Trazos prohibidos en el lienzo de su amiga
Roxanne se pajea con fuerza mirando los dibujos de su coño que Petra le hizo a escondidas.
El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales altos del estudio de Petra, tiñendo de ámbar los lienzos apilados contra las paredes y el caos ordenado de pinceles, tubos de óleo y trapos manchados. Roxanne cerró la puerta tras de sí con un clic suave y se quedó un momento en el umbral, oliendo la trementina mezclada con el perfume ligero que Petra siempre dejaba impregnado en el aire. Tenía veinticuatro años y el corazón todavía le latía un poco acelerado por la subida de las escaleras; su mejor amiga, de veintiséis, acababa de salir corriendo hacia la tienda de materiales con la excusa de que se le habían acabado los cadmios y un barniz especial.
—Quédate, tonta —le había dicho Petra, ya con la chaqueta puesta, el pelo castaño recogido en un moño desordenado—. No vas a esperarme en la calle como una perdida. Usa el sofá, mira mis mierdas, lo que quieras. Vuelvo en una hora, máximo.
Roxanne había asentado, sonriendo con esa complicidad de años compartidos en la facultad y después en noches de vino barato criticando exposiciones. Ahora estaba sola. El estudio ocupaba todo el ático: caballetes, un diván desvencijado cubierto con una tela blanca manchada de pintura, y estanterías repletas de cuadernos. Se quitó la chaqueta, se arremangó la camiseta negra y se paseó entre los lienzos a medio hacer. Retratos, desnudos clásicos, alguna composición abstracta. Nada fuera de lo normal. Petra siempre había sido obsesiva con la anatomía femenina; Roxanne lo sabía de sobra, había posado para ella un par de veces, ropa interior, poses artísticas, todo muy profesional… o eso creía.
Curiosa, abrió un cajón del escritorio desgastado. Brochas, carboncillos, una goma de borrar hecha una pena. En el siguiente, bajo una carpeta de bocetos de manos, encontró un cuaderno de tapas negras, sin título, cerrado con una goma elástica. El corazón le dio un vuelco tonto. No debería. Pero la voz de Petra resonaba en su cabeza —mira mis mierdas, lo que quieras— y los dedos de Roxanne ya estaban deshaciendo la goma.
La primera página la dejó sin aire.
Era ella. Inequívocamente ella. El trazo de carboncillo había capturado la curva de su mandíbula, el lunar bajo el labio izquierdo, hasta el mechón rebelde que siempre se le escapaba detrás de la oreja. Pero no estaba vestida. Estaba completamente desnuda, sentada en el borde de ese mismo diván, las piernas abiertas con una desfachatez que Roxanne jamás había posado. Un pecho alzado, el pezón dibujado con un detalle obsceno: la aureola fruncida, la punta erecta. La otra mano de la figura —su mano— bajaba entre los muslos y se abría los labios del coño con dos dedos, mostrando el interior rosado, brillante, como si estuviera chorreando.
—Joder… —susurró Roxanne, y la palabra salió ronca.
Pasó la página con los dedos un poco torpes. Otra pose. Ella de rodillas, el culo en pompa hacia el espectador, la espalda arqueada, mirando por encima del hombro con una sonrisa sucia que Roxanne no recordaba haberse puesto nunca delante de Petra. El coño se veía entre los muslos, hinchado, los labios gruesos entreabiertos. Petra había sombreado la rendija con una intensidad casi devota, hasta el pliegue del clítoris asomando. En el margen, una nota rápida a lápiz: Rox cuando se muerde el labio. Quiero lamer eso.
Un calor traicionero le subió por el cuello. Notó cómo se le endurecían los pezones dentro del sujetador, rozando la tela de golpe demasiado áspera. Seguió pasando hojas. Había docenas. Roxanne recostada, masturbándose con tres dedos metidos hasta el fondo, el pulgar frotándole el clítoris; Roxanne de pie contra la pared del estudio, una pierna levantada, abriéndose el coño con ambas manos para que se viera el agujero oscuro y mojado; Roxanne corriéndose, la boca abierta, los ojos entrecerrados, hilos de lubricante dibujados escurriendo por el muslo interno. En algunas el trazo era rápido, casi violento; en otras, tan delicado que se notaba el tiempo que Petra había invertido mirando —imaginando— cada pliegue de su carne.
