Lluvia y Deseo en la Tienda Compartida
Dos amigas se comen los coños empapados en una tienda de campaña durante la tormenta.
La lluvia castigaba la lona de la pequeña tienda de campaña como un tambor desbocado. Afuera, el festival de música se había convertido en un caos de barro y truenos; adentro, el aire olía a tierra mojada, a sudor y a la promesa de algo que ninguna de las dos se atrevía todavía a nombrar en voz alta. Valeria, la DJ de veintiocho años cuyo set había quedado a medias cuando el cielo se abrió, entró arrastrando la mochila empapada. El pelo oscuro le caía en mechones pegados a la cara y la camiseta blanca se le transparentaba contra los pechos, marcando los pezones duros por el frío. Detrás de ella, Sofía, fotógrafa de veintiséis, se quitó la chaqueta chorreante y la lanzó a un rincón. Sus vaqueros se pegaban a los muslos como una segunda piel.
—Joder, qué frío —murmuró Valeria, tiritando, mientras se sacaba la camiseta con torpeza. El pecho le saltó libre, pesado, la piel erizada. Sofía no apartó la mirada. Sus ojos verdes recorrían las curvas de la otra mujer con una frankeza que hizo que el estómago de Valeria se contrajera.
—Tienes los pezones de punta —dijo Sofía, ya quitándose la propia camiseta. Sus tetas firmes, de pezones rosados y pequeños, brillaban con gotas de agua. —Y yo también. Esta puta tormenta nos va a matar de hipotermia si no nos secamos.
Se movían en el espacio estrecho, hombros rozándose, caderas rozándose. Cada roce enviaba una corriente caliente por la entrepierna de ambas. Valeria se bajó los pantalones mojados con dificultad; el bragas negras se le pegaron al coño, marcando el bulto de sus labios hinchados. Sofía hizo lo mismo, quedando en tanga blanca transparente. Se miraron. El relámpago siguiente las iluminó de golpe: dos cuerpos semidesnudos, gotas bajando por el vientre, vello púbico oscuro entrevisto bajo la tela mojada. La tensión sexual era un olor más en el aire cerrado de la tienda.
Valeria sintió el coño latirle. Desde que había visto a Sofía entre el público, cámara al hombro y sonrisa ladeada, había imaginado exactamente esto: esa boca atrevida abriéndole las piernas. Sofía, por su parte, no dejaba de recordar las manos de Valeria en las platínas, los dedos largos, y se preguntaba cómo se sentirían dentro de ella.
El trueno retumbó tan cerca que la lona vibró. Sofía se acercó un paso, la voz baja y ronca:
—Tu piel está ardiendo, Valeria. Lo siento desde aquí. Caliente… como si quisieras que te toque.
Valeria soltó una risa baja, casi un gruñido, y le pasó la yema del dedo por el hombro desnudo de Sofía, bajando hasta el inicio del pecho.
—Y la tuya está fría por fuera y hirviendo por dentro. Te he visto mirarme todo el puto día. Di la verdad.
Sofía tragó saliva. El deseo le subía por la garganta como un sabor a sal.
—Quiero probarte. Desde que te vi subir al escenario con esa falda corta me mojé. Quiero lamerte el coño hasta que grites más fuerte que la tormenta.
Valeria sintió un tirón directo en el clítoris. Se le cerró la garganta un segundo antes de contestar, la voz hecha humo:
—Yo también te quiero follar desde el primer segundo. Te vi entre el público y solo pensé en abrirte las piernas y comerte hasta dejarte temblando. Ven aquí.
No hubo más palabras. Se lanzaron la una contra la otra. La boca de Valeria chocó con la de Sofía con hambre, lengua metiéndose, chupando, mordiendo el labio inferior. Sofía gimió dentro del beso y le clavó las uñas en la espalda desnuda, empujándola contra el saco de dormir. Se quitaron lo que quedaba: bragas tiradas a un lado, tanga arrojada contra la pared de la tienda. Manos urgentes exploraron. Valeria agarró los pechos de Sofía, aplastándolos, pellizcando los pezones hasta que Sofía arqueó la espalda y jadeó. Sofía le bajó la mano al coño de Valeria, lo encontró ya empapado, labios hinchados y resbaladizos, y le metió dos dedos de golpe, curvándolos.
—Joder, qué mojada estás —susurró Sofía contra su boca.
Valeria gruñó y la empujó al suelo de la tienda. El suelo de nailon crujió bajo sus rodillas. Le abrió las piernas de Sofía con las manos firmes, miró aquel coño rosado y brillando de jugos, el clítoris hinchado y palpitante, y se lanzó. La lengua de Valeria aplastó el clítoris de Sofía de un solo trazo ancho, chupándolo con fuerza, succionando mientras introducía dos dedos gruesos hasta el fondo. Sofía gritó, las caderas subiendo, empujando el coño contra la cara de la DJ.
