Lluvia que Obligó a Compartir Tienda: Su Mejor Amigo la Reclama Frente a Él
Una tormenta obliga a Camila, de 28 años, a compartir tienda con su marido y su amigo Warrick, que la folla como puta delante de él.
La lluvia azotaba la lona de la tienda con una furia que parecía no tener fin. Camila, de 28 años, arquitecta de una firma importante de la ciudad, había insistido en esa salida de camping para desconectar junto a su marido Damon, de 30 años, un abogado corporativo que siempre planeaba todo al detalle. Invitaron a Warrick, el mejor amigo de Damon desde la universidad, un ingeniero de 32 años con hombros anchos, brazos fuertes y una presencia que siempre llenaba cualquier espacio. Habían montado dos tiendas, pero la tormenta torrencial inundó una de ellas por completo y la otra se rompió con el viento. Solo quedaba esa pequeña, apenas para dos personas. Los tres terminaron dentro, cuerpos apretados, respiraciones contenidas.
Se quitaron la ropa empapada y quedaron en ropa interior. Damon se colocó contra una pared de la tienda, Camila en el centro y Warrick justo detrás de ella. La oscuridad era casi absoluta; solo los relámpagos dibujaban sombras breves y violentas. El aire olía a tierra mojada, sudor y algo más, algo denso que empezaba a espesarse entre ellos. En cuanto Warrick se acomodó, su pecho ancho se pegó por completo a la espalda de Camila. Ella sintió el calor que irradiaba su piel, el vello de su torso rozándole los omóplatos, y más abajo, la pesada presencia de su paquete contra la curva de su culo apenas cubierto por unas bragas finas.
Su respiración cambió al instante. Se volvió más profunda, entrecortada. Cada inhalación hacía que sus tetas subieran y bajaran visiblemente. Damon, a pocos centímetros, lo notó de inmediato. «¿Por qué respira así? Solo es Warrick… mi amigo», pensó, pero ya sentía un nudo en el estómago y un calor traicionero en la entrepierna. Camila intentaba quedarse quieta, pero el frío de la noche se colaba por las costuras de la tienda y su cuerpo buscaba instintivamente el calor del hombre pegado a ella. Su culo se movió apenas un centímetro hacia atrás. Warrick no se apartó. Al contrario, su polla, ya medio dura, se acomodó entre las nalgas de ella como si ese fuera su lugar natural.
—Estás temblando —murmuró Warrick con voz grave, casi pegado a su nuca. Su aliento caliente le erizó la piel.
—Es el frío… —respondió Camila, pero su voz salió ronca, cargada de algo que no era frío en absoluto.
Damon tragó saliva. Otro relámpago iluminó el interior y vio los ojos de su mujer entrecerrados, los labios entreabiertos. El roce se repetía cada vez que ella respiraba. Warrick tenía una mano apoyada en la cadera de Camila, dedos grandes y callosos que parecían marcarla incluso sin moverse. La tensión crecía con cada trueno. Los tres sabían que era imposible ignorar los cuerpos. Cada movimiento de uno afectaba a los otros. Camila sentía la polla de Warrick endureciéndose más contra ella, gruesa, caliente, latiendo. Su coño empezó a humedecerse sin permiso, empapando la tela de sus bragas. «Dios… es enorme. Mucho más que la de Damon. No debería pensar esto… pero no puedo parar», se dijo, mordiéndose el labio.
La lluvia no cesaba. El frío se hizo más intenso. Camila, buscando calor de manera casi inconsciente, presionó todo su cuerpo contra Warrick. Su culo se acomodó perfectamente contra la erección ya completa del amigo de su marido. Warrick soltó un gruñido bajo y su mano subió despacio por el costado de ella, rozando la curva de una teta. Los pezones de Camila estaban duros como piedras. Cuando los dedos de Warrick los rozaron por encima de la tela, ella dejó escapar un gemido suave que no pudo contener.
