Nieve y Deseo: Compartiendo la Cama del Lavandería
En la lavandería aislada por la nieve, el camionero Javier de 28 años y Mateo de 32 se follan duro toda la noche en la cama improvisada.
Nunca pensé que confesaría esto en voz alta, ni siquiera a mí mismo en la oscuridad de una cabina de camión, pero aquella noche en la lavandería de Mateo lo cambió todo. Yo soy Javier, veintiocho años, camionero de rutas largas que atraviesa estos pueblos de montaña tres veces al mes. Mateo tiene treinta y dos, es el dueño del local, un tipo de hombros anchos, barba corta y manos siempre manchadas de jabón y grasa de máquina. Nos cruzábamos desde hacía casi un año: él sacaba la basura o cargaba cajas mientras yo estacionaba el tráiler frente al bar de al lado. Nunca hablábamos más de un “buenas” o un comentario sobre el frío. Pero cada vez que lo veía, mi polla se ponía dura dentro del pantalón. Fantaseaba con él en la ducha del hostal, imaginando esas manos fuertes alrededor de mi verga, su boca abriéndose para chupármela hasta el fondo. No sabía que él hacía lo mismo.
La tormenta llegó de golpe aquella tarde de diciembre. El viento aullaba como un animal herido y la nieve caía tan densa que no se veían las luces del pueblo a veinte metros. Mi camión se quedó atascado a dos calles, las cadenas no daban abasto y el móvil no tenía señal. Empujé la puerta de la lavandería justo cuando Mateo iba a echar el cerrojo. Entró un torbellino de nieve y frío. Él me miró, seco el pelo con la toalla que llevaba al hombro y dijo:
—Entra, Javier. No vas a ninguna parte esta noche.
El local olía a detergente barato, a ropa húmeda y a la estufa de leña que crepitaba en la trastienda. Las lavadoras grandes estaban paradas; la luz amarilla temblaba. Me quité la cazadora empapada y vi cómo el agua goteaba sobre el suelo de baldosas. Mateo cerró con llave, bajó la persiana metálica y me guió al fondo. Allí, detrás de una cortina gruesa, tenía un pequeño cuarto de almacenaje convertido en refugio: un colchón grueso sobre palés, mantas gruesas, una mesita con una botella de vino tinto y dos vasos, y un radiador eléctrico que zumbaba débilmente.
—Solo hay esto —dijo, señalando la cama improvisada—. El sofá del frente está empapado por la gotera. Tendremos que compartir.
La tensión se instaló de inmediato. El espacio era estrecho. Podía oler su colonia barata mezclada con el sudor limpio de quien trabaja todo el día. Me quité las botas y los calcetines mojados; él hizo lo mismo. Nos miramos un segundo de más. Sus ojos oscuros bajaron a mi pecho cuando me desabroché la camisa empapada y la colgué junto a la suya sobre un tendedero improvisado. El frío me erizó los pezones. Él se quedó en camiseta blanca, pechos marcados, y yo en la mía, más delgada, pegada a la piel.
Nos sentamos en el borde del colchón con las piernas casi tocándose. Él descorchó la botella, calentó el vino en un cazo pequeño sobre la estufa y nos sirvió. El líquido ardía al bajar por la garganta. Bebimos en silencio un rato, escuchando el viento golpear el tejado. Entonces, en voz baja, como si confesara un pecado, dije:
—Mateo… cada vez que paso por el pueblo y te veo sacando las sábanas o cargando el carrito, me la pongo dura. Llevo meses jodiéndome la mano pensando en ti. En tu boca. En cómo te follaría contra una de esas lavadoras.
Él se quedó quieto. El vaso tembló un poco en su mano. Levantó la vista y su voz salió ronca, confesional también:
—Joder, Javier. Yo igual. Cuando aparcas ese puto camión y bajas con los vaqueros ajustados, me imagino agarrándote del cuello y metértela hasta que grites. En la ducha, en la cama, hasta en el puto mostrador. Llevo meses con la polla doliéndome cada vez que te veo.