—Así, joder, chúpame más fuerte… mete los dedos hasta el coño…
Valeria no se detuvo. Lamió, chupó, folló con los dedos en un ritmo brutal, el pulgar presionando el ano de Sofía solo lo suficiente para volverla loca. El sabor era a sal y a deseo puro. Cada relámpago iluminaba el momento: la cabeza de Valeria enterrada entre los muslos abiertos, la espalda arqueada de Sofía, los pechos rebotando.
Cuando Sofía estuvo a punto de corrers, Valeria se apartó con un chasquido húmedo y se tumbó de espaldas.
—Siéntate en mi cara. Ahora.
Sofía no dudó. Se montó a horcajadas, bajó el coño empapado directamente sobre la boca abierta de Valeria y empezó a cabalgarla con movimientos salvajes, frotando el clítoris contra la lengua, apretando los pechos de Valeria con ambas manos, pellizcando los pezones duros hasta que Valeria gimió dentro de su coño. El jugo le chorreaba por la barbilla. Sofía se inclinó hacia adelante, el culo en el aire, y alcanzó el coño de Valeria con los dedos, metiéndole tres de una vez, follándola sin piedad mientras le chupaba un pezón.
Luego giraron en un movimiento torpe y urgente hasta quedar en 69. Valeria debajo, Sofía encima, ambas lamiendo, chupando, metiendo dedos y lenguas a la vez. El coño de Sofía goteaba sobre la cara de Valeria; el de Valeria se contraía alrededor de la lengua de Sofía. Se follaron la una a la otra con una intensidad casi violenta: lenguazos profundos, chupadas al clítoris hinchado, dedos curvados buscando el punto que hacía gritar. La tormenta afuera no podía competir con los gemidos.
—Me corro… me corro en tu puta boca —gritó Sofía, las caderas espasmódicas, el coño contrayéndose en oleadas calientes contra la lengua de Valeria.
Valeria la siguió segundos después, un orgasmo largo y salvaje que le sacudió las piernas, el grito ahogado entre los labios de Sofía. No pararon. Sigieron lamiendo, follando con los dedos, corrers de nuevo, una segunda y una tercera vez, los cuerpos resbaladizos de sudor y jugos, los clítoris hipersensibles temblando bajo cada nueva chupada. Solo cuando las piernas les fallaron se derrumbaron lado a lado, jadeando, abrazadas, el pecho de una pegado al de la otra.
La lluvia empezó a amainar poco a poco, el tamborileo volviéndose más suave. El aire dentro de la tienda olía a sexo, a coño mojado y a piel caliente. Valeria pasó la lengua por los labios hinchados de Sofía, saboreando el sabor compartido, y le susurró al oído, la voz todavía ronca de tanto gritar:
—Esto no termina con el festival, Sofía. Ni de coña. Voy a explorarte cada rincón esta noche… y la que viene… y la que sigue. Quiero follarte hasta que no puedas ni caminar al escenario de mañana.
Sofía sonrió contra su cuello, los dedos todavía trazando círculos perezosos sobre el pezón de Valeria, y le mordisqueó la clavícula.
—Prometido. Porque yo también quiero montarte la cara otra vez cuando la lluvia pare del todo… y después quiero que me folles con esa lengua hasta el amanecer.
Afuera, el último trueno lejano retumbó. Adentro, sus cuerpos seguían pegados, sudorosos, los coños todavía latientes, la promesa de más horas de piel y saliva y gritos flotando entre ellas como el vapor de su aliento mezclado. La noche apenas empezaba, y ninguna de las dos tenía intención de dormir.
La lluvia había amainado lo justo para que el sonido de sus respiraciones se volviera más nítido dentro de la tienda. Valeria no esperó. Giró el cuerpo de Sofía hasta dejarla de bruces sobre el saco de dormir todavía húmedo, le separó las nalgas con ambas manos y hundió la cara entre ellas. La lengua le abrió el coño desde atrás, chupando los labios hinchados, metiéndose hasta el fondo mientras el clítoris le rozaba la nariz. Sofía soltó un grito ahogado, las caderas empujando hacia atrás, buscando más.
—Joder, Valeria… así, más profundo… métela entera —jadeó, la voz rota, los dedos clavados en el nailon.