Damon lo oyó todo. Su corazón latía con fuerza. Veía cómo los ojos de su mujer buscaban los de Warrick en la penumbra, cargados de un deseo descarado que nunca le había visto a él. Las miradas se volvieron largas, hambrientas. Warrick apretó la teta de Camila con más intención, pellizcando el pezón entre sus dedos. Ella arqueó la espalda, pegándose más a él.
—Warrick… —susurró Camila, la voz temblorosa de excitación.
—Dime qué quieres, Camila —respondió él, directo, sin juegos. Su mano bajó ahora por el vientre de ella hasta meterse dentro de sus bragas. Dos dedos gruesos encontraron su coño empapado y lo acariciaron lentamente, abriendo sus labios hinchados.
—Te deseo. Te quiero dentro de mí —confesó ella sin vergüenza, respirando agitada contra la boca de él—. No aguanto más.
Damon estaba petrificado, pero su mano ya había bajado a su propia polla, que palpitaba dentro de sus boxers. Warrick miró a su amigo un segundo, luego volvió a clavar los ojos en Camila.
—¿Quieres que te folle aquí mismo, delante de tu marido? ¿Quieres que te tome como la puta que sé que eres mientras él mira cómo te destrozo el coño?
Camila gimió alto, sus caderas moviéndose contra los dedos de Warrick que ahora la penetraban despacio.
—Sí… joder, sí. Lo quiero. Lo hemos fantaseado los dos muchas noches, tocándonos mientras hablábamos de ti. Quiero que me reclames delante de él. Fóllame como él nunca ha podido.
Entre besos húmedos y desesperados, con lenguas enredándose ruidosamente, sellaron el acuerdo. La boca de Warrick devoraba la de Camila mientras sus dedos la follaban con más fuerza, haciendo que sus jugos chorrearan por la mano de él. Damon no protestó. Solo se sacó la polla y empezó a masturbarse lentamente, humillado y excitado a partes iguales.
Warrick no esperó más. Con rudeza consentida, la puso en cuatro patas en el reducido espacio. La tienda era tan pequeña que la cabeza de Camila casi tocaba el pecho de Damon. Warrick le bajó las bragas de un tirón y sacó su polla gruesa, venosa, fácilmente dos centímetros más larga y mucho más gruesa que la de su amigo. La colocó en la entrada del coño de Camila y, sin aviso, la empaló de un solo golpe brutal.
—¡Ahhh, mierda! —gritó ella, los ojos muy abiertos clavados en los de su marido.
—Míralo a los ojos —ordenó Warrick, agarrándola del pelo—. Y dile exactamente lo que sientes, puta.
Camila obedeció entre gemidos mientras Warrick empezaba a embestir con fuerza, sacando casi toda su polla para volver a clavarla hasta el fondo.
—Es… es mucho más grande que la tuya, Damon —jadeó ella, la voz rota de placer—. Me está abriendo entera. Tu polla nunca me ha llenado así… joder, me está tocando el fondo.
Warrick gruñía con cada embestida, sus caderas golpeando contra el culo redondo de Camila, haciendo que sus tetas se balancearan delante de la cara de su marido. El sonido húmedo de su coño tragándose esa polla enorme llenaba la tienda junto con la lluvia. Camila temblaba, corriéndose por primera vez con un grito ahogado, sus paredes apretando la verga de Warrick como un puño.
Luego él la giró de lado, levantándole una pierna para penetrarla aún más profundo. Desde esa posición podía mirarla a la cara mientras la follaba con embestidas brutales, salvajes. Le metió dos dedos en la boca, obligándola a chuparlos como si fueran otra polla.
—Chupa, puta de mi mejor amigo. Esto es lo que querías, ¿verdad? Que te use delante de tu cornudo.
—Sí… soy tu puta, Warrick —balbuceó ella alrededor de sus dedos, saliva corriendo por su barbilla—. Fóllame más fuerte. Úsame.