El aire cambió. Ya no era solo el calor del vino. Nos miramos más tiempo. Él se levantó, se quitó la camiseta mojada y la colgó. Su pecho velludo, los pezones duros por el frío residual, el abdomen marcado por el trabajo. Yo hice lo mismo. Quedamos en calzoncillos: los míos negros, ya hinchados por la semierección; los suyos grises, marcando claramente el bulto grueso. La nieve seguía cayendo afuera, aislándonos del mundo. Compartimos más vino. Las miradas se alargaron. Vi cómo su lengua húmeda recogía una gota del labio inferior. Mis ojos bajaron a su polla, que palpitaba contra la tela. Él me miró la mía igual de hambriento.
Me acerqué un poco más. El colchón crujió. Nuestras rodillas se rozaron. Sentí el calor de su muslo contra el mío. El radiador zumbaba, la estufa crepitaba, y mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo oía. Tomé otro trago y dejé el vaso en el suelo. Entonces lo dije sin rodeos, con la voz baja y clara, mirándole directo a los ojos:
—Quiero chupártela, Mateo. Quiero tener tu verga en la boca esta noche. Quiero saborearte hasta que se te ponga de piedra y me agarres del pelo.
Sus pupilas se dilataron. Un sonido gutural le salió de la garganta. No dudó. Su mano grande y callosa se levantó, me agarró del cuello con firmeza —no para lastimar, sino con ese deseo mutuo que ya no podíamos esconder—, me acercó a su cara y me besó con fuerza. Sus labios chocaron contra los míos, lengua caliente empujando dentro, sabiendo a vino y a necesidad acumulada. Gemí dentro de su boca. Él apretó más el agarre en mi nuca, me inclinó hacia atrás sobre el colchón y se metió entre mis piernas, todavía en calzoncillos, frotando su polla dura contra la mía a través de la tela. El roce era eléctrico. Sentí lo gruesa que la tenía, lo caliente.
Nos besamos como si el mundo se acabara con la tormenta. Sus manos bajaron por mi espalda, agarraron mi culo y me apretaron contra él. Yo le mordí el labio inferior y le susurré contra la boca:
—Esta noche nos entregamos sin reservas. Quiero todo. Quiero que me uses, que me chupes, que me folles duro aquí mismo.
Él asintió, respirando agitadamente, la frente apoyada en la mía:
—Sí. Sin reservas. Llevo demasiado tiempo esperando esto. Vamos a follarnos toda la puta noche hasta que la nieve nos deje salir… o hasta que no podamos más.
Nos quitamos los calzoncillos casi al mismo tiempo. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum, más larga de lo que había imaginado en mis fantasías. La mía palpitaba contra mi vientre, dura y goteando. Él me miró de arriba abajo, la mano todavía en mi cuello, el pulgar rozándome la mandíbula, y volvió a besarme con esa misma urgencia. Rodamos un poco sobre las mantas. El colchón era estrecho; nuestros cuerpos se pegaban completamente. Sentí el calor de su piel, el vello de su pecho contra el mío, su verga latigando junto a la mía mientras nos frotábamos. Él bajó la boca a mi cuello, me chupó la piel y murmuró:
—Primero te la voy a meter en la garganta, Javier. Quiero verte arrodillado. Después te voy a abrir las piernas y te voy a follar hasta que grites mi nombre contra estas putas mantas.
Yo jadeaba, las manos explorando su espalda musculosa, bajando hasta agarrarle el culo firme. La confesión seguía saliendo entre besos:
—Hazlo. Chúpamela tú también. Quiero tu lengua en mis huevos, quiero que me dejes marcado. Llevo meses soñando con oler tu sudor mientras me la metes.