Valeria obedeció con voracidad. Le metió la lengua en el agujero caliente, la movió en círculos, chupó los jugos que ya volvían a brotar y luego subió al ano, solo para lamerlo con lentitud deliberada hasta que Sofía tembló. Dos dedos entraron de golpe en el coño empapado, curvados, follándola sin piedad mientras el pulgar presionaba el esfínter. Sofía se corrió casi al instante, el orgasmo sacudiéndole las piernas, el grito ahogado contra el saco de dormir, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Valeria en oleadas calientes que le mojaron la muñeca.
No le dio tiempo a recuperarse. Valeria la volvió a girar, se subió a horcajadas sobre su cara y le bajó el coño directamente a la boca.
—Ábrela. Chúpame como si te fuera la vida —ordenó, la voz ronca, los pechos pesados balanceándose.
Sofía abrió la boca de inmediato. La lengua le aplastó el clítoris hinchado, chupó con fuerza, metió los labios alrededor y succionó mientras Valeria se frotaba contra ella con movimientos salvajes. El jugo le chorreaba por la barbilla, por el cuello. Valeria se inclinó hacia adelante, alcanzó el coño de Sofía y le metió tres dedos de una vez, follándola en el mismo ritmo brutal con el que le cabalgaba la cara. Cada embestida de cadera hacía que Sofía gimiera dentro de ella, la vibración recorriéndole el clítoris hasta la espina.
—Más… joder, más fuerte… me voy a correr otra vez en tu puta boca —gruñó Valeria, pellizcándose un pezón con la mano libre.
Sofía respondió metiéndole la lengua más hondo, chupando, mordisqueando suavemente los labios hinchados. Valeria se corrió con un grito largo, el coño palpitando contra la cara de Sofía, los muslos temblando a ambos lados de su cabeza. Los jugos le inundaron la boca. Sofía no paró; siguió lamiendo, bebiendo, follándola con los dedos hasta que Valeria se derrumbó hacia un lado, jadeando, el pecho subiendo y bajando con violencia.
Pero la necesidad no se apagaba. Sofía se arrastró hasta quedar encima, le abrió las piernas a Valeria y se frotó contra ella, coño contra coño, labios resbaladizos chocando, clítoris rozándose en un vaivén húmedo y desesperado. El sonido era obsceno: chapoteo de jugos, piel contra piel, gemidos bajos que se mezclaban con el goteo de la lluvia en la lona.
—Siento cómo me late… cómo te late —susurró Sofía contra su boca, besándola con hambre, compartiendo el sabor de ambas. —Quiero meterte la mano entera si hiciera falta. Quiero que grites mi nombre hasta que se te quede la garganta en carne viva.
Valeria le agarró las caderas y empujó hacia arriba, aumentando la fricción. El clítoris de Sofía le rozaba el suyo una y otra vez, hinchado, sensible, casi doloroso de lo bien que estaba. Se besaron con lengua y dientes, las manos explorando pechos, pellizcando pezones duros, bajando a clavar uñas en nalgas firmes.
—Hazlo —jadeó Valeria—. Mételos todos. Quiero sentirte dentro hasta que no quepa nada más.
Sofía se incorporó un poco, le abrió más las piernas a Valeria y empezó a meter dedos: primero dos, luego tres, después cuatro, curvándolos, abriéndola, follándola con la mano casi cerrada mientras el pulgar le frotaba el clítoris en círculos rápidos. Valeria arqueó la espalda, un grito gutural saliéndole del pecho. El coño se le contrajo con fuerza alrededor de los dedos de Sofía, caliente, resbaladizo, exigente.
—Así… joder, Sofía, follame más duro… no pares…
Sofía no paró. Le metió la mano con embestidas profundas, sintiendo cómo las paredes internas se aferraban, cómo el clítoris palpitaba bajo su pulgar. Con la otra mano se tocó a sí misma, frotándose el clítoris hinchado mientras miraba el cuerpo de Valeria retorciéndose debajo: pechos rebotando, vientre tensándose, boca abierta en gemidos continuos. El olor a sexo era denso, a coño mojado y sudor y deseo crudo.
Valeria se corrió de nuevo, un orgasmo que le sacudió todo el cuerpo, las piernas cerrándose alrededor de la mano de Sofía, el grito ahogado contra su propio brazo. Los jugos le mojaron la muñeca hasta el antebrazo. Sofía se corrió segundos después, solo de verla, solo de sentirla apretarse, el clítoris latiéndole bajo sus propios dedos, las caderas espasmódicas.
