Reencuentro en el Karaoke con la Madre de su Ex

Lucas reencuentra a la madrastra de su ex y la folla en el baño del karaoke.

16 min read August 24, 2026New

Lucas empujó la puerta del Karaoke El Rincón con el mismo entusiasmo con el que uno se tira a una piscina sin saber si hay agua. Veinticuatro años, recién separado de Nadia y con el ego todavía lleno de moretones, solo quería un refresco, una canción desafinada y olvidar que su ex le había dejado la nevera vacía y el WhatsApp en silencio. El local apestaba a palomitas quemadas y a ambientador barato de vainilla. Luces de neón rosas parpadeaban sobre las cabinas privadas y un tío en la barra intentaba asesinar un reggaetón.

Y entonces la vio.

Laura.

Cuarenta y ocho años de curvas generosas empaquetadas en un vestido rojo que parecía haberse rendido a medias ante aquellas tetas abundantes y esa cintura que aún pedía ser agarrada. El mismo pelo castaño ondulado, la misma risa contagiosa que estalló cuando reconoció al chaval que hacía tres años le abría la puerta de casa de su hija con cara de idiota enamorado. Madre de Nadia. Madrastra oficial de sus peores resacas adolescentes. MILF de manual, y Lucas sintió que el pantalón le pedía un aumento de sueldo inmediato.

—¿Lucas? ¡No me jodas! —Laura se acercó con zancadas seguras, copa de refresco de cola en la mano y una sonrisa que ya venía cargada de picardía—. Qué haces tú aquí solo, guapo. ¿Te ha dejado mi hija o has venido a llorar en clave de sol?

—Un poco de las dos, Laura —admitió él, riendo nervioso mientras le devolvía el abrazo. El perfume de ella, algo dulce y peligroso, le subió directo a la entrepierna—. Separados hace un mes. Venía a destrozar baladas y fingir que no me importa.

Laura lo miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en los hombros más anchos y la mandíbula que ya no era de crío.

—Pues has crecido, joder. Antes eras el novio flacucho que se atragantaba con mis croquetas. Ahora pareces… digamos… operativo.

Antes de que Lucas pudiera contestar, el DJ del local anunció el siguiente turno. Casualidad del puto destino: la misma balada empalagosa que solían cantar en las Navidades familiares, aquella en la que Nadia hacía coros desafinados y Laura se ponía dramática con la mano en el pecho. Los dos se miraron y soltaron una carcajada al unísono.

—Ni se te ocurra —advirtió Lucas.

—Se me ocurre y mucho —replicó ella, agarrándolo de la muñeca—. Vamos, dúo. Por los viejos tiempos y porque este vestido necesita un público que se le caiga la baba.

Subieron al miniescenario de la cabina que habían pillado. El micrófono olió a cerveza ajena. En cuanto salieron las primeras notas, Laura se pegó a su costado, cadera contra cadera, y empezó a cantar con esa voz grave y juguetona que hacía que hasta el estribillo cursi sonara a proposición indecente. Lucas respondió el estribillo y, de pronto, ya no miraban la pantalla de la letra: se miraban el uno al otro. Ella le guiñó un ojo al llegar al “te quiero para siempre” y él casi se atraganta con su propia risa. Las miradas del resto del local pesaban; la tensión, más. Cada vez que Laura se inclinaba hacia el micrófono, el escote le ofrecía un adelanto generoso de tetas suaves y generosas, y Lucas pensó, con total claridad mental: me voy a ir a la mierda esta noche y va a ser glorioso.

Bajaron entre aplausos irónicos y se metieron en su mesa. Pedidos: dos refrescos con hielo, nada de alcohol, solo efervescencia y tonterías. Laura cruzó las piernas y su rodilla rozó la de él a propósito.

—Cuéntame, ¿Nadia todavía ordena los calcetines por colores o ya se ha humanizado un poco? —preguntó ella, chupando el pajita con una inocencia que era todo menos inocente.

—Sigue igual de maniática. Me dejó porque “no proyectábamos el mismo futuro”. Traducción: me pilló comiendo cereales a las tres de la mañana en calzoncillos.

Laura soltó una carcajada que le hizo rebotar el pecho de forma hipnótica.