Damon se masturbaba con furia, los ojos fijos en cómo la polla de su amigo desaparecía una y otra vez en el coño empapado de su mujer. Warrick aceleró, gruñendo. Descargó la primera corrida espesa y caliente bien dentro de ella, llenándole el útero con chorros potentes. Camila se corrió otra vez, gritando. Luego Warrick sacó su polla todavía dura y apuntó a su cara. La segunda carga pintó sus mejillas, sus labios y su lengua con semen espeso y blanco mientras ella gemía pidiendo más.
—Dame más… por favor, dame toda tu leche…
Damon se corrió en su propia mano con un gemido vergonzoso, el semen salpicando su vientre.
Camila, todavía temblando, se incorporó un poco y besó a Warrick con lengua profunda, un beso lento, sucio y posesivo delante de su marido. Sus bocas se devoraban, saliva y semen mezclándose. Cuando separaron los labios, ella miró a Warrick con ojos brillantes y le susurró, lo suficientemente alto para que Damon lo oyera:
—Gracias por follarme como mi marido nunca ha podido. Eres un animal… me has destrozado el coño de la mejor manera. A partir de esta noche, la tienda de campaña será solo de nosotros dos cada vez que llueva.
Damon permanecía allí, completamente humillado, el semen propio enfriándose sobre su piel, cubierto de una vergüenza que le quemaba las mejillas y el pecho. Su respiración era irregular, su mente un torbellino de celos, excitación y sumisión. La lluvia seguía cayendo con fuerza, como si la tormenta misma aprobara lo que acababa de pasar. Camila se acurrucó contra el pecho de Warrick, una mano bajando perezosamente para acariciar esa polla que aún no había bajado del todo, mientras sus ojos se posaban en Damon con una mezcla de ternura cruel y promesa. La noche era larga. La tienda seguía siendo demasiado pequeña. Y ninguno de los tres parecía dispuesto a dormir todavía.
La lluvia seguía martilleando la lona como si quisiera enterrarlos vivos en esa tienda ridículamente pequeña. Camila, con el cuerpo todavía temblando por los orgasmos que Warrick le había arrancado, deslizó su mano con más decisión alrededor de esa polla gruesa que no terminaba de bajar. La sentía palpitar contra su palma, caliente, venosa, creciendo de nuevo con cada latido. El semen que él le había dejado dentro del coño se escapaba en hilos espesos por su muslo, mezclándose con sus propios jugos, y el olor a sexo crudo llenaba el espacio cerrado, más fuerte que el de la tierra mojada.
—Todavía está dura… joder, Warrick, no paras nunca —murmuró ella con voz ronca, sin apartar los ojos de Damon, que seguía allí, con su propia polla ablandándose en la mano manchada de su corrida vergonzosa.
Warrick soltó una risa baja y oscura, su pecho ancho pegado a la espalda de ella. Agarró un puñado del pelo negro de Camila y tiró hacia atrás, obligándola a arquear el cuello mientras sus dedos callosos bajaban hasta meter dos de ellos sin piedad en el coño todavía abierto y lleno de semen.
—Claro que no paro, puta. Tu marido nunca te ha dado lo que necesitas. Míralo. Está ahí, con la verga chiquita chorreando su propia leche como un perro. Y tú sigues goteando por mí.
Camila gimió alto cuando los dedos de Warrick la follaron con rudeza, removiendo el semen dentro de ella. El sonido era obsceno, húmedo, chapoteando en el silencio roto solo por los truenos. Damon sintió que el estómago se le retorcía de humillación, pero su polla traidora empezó a endurecerse otra vez. «Esto es lo que queríamos… lo que fantaseábamos… pero Dios, es mucho más sucio en la realidad. Ella ya no me mira igual», pensó, apretando su verga con fuerza.
—Díselo, Camila —ordenó Warrick, sacando los dedos y metiéndoselos en la boca a ella para que los chupara—. Dile a tu cornudo exactamente cómo se siente mi polla comparada con la suya.
Camila lamió sus propios jugos y el semen de Warrick de aquellos dedos gruesos, mirándolo a Damon directamente a los ojos. Tenía las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y brillosos de saliva y leche.
—Es mucho más grande, Damon. Me abre como tú nunca pudiste. Siento cada vena, cada centímetro empujando hasta el fondo de mi útero. Tu polla… solo me rozaba. La de Warrick me destroza y me encanta. Soy su puta ahora. Esta noche me ha reclamado delante de ti y voy a dejar que me use hasta que no pueda caminar.
Warrick la empujó hacia adelante sin delicadeza. El espacio era tan reducido que la cara de Camila quedó prácticamente sobre el regazo de su marido. Damon podía oler el coño recién follado de su mujer, el aroma fuerte de la corrida de su mejor amigo. Warrick se arrodilló detrás de ella, levantó las caderas de Camila con sus manos fuertes y colocó la cabeza gruesa de su polla otra vez en la entrada empapada.
—Ábrela bien, cornudo. Sujétale las nalgas y mírame mientras te robo a tu mujer por segunda vez.
Damon, con las manos temblando, obedeció. Separó las nalgas redondas de Camila y vio cómo la polla de Warrick, todavía cubierta de semen y jugos, empujaba otra vez dentro de ella de un solo golpe brutal. Camila gritó de placer, su cara cayendo sobre el muslo de Damon, tan cerca que su aliento caliente le quemaba la piel.
—¡Sí! ¡Así, joder! ¡Más profundo, Warrick! —aulló ella, empujando hacia atrás con el culo.
Warrick empezó a embestir con fuerza animal. Cada golpe hacía que el cuerpo de Camila se sacudiera, sus tetas pesadas balanceándose y rozando la polla semierecta de Damon. El sonido de carne contra carne era ensordecedor dentro de la tienda: plap, plap, plap, mezclado con los gemidos guturales de ella y los gruñidos de él. La polla de Warrick entraba y salía completamente, brillante de crema blanca, estirando los labios hinchados del coño de Camila hasta el límite.
—Míralo, puta. Mira cómo tu marido sujeta tu culo para que yo te folle mejor —gruñó Warrick, acelerando el ritmo. Agarró el pelo de Camila otra vez y le levantó la cabeza para que mirara a Damon—. Cuéntale qué sientes mientras te lleno.
—Estoy… estoy corriéndome otra vez —jadeó ella entre embestida y embestida, los ojos vidriosos de placer—. Su polla me llega donde tú nunca llegaste, Damon. Me está tocando el cervix. Me está marcando el coño. Soy suya. Tu mejor amigo me está convirtiendo en su puta personal delante de tus ojos y me encanta.
Damon no podía dejar de mirar. Ver cómo esa verga mucho más gruesa desaparecía una y otra vez dentro de su mujer, cómo los huevos pesados de Warrick golpeaban contra el clítoris de Camila, cómo ella temblaba y apretaba los dedos de los pies con cada orgasmo. Su propia polla estaba dura como piedra otra vez, pero no se atrevía a tocarla sin permiso. Warrick lo notó y sonrió con crueldad.
—Pídele permiso, cornudo. Pídele a tu mujer que te deje masturbarte mientras te pongo los cuernos.
—Por favor… —susurró Damon, la voz rota—. Por favor, Camila, déjame tocarme.
Camila se rio entre gemidos, empujando el culo hacia atrás para recibir cada centímetro de Warrick.
—Puedes tocarte, pero no te vas a correr hasta que él termine dentro de mí otra vez. Quiero que veas cómo me llena el útero.
Warrick cambió de posición. Sacó su polla con un sonido húmedo y la giró a Camila de espaldas sobre el saco de dormir, con la cabeza prácticamente entre las piernas de Damon. Le levantó las piernas, las colocó sobre sus hombros anchos y la penetró en esa posición tan profunda que Camila gritó como una auténtica zorra. Desde allí, Damon podía ver perfectamente cómo la polla de su amigo entraba hasta el fondo, cómo el vientre de Camila se hinchaba ligeramente con cada embestida salvaje.
—Esto es lo que mereces, puta de treinta y ocho años con cuerpo de arquitecta salida —gruñó Warrick, follándola con tanta fuerza que la tienda entera se movía—. Un coño tan apretado y solo lo usabas con esta verga de mierda. Ahora es mío.
Camila se corrió con violencia, arqueando la espalda, sus jugos salpicando el abdomen de Warrick. Sus paredes vaginales apretaron la polla invasora como un puño caliente. Warrick no paró. Siguió follándola a través del orgasmo hasta que sintió que sus huevos se tensaban.
—Voy a correrme otra vez dentro de ti. Y esta vez vas a pedirle a tu marido que limpie después.
—Sí… lléname, Warrick. Lléname el coño de tu leche espesa. Quiero que Damon chupe todo lo que me dejes.
Con un rugido animal, Warrick descargó. Chorros potentes y calientes inundaron el interior de Camila, tanto que parte del semen salió expulsado alrededor de la polla que aún la follaba. Cuando por fin la sacó, el coño de ella quedó abierto, rojo, palpitante, vomitando semen blanco y espeso en un río continuo.
Camila, jadeando, miró a su marido con ojos de pura lujuria degradante.
—Lame, Damon. Lame el coño que tu mejor amigo acaba de destrozar. Chupa toda su corrida de dentro de mí mientras yo le como la polla.
Damon se inclinó sin protestar. Su lengua entró en el coño caliente y lleno de semen de su propia mujer, saboreando el gusto fuerte y salado de Warrick mezclado con los jugos de Camila. Mientras él limpiaba, Camila se incorporó lo suficiente para meterse la polla todavía dura de Warrick en la boca, chupándola con hambre, lamiendo los restos de semen y sus propios fluidos.
Warrick la miró desde arriba, acariciándole la cabeza como a una mascota.
—Buena puta. Así se hace. Tu marido es solo el limpiador de mi semen ahora.
Camila sacó la polla de su boca solo para decir, con los labios brillantes y la voz rota de tanto gemir:
—Quiero que me folles el culo también. Delante de él. Quiero que me abras el último agujero que le quedaba.
Warrick no necesitó que se lo repitiera. Escupió sobre su polla, la colocó contra el ano fruncido de Camila y empujó lentamente al principio, luego con más fuerza hasta que el culo de ella tragó toda su longitud. Camila aulló de placer doloroso, apretando los dientes mientras su marido seguía lamiéndole el coño rebosante de semen.
—Joder… me estás partiendo el culo, Warrick… es tan grande… —gemía ella, empujando hacia atrás.
Damon lamía con más furia, su cara enterrada entre las nalgas de su mujer mientras la polla de su mejor amigo entraba y salía del ano de ella a pocos centímetros de su nariz. El olor, el sabor, la humillación absoluta lo tenían al borde.
Warrick folló ese culo con embestidas cada vez más brutales, usando a Camila como una muñeca sexual. Finalmente, con un gruñido salvaje, se enterró hasta el fondo y se corrió por tercera vez, inundando las tripas de Camila con su leche caliente.
Cuando sacó la polla, el ano de ella quedó abierto, rojo y goteando semen espeso que caía directamente sobre la cara de Damon, que seguía lamiendo como un desesperado.
Camila, exhausta pero con los ojos brillantes de satisfacción sucia, miró a su marido cubierto de semen ajeno y le escupió las últimas palabras mientras Warrick se dejaba caer contra la lona, la polla todavía medio dura y brillante:
—Ahora lame también el culo, cornudo de mierda. Chupa la corrida que tu mejor amigo me dejó en el orto porque esa es la única forma en que vas a probar algo mío de ahora en adelante, mientras yo me dejo follar como la puta barata que soy cada vez que llueva.
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