Apenas se recuperaron, Valeria la empujó de espaldas otra vez y se metió entre sus piernas. Esta vez no usó solo la lengua. Le abrió el coño con los dedos, lo miró un segundo —rosado, hinchado, goteando— y se lanzó a chuparlo con una intensidad casi cruel: lenguazos anchos, succiones fuertes al clítoris, dientes rozando suavemente, dos dedos metidos hasta el fondo y un tercero intentando entrar. Sofía se agarró al pelo de Valeria, tiró, empujó su cara más contra su coño.
—Cómeme… joder, cómeme toda… no pares ni aunque me muera…
Valeria gruñó contra ella y obedeció. Le metió la lengua lo más hondo que pudo, la movió, chupó, folló con los dedos en un ritmo que no daba tregua. El pulgar volvió al ano de Sofía, lo rodeó, lo presionó hasta que el esfínter cedió un poco y el dedo entró hasta la primera falange. Sofía gritó, el placer mezclado con esa presión nueva volviéndola loca. Se corrió otra vez, el coño contrayéndose en espasmos violentos, el ano apretando el dedo de Valeria, los jugos chorreándole por el culo y mojando el saco de dormir.
Cuando Valeria levantó la cara, la tenía brillante de saliva y de Sofía. Se subió a su cuerpo y se frotó contra ella de nuevo, pecho contra pecho, coño contra muslo, buscando fricción donde pudiera. Sofía le metió la mano entre ambas, le encontró el clítoris y lo frotó sin piedad mientras Valeria le chupaba un pezón, lo mordía, lo estiraba con los labios.
—Te voy a follar hasta que no puedas más —susurró Valeria contra su pecho—. Hasta que la tienda huela solo a nosotras. Hasta que mañana no puedas ni agarrar la puta cámara sin que te tiemble el coño.
Sofía soltó una risa ronca que se convirtió en gemido cuando Valeria le metió los dedos de nuevo.
—Y yo te voy a montar la cara otra vez… y otra… y te voy a hacer correrte con solo la lengua mientras te aprieto el cuello suavemente… porque quiero ver esa cara que pones cuando te vienes.
Se movieron torpemente, sudorosas, resbaladizas, hasta quedar de lado, una pierna de Sofía sobre la cadera de Valeria, coños rozándose otra vez mientras se metían dedos mutuamente. El ritmo era más lento ahora, más profundo, más intenso: embestidas largas, dedos curvados buscando ese punto exacto que hacía que las caderas saltaran, pulgares frotando clítoris hipersensibles. Se miraban a los ojos entre gemidos, pupilas dilatadas, bocas abiertas.
Valeria sintió el orgasmo construirse otra vez desde muy adentro, una ola caliente que le subía por la columna. Sofía lo notó, aceleró los dedos, le chupó el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja.
—Córrete para mí… quiero sentir cómo me aprietas… quiero beberte otra vez…
Valeria se vino con un gemido largo y tembloroso, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Sofía, el cuerpo entero sacudiéndose. Sofía la siguió casi al mismo tiempo, el placer blanco explotándole detrás de los párpados, las uñas clavándose en la espalda de Valeria.
Aun así no se separaron del todo. Se quedaron enredadas, respirando agitado, dedos todavía dentro o rozando labios hinchados, labios hinchados rozándose en besos lentos y profundos. La lluvia afuera ya era solo un murmullo suave. Dentro, el calor de sus cuerpos mantenía el aire denso, cargado de sexo.
Valeria le pasó la lengua por la mandíbula de Sofía, saboreando el sudor, y le metió dos dedos otra vez, despacio, solo para sentirla temblar.
—Todavía no he terminado contigo —murmuró—. Quiero probarte otra vez. Quiero que me cabalgues la muslo hasta que te corras sin que te toque. Quiero que me dejes marcas en la espalda.
Sofía sonrió contra su boca, los ojos brillantes de deseo renovado, y le apretó el clítoris entre dos dedos con una presión exacta que hizo que Valeria jadease.
—Entonces no duermas. Porque yo tampoco he terminado. Esta noche te voy a abrir de todas las formas que se me ocurran… y mañana vas a subir al escenario todavía oliendo a mi coño.
Se besaron de nuevo, profundas, lentas, mientras las manos volvían a moverse, a explorar, a excitar. El deseo no bajaba; solo cambiaba de forma, más denso, más urgente, más hambriento. La tienda seguía siendo su mundo cerrado, caliente, resbaladizo, y ninguna de las dos tenía intención de que la noche avanzara sin que se follaran hasta el límite otra vez. Valeria le mordió el labio inferior y le susurró contra la boca:
—Abre más las piernas. Ahora te toca a ti cabalgarme la cara hasta que no puedas ni hablar.
