Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Nuestros Deseos Se Cruzan en el Jacuzzi

Laura, una abogada de 38 años, se folla salvajemente al instructor de buceo de 28 en el jacuzzi mientras su marido Carlos observa y se une al doble penetración

11 min read October 04, 2026New

El sol del Caribe aún teñía de naranja el horizonte cuando Carlos y Laura llegaron al bungalow del resort. Él, empresario de cuarenta y dos años, abría la puerta con la maleta en una mano y la otra en la cintura de su esposa. Laura, abogada voluptuosa de treinta y ocho, soltó un suspiro al ver el jacuzzi exterior frente a la playa privada, el vapor ya subiendo en espirales suaves.

—Aniversario merecido —murmuró Carlos contra su cuello, besándola—. Quiero que disfrutes sin límites.

Se cambiaron en minutos. Ella eligió un bikini negro que apenas contenía sus pechos pesados y redondos; él, un bañador corto. Cuando bajaron los tres escalones al agua caliente, el instructor de buceo ya estaba allí, revisando unos papeles que dejó a un lado en cuanto los vio.

Diego tenía veintiocho años, hombros anchos bronceados, abdomen marcado y una sonrisa fácil. Sus ojos oscuros se clavaron en Laura un segundo de más.

—Bienvenidos. Soy Diego, el instructor. Si quieren bucear mañana…

Laura se sentó frente a él, el agua lamiéndole las tetas. Carlos notó al instante el rubor que subía por el pecho de su mujer, la forma en que mordía el labio inferior mientras contestaba con voz más grave de lo normal.

—Seguro que nos apuntamos —dijo ella, mirándolo directo—. Aunque ahora mismo el jacuzzi ya se siente… profundo.

Carlos sintió el calor subirle a la entrepierna. Desde hacía meses fantaseaba con verla así: su Laura, la de trajes impecables y juicios ganados, coqueteando abiertamente con otro hombre. Observó cómo ella cruzaba las piernas y se inclinaba un poco, ofreciendo el escote. Diego no disimulaba. Sus pupilas se dilataron.

Trajeron una botella de vino tinto del minibar. Las copas tintinearon. La conversación pasó de los arrecifes a lo que a cada uno le gustaba “explorar”. Laura reía bajo, la pierna moviéndose bajo el agua hasta que su pie descalzo rozó la pantorrilla de Diego. El joven no se apartó; al contrario, deslizó su propia pierna hacia ella, dejando que el contacto se alargara.

Carlos se acercó más a su esposa, labios pegados a su oreja.

—Míralo cómo te mira, cariño. Quiero verte disfrutar. Quiero verte mojada por él. Tienes mi permiso… y mi polla dura solo de pensarlo.

Laura gimió bajito. El pie subió más, rozando ahora el muslo interno de Diego, la tela del bañador del instructor ya tensa. Diego soltó un “joder” apenas audible y le sostuvo la mirada.

—Tu marido… ¿está de acuerdo? —preguntó, voz ronca.

—Más que de acuerdo —respondió Laura, y se inclinó por encima del agua para besarlo.

El beso fue inmediato, hambriento. Lenguas chocando, dientes rozando labios. Carlos se corrió la mano por el bañador y se sacó la polla gruesa, acariciándola despacio mientras veía a su esposa comerse la boca del joven. El agua se agitaba. Laura se levantó a horcajadas sobre el regazo de Diego, el bikini corrido a un lado. Sintió la erección dura del instructor contra su coño ya empapado y se frotó sin pudor.

—Dentro —ordenó ella, jadeando—. Fóllame ya.

Diego bajó el bañador lo justo. Su polla gruesa y venosa entró de un empujón. Laura gritó, la cabeza echada atrás, pechos saltándole frente a la cara del muchacho. Empezó a cabalgarlo con fuerza, caderas golpeando el agua, coño apretándolo voraz. Besos torpes, salados, lengüetazos en el cuello. Carlos se acercó más, arrodillado en el borde interno, masturbándose a centímetros de ellos.

