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Vapor y Deseo: Su Mejor Amiga se Abre para Mí en el Hamman

En el hammam de Marrakech, el arquitecto Sullivan de 32 años le da duro por el culo a la cachonda diseñadora Simone de 29, mientras su novia mira y se r

30 min read October 08, 2026New

El calor de Marrakech pegaba como un martillo de forja. Sullivan, arquitecto de treinta y dos años con el cuello todavía tenso de los planos del hotel que acababa de cerrar, se había dejado arrastrar hasta la medina por su novia Danielle y por Simone, la mejor amiga de ella, diseñadora gráfica de veintinueve años, curvas generosas y una risa que siempre sonaba a traviesa. Las tres maletas, el polvo rojo y el té a la menta les habían dejado la piel pegajosa. Cuando Simone, con el pelo recogido en un moño desordenado, propuso el hammam privado que habían alquilado para ellos solos, Danielle aplaudió y Sullivan solo levantó una ceja.

—¿Mixto y privado? —preguntó él, ya imaginando el vapor y las toallas.

—Mixto, privado y con aceite de argán de verdad —contestó Simone, guiñándole un ojo mientras se ajustaba la bata del riad—. No seas gallina, Sullivan. El mármol te va a quitar el estrés de los cimientos.

Entraron al hammam. El aire era espeso, olía a eucalipto y a jabón negro. Las paredes de yeso tallado sudaban. Danielle se despojó de la toalla con naturalidad y se dejó caer en el banco caliente, riendo. Simone tardó un segundo más. La tela blanca le rodeaba el pecho y las caderas como una promesa mal guardada. Se giró hacia Sullivan, que todavía llevaba la toalla anudada a la cintura, y señaló el espacio estrecho entre los bancos.

—Mira qué apretado está todo aquí dentro —bromeó, acercándose un paso—. Casi no cabe ni el vapor… ni otras cosas.

Le guiñó el ojo de nuevo. Danielle se rio a carcajadas, el pecho subiendo y bajando.

—Simone, eres incorregible. Sullivan, no pongas esa cara de plano estructural. Ella solo dice lo que todos pensamos cuando hace este calor.

Sullivan notó cómo se le tensaba la entrepierna bajo la toalla. Llevaba meses notando las miradas de Simone, los rozos “accidentales” en las cenas, las bromas sobre lo bien que le quedaban los pantalones de obra. Danielle lo sabía; a veces le susurraba al oído “te gusta mirarla, ¿eh?” y se reía. Ahora, con el vapor subiendo en nubes densas, esa tensión se volvía tangible. Simone se dejó caer al lado de él, la toalla subiendo un poco por el muslo, y le rozó la rodilla con la suya.

—En serio, arquitecto —dijo ella en voz baja, pero lo bastante alta para que Danielle oyera—, este sitio está diseñado para que la gente se quede sin aire… o sin vergüenza.

Danielle se inclinó desde el otro banco, los pechos lustrosos por el calor.

—Convéncele, Simone. Yo quiero vapor, masaje y… lo que salga.

Las toallas cayeron una tras otra. Primero la de Danielle, que se estiró de espaldas sobre el mármol caliente como si posara para un catálogo de spa erótico. Luego la de Simone. Sullivan se quedó un segundo más, pero el jabón negro y la risa de las dos lo desarmaron. Se quitó la toalla. Su polla, ya semi-dura, se balanceó al aire húmedo. Simone soltó un silbido bajo y teatral.

—Vaya cimientos.

Danielle se tapó la boca para no reírse demasiado alto.

—Te lo dije. Ahora ve y ponle el jabón negro, amiga. Yo miro.

Simone se levantó, cogió el cuenco de jabón negro y se acercó a Sullivan. El vapor las envolvía. Se puso detrás de él, las tetas pesadas rozándole la espalda, y empezó a untarle el jabón desde los hombros hacia abajo. Las manos resbaladizas bajaron por el pecho, por el abdomen, y “sin querer” rozaron la base de su polla. Sullivan soltó un gruñido que quiso disimular en tos.

—Perdona —dijo Simone, nada arrepentida—. Está todo muy… resbaladizo.

Se giró frente a él. Sus cuerpos se pegaron, pechos contra pecho, el jabón haciendo que la piel de ella resbalara contra la de él. La polla de Sullivan quedó atrapada entre sus vientres. Simone movió la cadera un milímetro, suficiente para frotarlo, y le sonrió con esa mezcla de traviesa y cachonda que lo volvía loco.

Danielle se acercó, se arrodilló en el banco y les susurró al oído, la voz ronca de deseo y diversión:

—Llevo semanas sabiendo que os coméis con los ojos. Quiero veros jugar. De verdad. Sin drama. Solo… jugar. Aquí. Ahora.

Sullivan miró a su novia. Danielle le sostuvo la mirada y asintió, mordiéndose el labio. Entonces Simone soltó una carcajada nerviosa y caliente a la vez, apoyó la frente en el hombro de él y confesó entre risitas:

—Vale, ya no aguanto. Llevo meses tocándome pensando en que me folles el culo, Sullivan. En serio. Fantasías de arquitecto bruto y diseñadora con el ojete apretado. ¿Lo haces? ¿Me lo abres aquí, con el vapor y todo?

Él se rió, bajo y gutural, y le agarró el culo con las dos manos, amasando las nalgas jabonosas.

—Joder, Simone. Claro que sí. Si Danielle quiere el espectáculo y tú quieres que te abra el culo… me tienes.