Sofía no dudó. Se incorporó, temblando todavía, y se posicionó encima, el coño goteando otra vez sobre la boca abierta y ansiosa de Valeria, lista para el siguiente asalto.
Sofía bajó el coño goteante directo sobre la boca abierta de Valeria y se sentó con todo el peso. El choque fue húmedo, caliente, obsceno. Valeria abrió más la mandíbula y metió la lengua de golpe, aplastándola contra el clítoris hinchado mientras Sofía empezaba a cabalgarla sin piedad. Las caderas de la fotógrafa se movían en círculos salvajes, frotando los labios resbaladizos de un lado a otro, empujando hacia abajo hasta que la nariz de Valeria se hundía entre sus pliegues. El jugo le chorreaba por la barbilla, por el cuello, hasta el pecho.
—Cómeme así… joder, trágame entero —gruñó Sofía, las manos clavadas en el pelo oscuro de Valeria, tirando hacia arriba para frotar más fuerte. Sentía cada lengüetazo como una descarga directa al útero. El coño le latía, ya hipersensible de las corridas anteriores, pero el deseo solo arreciaba. Quería aplastarla, ahogarla en su propia mojada, verla ahogarse de gusto.
Valeria no se limitó a recibir. Le agarró las nalgas con ambas manos, las separó y metió la lengua más hondo, chupando el agujero con succiones ruidosas, el labio superior golpeando el clítoris una y otra vez. Sofía arqueó la espalda y gritó cuando dos dedos gruesos entraron de golpe desde abajo, curvándose hacia ese punto que la hacía ver estrellas. El pulgar de Valeria volvió a buscar el ano, lo rodeó con los jugos que bajaban y lo empujó hasta que el esfínter cedió. Sofía se corrió en oleadas violentas, el coño contrayéndose alrededor de la lengua y los dedos, el grito ahogado converténdose en un gemido largo y roto.
No se bajó. Siguió frotándose, ahora más despacio pero más profundo, embadurnándole toda la cara. Valeria gemía debajo, el sonido vibrando contra el clítoris de Sofía y mandándole espasmos frescos. El aire dentro de la tienda era denso, pesado de sexo y sudor. La lona goteaba todavía, un ritmo lento que marcaba el vaivén de las caderas.
Cuando Sofía sintió las piernas fallarle, Valeria la empujó hacia atrás con fuerza. Rodaron juntas sobre el saco húmedo, cuerpos resbaladizos chocando. Valeria se puso encima al instante, le abrió las piernas de Sofía hasta casi doler y se frotó coño contra coño con una fricción brutal. Labios hinchados contra labios hinchados, clítoris rozándose en cada embestida. El chapoteo era obsceno, jugos mezclándose, piel pegajosa.
—Sientes cómo me late contra el tuyo —jadeó Valeria contra su boca, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle un gemido—. Quiero correrme así, frotándome en ti hasta que no quede nada seco. Hasta que el saco huela solo a nosotras dos.
Sofía le clavó las uñas en la espalda y empujó hacia arriba, aumentando la presión. Cada roce le enviaba chispas por la columna. Pensaba en las manos de Valeria en las platínas, en cómo esas mismas manos ahora le abrían el coño, y el recuerdo la mojaba más. Se besaron con lengua y dientes, saliva compartida, el sabor de ambas todavía en la boca.
Valeria se incorporó un poco, le metió tres dedos de una vez a Sofía y los folló con embestidas profundas mientras seguía frotando el clítoris contra el muslo de la otra. Sofía gritó, la espalda arqueada, pechos rebotando. Valeria se inclinó y le chupó un pezón duro, lo mordisqueó, lo estiró con los labios hasta que Sofía jadeó su nombre como una maldición.
—Más… mételos todos… quiero sentirte hasta el puto fondo —rogó Sofía, la voz rota. Su interior se aferraba a los dedos, caliente, resbaladizo, exigente. Valeria obedeció, añadiendo un cuarto dedo, abriéndola, follándola con la mano casi cerrada mientras el pulgar le machacaba el clítoris en círculos rápidos. Sofía se corrió otra vez, el orgasmo sacudiéndole las piernas, los jugos chorreando hasta la muñeca de Valeria.
Apenas terminó el espasmo, Sofía la volteó. Ahora era ella quien se montaba a horcajadas sobre el muslo de Valeria, frotándose sin piedad, el coño abierto deslizándose arriba y abajo de la piel sudorosa. Al mismo tiempo le metió la mano entre las piernas a Valeria y le encontró el clítoris hinchado, lo pellizcó, lo frotó con dos dedos mientras le metía otros dos dentro.