—Así, puta mía… móntalo como si no hubiera mañana —susurró Carlos, y Laura se giró hacia él, abriendo la boca.

Carlos le metió la polla entre los labios. Ella chupó con ganas, babas corriendo por la base, mientras Diego la follaba desde abajo con embestidas profundas. El chapoteo llenaba la noche. Laura gemía alrededor de la polla de su marido, saliva y vino mezclados en la lengua.

Diego la hizo girar. La puso de perrito contra el borde del jacuzzi, pechos aplastados sobre la piedra caliente, culo en alto. Entró de nuevo por detrás, rudo, y Laura gritó de placer. Carlos se puso delante; ella le volvió a tragar la polla hasta la garganta mientras el instructor la embestía sin piedad. Cada embestida empujaba su boca más abajo.

—Los dos… los dos a la vez —pidió Laura, voz rota de lujuria cuando sacó la boca un segundo—. Quiero sentirlos los dos dentro. Por favor.

Diego sacó la polla, la untó con saliva y saliva del agua y con el jugo que le chorreaba del coño. Empujó despacio el glande contra el culo apretado de Laura. Ella jadeó, empujando hacia atrás, aceptando centímetro a centímetro hasta que la polla del joven quedó enterrada en su culo. Carlos se colocó debajo, sentado en el asiento sumergido, y Laura se bajó sobre él, guiando la polla gruesa de su marido dentro de su coño. El doble llenado la hizo temblar entera.

—Joder, qué apretada… —gruñó Diego, empezando a moverse.

Carlos empujaba desde abajo. Los dos ritmos se encontraron, follándola a la vez, pollas rozándose a través de la fina pared. Laura gritaba sin control, “sí, así, usadme”, pechos rebotando, el agua salpicando fuera del jacuzzi. Se sentía dominada, usada, y lo quería todo. Carlos le pellizcaba los pezones; Diego le agarraba las caderas con fuerza de instructor acostumbrado a controlar.

El orgasmo de Laura llegó como una ola. El coño y el culo se contrajeron a la vez alrededor de las dos pollas y ella gritó el nombre de ambos —“¡Carlos! ¡Diego!”— mientras se corría a chorros, el cuerpo sacudido. Diego no aguantó: se enterró hasta el fondo del culo y se corrió a chorros calientes, llenándola. Carlos sintió las pulsaciones del otro hombre a través de ella y se vino también, inundando el coño de su esposa con chorros densos.

Diego se retiró despacio, semen blanco escurriendo del culo rosado de Laura. Carlos la levantó con posesión renovada, la tumbó de espaldas sobre el borde todavía dentro del agua tibia y la folló de nuevo, embestidas profundas y celosas, mirándola a los ojos.

—Mírate… llena del semen de otro, mi puta hermosa. Se te ve tan jodidamente bien así. ¿Te gusta, eh? ¿Te gusta que te hayan abierto los dos?

Laura solo podía gemir y asentir, las piernas abiertas alrededor de la cintura de su marido. Otro orgasmo la atravesó, más largo, gritando otra vez los dos nombres mientras el coño le exprimía la polla a Carlos. Él se corrió otra vez dentro, más lento, más profundo, susurrándole al oído lo perfecta que se veía destrozada y feliz.

Cuando se detuvo, Laura quedó temblando entre los brazos de ambos hombres, el semen de los dos resbalándole por muslos y culo, el pecho subiendo y bajando. Diego se pasó una mano por el pelo mojado, todavía duro, y miró a Carlos con una pregunta muda y caliente en los ojos. Laura, con la voz ronca de tanto gritar, acarició el pecho de su marido y luego el de Diego.

—No… no hemos terminado —susurró ella, sonrisa perezosa y voraz—. Hay toda una noche y un bungalow entero. Quiero más. Quiero que me lleven dentro y me follen hasta que no pueda caminar mañana.