Roxanne tragó saliva. El cuaderno le temblaba en las manos. Nunca había posado así. Nunca le había dicho a Petra que podía dibujarla de esa forma. Y sin embargo cada línea gritaba conocimiento: la forma exacta de sus tetas cuando estaba excitada, el lunar que tenía justo encima del pubis, la manera en que su coño se hinchaba y se ponía de un rosa más oscuro cuando quería que la follaran. Petra lo sabía. Petra lo había estudiado a escondidas, lo había pajado en carboncillo y óleo mental noche tras noche.
Se sentó en el diván sin pensarlo, el mismo donde la habían dibujado abierta de piernas. El cuero frío le pegó a los muslos a través del vaquero. Volvió a la primera imagen, esa donde se abría los labios con los dedos. Acercó el cuaderno. El detalle del clítoris le hizo apretar las rodillas. Notó la primera oleada de humedad real: un pulso caliente entre los labios, la braga de algodón empezando a pegarse a la raja. Se mordió el labio inferior, exactamente como en la nota de Petra.
—Hija de puta… —murmuró, pero no había rabia. Solo una excitación densa, sucia, que le bajaba a la barriga y le hacía latir el coño con golpes sordos.
Se pasó la lengua por los dientes. Imaginó a Petra en ese mismo sofá, piernas abiertas, el lápiz temblando mientras se tocaba con la otra mano y dibujaba el coño de Roxanne goteando. La imagen la calentó más. Con la mano libre se tocó encima del pantalón, presionando el bulto de su propio sexo, notando lo empapada que ya estaba la entrepierna. El vaquero le apretaba el clítoris de forma deliciosa y frustrante a la vez. Frotó en círculos lentos, sin bajar la cremallera todavía, mirando el dibujo donde “ella” se metía los dedos hasta los nudillos.
La respiración se le entrecortó. Abrió más las piernas sobre el diván. El cuaderno apoyado en un muslo, la otra mano ya desabrochando el botón del pantalón, bajando la cremallera con un ruido obsceno en el silencio del estudio. Metió los dedos bajo la braga y tocó carne caliente, resbaladiza. Estaba hecha un puto charco. Se recorrió los labios hinchados, recogió lubricante y se lo llevó al clítoris, dándole dos frotadas cortas que le arrancaron un gemido bajo.
—Petra… cabrona… me has dibujado el coño como si te lo hubieras comido —dijo en voz alta, solo para oírse, y el sonido de su propia voz sucia le encendió más.
Pasó otra página con los dedos mojados, dejando una marca brillante en el borde del papel. En esa viñeta estaba de espaldas, en cuatro patas, el culo levantado, el coño y el culo expuestos, un hilo de saliva o de leche dibujado cayendo desde la boca entreabierta. Roxanne se empujó dos dedos dentro de golpe, hasta el fondo, y apretó las paredes alrededor. Estaba tan resbaladiza que entraron sin resistencia. Sacó y metió, mirando el dibujo, imaginando que eran los dedos de Petra los que la follaban mientras la retrataba. El pulgar le buscó el clítoris otra vez. Rápido. Sucio. El sonido húmedo de su coño llenó el estudio: chap, chap, chap.
Se echó hacia atrás contra el respaldo del diván, las tetas subiendo y bajando bajo la camiseta. Se levantó la tela con la mano del cuaderno, se bajó el sujetador y se pellizcó un pezón duro, tirando de él hasta que le dolió rico. La otra mano no paraba: tres dedos ahora, abriéndose, follándose con ganas, la palma golpeándole el clítoris en cada embestida. Miraba los dibujos uno tras otro, cada pose más puta que la anterior, y sentía cómo el orgasmo le empezaba a construir en la base de la columna, pesado, inevitable.
Pero no quería corrersé todavía. Quería alargar esto. Quería que Petra volviera y la pillara así… o quizás no. La idea de ser descubierta con los dedos enterrados en el coño y el cuaderno secreto abierto le mandó un escalofrío directo al útero. Sacó los dedos, se los chupó con ruido, saboreando su propio gusto ácido y dulzón, y volvió a abrir el cuaderno por la página donde Petra había escrito Quiero lamer eso.