—Córrete en mi mano… quiero sentir cómo me aprietas mientras te monto —susurró Sofía, inclinándose para morderle el cuello, chuparle la clavícula, dejar marcas rojas que mañana se verían bajo la camiseta del escenario. Valeria gruñó y empujó las caderas hacia arriba, buscando más. El clítoris le palpitaba dolorosamente de lo bien que estaba. Se miraban a los ojos, pupilas negras de deseo, bocas abiertas en gemidos sincopados.
El roce se volvió más intenso. Sofía aceleró, frotándose el clítoris contra el muslo de Valeria con movimientos cortos y brutales, al tiempo que le follaba el coño con embestidas profundas. Valeria le agarró las tetas, las aplastó, pellizcó los pezones rosados hasta que Sofía gritó de nuevo. Se corrieron casi juntas: primero Valeria, el cuerpo entero sacudiéndose, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Sofía en oleadas calientes; después Sofía, las caderas espasmódicas, el jugo pintándole el muslo a Valeria.
No pararon. Se arrastraron la una sobre la otra hasta quedar de lado, una pierna de cada una enredada en la cadera de la otra. Se metían dedos mutuamente en un ritmo lento y profundo, curvados, buscando ese punto exacto que hacía saltar las caderas. Valeria le chupaba el lóbulo de la oreja a Sofía mientras le susurraba:
—Mañana vas a estar detrás de la cámara todavía goteando por mí. Cada vez que dispares voy a imaginar que me estás follando con la mirada. Y yo voy a subir al set oliendo a tu coño, con las piernas temblando de lo bien que me has abierto.
Sofía le mordió el hombro y aceleró los dedos.
—Y yo te voy a esperar al final del set para meterte la lengua otra vez en el camerino. Quiero que grites mi nombre con los auriculares puestos. Quiero que te corras tan fuerte que se te olvide la puta playlist.
El placer se construía otra vez, más denso, más bajo en el vientre. Valeria sentía el orgasmo subir como una marea caliente. Sofía lo notó y le frotó el clítoris con el pulgar en círculos crueles mientras le follaba el interior. Valeria se vino con un gemido tembloroso, largo, el cuerpo entero tensándose. Sofía la siguió segundos después, el clítoris latiéndole bajo los dedos de Valeria, las uñas clavándose en la espalda.
Aun jadeando, Valeria la empujó de bruces otra vez. Le separó las nalgas y le hundió la cara entre ellas, lamiendo desde el coño hasta el ano en un trazo ancho y lento. Sofía empujó hacia atrás, ofreciéndose. Valeria le metió la lengua en el agujero del culo, la movió en círculos, chupó, mientras tres dedos le follaban el coño empapado sin piedad. Sofía gritó contra el saco, el placer mezclado con esa invasión nueva volviéndola loca. Se corrió otra vez, el ano apretando la lengua de Valeria, el coño chorreando sobre su mano.
Cuando Valeria levantó la cara, brillaba entera de Sofía. Se subió a su espalda, se frotó el coño contra el culo firme de Sofía, deslizándose arriba y abajo mientras le mordía la nuca.
—Todavía no has montado mi cara lo suficiente —jadeó—. Quiero que me ahogues otra vez. Quiero que me dejes sin aire y sin voz.
Sofía se rio ronca y se giró, empujándola de espaldas. Se colocó a horcajadas sobre su rostro una vez más, el coño goteando fresco sobre la boca ansiosa. Bajó despacio, frotando los labios hinchados contra la lengua de Valeria, y empezó a cabalgarla con movimientos largos y pesados. Valeria abrió la boca y se la comió entera, chupando, metiendo lengua y labios, succionando el clítoris hasta que Sofía tembló encima.
Las manos de Sofía bajaron a los pechos de Valeria, los apretó, pellizcó los pezones duros mientras se frotaba más fuerte. El jugo le corría por la barbilla a Valeria, por el cuello, mojándole el pecho. Cada relámpago lejano iluminaba el momento: Sofía a horcajadas, espalda arqueada, pechos rebotando, Valeria debajo con la cara enterrada, tragando todo.
—Así… joder, así… me voy a correr otra vez en tu puta lengua —gruñó Sofía, acelerando. Valeria le metió dos dedos desde abajo y los curvó, follándola al mismo ritmo. Sofía se vino con un grito ahogado, las caderas espasmódicas, el coño palpitando contra la boca de Valeria en oleadas calientes que le llenaron la garganta.
No se bajó del todo. Se quedó a medio camino, frotándose despacio, ya temblando, mientras Valeria seguía lamiendo los restos, chupando los labios hinchados, saboreando cada gota. Sofía se inclinó hacia adelante, alcanzó el coño de Valeria y le metió los dedos de nuevo, follándola sin piedad aunque las piernas le fallaran.