Carlos le besó la frente sudorosa, la polla ya recuperándose contra su muslo. Diego se acercó otra vez, labios rozando el hombro desnudo de Laura. El agua del jacuzzi seguía burbujeando alrededor de los tres cuerpos enredados, y la tensión, lejos de apagarse, solo crecía con cada respiración compartida bajo las estrellas del Caribe.

El vapor del jacuzzi aún se aferraba a su piel cuando Laura se incorporó, las piernas temblorosas y el semen de ambos hombres resbalándole por los muslos internos. Carlos la sostuvo por la cintura con una mano posesiva; Diego la ayudó a subir los escalones de piedra, su polla todavía semi-erecta rozándole el glúteo. El aire nocturno del Caribe les enfrió la piel mojada, pero el calor entre ellos no bajaba.

—Dentro —ordenó Laura con voz ronca—. Quiero la cama. Quiero que me abráis otra vez.

Carlos abrió la puerta del bungalow de una patada. El interior olía a madera tropical y a las flores frescas del resort. Encendió solo la lámpara baja del salón; la luz dorada bañó el cuerpo de su mujer: pechos pesados todavía marcados por las manos de Diego, el bikini negro hecho jirones a un lado, el coño hinchado y brillante de jugos y corridas. Diego cerró tras ellos y se quitó el bañador de un tirón. Su polla gruesa y venosa apuntaba hacia Laura, todavía con restos de ella en la base.

Laura se giró y lo agarró por la nuca, besándolo con lengua voraz mientras Carlos le bajaba lo que quedaba del bikini. Se arrodilló en la alfombra gruesa delante de los dos. Primero engulló la polla de Diego hasta la garganta, chupando con ruidos obscenos, saliva espesa corriendo por su barbilla. Luego cambió a la de Carlos, saboreando su propio sabor mezclado con el semen anterior. Los dos hombres gemían, manos en su pelo mojado.

—Mírala —dijo Carlos, voz baja y densa—. Mi abogada perfecta de rodillas, succionando pollas ajenas y mías como si fuera su trabajo. ¿Te gusta, puta? ¿Te gusta que te usemos?

Laura soltó la polla de su marido con un hilo de baba.

—Me encanta. Quiero que me destrocéis. Quiero que me llenéis otra vez hasta que gotee por el pasillo.

Carlos la levantó de un tirón y la llevó a la cama king-size frente a las ventanas abiertas al mar. La tumbó de espaldas, le abrió las piernas de par en par y se enterró de un solo empujón en su coño resbaladizo. Laura gritó, arqueándose. Diego se subió a la cama, se arrodilló junto a su cara y le metió la polla en la boca. Cada embestida de Carlos empujaba la cabeza de Laura hacia adelante, obligándola a tragar más profundo al instructor. El chapoteo húmedo del coño, los gemidos ahogados y el olor a sexo llenaban la habitación.

Carlos follaba con fuerza celosa, mirando cómo el pecho de su mujer rebotaba y cómo Diego se corría los dedos por sus pezones duros.

—Más duro —jadeó Laura alrededor de la polla—. Fóllame como si no fuera tuya… como si fuera solo la puta del resort.

Diego se retiró de su boca, se colocó entre sus pechos y se frotó la polla por el valle sudoroso mientras Carlos la embestía. Laura apretó las tetas alrededor del miembro del joven, lamiendo el glande cada vez que salía. Carlos sintió el orgasmo de su esposa llegar: el coño le milleteó, se contrajo y ella gritó el nombre de ambos otra vez mientras se mojaba a chorros sobre la polla de su marido.

No le dieron respiro. Carlos se salió, la volteó de bruces y le levantó las caderas. Diego se deslizó debajo, tendido de espaldas, y Laura se bajó sobre su polla, tragándosela entera en el coño. Carlos escupió sobre el culo rosado y abierto de su mujer, ya suelto y brillante del semen anterior, y empujó. El glande abrió el anillo apretado; Laura gimió largo y gutural mientras centímetro a centímetro la polla gruesa de su marido se hundía en su culo hasta las bolas.