Se bajó del todo el vaquero y la braga hasta los tobillos, se abrió las rodillas todo lo que pudo y se miró el coño real al lado del dibujado. Estaba igual de hinchado, igual de brillante. Se separó los labios con la izquierda, exactamente como en el carboncillo, y con la derecha empezó a azotarse el clítoris con la yema de los dedos, seco al principio, después resbaladizo otra vez. Jadeaba. El sudor le corría entre las tetas. El estudio olía a sexo y a pintura.
—Mírame, Petra —susurró mirando la puerta cerrada, como si la amiga pudiera materializarse—. Mírame como me dibujaste. Estoy más puta que en tus putos bocetos…
Se embistió de nuevo con cuatro dedos, estirándose, el nudo del placer subiéndole por la garganta. El cuaderno resbaló un poco; lo sujetó contra el pecho desnudo, las páginas pegadas a su piel sudada, y siguió masturbándose con fuerza, sin piedad, los ojos fijos en los trazos prohibidos de su propio coño mientras el orgasmo le raspaba ya las paredes internas, prometiendo destrozarla… pero aún no. Todavía no. Quería más dibujos. Quería descubrir hasta dónde había llegado Petra en su obsesión secreta. Y el cuaderno, debajo de la mano temblorosa, todavía tenía muchas páginas por delante.
Siguió pasando páginas con la mano temblorosa, los dedos todavía brillantes de su propio jugo. Cada trazo nuevo le clavaba un calambre directo al coño. En una estaba arrodillada con la cara contra el respaldo del diván, el culo abierto y dos dedos de carbón metidos hasta el fondo mientras miraba al espectador con la boca hecha un círculo perfecto de puta. En otra se corría a chorros, el líquido dibujado con rayas gruesas que le resbalaban por los muslos hasta la rodilla. Roxanne apretó los dientes y se empujó los cuatro dedos otra vez, abriéndose con ganas, el pulgar aplastándole el clítoris hinchado en círculos rápidos y sucios.
El calor le subía por el pecho. Se quitó del todo la camiseta y el sujetador, los tiró al suelo sin mirar, y se sentó más hondo en el diván de la modelo —el mismo donde Petra la había imaginado abierta como una puta—. Las tetas le pesaban, los pezones duros como piedras. Se los agarró por encima primero, apretándolos fuerte a través de la piel desnuda, pellizcando hasta que le dolió rico y un hilo de saliva se le escapó por la comisura. Miraba los dibujos de su coño abierto y se frotaba las tetas con las palmas, aplastándolas, levantándolas, tirando de los pezones como si Petra estuviera ahí mismo chupándoselos.
—Joder, Petra… mira cómo me tienes —gimió en voz alta, la voz pastosa—. Me has dibujado el coño chorreando y ahora estoy igual de empapada, cabrona.
Se subió lo que quedaba de la falda imaginaria en su cabeza (el vaquero ya le colgaba de un tobillo) y apartó las bragas que todavía le rozaban un muslo. Los labios se le abrieron solos, hinchados, brillantes, el clítoris asomando gordo y rojo. Empezó a frotárselo con dos dedos, fuerte, sin piedad, el ruido húmedo chap-chap-chap llenando el estudio. Cada frotada le sacaba un gemido más alto. Se imaginaba a Petra escondida detrás del caballete, el lápiz temblando, la mano libre dentro de su propia braga mientras la miraba tocarse.
—Carla… no, Petra, joder, Petra —corrigió entre jadeos, el nombre saliéndole como un gemido ronco—. Estás mirándome, ¿verdad? Estás dibujando cómo me froto el clítoris ahora mismo. Mírame, puta, mírame abrirme para ti.
Se abrió más las rodillas, los pies apoyados en el borde del diván, y se separó los labios con la izquierda exactamente como en el primer dibujo. Con la derecha se azotó el clítoris, seco al principio, después resbaladizo otra vez, los dedos bailando arriba y abajo, apretando, pellizcando el capuchón. El lubricante le goteaba ya por el culo, manchando el cuero del sillón. Se metió tres dedos de golpe, follándose con embestidas cortas y profundas, la palma golpeándole el montículo en cada embestida. Las tetas le rebotaban. Se agarró una con la mano libre y se la llevó a la boca, chupándose el pezón propio, mordiéndolo, gimiendo alrededor de la carne.