El deseo no bajaba. Solo se densificaba, más urgente, más hambriento. Valeria empujó las caderas hacia arriba, buscando más dedos, más lengua, más de todo. Sofía se bajó un poco y se acomodó entre sus piernas, abriéndola con las manos, mirando el coño rojo e hinchado, goteando todavía.
—Voy a comerte hasta que no puedas más —susurró—. Y después vas a montarme el muslo otra vez. Y después te voy a abrir con la mano entera si hace falta. Esta noche no termina hasta que las dos estemos destrozadas.
Valeria le agarró el pelo y la empujó contra su coño.
—Entonces no hables. Chúpame. Y cuando termine de correrme en tu boca, te voy a poner de rodillas y te voy a follar la cara hasta que te duela la mandíbula.
Sofía se lanzó. Lengua ancha, succiones fuertes, dedos metidos hasta el fondo. Valeria arqueó la espalda y gimió largo, el placer construyéndose otra vez desde muy adentro. Afuera la lluvia volvía a arreciar un poco, el tamborileo cubriendo apenas los sonidos húmedos y los gemidos. Dentro, sus cuerpos seguían enredados, resbaladizos, insaciables, la noche todavía joven y el siguiente orgasmo ya formándose en cada nervio. Sofía chupaba más profundo, Valeria empujaba más fuerte, y ninguna de las dos pensaba en parar.
Sofía no levantó la cabeza. La lengua se le hundió más hondo en el coño hinchado de Valeria, lamiendo con trazo ancho desde la entrada hasta el clítoris palpitante, chupándolo con fuerza hasta que Valeria arqueó la espalda y soltó un grito gutural. Los jugos le empapaban la barbilla, el cuello, el pecho. Valeria le agarró el pelo con ambas manos y empujó su cara contra sí, frotándose sin piedad, las caderas subiendo en embestidas cortas y brutales.
—Más fuerte… joder, chúpame el clítoris hasta que me duela —gruñó Valeria, la voz rota de tantos orgasmos. Sentía cada succión como una descarga eléctrica que le subía por la columna. El coño le latía, hipersensible, ya no sabía cuántas veces se había corrido, pero el hambre no bajaba. Solo crecía, más densa, más sucia.
Sofía metió tres dedos de golpe, los curvó buscando ese punto esponjoso y los folló con ritmo salvaje mientras el pulgar le machacaba el clítoris en círculos crueles. Valeria gritó el nombre de Sofía como una maldición, las piernas temblando a ambos lados de su cabeza. El sabor era puro deseo: salado, caliente, espeso. Sofía gruñó contra ella y añadió un cuarto dedo, abriéndola, sintiendo cómo las paredes internas se aferraban, resbaladizas, exigentes.
Valeria se corrió con violencia, el coño contrayéndose en oleadas que le mojaron la muñeca a Sofía hasta el antebrazo. No le dio tiempo a bajar. La empujó de espaldas con fuerza, se montó a horcajadas sobre su cara y bajó el coño goteante directo a su boca abierta.
—Ábrela toda. Quiero ahogarte otra vez —ordenó, las nalgas separadas, el peso entero sentado. Sofía abrió la mandíbula y se la comió entera, lengua metida hasta el fondo, labios succionando el clítoris hinchado mientras Valeria cabalgaba con movimientos largos y pesados. El jugo le chorreaba por la barbilla, por el pecho, mojando el saco ya empapado. Cada vaivén hacía que la nariz de Sofía se hundiera entre los pliegues. Valeria se inclinó hacia adelante, alcanzó el coño de Sofía y le metió la mano casi cerrada, cuatro dedos y el pulgar empujando, abriéndola con embestidas profundas.
Sofía gimió dentro de ella, la vibración recorriéndole el clítoris hasta el útero. Se corrió casi al instante, el cuerpo sacudiéndose debajo, el ano apretándose cuando el meñique de Valeria rozó la entrada. Los jugos le inundaron la boca a Valeria. Ella no paró. Siguió frotándose, follándola con la mano, pellizcándose un pezón con la otra hasta que el segundo orgasmo la golpeó como un trueno, más largo, más salvaje, las piernas fallándole encima de la cara de Sofía.
Rodaron juntas, cuerpos resbaladizos de sudor y sexo. Sofía se puso encima al instante, le abrió las piernas a Valeria hasta el límite y se frotó coño contra coño con fricción brutal. Labios hinchados chocando, clítoris rozándose en cada embestida, el chapoteo obsceno llenando la tienda. Se besaron con lengua y dientes, compartiendo el sabor de ambas, las manos clavándose en nalgas y pechos.