—Joder… tan llena —susurró ella, temblando—. Los dos… otra vez los dos.

Empezaron a moverse. Diego empujaba hacia arriba, Carlos hacia adelante. Las dos pollas se rozaban a través de la delgada pared interna, estirándola, usándola. Laura se aferraba a las sábanas, el rostro contra el colchón, babeando. Cada embestida la hacía gritar. Carlos le agarraba el pelo y le tiraba la cabeza hacia atrás.

—Dile lo que eres —ordenó.

—Soy vuestra puta —jadeó Laura—. La puta casada que se deja follar el culo y el coño al mismo tiempo. Usadme. Llenadme. No paréis.

Diego le agarró las tetas desde abajo, pellizcando los pezones mientras le daba embestidas cortas y profundas. Carlos le daba al culo con ritmo brutal de empresario que por fin soltaba el control. El sonido carnal —piel contra piel, jugos chapoteando, gemidos rotos— se mezclaba con el ruido lejano de las olas. Laura llegó otra vez, el orgasmo tan violento que le hizo ver estrellas; el culo y el coño se cerraron como puños alrededor de las dos pollas y ella gritó hasta enronquecer.

Diego no aguantó. Se arqueó, se enterró hasta el fondo del coño y se corrió a chorros calientes, llenándola otra vez. Carlos sintió las pulsaciones del otro a través de ella y se vino segundos después, inundando el culo de su esposa con corridas densas y largas. Se quedaron enganchados un momento, respirando agitados, el semen ya escapándose alrededor de las bases.

Cuando se retiraron, Laura quedó boca abajo, las piernas abiertas, el culo y el coño destrozados y goteando blanco. Carlos se recostó a su lado y le acarició la espalda sudorosa. Diego se arrodilló entre sus piernas y empezó a lamer: lengua ancha limpiando el semen de ambos, chupando el coño hinchado, empujando la lengua en el culo abierto. Laura temblaba con cada lengüetazo, otro orgasmo menor sacudiéndola mientras Diego la comía sin prisa.

—Ven aquí —dijo ella, voz apenas un hilo, y guió a Diego hasta su boca. Lo besó con sabor a los tres, luego miró a Carlos—. Quiero que me veas tragarlo todo. Quiero que me veas pedirle más.

Se puso a cuatro patas otra vez. Diego se colocó detrás y le metió la polla gruesa de un golpe en el coño, follándola con embestidas rápidas y profundas mientras Carlos se arrodillaba delante y le metía la semi-erecta en la boca. Laura chupaba y gemía, empujando el culo hacia atrás para recibir cada embestida. El instructor le dio una palmada sonora en un glúteo, luego otra, marcándola.

—Más fuerte —pidió ella—. Dejadme marcas. Quiero recordar esto mañana en el juicio.

Carlos le agarró la cara con ambas manos y la folló la boca con lentitud obscena, mirando cómo Diego le abría el coño de nuevo. Laura llegó otra vez, el cuerpo sacudido, y Diego se corrió dentro por tercera vez, empujando profundo y quedándose allí mientras latía. Cuando se salió, el semen le cayó a chorros por los muslos. Carlos la tumbó de espaldas, se metió entre sus piernas y la folló despacio, mirándola a los ojos, besándola, susurrándole lo puta y perfecta que era mientras se corría una última vez dentro de ella, lento y posesivo.

Los tres cayeron enredados en las sábanas empapadas. El aire olía a sexo, a sal y a vino. Laura tenía el cuerpo marcado, los labios hinchados, el coño y el culo abiertos y goteando. Diego le acariciaba un pecho; Carlos le besaba el hombro.

Laura sonrió con pereza voraz, la voz ronca de tanto gritar, y miró a los dos hombres mientras el semen de ambos le resbalaba todavía por la piel.

—Mañana, después del buceo… ¿me lo volvéis a hacer los dos a la vez, pero esta vez en la playa privada, donde cualquiera podría vernos?

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged threesome double-penetration creampie doggy-style rimming

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.