La fantasía la devoraba. Petra estaba ahí. Petra la observaba desde la puerta entreabierta, la polla mental dura, los ojos fijos en cómo Roxanne se destroza el coño. O mejor: Petra sentada en la silla del caballete, las piernas abiertas, tocándose ella también mientras le ordenaba en voz baja “abre más, enséñame cómo te mojas, déjame dibujar ese chorro”. Roxanne cerró los ojos un segundo y se vio a sí misma corriéndose en la cara de su amiga, el coño contrayéndose contra la lengua de Petra, los dibujos tirados por el suelo.
Abrió los ojos. Pasó otra página con los dedos mojados. Ahora el carboncillo la mostraba de pie, una pierna levantada sobre el diván, abriéndose el coño con las dos manos para que se viera el agujero oscuro y el clítoris palpitante. Al margen: “Cuando se corre le tiembla todo. Quiero oírla gritar mi nombre”. Roxanne soltó una risa rota y se frotó más rápido, los dedos un borrón sobre el clítoris.
—Petra… Petra, mírame… me estoy follando con tus putos dibujos —jadeó—. Estoy más puta que en tu cuaderno. Si estuvieras aquí te haría lamer cada gota. Te sentaría en mi cara y te comería el coño mientras me dibujas otra vez.
Se echó hacia atrás, el cuaderno abierto contra las tetas sudadas, las páginas pegajosas de su jugo. Se embistió con cuatro dedos otra vez, estirándose, buscando ese punto que le hacía ver estrellas. El pulgar no paraba de castigar el clítoris. El orgasmo le subía como una marea sucia, pesada, desde el útero hasta la garganta, pero ella lo frenaba a propósito: apretaba los muslos, sacaba los dedos, se daba palmadas secas en la raja hinchada hasta que el placer bajaba un poco, y volvía a meterse. Quería alargarlo. Quería que el estudio oliera solo a ella, a coño caliente y a trementina.
Se levantó un momento, torpe, con los pantalones enredados en los tobillos, y se puso de rodillas en el diván exactamente como en uno de los bocetos. El culo en pompa, la espalda arqueada, una mano abriéndose los labios por detrás mientras la otra se frotaba el clítoris desde delante. Miraba por encima del hombro hacia la puerta, la boca abierta, la saliva cayéndole al cuero.
—Así me dibujaste, ¿no? Como una perra en celo. Pues tómala, Petra. Mírame el coño abierto y chorreando. Estoy tan jodidamente mojada que podría correrme solo con tu mirada.
Los dedos entraban y salían con un sonido obsceno, chap-chap-chap, el jugo salpicándole los muslos. Se imaginaba los ojos de Petra fijos en ella, la mano de la amiga moviéndose rápido bajo la falda, el lápiz cayendo al suelo. Se metió un quinto dedo a duras penas, abriéndose hasta el límite, el nudillo rozándole el culo. El clítoris le latía como un corazón loco. Cada frotada le arrancaba un gemido más alto, más roto.
—Petra… joder, Petra… si me vieras ahora te correrías en dos segundos. Quiero que me mires. Quiero que dibujes cómo me destrozo el coño pensando en ti. Quiero que…
Se detuvo un segundo, respirando a bocanadas, el sudor resbalándole entre las tetas hasta el ombligo. El cuaderno había resbalado al suelo. Lo recogió con la mano libre, lo abrió por una página nueva y casi se le escapa un grito: ahí estaba ella, de espaldas, las manos en la pared del estudio, el culo levantado, y Petra dibujada detrás, arrodillada, la cara enterrada entre sus nalgas, la lengua larga y obscena metida en su coño. Al margen, con letra temblorosa: “Sueño con probarla. Sueño con que me deje”.
Roxanne se dejó caer de nuevo sobre la espalda, las piernas abiertas en V perfecta, y se atacó el clítoris con las dos manos a la vez: una follándola con tres dedos gruñones, la otra azotando y pellizcando el bultito rojo sin descanso. Los gemidos ya no eran susurros. Eran quejas sucias, el nombre de Petra saliendo una y otra vez como un mantra.
—Petra… Petra… mírame correrme… no, todavía no… quiero más… quiero que me veas hecha un desastre…
El placer le raspaba las paredes, le hacía temblar los muslos, le subía por la columna en oleadas cada vez más fuertes. Aún lo contenía. Aún quería más páginas, más fantasía, más de esa tensión sucia que le estaba comiendo por dentro. El sol de la tarde se iba poniendo; la luz ámbar ahora era anaranjada y sucia. El estudio olía a sexo puro. Roxanne se chupó los dedos con ruido, saboreó su gusto ácido y volvió a meterlos, más profundo, más fuerte, los ojos fijos en el dibujo donde Petra le comía el coño, fantaseando que en cualquier segundo la puerta se abriría y su amiga la pillaría así, abierta, gimiendo, el cuaderno secreto manchado de su jugo…
Y ella no pararía.