—Siento cómo me late contra el tuyo… joder, Valeria, me voy a correr solo de frotarme en ti —jadeó Sofía contra su boca. Pensaba en las manos de la DJ en las platínas, en cómo esas mismas manos ahora le abrían el coño, y el recuerdo la mojaba más. Aceleró, apretando las caderas, aumentando la presión hasta que el clítoris de ambas dolía de lo bien que estaba.
Valeria le metió tres dedos desde abajo y los folló al mismo ritmo del roce. Sofía gritó, la espalda arqueada, pechos rebotando. Se corrieron juntas, el placer blanco explotándoles detrás de los párpados, los cuerpos enteros tensándose, los jugos mezclándose en el saco. Aun jadeando, Valeria la giró de bruces, le separó las nalgas y le hundió la cara entre ellas. La lengua le abrió el coño desde atrás, chupó los labios, se metió en el agujero caliente y luego subió al ano, lamiéndolo con lentitud deliberada mientras tres dedos le follaban el interior sin piedad.
—Así… métela en el culo… joder, más —rogó Sofía, empujando hacia atrás. Valeria empujó el pulgar hasta que el esfínter cedió, lo movió en círculos mientras la lengua y los dedos no daban tregua. Sofía se corrió gritando contra el nailon, el ano apretando, el coño chorreando hasta mojarle la muñeca a Valeria.
Se volvieron a girar, ahora de lado, una pierna de cada una enredada en la cadera de la otra. Se metían dedos mutuamente en ritmo lento y profundo, curvados, pulgares frotando clítoris hipersensibles. Se miraban a los ojos, bocas abiertas, el deseo todavía ardiendo aunque los cuerpos temblaran.
—Mañana no voy a poder ni caminar al set —susurró Valeria, la voz ronca—. Cada vez que mueva las manos en las platínas voy a sentir tus dedos todavía dentro. Voy a oler a tu coño debajo de la camiseta.
Sofía le mordió el labio y aceleró.
—Y yo te voy a esperar detrás del escenario. Te voy a bajar los pantalones en el camerino y te voy a chupar hasta que grites con los auriculares puestos. Quiero que se te olvide la puta lista de temas.
El orgasmo se construyó otra vez, más denso, más bajo. Valeria se vino primero, un gemido largo y tembloroso, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Sofía. Sofía la siguió segundos después, las uñas clavándose en la espalda, el clítoris latiéndole bajo el pulgar de Valeria.
Aun así no se detuvieron del todo. Sofía se arrastró hasta quedar entre las piernas de Valeria una última vez, le abrió el coño rojo e hinchado con los dedos y lo chupó con una intensidad casi cruel: lenguazos anchos, succiones fuertes, dientes rozando suavemente. Valeria le agarró el pelo y la empujó más hondo, las caderas subiendo. Se corrió otra vez, el grito ahogado, los jugos inundándole la boca a Sofía. Esta la bebió toda, lamiendo los restos, saboreando cada gota hasta que Valeria se derrumbó, las piernas flácidas.
Sofía subió por su cuerpo, se acomodó encima y se frotó despacio una última vez, coño contra muslo, hasta que el clítoris le dio el espasmo final y se vino con un gemido roto, el cuerpo entero sacudiéndose. Entonces se dejaron caer juntas, enredadas, pecho contra pecho, respirando agitado, los coños todavía latientes, los labios hinchados rozándose en besos lentos y salados.
La lluvia afuera ya era solo un murmullo lejano. Dentro, el aire olía a sexo puro, a sudor y a jugos mezclados. Valeria pasó la lengua por la mandíbula de Sofía, saboreando el sabor compartido, y le susurró contra la boca, la voz hecha humo:
—No he terminado contigo… pero ahora mismo no puedo ni mover una puta pierna.
Sofía sonrió contra su cuello, los dedos todavía trazando círculos perezosos sobre un pezón sensible, y le mordisqueó la clavícula con suavidad.
—Yo tampoco. Quédate pegada. Quiero sentir cómo me late todavía mientras la tormenta se va del todo.
Se quedaron así, cuerpos sudorosos pegados, el calor de la una manteniendo caliente a la otra, los coños humedecidos y palpitantes entre los muslos entrelazados. El último relámpago lejano iluminó la tienda un segundo: dos mujeres destrozadas de placer, labios hinchados, marcas de uñas en la espalda, la promesa de más todavía flotando en el aliento mezclado. La noche seguía ahí afuera, pero adentro el mundo se había reducido a piel, saliva y el latido lento que no quería apagarse del todo.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories