen saliéndole a chorros cuando él sacó la polla.

Cayeron en la cama estrecha de él, destrozados, el sol ya alto. El cuerpo de Delphine era un mapa de moratones, marcas de manos, semen seco en pechos, cara, muslos, culo abierto y usado. Trent la miró, la polla dolorida y vacía por fin, y ella le sonrió con la boca rota.

No dijeron nada un rato. Solo respiraban el olor a sexo que ya impregnaba cada habitación de la casa. Delphine se arrastró hasta su pecho y le mordió el hombro suave.

—Cuando vuelva el domingo… voy a sentarme a cenar con él con tu leche todavía dentro —susurró—. Y tú vas a mirarme a los ojos sabiendo que esta noche te la he chupado hasta dejarte seco en cada rincón de su puta casa.

Trent la abrazó más fuerte, el corazón todavía desbocado. Sabían que no había vuelta atrás. Que cada habitación ahora olía a ellos. Que el sofá, la ducha, la mesa, la cama matrimonial… todo estaba manchado para siempre.

Y cuando Callum abriera la puerta el domingo, el aire de la casa todavía gritaría el nombre de su hijo.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged dirty-talk mommy-roleplay fingering taboo

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.