Se besaron. Lengua profunda, dientes, risas a medias porque el jabón les hacía resbalar las bocas. Simone le acarició la polla con la mano llena de espuma negra, subiendo y bajando, mientras Danielle se masturbaba despacio en el banco de al lado, gozando del show.

Simone se bajó a cuatro patas sobre el banco de mármol caliente. El vapor le brillaba en la espalda. Separó las rodillas, arqueó el culo y miró por encima del hombro, riéndose.

—Venga, arquitecto. Inspección de obra. Empezamos por la entrada trasera.

Sullivan se arrodilló detrás. Primero le abrió las nalgas con los pulgares y le pasó la lengua de arriba abajo por el culo, lamiendo el jabón residual y el sabor a piel limpia y caliente. Simone soltó un gemido-carcajada.

—¡Joder, qué lengua de planos! Más adentro, gilipollas guapo.

Él empujó la lengua, la movió en círculos, la clavó lo más profundo que pudo mientras Danielle gritaba desde el lado:

—Eso, cómetela bien. Quiero oír cómo se te moja.

Sullivan mojó dos dedos en el aceite de argán que había en el cuenco de al lado, lo calentó entre las palmas y se los metió despacio en el culo de Simone. Ella empujó hacia atrás, riéndose y gimiendo a la vez.

—Dos, sí… joder, se siente gordo. Dale.

Los dedos entraron y salieron, abriéndola, lubricándola. Cuando notó que el esfínter cedía con ganas, retiró la mano, se alineó y le rozó el glande contra el agujero brillante de aceite.

—Dime que lo quieres —exigió él, todavía con tono de broma lasciva.

—Te lo quiero entero en el ojete, Sullivan. Follo mi culo como si fuera tu putita del hammam. ¡Ya!

Empujó. La cabeza entró con un pop húmedo. Simone gritó de placer y se rio al mismo tiempo, el sonido rebotando en las cúpulas del hammam. Sullivan agarró sus caderas y empezó a embestir, fuerte y rápido desde el principio, porque ella lo pedía y el calor no perdonaba. El culo de Simone se abría y se cerraba alrededor de su polla, brillante, resbaladizo. Cada embestida hacía sonar carne contra carne y arrancaba gemidos que terminaban en risotadas.

—¡Más duro en el ojete! —gritó ella, mirando a Danielle—. Mira cómo me lo clava tu novio… ¡ah, joder!

Danielle se reía y se tocaba el clítoris con dos dedos, empapada.

—Putita del hammam, le dices. Me encanta.

Sullivan aceleró, las bolas golpeándole el coño a Simone.

—Eso eres, putita del hammam. El culo más caliente de Marrakech y me lo estás entregando en bandeja de mármol. Agárrate.

Cambió de posición sin salir del todo. La ayudó a girarse y a montarse en vaquera inversa, de espaldas a él, sentada sobre su polla mientras él se apoyaba en el banco. Simone bajó despacio, tragándosela hasta el fondo, y entonces empezó a rebotar. Las nalgas le temblaban. Se tocaba el coño con una mano y se agarraba el borde del banco con la otra, gemidos y carcajadas mezclados.

—Míralo, Danielle… se me sale casi entero y me lo vuelvo a tragar. ¡Qué rico duele! Sullivan, no pares, fóllame el culo como si no hubiera mañana.

Él le daba palmadas en las nalgas, le agarraba las caderas y la alzaba para embestir hacia arriba, profundo.

—Rebotas que da gusto, diseñadora de mierda preciosa. Ese ojete me va a sacar hasta el alma. Sigue tocándote. Quiero que te corras con mi polla dentro del culo.

Simone rebotaba más rápido, el aceite salpicando, el vapor haciendo que todo brillara. Danielle se acercó, le besó la boca a su amiga mientras se masturbaba, y le susurró algo que hizo a Simone reír más fuerte todavía. Sullivan sentía cómo el culo de ella se contraía, cómo ella se apretaba a propósito para provocarlo. El humor sucio no paraba:

—Si mis clientes vieran esto… “Señor Sullivan, ¿y la estructura del hammam?” “Pues la estoy reforzando por detrás, cabrones.”

Simone casi se atraganta de risa y de placer.

—Eres un gilipollas… y me tienes el culo a punto. ¡Más! ¡Más duro!

Él la folló sin piedad en esa vaquera inversa, las embestidas cortas y brutales, hasta que sintió el nudo en la base de la polla. Simone se corrió primero, temblando, el esfínter apretándole en oleadas, gritando y riendo a la vez mientras se derramaba sobre sus propios dedos. Sullivan no aguantó más. La clavó hasta el fondo, se arqueó y se corrió dentro de su culo, chorros calientes llenándola mientras gruñía su nombre y le daba una última palmada en la nalga.

El semen le goteó por el muslo cuando ella se levantó un poco, todavía con la polla medio dentro. Simone se giró, el pelo pegado a la cara, los ojos brillantes de lujuria y diversión, y miró a Danielle y a Sullivan con una sonrisa que prometía más.

—Bueno… —dijo, recuperando el aliento entre risitas—. Ya me lo has llenado. Pero el vapor sigue subiendo y Danielle tiene esa cara de “quiero turno”. ¿Qué hacemos ahora, arquitecto? Porque yo todavía tengo el culo abierto y ganas de seguir el juego…

El semen de Sullivan le escurrió por el muslo interno a Simone en un hilo blanco y caliente que brillaba bajo el vapor. Ella se rió, se pasó dos dedos por el trazo y se los llevó a la boca con una mueca teatral de catadora profesional.