El viento aullaba afuera, la nieve tapaba cualquier camino de escape, y dentro solo existíamos nosotros dos, desnudos, duros, el vino todavía caliente en la sangre y la decisión tomada. Él me empujó suavemente hacia abajo, me colocó de rodillas entre sus muslos abiertos sobre el colchón, y yo miré esa polla gruesa a centímetros de mi cara. El olor a macho, a deseo contenido. Abrí la boca, saqué la lengua y lamié la ranura, saboreando el precum salado. Él gruñó, la mano volvió a mi nuca, y yo lo tomé entre los labios, chupando solo la cabeza primero, saboreándolo como había fantaseado tantas noches solo en la cabina.
Pero no iba a terminar ahí. Sabíamos que esto era solo el comienzo. Él me levantó la cara, me besó otra vez con la boca llena del sabor de su propia polla, y me susurró contra los labios, la voz rota de ganas:
—Toda la noche, Javier. Vamos a turnarnos. Voy a correrme en tu boca y tú en la mía. Después te voy a poner a cuatro patas y te voy a abrir despacio, y cuando estés listo te voy a follar sin piedad. Y si todavía queda vino, lo bebemos mientras me la metes tú a mí.
Asentí, el corazón desbocado, la polla doliéndome de lo dura que estaba. Me subí otra vez sobre él, nuestras vergas atrapadas entre los vientres, frotándonos con movimientos lentos y deliberados mientras nos besábamos. Las manos de Mateo recorrían mi cuerpo como si lo memorizara: pecho, costillas, culo, muslos. Las mías igual. El colchón crujía bajo nosotros. Afuera la tormenta rugía, sellándonos en aquella trastienda, en aquella cama improvisada que olía ya a sexo anticipado.
Seguimos así un rato largo, rozándonos, mordiéndonos, confesando más suciedades al oído —cómo me imaginaba lamiéndole el culo mientras se duchaba, cómo él soñaba con llenarme la cara de leche delante del escaparate de la lavandería—. Cada confesión nos ponía más duros. Cada roce de piel nos acercaba más al límite. Él me giró, me puso de lado, se pegó a mi espalda y me rodeó con un brazo mientras su polla se acomodaba entre mis nalgas, sin entrar todavía, solo empujando el glande contra mi entrada, untándome de precum. Yo gemí alto, empujé hacia atrás, y su mano bajó a agarrarme la verga, masturbándome con pulgar y dedos expertas.
—Esto es solo el principio —susurró contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo—. Esta noche no vamos a dormir. Vamos a follar hasta que amanezca o hasta que la nevera se quede sin hielo para enfriar la polla otra vez.
Sentí cómo su otra mano buscaba algo bajo la almohada: un pequeño frasco de lubricante que debía tener por si acaso, o tal vez por las mismas fantasías que yo. El clic de la tapa me erizó la piel. Él no lo usó todavía; solo lo dejó a mano, junto a nosotros, visible, una promesa. Seguimos besándonos por encima del hombro, torcidos, las lenguas enredadas, mientras él seguía frotándose entre mis nalgas y yo le masturbaba a ciegas por detrás. El deseo era un animal suelto entre nosotros. No había marcha atrás. Habíamos decidido entregarnos sin reservas, y la noche apenas empezaba a mostrar los dientes.
El radiador seguía zumbando. La botella de vino estaba medio vacía sobre la mesita. Nuestros cuerpos sudaban ya un poco, pegajosos, olorosos. Mateo me dio la vuelta otra vez, me montó a horcajadas sobre sus caderas y me miró desde abajo con esa hambre confesa:
—Chúpamela ahora de verdad. Quiero sentir tu garganta. Y después te la chupo yo hasta dejarte temblando. Y cuando estemos al borde… entonces sí te abro y te follo como he soñado.
Asentí, bajé la cabeza, y tomé su polla entera en la boca esta vez, saboreando cada vena, cada pulso. Él arqueó la espalda, gruñó mi nombre, y la tormenta afuera pareció responder con un aullido más fuerte. Sabíamos que lo que venía después iba a ser aún más salvaje, más profundo, y ninguno de los dos iba a detenerse.