Y ella no pararía. Los dedos de Roxanne seguían metidos hasta los nudillos, abriéndole el coño empapado con embestidas cada vez más brutales mientras el cuaderno abierto le pesaba contra el pecho sudado. El carboncillo de Petra le gritaba desde cada página: su raja hinchada, su clítoris dibujado gordo y rojo, la nota temblorosa de “Sueño con probarla”. Roxanne jadeó con la boca abierta, la saliva escurriéndole por la comisura hasta el pezón que acababa de soltar.
—Joder, Petra… míralo… —gimió en voz alta, la voz rota y pastosa—. Mírame el coño que dibujaste a escondidas. Está chorreando igualito. Más. Peor.
Se empujó más hondo, tres dedos ahora, cuatro otra vez, el sonido chap-chap-chap obsceno llenando el estudio entre el olor a trementina y a jugo caliente. El cuero del diván ya estaba empapado bajo su culo. Se arqueó, las tetas rebotándole, y con la mano libre se agarró el clítoris hinchado entre el índice y el pulgar, pellizcándolo sin piedad, aplastándolo, frotándolo en círculos rápidos y sucios que le hacían ver estrellas blancas detrás de los párpados. Cada frotada le sacaba un gemido más alto, más puta.
La fantasía la devoraba viva. Imaginaba a Petra escondida detrás del caballete, la falda subida, dos dedos propios metidos en su propio coño mientras miraba a Roxanne destrozarse. O mejor: Petra de rodillas entre sus muslos abiertos, la lengua fuera, lamiendo exactamente los pliegues que había sombreado noche tras noche. Roxanne abrió más las piernas, obscenamente, los pies plantados en los bordes del diván, las rodillas casi tocándole las tetas. Se separó los labios con la izquierda y se miró el agujero rosado, brillante, contrayéndose solo de ganas.
—Así… así me quieres, ¿verdad, cabrona? —jadeó mirando la puerta—. Abierta como una puta de tu cuaderno. Chorreando para que me dibujes otra vez. Te estoy follando con tus putos trazos…
Sacó los dedos de golpe, se los chupó con ruido sucio, saboreando el ácido dulzón de su propio coño, y volvió a meter solo dos. Dos dedos gruesos, duros, empujándolos hasta el fondo con fuerza bruta. Follándose. De verdad. Embistiendo el punto blando del interior con la yema mientras la otra mano no dejaba en paz al clítoris: lo azotaba, lo rodeaba, lo aplastaba contra el hueso del pubis. El lubricante le salía a borbotones, resbalándole por el culo, manchándole los muslos, goteando al suelo del estudio en hilos espesos.
El orgasmo le subía como una marea negra y sucia. Le temblaban los muslos. Le ardía el útero. Roxanne arqueó la espalda hasta casi rompérsela, la cabeza echada atrás contra el respaldo, el cuello tenso, la boca hecha un círculo perfecto de puta. Las piernas se le abrieron todavía más, obscenas, expuestas, el coño al aire completo para nadie y para Petra al mismo tiempo. Los dos dedos entraban y salían a un ritmo brutal, chap-chap-chap-chap, la palma golpeándole el montículo empapado en cada embestida. Con la otra mano se frotaba el clítoris hinchado sin descanso, rápido, sucio, desesperado.
—Petra… Petra, joder… me corro… me corro sabiendo que me deseas… que me has dibujado así… que quieres lamer esto…
El grito le salió ronco y largo cuando el placer la partió por la mitad. El coño se le contrajo con violencia alrededor de los dos dedos, apretándolos, ordeñándolos, y de pronto los chorros salieron. Squirt caliente, potente, salpicando el suelo del estudio en arcos sucios y brillantes que mojaron el cuero, salpicaron las patas del diván y llegaron hasta un trapo manchado de óleo. Roxanne gritó el nombre de su amiga una y otra vez mientras el cuerpo se le sacudía entero, los pezones duros apuntando al techo, los muslos temblando sin control, el jugo siguiéndole saliendo a pulsos fuertes cada vez que se embestía más hondo.
