Ella susurró «por favor» en el jacuzzi
Mi madrastra Fiona se masturbaba en el jacuzzi y me susurró «por favor» al pillarme mirándola.
La casa de vacaciones en la costa era un delirio de mármol blanco y cristal, con jardines que olían a jazmín y un patio inferior donde el jacuzzi burbujeaba sin parar, como un animal vivo. Yo me había quedado en la habitación contigua a la de mi madrastra Fiona. Cuarenta y dos años, curvas generosas que ni el vestido más caro conseguía disimular del todo, esa seguridad en la mirada que te hacía sentir pequeño y deseado al mismo tiempo. Después de la fiesta todos dormían. El champán había hecho su trabajo. Las risas se habían apagado. Solo quedaba el rumor lejano del mar y el zumbido eléctrico del jacuzzi.
Salí al balcón en calzoncillos, todavía caliente de alcohol y de esa tensión sorda que me perseguía desde que Fiona se había inclinado sobre la mesa a servir otra ronda y yo había visto el valle profundo de sus tetas. El aire nocturno me rozó la piel. Desde arriba se dominaba todo el patio. Las luces sumergidas del jacuzzi teñían el agua de un azul eléctrico y allí estaba ella.
Fiona.
Sola.
El agua le llegaba justo por debajo de los pechos. Estaba completamente desnuda. El cabello oscuro recogido a la ligera, gotas brillándole en los hombros, los pezones duros por el contraste del aire fresco con el calor del agua. Apoyaba la nuca en el borde de piedra, ojos cerrados, labios entreabiertos. Mi polla dio un tirón inmediato contra la tela. Me quedé quieto, pegado a la barandilla de hierro forjado, en la sombra completa del toldo. Ella no podía verme. Yo sí la veía todo.
Empezó despacio. Una mano subió por su propio vientre, rozó la curva inferior de un pecho y lo apretó con lentitud, como si lo pesara. El otro pecho lo acarició con la yema de los dedos, pinchando el pezón entre índice y pulgar hasta que se le escapó un gemido bajito, casi un suspiro. «Joder…», murmuró ella sola, y la palabra se me clavó en la polla. Su otra mano desapareció bajo el agua burbujeante. Vi el movimiento de su brazo, el vaivén lento, circular. Se estaba tocando el coño. Imaginé sus dedos abriéndose paso entre los labios hinchados, rozando el clítoris hinchado por el calor y la soledad. El agua se agitaba un poco más alrededor de su regazo. Fiona arqueó la espalda. Los pechos salieron casi por completo, pesados, brillantes, y volvió a gemir, más largo esta vez.
Yo no aguanté. Bajé los calzoncillos lo justo para sacar la polla, ya dura como una piedra, la cabeza brillante de precum. Me masturbé en silencio, apretando la base para no correrme demasiado pronto, mirando cómo ella se abría de muslos bajo el agua. Ahora metía dos dedos —se notaba por la forma en que se movía el hombro— y los empujaba dentro con un ritmo perezoso y profundo. Cada vez que los sacaba un poco, el agua salpicaba suavemente. Sus gemidos se volvieron más regulares, más necesitados. «Mmm… así…», susurraba para sí misma, y yo le seguía el ritmo con el puño, imaginando que era mi polla la que le llenaba ese coño maduro y mojado.
El espectáculo era obsceno y perfecto. Fiona se mordió el labio inferior. La mano que le apretaba el pecho bajó también y se unió a la otra bajo el agua; ahora se abría los labios con una mano mientras se frotaba el clítoris con la otra en círculos rápidos y precisos. El agua burbujeaba más fuerte alrededor de su coño. Sus caderas empezaron a empujar hacia arriba, sacando el pubis del agua un segundo, lo bastante para que yo viera el triángulo oscuro reluciente y los dedos brillando de jugos mezclados con cloración. Casi me corro ahí mismo. Apreté más fuerte, frenando el orgasmo, el corazón martilleándome en la garganta. Estaba follándome con la vista a mi madrastra y ella no lo sabía… o eso creía.
Hasta que abrió los ojos.
Los abrió de golpe, como si hubiera sentido el peso de mi mirada. Primero miró al cielo, confusa, después al balcón. Nuestros ojos se encontraron. El mundo se detuvo. Yo tenía la polla en la mano, los calzoncillos bajados, la respiración entrecortada. Ella me vio entero: la verga gruesa, la forma en que la apretaba, la cara de puro deseo. Esperé el grito, la vergüenza, la orden de largarme. En su lugar, Fiona sonrió. Una sonrisa lenta, oscura, cargada de hambre. No cubrió sus pechos. No sacó la mano del agua. Al contrario: abrió más las piernas, me sostuvo la mirada y se metió los dedos más profundo, gimiendo esta vez a propósito, para que yo lo oyera.
—Por favor… —susurró.
La palabra subió hasta mí clara como una caricia. Por favor. No era un ruego de que me fuera. Era una invitación. La mirada que me lanzó lo decía todo: bájame aquí, métete en el agua, fóllame con esa polla que te estás agarrando. El consentimiento era explícito, crudo, mutuo. La tensión sexual explotó entre los dos balcones y el patio como una corriente eléctrica. Mi polla latió en mi puño. Fiona volvió a tocarse el clítoris sin dejar de mirarme, más rápido ahora, los pechos rebotando ligeramente con cada movimiento de su brazo.
—Te vi desde el principio —dijo en voz baja, pero lo bastante alta para que yo la oyera—. Sabía que estabas ahí arriba, mirándome. Me ponía más mojada. Por favor… baja.
No grité. No me corrí todavía. Me tragué saliva. Ella sacó la mano del agua, se llevó los dedos a la boca y los chupó despacio, saboreando su propio coño mientras me miraba a los ojos. Después volvió a sumergirla y se abrió los labios con dos dedos, mostrándome el interior rosado y brillante aunque el agua lo difuminara.
—Quiero verte la polla de cerca —susurró—. Quiero que me la metas mientras el agua nos cubre. Por favor, sube… o baja. Como quieras. Pero ven.
Mis piernas temblaban. La casa seguía en silencio absoluto. Nadie más despierto. Solo el jacuzzi, el olor a cloro y a sexo, y esa mujer de cuarenta y dos años que era mi madrastra ofreciéndome su coño con la misma naturalidad con la que pediría otra copa de vino. Me subí los calzoncillos a medias, la polla todavía fuera, dura y palpitante, y di un paso hacia la escalera interior que bajaba al patio. Fiona no apartó la vista. Se lamió los labios. Se pinchó un pezón con la mano libre y gimió otra vez, más fuerte.
—Eso es… ven aquí. Quiero sentirte. Quiero que me mires mientras me la metes. Por favor.
Bajé el primer peldaño de la escalera de caracol. El metal frío bajo mis pies descalzos. Cada escalón me acercaba más al vapor, al chapoteo, al olor de su excitación mezclado con el agua caliente. Fiona se incorporó un poco en el jacuzzi, los pechos completamente fuera ahora, pesados y redondos, los pezones apuntando hacia mí como un desafío. Se pasó la lengua por los dientes.
—Te voy a chupar esa polla primero —prometió en un susurro ronco—. Y después quiero que me folles despacio, bien profundo, hasta que me corra gritando tu nombre. Nadie nos oye. Estamos solos. Por favor… no te quedes ahí mirando. Ya me has visto lo suficiente. Ahora tócame.
Llegué al último rellano. El patio se abría delante de mí. El agua azul me llamaba. Fiona extendió una mano mojada hacia mí, los dedos todavía brillantes de su propio coño, y abrió las piernas del todo bajo la superficie. Vi el movimiento de su mano volviendo a su clítoris, frotándolo sin pudor mientras me esperaba.
—Ven —repitió, casi un jadeo—. Métete. Quiero tu polla dentro. Ahora.
Di el último paso hacia el borde del jacuzzi. El vapor me envolvió la cara. Mi madrastra me miraba desde el agua con los ojos negros de deseo puro, el pecho subiendo y bajando, la mano todavía moviéndose entre sus piernas. La tensión no se había roto: se había vuelto más densa, más peligrosa, más deliciosa. Estaba a un segundo de desnudarme del todo y entrar en ese agua caliente a follármela como ella pedía.
Y todavía no había tocado ni una gota.
Bajé el último escalón y el vapor me golpeó la cara como una boca caliente. Fiona no esperó. Se levantó del agua con el pecho brillante y las gotas resbalándole por el vientre, me agarró del cuello con las dos manos mojadas y me besó con una hambre tan cruda que me sacó el aire. Su lengua entró sin pedir permiso, sabiendo a champán y a su propio coño, y yo respondí con la misma urgencia, mordiéndole el labio inferior mientras mis manos bajaban a esos culos redondos y pesados que llevaba semanas deseando. El agua me llegaba a los muslos. Mi polla, todavía fuera de los calzoncillos, rozó su vientre empapado y ella gimió dentro de mi boca.
—Por fin —jadeó contra mis labios—. Siéntate. Quiero saborearte antes de montarte.
Me empujó hacia el borde de piedra. Me senté con las piernas abiertas, los calzoncillos bajados del todo, la verga gruesa y palpitante apuntándole a la cara. Fiona se arrodilló en el asiento sumergido, el agua hasta las tetas, y me miró a los ojos mientras abría la boca. No hubo preámbulos delicados. Me tragó la cabeza de un solo golpe, glotona, la lengua plana presionando la vena de abajo, las mejillas hundidas. El calor de su garganta me hizo arquear la espalda. Ella no cerró los ojos. Me sostuvo la mirada mientras subía y bajaba la cabeza, chupando con ruidos obscenos, saliva mezclada con el vapor, una mano apretándome la base y la otra acariciándome los huevos con uñas cortas. Cada vez que bajaba hasta el fondo, el agua chapoteaba contra su pecho y los pezones duros rozaban mis muslos. Yo le agarré el pelo mojado y empujé un poco más profundo; ella se atragantó a propósito y sonrió alrededor de mi polla, los ojos brillantes de lujuria.
—Joder, Fiona… —gemí—. Así, trágatela entera.
Ella sacó la verga solo para lamer el precum que brotaba, de la base a la punta, y volvió a engullirla con más fuerza, gimiendo vibraciones contra la carne. Me miraba como si estuviera comiéndose el mejor postre de su vida. Cuando sentí que el orgasmo me subía demasiado pronto, ella lo notó y se apartó con un hilo de saliva uniendo sus labios a mi glande.
—No todavía —susurró ronca—. Ahora te la voy a cabalgar hasta que me llenes.
Se subió al jacuzzi del todo, me empujó un poco más atrás para apoyarme bien y abrió las piernas a horcajadas sobre mí. Agarró mi polla con una mano, la frotó entre los labios de su coño hinchado —caliente, resbaladizo, más mojado que el agua misma— y se la fue metiendo centímetro a centímetro mientras se sentaba. El agua burbujeaba alrededor de nuestras caderas. Cuando llegó al fondo, ambos gemimos al unísono. Estaba apretada, madura, palpitando alrededor de mí como si me hubiera estado esperando años. Empezó a cabalgarme en posición de amazona, fuerte, levantando el culo y dejándolo caer con chapoteos rítmicos, las tetas rebotando delante de mi cara.
—Apriétamelas —pidió, ya gimiendo alto—. Duro. Y nalgadas. Quiero que me duelan mañana.
Obedecí. Le agarré las tetas con las dos manos, pesadas y brillantes, y las apreté hasta que los pezones se me clavaron en las palmas. Ella arqueó la espalda y aceleró el ritmo, follándome con todo el peso, el clítoris rozándome el pubis cada vez que bajaba. Le di la primera nalgada en la nalga derecha; el sonido húmedo resonó en el patio. Ella gritó de placer y apretó el coño alrededor de mi polla.
—Otra. Más fuerte. Jódeme, mi amor, fóllame el coño de tu madrastra como si fuera tuyo.
Le di tres nalgadas seguidas, alternando lados, dejando marcas rojas que el agua hacía brillar. Entre golpe y golpe la besaba salvaje, lenguas chocando, dientes, saliva. Ella me susurraba sucio al oído mientras rebotaba:
—Te la chupé mirándote a los ojos porque quería que vieras lo puta que soy por ti… Siempre supe que me mirabas desde el balcón… Me mojaba más sabiendo que te la estabas jalando… Métela más hondo… Así… Dios, qué gruesa la tienes…
El agua caliente nos salpicaba la piel. Yo le mordí un pezón mientras le apretaba las tetas y le azotaba el culo al ritmo de sus caderas. Ella cabalgaba cada vez más desesperada, los gemidos altos, sin vergüenza, el pelo pegado a la nuca, los ojos cerrados de puro placer. Sentía cómo se contraía, cómo el orgasmo le subía. Aceleré yo también, empujando hacia arriba para encontrarla en cada bajada, follándola desde abajo dentro del jacuzzi burbujeante.
—Me corro… me corro con tu polla dentro… —jadeó—. Córrete tú también… lléname…
Llegamos casi al mismo tiempo. Ella se tensó toda, el coño exprimiendo mi verga en espasmos potentes, gritando mi nombre contra mi cuello mientras el agua se agitaba a nuestro alrededor. El orgasmo me arrancó de raíz: chorros calientes disparándose dentro de ella, latidos profundos, la visión nublada de placer. Seguí empujando despacio mientras ella temblaba encima de mí, exprimiendo hasta la última gota.
Después del clímax se quedó sentada sobre mí, todavía palpitando, mi polla blanda y sensible dentro de su coño. El agua nos acunaba. Fiona me besó suavemente en el cuello, labios tiernos ahora, y susurró contra la piel húmeda:
—Siempre supe que me mirabas. Desde la primera noche. Me encantaba sentirme observada… me frotaba más rico sabiendo que estabas ahí arriba, duro por mí. Gracias por bajar.
La abracé fuerte, el pecho contra sus tetas suaves, las manos en su espalda mojada. Nos quedamos así un buen rato, respirando juntos, el jacuzzi burbujeando bajo nosotros, el olor a sexo y cloro mezclado con jazmín de los jardines. No hacía falta hablar más. El silencio era un pacto. Cuando el agua empezó a enfriarse un poco, ella se levantó despacio, mi semen resbalándole un hilo por el muslo interior antes de diluirse. Nos secamos a medias con las toallas que había dejado ella al borde, nos vestimos solo lo justo —yo los calzoncillos, ella su bata abierta— y caminamos juntos hacia la casa, dedos entrelazados un segundo en la oscuridad de la escalera, promesa silenciosa de que aquello solo era el comienzo de nuestro secreto.
Dentro del pasillo en penumbra me besó una última vez, lenta, y desapareció hacia su habitación con una sonrisa que me dejó la polla otra vez a medio despertar. Yo me quedé un momento solo junto a la puerta de la mía. Ella no sabía que, mientras cabalgaba, yo había visto la pantalla de su móvil iluminarse un segundo sobre la toalla del borde: el mensaje de mi padre anunciando que el vuelo se retrasaba hasta el martes por la noche. Nuestro secreto tenía días enteros por delante, y yo no pensaba decírselo.
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