Me saqué la polla de la boca con un hilo de saliva que unía mis labios a su glande brillante. Mateo jadeaba, la mano todavía en mi nuca, pero sus ojos oscuros ardián con otra urgencia. Me empujó suavemente hacia atrás sobre el colchón y se arrodilló él entre mis piernas abiertas. Tenía veintiocho años y llevaba meses soñando con exactamente esto: ver a ese hombre de treinta y dos, dueño de la puta lavandería, de rodillas por mí.
—Ahora me toca a mí —gruñó, la voz ronca de vino y de ganas—. Quiero tragarme esa verga gruesa hasta que se me atragante. Ábrete, Javier. Déjame comértela entera.
Su barba corta rozó el interior de mis muslos. Abrí más las piernas y él no perdió tiempo. Me agarró la base con una mano callosa y me lamió desde los huevos hasta la ranura, saboreando el precum que ya me goteaba. Gemí alto cuando su lengua caliente rodeó la cabeza y después, sin avisar, se la metió entera. La sentí deslizarse por su garganta. Tragó alrededor de mí, la nariz aplastada contra mi vello púbico, y yo no pude contenerme: agarré su pelo corto y empecé a follarle la boca.
—Joder, Mateo… así, trágala toda —jadeé, empujando cadera arriba—. Mírate, de rodillas chupándome la polla como un puto hambriento. Llevo meses soñando con tu garganta. Más profundo. Quiero sentirla en tu puto estómago.
Él gruñó alrededor de mi verga, las vibraciones recorriéndome la columna. Saliva le chorreaba por la barbilla y le mojaba el pecho velludo. Subía y bajaba la cabeza con devoción, labios apretados, lengua trabajando la vena gruesa de abajo. Cada vez que yo le follaba la boca más fuerte, él abría más la garganta y me miraba con esos ojos oscuros, llorosos de esfuerzo, pidiéndome más. El colchón crujía. Afuera el viento aullaba contra el tejado de la lavandería. Yo le sujetaba la cabeza con las dos manos y le usaba la boca sin piedad, sintiendo cómo su lengua se aplastaba bajo mi glande cada vez que llegaba al fondo.
—Eso es… chúpame los huevos también —le ordené entre jadeos—. Quiero ver cómo te babas. Eres un puto maestro chupando verga, Mateo. Más duro. Que se me escape.
Sacó la polla un segundo, babeando, y se bajó a lamer mis huevos con lenguetazos largos y sucios, chupándolos uno a uno mientras me masturbaba con la mano libre. Después volvió a engullirme hasta el fondo. El calor de su garganta me tenía al borde. Mis caderas golpeaban su cara. Él se aferraba a mis muslos y dejaba que lo usara, gorgoteando alrededor de mi carne. El olor a sexo y a detergente barato llenaba el cuarto pequeño. Sudábamos. El radiador zumbaba. Yo le hablaba sucio sin parar, confesándole todo lo que se me ocurría mientras le follaba la boca:
—Cuando salga de aquí voy a recordarte arrodillado así cada puta vez que pase frente a tu local. Voy a parar el camión solo para bajarme y metértela otra vez. Trágala, cabrón. Toda.
Justo cuando sentí que me iba a correr, Mateo se soltó con un jadeo húmedo. Me miró desde abajo, labios hinchados y brillantes, y dijo:
—No todavía. Quiero correrme dentro de ti primero. Ponte a cuatro patas. Ahora.
Me giré sin dudar. Me puse de rodillas y codos sobre las mantas grises, el culo en alto, la polla pesada balanceándose entre mis piernas. Mateo se arrodilló detrás de mí. Sus manos grandes me abrieron las nalgas. Sentí su aliento caliente contra mi entrada y después su lengua. Profunda. Sucia. Me comió el culo como si fuera lo único que le importara en el mundo. La lengua se clavó dentro, mojada, empujando, remolineando. Yo gemí contra la manta, empujando hacia atrás contra su cara.
—Joder, sí… cómeme el culo, Mateo. Métela toda. Así de profundo —jadeaba, la frente apoyada en el colchón—. Llevo meses imaginando tu lengua ahí. Más. Ábreme.
Él gruñó y me comió con más ganas, la barba rozándome las nalgas, los dedos clavándome en la carne. Me escupió sobre el agujero y volvió a meter la lengua, estirándome, preparándome. Después oí el clic del lubricante. Sus dedos untados se deslizaron dentro: primero uno, después dos, abriéndome con paciencia y forcejeo a la vez. Yo me empujaba contra ellos, pidiéndole más. Cuando sacó los dedos, sentí la cabeza gruesa de su polla presionando.
—Vas a tomármela entera, Javier —dijo, la voz baja y sucia, alineándose—. Vas a sentir cada puta vena mientras te follo el culo. Dime que lo quieres.
—Lo quiero. Métela. Fóllame ya, Mateo. Ábreme con esa verga gruesa.
Empujó. El glande se abrió paso, grueso, estirándome hasta el límite. Grité contra la manta cuando la cabeza entró del todo. Él se detuvo un segundo, dejándome ajustarme, las manos agarrándome las caderas con fuerza. Después empujó más. Centímetro a centímetro hasta que sentí sus huevos contra los míos. Estaba dentro. Completo. Su polla latiendo en mi culo apretado.
—Tan puto estrecho… joder —jadeó él, empezando a moverse—. Te estoy follando como soñé. Agárrate.
Empezó a follarme en posición de perrito con fuerza. Empujones largos y duros que me sacudían el cuerpo entero. Cada embestida me llenaba por completo. El sonido de piel contra piel llenaba la trastienda: húmedo, rítmico, obsceno. Yo empujaba hacia atrás al mismo tiempo, tomando cada centímetro. Mateo me agarraba del pelo con una mano y me tiraba la cabeza hacia atrás mientras me follaba.
—Tómalo todo. Eres mi puta esta noche. El camionero que viene a que le abran el culo en mi lavandería —le hablaba al oído, embistiéndome más fuerte—. Siente cómo te la meto. Cómo te estiro. Vas a quedar abierto y lleno de mi leche. Dime lo que sientes.
—Te siento… tan grueso… me estás destrozando el culo y lo quiero más —grité yo, confesando todo—. Fóllame más duro. Usa mi agujero. Quiero que me dejes cojo. Que no pueda sentarme en el camión mañana sin recordar tu polla.
Él aceleró. Me follaba sin piedad, las caderas golpeando mi culo una y otra vez. El colchón se movía. Las mantas se enredaban. Yo gemía su nombre y él contestaba con gruñidos y más suciedades. Después me giró de golpe. Me puso boca arriba, me abrió las piernas y se metió otra vez de una embestida, ahora en misionero. Sus pechos velludos rozaban los míos. Me miró a los ojos mientras me follaba y bajó una mano a mi polla, masturbándome al mismo ritmo que sus embestidas.
—Mírame mientras te corro dentro —ordenó, la mano subiendo y bajando mi verga gruesa, el pulgar untando el precum por la cabeza—. Vas a correrte con mi polla enterrada en tu culo. Vas a apretarme cuando te corras. Y yo te voy a llenar hasta que gotees.
Sus embestidas eran brutales. El roce de su mano en mi polla me tenía al borde. El calor en mi vientre se concentraba. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le hablaba sucio entre jadeos:
—Más fuerte… así… fóllame hasta que se te salgan los huevos. Quiero tu corrida caliente adentro. Lléname, Mateo. Soy tuyo esta noche. Úsame. Márcame por dentro.
Él aceleró todavía más, follándome y masturbándome a la vez, el cuerpo sudado pegado al mío. El radiador zumbaba. La tormenta rugía. Yo sentía cada vena de su polla rozándome por dentro. Mi culo se contraía alrededor de él. Él me besó con fuerza, lengua dentro, y me susurró contra la boca:
—Córrete. Ahora. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te lleno.
No pude más. Grité su nombre cuando me corrí, la polla saltando entre su mano y mi vientre, chorros calientes salpicándome el pecho y el suyo. Mi culo se cerró alrededor de su verga como un puño. Mateo embistió dos, tres veces más y se corrió gritando también, la polla latiendo profundo, vaciándose dentro de mí. Sentí los chorros calientes llenándome el culo apretado, uno tras otro, hasta que se desbordó y me goteó por las nalgas. Nos quedamos así, jadeando, pegados, su polla todavía dentro mientras las últimas pulsaciones nos sacudían.
Pero no nos soltamos. Él se quedó semiduro dentro de mí, mirándome con esa hambre que no se había apagado. La noche era larga. La nieve seguía cayendo. Todavía nos quedaba vino y todavía nos quedaban ganas de turnarnos otra vez, de probar cada posición, de no dormir hasta que el cuerpo no diera más. Me besó despacio, todavía latente dentro de mi culo lleno, y murmuró:
—Esto solo es la primera. Ahora te toca a ti abrirme. Y después otra vez. Toda la puta noche, Javier.
Me quedé mirándolo con la polla todavía latente dentro de mi culo lleno, el semen caliente goteándome ya por el muslo. Mateo me besó despacio, la barba rozándome la mejilla, y sacó su verga con un sonido húmedo y obsceno. Me sentí vacío de golpe, abierto, marcado. Él se recostó de espaldas sobre las mantas, las piernas abiertas, la polla semidura y brillante de nuestra corrida mezclada con lubricante.
—Tu turno —dijo ronco—. Ábreme como yo te abrí. Quiero sentirte entero.
No dudé. Agarré el frasco de lubricante, me unté los dedos y me arrodillé entre sus muslos. Tenía treinta y dos años y ese pecho velludo subía y bajaba rápido. Le abrí las nalgas con las manos callosas de camionero y escupí sobre su agujero antes de lamerlo. Mi lengua se clavó profunda, saboreando el sabor a macho y a jabón residual. Mateo gimió mi nombre, empujó el culo hacia mi cara y yo lo comí sin prisa, remolineando, estirándolo con la punta mientras le masturbaba la verga que volvía a ponerse de piedra.
—Joder, Javier… más adentro —jadeó—. Méteme los dedos. Prepárame para esa polla gruesa que llevo meses imaginando.
Obedecí. Un dedo lubricado primero, después dos, abriéndolo con paciencia mientras chupaba sus huevos. Cuando estuvo lo bastante flojo y mojado, me subí sobre él, alineé mi glande contra su entrada y empujé. La cabeza se abrió paso. Mateo arqueó la espalda y gritó un “sí” roto. Seguí metiendo centímetro a centímetro hasta que mis huevos tocaron su culo. Estaba apretado, caliente, perfecto. Empecé a follarlo despacio al principio, embestidas largas que le hacían temblar los pezones, después más fuerte, el colchón crujiendo bajo nosotros.
—Tómalo todo —le confesé contra su boca mientras lo besaba—. Llevo fantaseando con tu culo desde la primera vez que te vi cargar esas putas cajas. Agárrate de las mantas. Voy a follarte hasta que grites.
Él me clavó las uñas en la espalda y me pidió más duro. Lo di. Lo follé en misionero hasta que sudamos otra vez, el olor a sexo y detergente llenándolo todo. Después lo giré a cuatro patas y se lo metí de una embestida, agarrándole las caderas, usándolo sin piedad como él me había usado a mí. Cada embestida le sacaba gruñidos guturales. Le hablaba sucio al oído: que era mi puta de lavandería, que su agujero me estaba ordeñando la polla, que iba a llenarlo igual que él me había llenado a mí. Cuando sentí que me corría, lo saqué, le di la vuelta otra vez y me corrí en su boca abierta. Mateo tragó cada chorro, chupándome hasta la última gota mientras se masturbaba a sí mismo y se corría sobre su propio pecho velludo.
Todavía no era suficiente. La nieve seguía golpeando el tejado y nosotros seguíamos duros a ratos. Nos turnamos otra vez: él me chupó hasta ponerme de piedra de nuevo, yo le monté a horcajadas y me senté despacio sobre su verga, rebotando hasta que los dos gritamos y nos llenamos otra vez. Perdí la cuenta de las corridas. Solo sé que cuando por fin nos desplomamos, exhaustos, pegajosos de semen, saliva y sudor, el radiador seguía zumbando y la botella de vino estaba vacía.
Mateo se levantó tambaleándose, fue hasta la estufa y calentó un cazo de agua. Volvió con dos toallas gruesas empapadas en el líquido caliente. Se arrodilló delante de mí sobre el colchón y empezó a limpiarme con ternura absurda después de toda la salvajada. La tela húmeda y tibia recorrió mi pecho, limpió los restos de corrida de mi vientre, bajó con cuidado a mi polla sensible, a mis huevos, y después me hizo girar para pasármela por el culo abierto y sensible. Yo le imité. Tomé la otra toalla y le limpié el pecho velludo, los restos secos de mi leche en su barba, su verga suave, su entrada todavía hinchada. Cada roce era lento, casi reverente. Nos mirábamos a los ojos mientras lo hacíamos.
Cuando terminamos, las toallas quedaron hechas un montón húmedo en el suelo. Mateo me atrajo contra su pecho y me besó. Ya no era el beso urgente y hambriento de antes. Era tierno, labios suaves, lengua lenta, manos en mi nuca y en mi mejilla. Yo le correspondí igual, saboreando el vino residual y el sabor de los dos mezclados. El viento afuera había bajado un poco; la nieve caía más quieta.
Me aparté solo lo justo para mirarlo a la cara. La confesión me salió baja, sincera, sin filtros:
—Mateo… quiero repetir esto cada puta vez que pase por el pueblo. Tres veces al mes, a veces cuatro. Quiero aparcar el camión, empujar esta puerta y que me folles o que te folle yo hasta que no podamos más. No quiero que esto sea solo la tormenta. Quiero que sea nuestro secreto. Que cada ruta mía termine aquí, en tu cama improvisada, con tu polla o la mía dentro.
Él me miró en silencio un segundo, los ojos oscuros brillantes, y después sonrió con esa sonrisa cansada y feliz de quien acaba de follar toda la noche.
—Sí —susurró—. Cada vez. Yo también lo quiero. Cierro temprano los días que sé que vienes. Dejo la trastienda lista. Nadie tiene que saberlo. Será nuestro. Secreto y ardiente como esta noche.
Nos abrazamos más fuerte bajo las mantas. Hablamos en voz baja de lo de mañana: que si la nieve lo permitía haríamos desayuno juntos, café fuerte en la cafetera vieja de la lavandería, tostadas con mantequilla y huevos si encontraba en la nevera del fondo. Que nos ducharíamos con el agua caliente del pequeño baño de servicio. Que yo retrasaría la salida del camión lo máximo posible. Que la nieve nos había aislado y, al hacerlo, nos había regalado exactamente el comienzo de algo que los dos llevábamos meses deseando en silencio.
El cansancio nos ganó al final. Me acurruqué contra su pecho velludo, una pierna echada sobre la suya, su brazo rodeándome la cintura. Él me besó la sien una última vez. El radiador zumbaba bajo, el colchón olía a sexo y a nosotros, y afuera el mundo seguía blanco e incomunicado. Cerré los ojos sabiendo que teníamos una relación secreta y ardiente empezando entre mantas grises y el olor a detergente barato.
Me dormí con la respiración de Mateo caliente en el cuello y la certeza de que esto se repetiría. Lo que yo no sabía, y él sí guardaba en silencio mientras su mano seguía acariciándome la espalda ya dormido del todo, era que llevaba semanas mirando el parte meteorológico cada día que yo tenía ruta por la zona. Había deseado la tormenta. Había rezado por ella. Y mañana, cuando yo despertara pensando que tal vez tendríamos solo el desayuno, él ya sabía que los quitanieves no llegarían hasta pasado mañana por la tarde. Nos quedaban al menos treinta horas más encerrados. Y él no pensaba decírmelo hasta que yo abriera los ojos y viera que la nieve seguía cayendo igual de densa.
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