—Notas a eucalipto y a arquitecto que no ha dormido —declaró, chasqueando la lengua—. Danielle, ven a probar. Tu novio fabrica buen material de relleno.

Danielle se acercó gateando por el mármol resbaladizo, los pechos pesados balanceándose, la mano todavía entre las piernas. Besó los dedos de su amiga, lamió el resto del muslo de Simone y después levantó la vista hacia Sullivan con los ojos entornados de risa y hambre.

—Sabe a “me lo he ganado”. Y mira cómo te ha dejado el ojete, Sim. Abierto como puerta de obra sin candado. Yo quiero turno… pero no el de la polla todavía. Quiero jugar contigo primero mientras él se recupera. Sullivan, siéntate ahí y mira. Orden de jefa de obra.

Sullivan obedeció, el pecho subiendo y bajando, la polla ya semi-dura otra vez solo de verlas. El calor del hammam le pegaba en la nuca; el aceite de argán le brillaba en las manos. Pensó que sus clientes de hormigón armado se morirían si vieran la estructura que estaba levantando ahora mismo: dos mujeres jabonosas, una de ellas con el culo lleno de su leche y la otra dispuesta a inspeccionarlo.

Simone se quedó a cuatro patas otra vez, las nalgas abiertas, el esfínter todavía rojizo y brillante, goteando. Danielle se situó detrás, le apartó las nalgas con las palmas y le sopló aire caliente directo al agujero.

—Qué bonito lo tienes, amiga. Todo abierto y obediente. Voy a limpiarte un poco… a mi manera.

Metió la lengua. Simone soltó un grito-risa que rebotó en las cúpulas.

—¡Joder, Dani! Eso pica y hace cosquillas a la vez. Más adentro, putita. Chúpame lo que tu novio me ha dejado.

Danielle obedeció con ganas, lamiendo en círculos, metiendo la punta de la lengua, chupando el semen que salía. Sullivan se masturbaba despacio, disfrutando del espectáculo. Simone miraba por encima del hombro y no paraba de soltar comentarios.

—Si esto fuera un proyecto de diseño gráfico te pondría un “muy bien” en rojo chillón justo en el centro del culo. Más lengua, anda. Quiero que me dejes reluciente para la segunda ronda.

Danielle empujó dos dedos junto a su lengua, los giró, los sacó brillantes de aceite y semen y se los ofreció a Sullivan.

—Prueba, arquitecto. Sabe a nosotros tres.

Él los lamió sin dudar, gruñendo. La polla le latía ya otra vez completa. Simone se impacientó, se giró y se sentó de cara a Danielle, abriendo las piernas a horcajadas sobre el banco. Le agarró la cara a su amiga y la besó con lengua larga, compartiendo el sabor.

—Ahora tú —dijo Simone entre besos—. Quiero verte el culo. Quiero que Sullivan te prepare mientras yo te toco el clítoris. Vamos a turnarnos como buenas compañeras de piso calientes.

Danielle se rio, se colocó a cuatro patas frente a Sullivan y arqueó la espalda con exageración de modelo de catálogo porno barato.

—Inspección técnica, cariño. El plano dice “entrada trasera estrecha, necesita ensanche”.

Sullivan se arrodilló detrás de su novia, le abrió las nalgas y le pasó la lengua de arriba abajo exactamente igual que había hecho con Simone. Danielle gimió y se rió a la vez.

—Gilipollas, eso hace cosquillas. ¡Métela!

Él mojó tres dedos en aceite fresco, calentó el líquido entre las palmas y se los fue metiendo uno a uno. Danielle empujaba hacia atrás, maldiciendo entre carcajadas.

—Tres… joder, se siente gordo. Simone, míralo. Tu mejor amiga se está dejando abrir el culo por tu novio y tú te estás corriendo otra vez solo de verlo.

Simone, efectivamente, se tocaba el clítoris con dos dedos y se metía el pulgar en su propio ojete todavía baboso.

—Me corro y me río, Dani. Qué asco de amigas tan perfectas somos. Sullivan, ábrela bien. Quiero que te la folles el culo después de mí. Quiero ver cómo le tiemblan las tetas cuando le entras hasta el fondo.

Sullivan sacó los dedos, alineó la polla y empujó despacio. La cabeza entró con un pop húmedo. Danielle gritó de placer puro y se rio tan fuerte que casi se le sale.

—¡Ahí… joder, qué grueso! Más, dale más. No te contengas, arquitecto. Quiero el mismo trato que le diste a ella.

Él agarró las caderas de su novia y empezó a embestir con ritmo constante, profundo, el aceite salpicando. Cada embestida hacía sonar carne mojada contra carne. Simone se acercó por el lado, se tumbó de lado bajo Danielle y le lamió los pezones mientras se tocaba ella misma.

—Mira cómo te lo clava —susurró Simone contra el pecho de Danielle—. Tu culo lo está tragando entero. Qué envidia. Cuando termine contigo quiero que me lo vuelva a meter a mí. ¿Vale? Turnos justos. Soy diseñadora, odio las asimetrías.

Danielle jadeaba y se reía a trozos.

—Turnos… sí… joder, Sim, chúpame el pezón más fuerte. Sullivan, más duro. Quiero que me lo dejes igual de abierto que a ella.