—Esa es mi niña. Dramática desde la cuna. Aunque, entre nosotras… —se inclinó, voz baja y divertida—, siempre pensé que te merecías alguien que apreciara más… el paquete completo. Y mira tú, cómo has cambiado. Más alto, más llenito de aquí —le apretó el bíceps juguetona—, y esa cara de “sé lo que hago con la lengua”. Si yo tuviera veinticinco otra vez…

Su mano bajó bajo la mesa y rozó el muslo de Lucas, subiendo un centímetro, dos, con los dedos pintados de rojo oscuro dibujando círculos perezosos. Lucas tragó saliva y notó cómo se le endurecía la polla contra el pantalón vaquero a una velocidad indecente.

—Laura… te ves increíble —soltó él, sincero y ya sin frenos—. Ese escote es un crimen. Y la energía… joder, entras en un sitio y se te nota que te comes el mundo. Siempre me caíste bien, pero ahora mismo me estás matando.

Ella se mordió el labio inferior, ojos brillantes de malicia cariñosa.

—Pues atento, listillo: siempre te encontré atractivo. Hasta cuando eras el novio oficial y me tocaba hacer de suegra decente. Te miraba el culo cuando ayudabas a mover los muebles y pensaba “qué desperdicio de yerno”. Ahora no hay lazos, no hay Nadia en medio, no hay excusas. Solo una tía de cuarenta y ocho que lleva meses sin que la follen como Dios manda y un chaval que se ha puesto de puta madre. ¿Seguimos de farol o admitimos que esto pinta a follar?

Lucas no contestó con palabras. La agarró de la mano, la arrastró hacia el rincón más oscuro junto a las máquinas de karaoke fuera de servicio y la besó. Fue un choque de bocas hambrientas, lengua contra lengua, risas ahogadas entre gemidos. Laura le mordió el labio inferior y le metió una mano bajo la camiseta, uñas raspando la piel del abdomen. Él le apretó el culo con ambas manos, notando lo firme y redondo que estaba bajo la tela del vestido, y ella se frotó contra la erección ya evidente como si quisiera dejar claro el inventario.

—Baño privado. Ahora —ordenó ella contra su boca, jadeando y riendo a la vez—. Antes de que se me escape el tren o se nos acerque algún cotilla.

El baño de personal olía a jabón barato y a victorias secretas. Laura cerró con pestillo, se giró y empujó a Lucas contra la puerta. Se arrodilló con una elegancia depredadora, le abrió el cinturón y bajó la bragueta. La polla de Lucas saltó gruesa, dura, la cabeza ya brillante de precum. Laura soltó un silbido apreciativo.

—Anda, mira qué bien te ha sentado el gimnasio… o la rabia de la ruptura. Esto está para enmarcarlo.

Sin más preámbulos se la metió en la boca. Caliente, húmeda, glotona. Chupó con ganas, mejillas hundidas, mirándolo desde abajo con esos ojos traviesos de quien sabe exactamente el efecto que causa. La lengua le daba vueltas a la glande mientras una mano le apretaba los huevos con cariño firmе. Lucas gimió alto, una mano en el pelo castaño de ella, intentando no corrersе en los primeros treinta segundos como un virgen.

—Joder, Laura… así, más profundo…

Ella se lo tomó casi entero, babas brillándole en la comisura, y cuando lo soltó lo hizo con un pop obsceno y una risita.

—Mi turno de usar muebles —anunció. Se subió el vestido hasta la cintura, se bajó las bragas negras de encaje y se plantó de culo sobre el lavabo de porcelana fría. Abrió las piernas. El coño se le veía hinchado, reluciente, los labios ya abiertos—. Ven y fóllame como si te debiera la pensión de la hija.

Lucas no se hizo de rogar. Se colocó entre sus muslos, guió la polla y se enterró de un solo empujón profundo. Los dos soltaron un gemido que rozó la carcajada. Ella estaba empapada, caliente, apretando alrededor de él como si quisiera ordeñarlo. Empezó a embestir fuerte, las manos agarrándole las tetas por encima del vestido, luego metiéndoselas fuera del escote para chuparles los pezones duros mientras la follaba de pie. El lavabo crujía. Laura echaba la cabeza atrás, jadeando orders juguetonas.

—Más duro, cariño… eso, así me gusta, que se note que tienes veinticuatro y te sobra gasolina.

Cambióron a perrito contra la pared manchada de graffitis de borrachos. Laura se apoyó con las palmas abiertas, el culo en alto ofreciéndose, y Lucas la penetroó de nuevo hasta el fondo. Le soltó una nalgada sonora en la nalga derecha; ella gritó de placer y empujó hacia atrás pidiendo otra. Él le dio tres más, rojas e inmediatas, mientras la follaba con embestidas profundas que le hacían temblar los muslos. El sonido de piel contra piel llenaba el baño junto con sus risas entrecortadas y los tacos que soltaba Laura cada vez que le daba en el punto exacto.

—Me corro si sigues así, joder… cámbiame, quiero cabalgarte hasta dejarte seco.

Se giraron otra vez. Lucas se sentó en el cerrado inodoro (tapa abajo, gracias al cielo) y Laura se trepó a horcajadas, guiándose sola la polla hasta hundírsela completa. Empezó a cabalgarlo salvaje, tetas rebotando delante de la cara de él, caderas en círculos y luego arriba y abajo sin piedad. Lucas le agarró la cintura, le lamió el sudor del pecho y le restregó el clítoris con el pulgar. Laura se corrió primero, contracciones fuertes, un grito ahogado contra el hombro de él y una risa histérica de lo bien que le había sentado. El apretón de su coño arrastró a Lucas detrás: se corrió dentro con un gemido largo, chorros calientes llenándola mientras ella seguía moviéndose despacio, ordeñándolo entre risitas y besos torpes.

Se quedaron así un momento, pegados, sudorosos, oliendo a sexo y a ambientador de limón. Laura le apartó el pelo de la frente con dedos tiernos y le dio un pico en la nariz.

—No está mal para una suegra reciclada, ¿eh?

—Si esto es el estándar de las suegras, entiendo por qué la gente se casa joven —respondió Lucas, todavía dentro de ella, riendo flojo.

Se limpiaron como pudieron con papel higiénico y sonrisas cómplices. Laura se subió las bragas —ahora inútiles y mojadas—, se ajustó el vestido y le dio una palmada en el culo a Lucas antes de abrir la puerta con cuidado. Volvieron a la zona de karaoke como dos adolescentes que acaban de descubrir el trastero del instituto: riéndose a carcajadas ahogadas, el pelo de ella un poco más alborotado, la camiseta de él un poco más arrugada, los dos radiando esa energía post-polvo que se nota a tres mesas de distancia.

Pedieron otra ronda de canciones al tío del mostrador. Laura eligió algo movidito y le guiñó un ojo a Lucas por encima del micrófono.

—Segunda ronda. Y esta vez, si desafinas, te castigo otra vez en el baño.

Lucas sonrió, la polla ya interesada de nuevo solo de oírla, y pensó que la noche apenas empezaba. Todavía quedaba media lista de temas, el refresco por terminar y la certeza deliciosa de que Laura no había terminado de jugar con él. Fuera, la puerta del local se abrió dejando entrar un soplo de aire nocturno y una silueta familiar que ninguno de los dos vio todavía.

Lucas apenas había vuelto a sentarse cuando Laura ya le pasaba el micrófono por debajo de la mesa como si fuera un arma secreta. El tío del mostrador puso la canción movidita que ella había pedido: un tema de esos con bajo gordo y letra de “bésame ya o me muero”. Ella se levantó, se subió al miniescenario de la cabina y empezó a menear las caderas con una desfachatez que hizo que hasta el tío del reggaetón dejara de asesinar notas. El vestido rojo subía y bajaba, el escote amenazaba con una fuga masiva de tetas y Lucas, con la polla todavía sensible y medio dura dentro del vaquero, pensó que se le iba a salir el alma por la bragueta.

—Ven, cobarde —le gritó ella entre estrofas, guiñándole el ojo—. Si desafinas te lo cobro en especie.

Subió. No había forma de negarse. Se pegaron otra vez, esta vez sin el pretexto de la balada familiar. Laura le pasó un brazo por la cintura, le apretó el culo a propósito frente a todo el local y cantó al oído con esa voz grave que le subía la sangre directa a la entrepierna. Cada estribillo era una frotada. Cada silencio entre versos, una mano suya bajando por la cremallera de él. Lucas respondía las estrofas riendo, desafinando a propósito solo para oírla decir “castigo” con esa sonrisa de tiburón cariñoso. El público —cuatro borrachos y una pareja de cincuentones— aplaudía sin entender del todo por qué la tensión olía a sexo recién hecho y a ganas de más.

Bajaron sudados y con la risa tonta de quien sabe que se la está jugando. Laura pidió dos refrescos más y se los llevó hacia el pasillo de las cabinas privadas, la que estaba al fondo, la que nadie usaba porque el micrófono cortaba. Empujó a Lucas dentro, cerró y lo besó antes de que pudiera decir “otra vez”. Fue un beso sucio, de lengua y dientes, de manos bajo la ropa. Ella le bajó los pantalones hasta los muslos, se arrodilló otra vez y le chupó la polla ya dura con una gula absurda, mirándolo desde abajo mientras se reía con la boca llena.

—Estás más rico que hace media hora —murmuró al soltarlo con un hilo de saliva—. Debe ser el post-orgasmo. O que te estoy jodiendo la cabeza.

Lucas la levantó, la giró contra la pared acolchada de la cabina y le levantó el vestido de un tirón. Las bragas negras seguían empapadas de antes; se las bajó hasta las rodillas y le metió dos dedos de golpe. Laura jadeó y se rio al mismo tiempo.

—Joder, listillo… directo al grano. Me gusta.

—Te dije que me estabas matando —contestó él, frotándole el clítoris con el pulgar mientras los dedos le buscaban ese punto blando dentro—. Ahora me toca devolverte el favor antes de que se me baje.

La folló con los dedos hasta que ella se corrió de pie, apretando las piernas, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado. Cuando aún temblaba, Lucas la subió a la banqueta estrecha de la cabina, se colocó entre sus muslos y se la metió de una embestida. El ángulo era incómodo, ridículo, perfecto. Ella se agarró a su cuello, abrió más las piernas y empezó a empujar hacia adelante al ritmo de él.

—Así… joder, así, que se note la diferencia de edad y la gasolina —jadeó Laura, riéndose entre gemidos—. Me encanta que me folles como si te debiera algo. Más duro, cariño. Que se oiga fuera y que se jodan.

Las tetas le rebotaban fuera del escote. Lucas se las metió en la boca una y otra vez, chupando pezones duros, mordisqueando la carne suave mientras embestía. El olor a sexo y a ambientador barato llenaba la cabina. Laura le clavó las uñas en la espalda, le mordió la oreja y le susurró tonterías obscenas entre carcajadas: lo bien que le cabía, lo mucho que le había mirado el culo en las cenas familiares, lo ridículo que era follarse a la madrastra de la ex en un karaoke de tercera y lo poco que le importaba.

Se corrió ella otra vez, con un grito ahogado contra su pecho y un temblor que le bajó hasta los tobillos. Lucas la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándola otra vez, chorros calientes que se le escapaban por los muslos mientras los dos se reían como idiotas, sudorosos y brillantes.

—Ronda dos… y todavía me quedan ganas de una tercera —dijo ella, besándole la mandíbula—. Eres un desastre andante. Me encanta.

Se limpiaron otra vez a medias, se ajustaron la ropa entre besos torpes y salieron de la cabina como si nada. El local seguía igual de cutre y de ruidoso. Volvieron a su mesa. Laura se cruzó de piernas —ahora sin bragas, las había dejado en el bolsillo de él como trofeo— y le robó un sorbo del refresco.

—Esto no se queda aquí, ¿verdad? —preguntó ella, voz baja, ojos brillantes—. Porque yo puedo seguir toda la noche. Tengo la casa vacía. Nadia está… no sé, en su mundo de calcetines ordenados. Podemos irnos. Te hago desayuno mañana. O te como el desayuno. Como prefieras.

Lucas sonrió, todavía mareado de placer, la polla latiéndole perezosa contra el muslo. Iba a contestar algo igual de gamberro cuando la silueta del principio se materializó del todo junto a la barra.

Nadia.

Veintiséis años, el mismo pelo castaño que su madre pero liso y recogido en una coleta severa, chaqueta vaquera y cara de quien ha venido a buscar a alguien o a montar un numerito. Los vio. Se quedó quieta dos segundos exactos. Luego caminó hacia la mesa con pasos cortos y esa sonrisa tensa que Lucas conocía demasiado bien: la sonrisa de “esto no me lo esperaba pero ahora lo voy a procesar en voz alta”.

—¿Mamá? —dijo Nadia, la voz un octavo más aguda de lo normal—. ¿Lucas? Qué… coincidencia más rara. Pensé que venías a llorar canciones tristes, no a… esto.

Laura no se inmutó del todo. Se acomodó el vestido, le guiñó un ojo a su hija con una calma de hierro y levantó la copa.

—Hola, cariño. Casualidades del destino. Lucas y yo nos hemos encontrado y estábamos… recuperando el tiempo perdido. ¿Te unes a un refresco o vienes a darnos la charla de la moral?

Nadia miró a Lucas. Luego a la boca de su madre, todavía hinchada. Luego al cuello de él, donde se veía un chupetón reciente y rojizo. El aire se volvió espeso. Lucas sintió que el sudor frío le bajaba por la espalda justo donde Laura le había arañado.

—Estáis… —Nadia tragó saliva, la risa nerviosa intentando salir y quedándose a medias—. Joder. De verdad. En el baño, ¿no? Se os nota a la legua. El pelo, la ropa, esa cara de “acabo de correrme”. Madre mía.

Laura soltó una carcajada corta, intentando mantener el tono ligero.

—Relájate, nena. Somos adultos. Él ya no es tu novio. Yo ya no soy la suegra de nadie. Ha sido… divertido. Y consentido. ¿Pasa algo?

Lucas abrió la boca. La cerró. El placer de hace cinco minutos se le había cuajado en el estómago como aceite rancio. Miró a Laura —las tetas todavía marcadas por sus manos, la sonrisa confiada— y luego a Nadia, que lo miraba a él con una mezcla de asco, incredulidad y algo que se parecía demasiado al dolor antiguo de la ruptura.

—No… no pensé —empezó él, la voz más débil de lo que quería—. Ha sido… de repente. La canción, el vestido, el momento…

—El momento —repitió Nadia, y se rio sin gracia—. Claro. El momento en el que te follas a mi madre en el puto karaoke donde veníamos los tres a reírnos de las canciones malas. Genial. Perfecto. Encaja con tu estilo de “no proyectamos el mismo futuro”.

Laura se puso seria por primera vez. Le puso una mano en el brazo a su hija.

—Nadia, basta. No es para tanto. Ha sido sexo. Bueno, por cierto. Nadie sale herido.

Pero Lucas ya no oía del todo. Sentía el semen secándosele en el muslo, el olor de Laura pegado a la piel, y de pronto todo le sabía a error. No a culpa moral profunda, sino a esa duda tonta y pegajosa de haber cruzado una línea que no sabía que existía hasta que la vio dibujada en la cara de su ex. Se imaginó las Navidades futuras, las conversaciones, el WhatsApp de Nadia volviendo a silenciarse para siempre, Laura riéndose de todo esto mañana y él quedándose con la sensación de haber usado el despecho como excusa para montárselo con la mujer que le abría la puerta cuando tenía diecinueve años y se atragantaba con croquetas.

—Creo que… debería irme —murmuró. Se levantó, se subió la cremallera que todavía estaba a medias y no miró a ninguna de las dos a los ojos—. Ha sido… intenso. Laura, de verdad. Pero esto… no sé. Se me ha ido de las manos.

Laura lo miró con una ceja arqueada, todavía medio divertida, medio picada.

—¿En serio? ¿Ahora te entra la crisis existencial? Hace diez minutos me pedías que te cabalgara más fuerte.

Nadia soltó un “ugh” exagerado y se tapó la cara.

—Por favor. No necesito los detalles. Lucas, haz lo que quieras. Yo solo venía a buscar las llaves que mamá se dejó en mi piso. No a… esto.

Lucas asintió como un idiota, dio un paso atrás y luego otro. El local seguía oliendo a palomitas quemadas. La música de alguien desafinando un tema de los ochenta llenaba el aire. Miró a Laura una última vez: el vestido rojo, la boca hinchada, la confianza absoluta de una mujer de cuarenta y ocho que se había corrido dos veces y no se arrepentía de nada. Y sintió, claro y frío, que él sí. No del sexo en sí —había sido glorioso, sucio, gracioso, perfecto—, sino de la cara de Nadia, del nudo en la garganta, de la certeza de que mañana se despertaría con el eco de las risas de Laura y la pregunta idiota de si había merecido la pena destrozar lo poco que quedaba de aquello.

Salió a la calle sin mirar atrás. El aire nocturno le pegó en la cara. Detrás, a través del cristal, vio a madre e hija quedarse mirándose en silencio. Se metió las manos en los bolsillos, notó las bragas de encaje que Laura le había metido allí como broma, y se rio solo, amargo, mientras se alejaba. La noche había sido una puta maravilla. Y ahora sabía a arrepentimiento barato y a duda que no se iba a ir con una ducha.

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