—¡Petra! ¡Joder, Petra! ¡Mírame correrme! ¡Sabes cómo me mojo por ti! ¡Me has dibujado el coño y ahora chorreo de verdad, puta! ¡Aaah…!
Otro chorro. Más fuerte. El suelo del ático quedó brillante bajo la luz anaranjada de la tarde. Roxanne seguía follándose con los dos dedos, sin parar ni en medio del orgasmo, frotándose el clítoris hinchado y hipersensible hasta que le dolió rico y el placer se le volvió casi dolor. Las contracciones no cesaban. El coño le latía como un segundo corazón loco. Se corría sabiéndose deseada, sabiendo que cada pliegue, cada gota, cada grito había sido imaginado primero por la mano de Petra.
Cuando la ola empezó a bajar un poco, no se detuvo. Sacó los dedos empapados, se los untó por los pezones y volvió a meterlos, ahora tres otra vez, buscando otra subida inmediata. El cuaderno había caído al suelo junto a los chorros; lo arrastró con el pie y lo abrió con la mano temblorosa en una página nueva. Ahí estaba ella otra vez, de pie contra la pared del estudio, una pierna levantada, el coño abierto con las dos manos y Petra dibujada de rodillas lamiéndole el clítoris con la lengua larga y obscena. Al margen: “Quiero que me moje la cara. Quiero oírla gritar mientras le chupo el squirt”.
Roxanne soltó una risa rota, casi un sollozo de puta, y se atacó el clítoris otra vez con las dos manos a la vez. Una follándola sin piedad, la otra azotando el bultito rojo todavía palpitante. El segundo orgasmo ya le rozaba las paredes internas, más sucio, más pesado. Se imaginó a Petra entrando en ese mismo instante, oliendo el sexo, viendo el suelo mojado, el cuaderno manchado, a Roxanne abierta y gimiendo su nombre.
—Vuelve… joder, vuelve y pilla… —jadeó mirando la puerta, las piernas todavía abiertas en V perfecta, el culo levantado del diván empapado—. Quiero que me veas así. Quiero que dibujes estos chorros. Quiero que te arrodilles y me limpies con la lengua cada gota que acabo de tirar por ti…
Se embistió más fuerte, buscando el punto que le hacía ver blanco. El clítoris le ardía. El coño le pedía más. El estudio olía solo a ella ahora, a squirt y a excitación densa. Roxanne se chupó los labios, se mordió la lengua y se frotó sin piedad, el nombre de Petra saliéndole en cada jadeo, el cuerpo todavía temblando de la corrida anterior y ya construyendo la siguiente. El sol se hundía más. La luz se volvía rojiza y sucia. Y ella seguía abierta, follándose con los dedos de Petra imaginarios, el placer subiéndole otra vez por la columna como una amenaza deliciosa, prometiendo destrozarla de nuevo… mientras el cuaderno secreto esperaba debajo, con páginas todavía sin manchar, y la puerta del estudio seguía cerrada… por ahora.
El segundo orgasmo la destrozó sin piedad. Roxanne arqueó la espalda hasta dolerle, los cuatro dedos enterrados hasta el fondo mientras el pulgar aplastaba el clítoris hinchado y hipersensible. El coño se le contrajo en espasmos violentos, ordeñando los dedos, y otro chorro caliente salió disparado, salpicando el cuero ya empapado y el suelo del estudio. Gritó el nombre de Petra una vez más, ronco, roto, las tetas rebotándole, los muslos temblando sin control, la saliva escurriéndole por la comisura hasta el pezón.
—Petra… joder, Petra… me corro otra vez… por tus putos dibujos… aaah…
Las contracciones la sacudieron durante largos segundos. El squirt le resbalaba por el culo, manchándole los muslos, goteando en hilos espesos. Cuando la ola empezó a bajar de verdad, Roxanne se quedó tendida en el diván, boqueando, el cuerpo entero un desastre brillante de sudor y jugo. El cuaderno abierto le pesaba contra el pecho pegajoso. Sacó los dedos despacio, los miró brillar a la luz rojiza de la tarde y se los chupó uno a uno con ruido sucio, saboreando el ácido dulzón de su propia corrida.
Todavía le latía el coño. Todavía le temblaban las piernas. Pero el reloj mental le gritaba: Petra volvería pronto. Se incorporó torpe, con los vaqueros enredados en un tobillo y la camiseta tirada no sabía dónde. Buscó a tientas la falda corta que había dejado en el bolso al llegar —la había cambiado por el vaquero al subir las escaleras, por comodidad— y se la puso sin bragas. La tela fina le rozó el coño hinchado y aún chorreante. Usó el dobladillo interior para limpiarse con movimientos lentos, deliberados: se pasó la falda por los labios hinchados, recogiendo el jugo espeso, frotándosela contra el clítoris todavía sensible hasta que un escalofrío le recorrió la espalda. El olor a sexo impregnó la tela. Sonrió, sucia, satisfecha. Dejó que un hilo le resbalara un segundo más por el muslo interno antes de secarlo del todo.
Se puso de pie. Las piernas le flaqueaban. Recogió la camiseta y el sujetador del suelo, se vistió a medias, el pecho aún marcado por sus propios pellizcos. El cuaderno esperaba a sus pies, algunas páginas arrugadas y manchadas con huellas brillantes de su corrida. Roxanne lo levantó con cuidado casi reverente. Pasó los dedos por el carboncillo de su propio coño abierto, por la nota de “Sueño con probarla”, y sintió un último pulso caliente entre las piernas. No lo limpió. Quería que Petra viera, oliara, supiera.
Lo cerró. Ajustó la goma elástica exactamente como la había encontrado. Caminó hasta el escritorio desgastado, abrió el cajón, colocó el cuaderno de tapas negras bajo la carpeta de bocetos de manos, en la misma posición precisa. El corazón le latía ahora de otra forma: no solo de corrida, sino de atrevimiento.
Buscó un trozo de papel suelto y un carboncillo. Se sentó un momento en la silla del caballete, las piernas aún abiertas bajo la falda manchada, y escribió con letra clara, temblorosa de residual:
Petra:
Encontré tu cuaderno. El de los trazos prohibidos. Vi cada dibujo de mi coño abierto, chorreando, corriéndome. Vi la nota de “quiero lamer eso”. Vi cómo me soñabas con la cara enterrada entre mis nalgas.
Me corrí como una puta mirándolos. Dos veces. Squirt incluido. El diván y el suelo todavía huelen a mí. Me toqué pensando en tu lengua, en tus dedos, en que me dibujaras otra vez mientras me follabas con la boca.
Me encantaron. Cada línea. Cada pliegue que inventaste… o que ya conocías. Quiero que me dibujes así de verdad. Quiero que me mires abrir las piernas y que me chupes el squirt que acabo de tirar por ti. La próxima vez que estemos solas en este estudio, quiero que me jodas con los pinceles y con la lengua. Que exploremos esto juntas. Que me conviertas en tu puta de carboncillo y de carne.
Si quieres, déjame una respuesta en el mismo sitio. O simplemente bésame cuando vuelvas y dime que sí con los dedos dentro.
Roxanne P.D.: Todavía estoy mojada. Y la falda está empapada de ti… de nosotros.
Dobló la nota, la deslizó entre las primeras páginas del cuaderno y cerró el cajón con un clic suave. Se quedó un segundo mirando el escritorio, la sonrisa satisfecha curvándole los labios. El estudio olía a trementina, a óleo y a coño fresco. Se pasó una mano por debajo de la falda una última vez, se recogió un poco de jugo residual y se lo untó en los labios como un pintalabios sucio. Se lamió.
Estaba recogiendo el vaquero del suelo, todavía medio desnuda de cintura para abajo, el culo al aire bajo la falda corta manchada, cuando oyó el ruido.
Pasos en la escalera. Rápidos. La llave girando en la cerradura del rellano. La puerta del estudio crujió al abrirse de golpe.
Petra estaba allí, en el umbral, la chaqueta todavía puesta, una bolsa de materiales colgando de un hombro, el pelo castaño suelto ahora, las mejillas sonrojadas por la subida. Sus ojos barrieron el suelo mojado, el diván empapado, a Roxanne con la falda levantada por detrás y los dedos todavía brillantes, el olor a sexo denso golpeándola en la cara.
—Rox…? —la voz de Petra salió ronca, sorprendida, y algo más oscuro se le encendió en la mirada mientras la puerta se cerraba a sus espaldas con un golpe seco.
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