Sullivan aceleró, las bolas golpeándole el coño a Danielle, la polla desapareciendo y reapareciendo brillante. El vapor hacía que el sudor les corriera por la espalda en hilos. Él pensaba, entre embestidas, que nunca había tenido un día de trabajo tan productivo: dos culos perfectos, uno ya lleno y otro a punto de llenarse, y las dos riendo como si estuvieran en una fiesta de disfraces en vez de en un hammam privado de Marrakech.

Cambió el ángulo, se incorporó un poco y le dio una palmada sonora en la nalga a Danielle.

—Rebotas mejor que el yeso fresco, novia. Ese ojete me va a sacar el alma otra vez. Simone, ponte delante. Quiero que ella te lama el coño mientras yo se la follo.

Simone obedeció al instante, se colocó de espaldas al muro, abrió las piernas y bajó a Danielle la cara entre sus muslos. Danielle lamió con ganas, la lengua plana, chupando el clítoris de su amiga mientras Sullivan la embestía por detrás sin piedad. Los gemidos de las dos se mezclaban con risas ahogadas.

—Así… joder, Dani, lámelo bien —gimeó Simone—. Me tienes el culo contrayéndose solo de lo bien que chupas. Sullivan, no pares. Quiero oír el sonido de tus huevos contra ella.

Él no paró. Embestidas cortas y brutales, el mármol caliente debajo, el aire espeso de eucalipto y sexo. Danielle se corrió primero, el esfínter apretándole la polla en oleadas rítmicas, gritando contra el coño de Simone y riendo al mismo tiempo. El orgasmo le hizo temblar las piernas; el aceite y los jugos le escurrieron por los muslos.

Sullivan se contuvo milagrosamente, salió de ella con un sonido húmedo y le dio una palmada suave en el culo abierto.

—No me corro todavía. Simone pidió segunda ronda y yo soy un profesional de los plazos.

Simone se rio, se limpió la boca y se giró de inmediato a cuatro patas otra vez, presentando el ojete todavía abierto y brillante de la primera corrida.

—Venga, arquitecto. Refuerzo estructural número dos. Métela de un tiron y no seas fino. Quiero que me lo dejes imposible de cerrar para cuando salgamos a tomar té.

Sullivan se colocó detrás, le abrió las nalgas con los pulgares y empujó de una. Entró hasta las bolas de un solo golpe. Simone gritó y se atragantó de risa.

—¡Hijo de puta… qué rico! Así, sin avisos. Fóllame el culo como si fueras a demoler el edificio.

Él agarró su moño deshecho, tiró un poco hacia atrás y empezó a embestir con fuerza renovada. Danielle se situó al lado, le besaba la boca a Simone, le pellizcaba los pezones y se metía dos dedos en su propio culo todavía baboso para no perder el ritmo.

—Mírala —dijo Danielle, la voz ronca de diversión—. La putita del hammam otra vez. Se le sale casi entero y se lo vuelve a tragar. Sullivan, cuéntale el chiste de los cimientos otra vez. Se corre más cuando te pones idiota.

Sullivan jadeó entre embestidas:

—Cliente pregunta: “Señor Sullivan, ¿aguanta la carga lateral?” Yo respondo: “Depende de si la diseñadora empuja hacia atrás o no”. ¡Y mira cómo empuja!

Simone se deshizo en carcajadas y gemidos, el culo contrayéndose alrededor de la polla con cada risa. El aceite salpicaba, el vapor hacía que todo oliera a sexo caliente y jabón negro. Ella se tocaba el clítoris con una mano y con la otra se agarraba al borde del banco.

—Más… joder, más profundo. Quiero que me lo dejes goteando otra vez. Danielle, chúpame los huevos a él mientras me folla. Vamos, comparte.

Danielle se deslizó debajo, lamió las bolas de Sullivan cada vez que golpeaban el coño de Simone, y de paso le dio lengüetazos al clítoris de su amiga. El trío era un enredo de sudor, risas y piel jabonosa. Sullivan sentía cómo se le acercaba otra vez el orgasmo, pero se aguantó, sacó la polla casi del todo, solo la cabeza dentro, y la volvió a clavar de golpe.

—Dime qué eres —exigió él, tono de broma lasciva.

—Tu putita del hammam —contestó Simone entre risitas y gemidos—. La diseñadora con el ojete listo para planos y pollas. ¡Fóllame!

Él la folló así un rato largo, cambiando el ritmo: profundo y lento, luego rápido y corto. Danielle no paraba de tocarse y de tocarlas a los dos. En un momento se subió al banco, se colocó a horcajadas sobre la espalda de Simone y se frotó el coño empapado contra el culo de su amiga, deslizando sus labios alrededor de la base de la polla de Sullivan cada vez que entraba.

—Joder, qué resbaladizo todo —rió Danielle—. Estoy follándome el culo de Sim y la polla de mi novio a la vez. Somos un desastre de ingeniería erótica.

Sullivan gruñó, agarró la cadera de Danielle con una mano y la de Simone con la otra, y embistió más fuerte todavía. El sonido era obsceno, húmedo, constante. Simone se corrió otra vez, el esfínter exprimiendo la polla en espasmos, gritando el nombre de los dos y riéndose al final porque se le habían doblado las rodillas.

—No… no pares —pidió ella, la voz rota de placer—. Quiero que me lo dejes dentro otra vez. O que se lo des a ella. O… joder, inventa algo. El vapor no baja y yo sigo abierta.

Sullivan salió despacio, la polla latiendo, brillante de aceite y jugos. Danielle se bajó inmediatamente, se puso a cuatro patas al lado de Simone y juntó su culo al de su amiga, las dos nalgas abiertas una al lado de la otra, dos agujeros brillantes y dispuestos.

—Elige, arquitecto —dijo Danielle con una sonrisa pícara, mirándolo por encima del hombro—. O nos turnas rápido, o nos follas a las dos a la vez como puedas. Yo quiero más. Ella quiere más. Y tú tienes esa cara de “todavía no he terminado la inspección”.

Simone se rio, se pasó un dedo por su propio ojete y luego por el de Danielle, empujando un poco en ambos.

—Mira qué pareja de entradas. Diseñadas para ti. Venga, Sullivan. El hammam sigue caliente y nosotras también. ¿Qué obra vamos a reforzar ahora?

Él se quedó un segundo mirándolas: las dos amigas, sudorosas, riendo, los culos abiertos y listos, el semen anterior todavía visible en el muslo de Simone, el aceite brillando en las dos. La polla le daba sacudidas de pura necesidad. El calor le subía por la espalda. Sabía que esto solo acababa de empezar, que el vapor seguiría subiendo y que las dos lo iban a exprimir hasta que no quedara ni una gota de tensión en sus hombros de arquitecto.

Se acercó, les dio una palmada a cada nalga y dejó la polla descansando entre los dos culos, frotándose despacio, de un agujero al otro, sin entrar todavía.

—Primero voy a jugar un rato así —dijo con voz grave y divertida—. Y después… ya veremos quién se traga la siguiente carga. Pero que conste: el plano del hammam acaba de pasar de “privado” a “obra mayor en curso”.

Simone y Danielle se miraron, soltaron una carcajada al unísono y empujaron ambas hacia atrás a la vez, atrapando la polla de Sullivan entre sus nalgas calientes y resbaladizas, listas para lo que viniera.

Sullivan dejó la polla descansando un segundo más entre aquellos dos culos jabonosos y calientes, frotando el glande de un esfínter al otro mientras Simone y Danielle empujaban hacia atrás al unísono, atrapándolo como si fuera el último andamio de una obra mal calculada. El vapor le pegaba en la nuca; el aceite de argán hacía que todo resbalara con un sonido obsceno y constante. Él se rio por lo bajo, esa risa gutural de arquitecto que acaba de descubrir que los planos tienen más curvas de las previstas.

—Joder, mirad esto —gruñó, deslizando la verga de un agujero brillante al otro sin entrar todavía—. Dos entradas de obra, ambas sin candado y pidiendo refuerzo. Simone, tu ojete todavía gotea mi primera carga. Danielle, el tuyo está temblando como yeso fresco. ¿Quién se traga la siguiente inspección?

Simone miró por encima del hombro, el pelo pegado a la cara, y se rio con esa carcajada traviesa que le hacía rebotar las tetas.

—Tú eliges, gilipollas guapo. Pero date prisa, que el mármol me está quemando las rodillas y yo quiero más polla en el culo antes de que se enfríe el eucalipto. Danielle, abre más. Vamos a hacerle un sándwich de nalgas al arquitecto.

Danielle obedeció, separando las mejillas con las manos y empujando su culo contra el de su amiga hasta que los dos agujeros rozaban la base de la polla de Sullivan. Él empujó despacio, solo la cabeza, primero en el de Simone —que ya estaba abierto y resbaladizo de la corrida anterior— y luego lo sacó con un pop húmedo para clavárselo a Danielle hasta la mitad. Danielle gritó y se rio al mismo tiempo, el sonido rebotando en las cúpulas.

—¡Ahí… joder, qué grueso otra vez! Más, dale más. No te pongas técnico ahora, cariño. Quiero el mismo trato bruto.

Sullivan embistió un par de veces en el culo de su novia, profundo y corto, sintiendo cómo el esfínter le apretaba con esas contracciones rítmicas que ella hacía a propósito. Luego salió y se la clavó entera a Simone de un solo golpe, hasta las bolas. Simone se atragantó de risa y placer, arqueando la espalda.

—Hijo de puta… sin avisos otra vez. Me encanta. Fóllame el ojete dos embestidas y cámbiale a ella. Turnos justos, diseñadora odia las asimetrías, ¿te acuerdas?

Él lo hizo exactamente así: dos embestidas brutales en Simone, el aceite salpicando, las nalgas temblando, y después fuera y dentro de Danielle con el mismo ritmo. El mármol caliente les quemaba las rodillas y las palmas; el vapor convertía el sudor en hilos brillantes que les corrían por la espalda. Sullivan pensaba, entre embestidas, que nunca había tenido un día tan productivo: dos culos perfectos turnándose su polla como si fuera un ascensor de obra, las dos riendo y gimiendo y empujando hacia atrás para tragarla más profundo.

—Cliente pregunta —jadeó él, metiéndosela otra vez a Simone hasta el fondo—: “Señor Sullivan, ¿la estructura aguanta carga cíclica?” Yo respondo: “Depende de si las dos putitas del hammam empujan a la vez o no”. ¡Y mirad cómo empujáis!

Simone casi se deshace en carcajadas, el esfínter contrayéndose alrededor de la verga con cada risa. Danielle se unió al chiste, la voz rota de placer:

—Carga lateral aceptada… joder, más duro. Simone, chúpame un pezón mientras me la clava. Comparte el espectáculo.

Simone se giró lo justo, todavía con la polla de Sullivan entrando y saliendo de su culo, y lamió el pecho de su amiga, chupando el pezón con lengua larga y ruidosa. Danielle gimió y se rio, empujando el culo hacia atrás para que Sullivan la follara más profundo cuando le tocó el turno. Él cambiaba de uno a otro sin parar, la polla brillante de aceite, semen residual y jugos, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el hammam. Cada vez que entraba en Simone sentía el calor residual de su primera corrida; cada vez que entraba en Danielle notaba lo apretado y tembloroso que seguía estando.

Después de un rato de turnos rápidos, Sullivan se detuvo con solo la cabeza dentro del culo de Danielle y les dio una palmada sonora a cada nalga.

—Cambio de plano. Quiero veros una encima de la otra. Simone abajo, Danielle arriba, culos apilados. Voy a follaros los dos a la vez como pueda. Obra mayor, os lo dije.

Simone se rio y se tumbó de pechos sobre el banco caliente, abriendo las piernas y arqueando el culo. Danielle se subió encima de ella, espalda contra espalda, alineando su ojete justo encima del de su amiga. Los dos agujeros brillaban, uno goteando todavía un hilo blanco, el otro rosado y abierto por los dedos y la polla anteriores. Sullivan se arrodilló, agarró las caderas de las dos y frotó el glande de uno a otro otra vez, empujando solo un poco en cada uno.

—Mirad qué pareja de entradas de servicio —murmuró, la voz grave y divertida—. Diseñadas para mí. Simone, empuja. Danielle, tú también. Vamos a ver si aguanta la doble carga.

Empujó primero en Simone, hundiéndose hasta las bolas mientras Danielle sentía el roce de las bolas y el muslo contra su propio culo. Luego salió y se la clavó a Danielle con la misma fuerza. Las dos gritaron y se rieron a la vez, el peso de Danielle aplastando un poco a Simone, las tetas de una contra la espalda de la otra. Sullivan embistía alternando: tres embestidas en una, tres en la otra, el aceite salpicando, el vapor haciendo que todo oliera a sexo caliente y jabón negro. Simone se tocaba el clítoris por debajo; Danielle se metía dos dedos en el coño y gemía contra el hombro de su amiga.

—Joder, se siente… se siente como si me estuvieras follando a las dos al mismo tiempo —jadeó Danielle entre risas—. El culo de Sim me está rozando el mío cada vez que entras. Somos un desastre de ingeniería erótica, te lo dije.

—Y a mí me estás aplastando delicioso —añadió Simone, la voz ahogada de placer y carcajadas—. Sullivan, más profundo en las dos. Quiero que cuando salgamos de aquí no podamos sentarnos en el té sin recordar tus cimientos.

Él aceleró, ahora entrando casi completo en una y luego en la otra sin pausa, las manos agarrando nalgas, pellizcando, dando palmadas que dejaban marcas rojas brillantes bajo el vapor. El nudo le subía otra vez por la base de la polla, pero se contuvo, sacó del culo de Danielle y se la clavó entera a Simone mientras le ordenaba:

—Danielle, baja un poco. Quiero que me lamas los huevos mientras le follo el ojete a tu amiga. Y tú, Simone, aprieta. Quiero sentir cómo me ordeñas.

Danielle se deslizó hacia un lado lo justo, lamiendo las bolas de Sullivan cada vez que golpeaban el coño de Simone, la lengua caliente y traviesa. Simone apretó el esfínter a propósito, riendo y gimiendo, empujando hacia atrás para tragarla más. Sullivan embistió sin piedad, el moño de Simone ya deshecho del todo, tirando un poco del pelo para arquearla más.

—Dime qué sois —exigió él, tono de broma lasciva entre jadeos.

—Tus putitas del hammam —contestaron las dos al unísono, riéndose—. La diseñadora y la novia con los ojetes listos para planos y pollas. ¡Fóllanos!

Él las folló así un rato largo, cambiando de culo cada pocas embestidas, el cuerpo sudoroso, los músculos de arquitecto tensos y brillantes. Simone se corrió primero otra vez, el esfínter exprimiendo la polla en oleadas, gritando el nombre de los dos y riéndose al final porque se le habían doblado casi las rodillas bajo el peso de Danielle. Danielle la siguió segundos después, contrayéndose alrededor de la verga cuando le tocó el turno, el orgasmo haciéndole temblar las piernas y goteando jugos por los muslos de las dos.

Sullivan salió despacio, la polla latiendo, a punto, y las miró: las dos amigas apiladas, sudorosas, riendo, los culos abiertos y rojizos, goteando aceite y restos de semen. Todavía no se había corrido. El calor le subía por la espalda como un martillo de forja. Sabía que esto solo acababa de escalar.

Se incorporó un poco, les dio la vuelta a las dos con manos firmes y las puso de rodillas frente a él, una al lado de la otra, bocas abiertas y ojos brillantes de lujuria y diversión. La polla le rozaba primero los labios de Simone, luego los de Danielle.

—Chupar un rato —ordenó con sonrisa sucia—. Limpiadme. Y después… quiero veros follándoos el culo una a la otra con los dedos mientras yo decido quién se traga la siguiente carga caliente. El vapor no baja, el mármol sigue caliente y yo todavía tengo tensión en los hombros de tanto plano. ¿Listas para la siguiente fase de la obra?

Simone lamió el glande con lengua larga, saboreando el aceite y su propio sabor, y se rio contra la verga.

—Listas, arquitecto. Pero que conste: si me dejas el culo imposible de cerrar otra vez, mañana te diseño un hotel con forma de polla solo por venganza. Danielle, comparte.

Danielle se unió, lamiendo el lado de la polla, chupando las bolas, las dos lenguas traviesas y ruidosas. Sullivan se pasó una mano por el pelo húmedo y miró el techo de cúpulas sudorosas. El hammam seguía espeso, olía a eucalipto y a sexo, y las dos mujeres a sus pies ya se estaban metiendo dedos en los ojetes abiertos mientras le chupaban, riéndose entre lengüetazos, listas para lo que viniera. Él sentía la polla latir contra sus bocas y sabía que la inspección técnica todavía tenía varias plantas por subir.

Sullivan se pasó los dedos por el pelo empapado y miró hacia abajo: Simone y Danielle, de rodillas sobre el mármol caliente, se turnaban su polla con lenguas largas y traviesas mientras se metían dos y tres dedos en los ojetes ya abiertos y resbaladizos. El vapor les pegaba en la espalda como una manta húmeda; el olor a eucalipto, jabón negro y sexo llenaba las cúpulas. Él soltó una risa gutural, esa de arquitecto que acaba de pillar un error de cálculo delicioso.

—Limpiad bien, putitas del hammam —gruñó, empujando despacio hacia la garganta de Simone—. Quiero que me dejen reluciente antes de la siguiente fase. Danielle, más lengua en las bolas. Así… joder, qué equipo de mantenimiento.

Simone chupó con ganas, la mejilla hundida, y se rio contra la verga, el sonido vibrándole hasta la base. A sus veintinueve años de diseñadora gráfica de curvas generosas, sabía exactamente cómo provocar. Se sacó la polla de la boca con un pop húmedo, un hilo de saliva brillándole en el labio, y miró a su amiga.

—Comparte, Dani. Está todo a sabor de aceite de argán y de nosotros tres. Y tú, arquitecto de mierda precioso, no te corras todavía. Quiero que me lo vuelvas a clavar hasta que no pueda ni pensar en vectores.

Danielle, la novia de treinta y pico con pechos pesados y esa risa que siempre sonaba a cómplice, lamió el lado de la polla de un tiron, chupó las bolas y después se inclinó para besar a Simone con la boca llena del sabor de él. Las dos se metían dedos más profundo en los culos, abriéndose una a la otra, riéndose entre lengüetazos. Sullivan las agarró del pelo —con cuidado, pero firme— y las guió para que chuparan juntas, lenguas enredadas alrededor del glande, saliva y aceite goteando por su longitud.

—Obra en curso —jadeó él—. Cliente pregunta: “Señor Sullivan, ¿y la resistencia a fatiga?” Yo respondo: “Depende de cuántas veces se la traguen estas dos”. ¡Mirad cómo chupáis!

Simone se atragantó de risa y de polla, los ojos brillantes. Danielle se unió al coro, la voz ronca:

—Fatiga aceptada… joder, Sim, métete otro dedo. Quiero verte el ojete como un plano abierto. Sullivan, decide ya. ¿A quién le toca la siguiente carga?

Él las levantó con manos de obrero acostumbrado a cargar planos y cuerpos. Las puso de nuevo a cuatro patas, culos juntos, uno al lado del otro, brillantes, rojizos, goteando. El de Simone todavía mostraba restos blancos de la primera corrida; el de Danielle temblaba de ganas. Sullivan se arrodilló, les dio una palmada sonora a cada nalga y frotó el glande de un esfínter al otro sin entrar todavía, solo provocando.

—Primero juego —dijo con sonrisa sucia—. Después os folló los dos como si fuera la última inspección del día. Simone, empuja. Danielle, tú también. Sándwich de nalgas otra vez, pero ahora con entrada completa.

Empujó primero en Simone. La cabeza entró con ese pop húmedo que ya conocían, y ella gritó-rió, arqueando la espalda hasta que las tetas le rozaron el mármol caliente.

—¡Hijo de puta… entero! Más, dale más. No seas fino, arquitecto. Quiero que me lo dejes imposible para el té.

Dos embestidas brutales, hasta las bolas, el aceite salpicando, y salió con un sonido obsceno para clavársela a Danielle de un solo golpe. Danielle se atragantó de placer y carcajada, el esfínter apretándole con esas contracciones rítmicas que hacía a propósito.

—Ahí… joder, qué grueso otra vez. Turnos rápidos, cariño. Como el ascensor de obra que no para. Simone, chúpame el pezón mientras me la clava. Comparte el desastre.

Simone se giró lo justo, todavía con la polla de Sullivan entrando y saliendo de su culo en el siguiente turno, y lamió el pecho de su amiga con lengua ruidosa, chupando el pezón hasta que Danielle gimió más alto. Sullivan cambiaba sin piedad: tres embestidas en una, tres en la otra, las manos agarrando caderas jabonosas, palmadas que dejaban marcas rojas brillantes bajo el vapor. El mármol les quemaba las rodillas; el sudor les corría por la espalda en hilos. Él pensaba, entre embestidas, que sus clientes de hormigón armado se morirían si vieran la estructura que estaba levantando: dos culos perfectos turnándose su verga como andamios mal calculados, las dos riendo y empujando hacia atrás para tragarla más profundo.

—Carga cíclica aceptada —jadeó él, metiéndosela otra vez a Simone hasta el fondo—. “Señor Sullivan, ¿aguanta laterales?” “Depende de si la diseñadora y la novia empujan a la vez”. ¡Y mirad cómo empujáis, putitas!

Simone se deshizo en carcajadas, el esfínter contrayéndose alrededor de la polla con cada risa, lo que lo volvía loco. Danielle se unió:

—Laterales… joder, más duro. Sim, métete los dedos en el coño mientras te la follan. Quiero verte correrte otra vez solo de culo.

Sullivan aceleró, ahora entrando casi completo en una y luego en la otra sin pausa. El sonido era húmedo, constante, obsceno: carne contra carne, aceite salpicando, gemidos-risas rebotando en las cúpulas. Sacó de Danielle, se la clavó entera a Simone y le ordenó:

—Danielle, debajo. Lámeme los huevos y el clítoris de ella a la vez. Y tú, Simone, aprieta. Ordéñame como si fueras a sacarme hasta el último plano.

Danielle se deslizó, lengua caliente lamiendo bolas cada vez que golpeaban, y de paso lengüetazos al coño de su amiga. Simone apretó a propósito, riendo y gimiendo, empujando hacia atrás. Sullivan tiró un poco del moño deshecho de ella para arquearla más y embistió sin piedad.

—Dime qué sois —exigió, tono de broma lasciva.

—Tus putitas del hammam —contestaron al unísono, riéndose—. La de veintinueve con el ojete de diseñadora y la novia con el culo listo para cimientos. ¡Fóllanos!

Las folló así un rato largo, cambiando de agujero cada pocas embestidas, el cuerpo de treinta y dos años tenso y brillante de sudor y aceite. Simone se corrió primero, el esfínter exprimiendo en oleadas, gritando nombres y riéndose al final porque se le doblaron las rodillas. Danielle la siguió cuando le tocó el turno, contrayéndose alrededor de la verga, jugos goteando por los muslos de las dos.

Sullivan salió despacio, la polla latiendo a punto de estallar, y las miró: sudorosas, riendo, culos abiertos y rojizos, goteando. Todavía no se había corrido. El calor le subía como martillo de forja.

—Cambio de plano final —dijo, voz grave y divertida—. Una encima de la otra otra vez. Simone abajo, Danielle arriba, culos apilados. Voy a alternar hasta que no quede tensión ni en mis hombros ni en vuestros ojetes. Y esta vez me corro donde digáis.

Simone se tumbó de pechos, arqueando. Danielle se subió, espalda contra espalda, alineando su agujero justo encima. Sullivan se arrodilló, agarró las dos caderas y empujó primero en Simone hasta las bolas mientras Danielle sentía el roce. Luego fuera y dentro de Danielle con la misma fuerza. Las dos gritaron y se rieron, el peso aplastando delicioso, tetas contra espalda.

—Se siente… como si nos follaras a las dos al mismo tiempo —jadeó Danielle entre risas—. El culo de Sim me roza cada vez. Desastre de ingeniería erótica total.

—Y a mí me aplastas rico —añadió Simone, voz ahogada—. Más profundo en las dos, Sullivan. Quiero salir de aquí sin poder sentarme sin acordarme de tus cimientos.

Él aceleró: tres en una, tres en la otra, palmadas, pellizcos, el aceite volando. El nudo le subió imparable. Sacó de Danielle, se la clavó entera a Simone, tiró del pelo y se corrió con un gruñido largo, chorros calientes llenándole el culo otra vez mientras ella apretaba y reía y se corría de nuevo. Sacó todavía latiendo, un hilo blanco goteando, y se la metió a Danielle tres embestidas más para acabar de vaciarse dentro de ella también, las dos amigas recibiendo la carga, temblando, riendo, el semen mezclándose con aceite y vapor.

Se desplomaron juntos en el banco caliente, un enredo de piernas, pechos y risas jadeantes. Sullivan les acarició los culos abiertos, viendo cómo goteaban las dos. Simone se pasó un dedo por su propio agujero, recogió semen y se lo ofreció a Danielle, que lo lamió con mueca de catadora.

—Notas a eucalipto, a arquitecto exhausto y a mejor amiga que no cierra el ojete en una semana —declaró Simone entre carcajadas—. Danielle, tu turno de prueba. Y tú, Sullivan… joder, qué obra.

Danielle lamió, se rio y se estiró, los pechos lustrosos.

—Sabe a “misión cumplida”. Mira cómo nos has dejado. Abiertas como puertas de medina sin cerrojo. El vapor sigue, pero yo ya no siento las piernas.

Sullivan se rio, bajo, el pecho subiendo y bajando, la polla ya blandita pero satisfecha, y las abrazó a las dos contra el mármol todavía caliente. El hammam olía a sexo y a jabón; fuera esperaba el té a la menta y el polvo rojo de Marrakech, pero aquí dentro el plano estaba cerrado… o casi.

Simone se incorporó un poco, el pelo pegado a la cara, los ojos brillantes de lujuria residual y diversión pura, y miró a los dos con esa sonrisa que siempre prometía más líos.

—Bueno, arquitecto… ya nos has reforzado los cimientos dos veces cada una y el semen nos escurre hasta los tobillos. Mañana tengo que diseñar un logo y no voy a poder sentarme sin acordarme de tu polla. Entonces dime la verdad, Sullivan: ¿repetimos el hammam privado la semana que viene… o te atreves a que te diseñe yo a ti el culo la próxima vez?

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