Una Última Rendición en el Lago
Laura, de 38 años, se rinde ante el macho de 28 mientras su cornudo marido de 42 mira y se pajea.
La cabaña de madera se alzaba solitaria al borde del lago, envuelta en el silencio espeso del bosque que los separaba de cualquier otra alma. Marcos, ejecutivo de 42 años con el peso de las juntas directivas aún marcado en su postura rígida, apagó el motor del todoterreno y miró a su esposa. Laura, abogada de 38 años, atractiva y segura de sí misma, bajó del coche estirando las piernas bronceadas. El vestido ligero de verano se le pegaba al cuerpo por el calor del viaje, marcando sus tetas firmes y el contorno de sus caderas que todavía lograban que los hombres giraran la cabeza.
—Esto es exactamente lo que necesitábamos —dijo ella, inhalando el aire húmedo que olía a pino y agua quieta.
Antes de que pudieran descargar las maletas, apareció él. Raúl, el guía local de 28 años, caminaba por el muelle con paso seguro. Era puro músculo: brazos gruesos y venosos, pecho ancho que tensaba la camiseta descolorida, abdomen marcado bajo la tela. El sudor le brillaba en la piel morena. Sin pedir permiso, tomó las bolsas más pesadas como si fueran de plumas y las llevó hacia la lancha que los había esperado para cruzar la última parte del lago.
—Bienvenidos. Yo me encargo de esto —dijo con voz grave, casi ronca.
Laura no pudo disimular. Sus ojos recorrieron el cuerpo del joven sin pudor, deteniéndose en los bíceps que se hinchaban al levantar el equipaje, en la forma en que los vaqueros gastados se ajustaban a sus muslos potentes. Se mordió el labio inferior y sonrió de una manera que Marcos reconoció al instante: era la sonrisa que ella tenía cuando su coño se mojaba sin que mediara una palabra.
—Gracias, Raúl. Se nota que estás acostumbrado a manejar… cosas grandes —murmuró ella, rozando deliberadamente el brazo del guía al pasar.
Marcos sintió un nudo caliente en el estómago. Celos, sí. Pero también una erección traicionera que empezó a empujar contra su pantalón. Ver cómo su mujer, siempre tan controlada en los tribunales, se derretía ante ese macho ocho años más joven lo humillaba y lo encendía al mismo tiempo. Laura lo miró de reojo, como comprobando que él se había dado cuenta, y eso solo empeoró la mezcla de vergüenza y excitación que le recorría las venas.
Dentro de la cabaña, mientras organizaban las cosas, la tensión creció. Raúl se quedó un rato explicando el funcionamiento del generador y la lancha. Laura se inclinaba hacia él más de lo necesario, dejando que su escote revelara el encaje del sujetador. Cada vez que Raúl hablaba, ella reía bajito, tocándose el cuello, cruzando y descruzando las piernas. Marcos observaba desde la cocina, la polla medio dura, preguntándose por qué no sentía rabia pura sino un deseo oscuro y viscoso que le hacía querer ver hasta dónde llegaba aquello.
La cena cambió todo.
Habían asado pescado del lago y abierto dos botellas de un tinto fuerte. La tercera ya estaba mediada. La luz de las velas y el quinqué bañaba la mesa de madera rústica. El vino había soltado las lenguas, pero nadie estaba ebrio; solo lo suficientemente relajados como para que las máscaras cayeran.
—Siempre me han gustado los hombres que no piden permiso —dijo Laura de pronto, mirando a Raúl por encima de su copa. Su voz tenía un tono juguetón y peligroso—. Hombres que simplemente toman.
Raúl sonrió con descaro, reclinándose en la silla. Sus pectorales se marcaron bajo la camiseta.
—¿Y tú, Laura? ¿Qué fantaseas exactamente?
Ella soltó una risa ronca, casi nerviosa, pero sus ojos brillaban de excitación pura.
—Fantaseo con que un hombre más dominante, más viril… me folle delante de mi marido. Que me use como una puta mientras Marcos mira. Que me haga gritar cosas que él nunca ha conseguido sacarme.
El silencio cayó como un golpe. Marcos sintió que la cara le ardía. Su polla, sin embargo, estaba completamente dura dentro de los pantalones, palpitando. Laura lo miró directamente, sin vergüenza.
—¿Y tú, Marcos? ¿Quieres verme?
Él tragó saliva. La humillación le quemaba la garganta, pero el deseo era más fuerte.
—Sí… quiero verlo —confesó con voz quebrada—. Quiero verte rendirte.
Laura se levantó sin decir nada más. Rodeó la mesa con pasos lentos y deliberados, se plantó frente a Raúl y, sin pedir permiso, lo agarró por la nuca y lo besó. Fue un beso brutal, abierto, lenguas enredándose con hambre. Raúl respondió al instante: una mano grande subió por el muslo de ella hasta apretarle el culo con fuerza, atrayéndola contra su cuerpo. Laura gimió dentro de su boca cuando sintió la enorme erección del joven presionando contra su vientre.
El punto de no retorno se había cruzado. Los tres lo supieron.
Salieron a la terraza de madera que daba directamente al lago. La luna llena pintaba el agua de plata. Raúl no perdió tiempo. Desnudó a Laura con manos rudas pero expertas, arrancándole el vestido por la cabeza. Sus tetas pesadas quedaron libres, pezones duros como piedras. La puso en cuatro patas sobre la tarima, el culo levantado hacia él. Raúl se bajó los pantalones y su polla saltó libre: gruesa, venosa, fácilmente diez centímetros más larga y mucho más gruesa que la de Marcos.
—Joder… —jadeó Laura al verla—. Esa polla es de otro nivel.
Raúl la agarró del pelo con fuerza, tirando su cabeza hacia atrás mientras alineaba el glande hinchado contra el coño empapado de ella.
—Míralo —ordenó—. Mira a tu cornudo mientras te follo como él nunca podrá.
Embistió de golpe. Laura gritó, un sonido gutural de placer puro cuando esa verga gruesa la abrió por completo. Raúl empezó a follarla con brutalidad, golpes secos y profundos que hacían que sus tetas se balancearan violentamente. El sonido húmedo de carne contra carne resonaba en la noche junto al lago.
—Díselo —gruñó Raúl, tirando más fuerte del pelo.
—¡Ahhh! ¡Marcos, mírame! ¡Este macho me está follando como un animal! ¡Su polla es mucho más grande, me llega donde tú nunca has llegado! ¡Me está rompiendo el coño y me encanta!
Marcos se había sentado en una silla a dos metros, pantalones en los tobillos, pajeándose con vergüenza y lujuria. Su polla parecía ridícula comparada con la de Raúl. Laura lo miraba entre gemidos, los ojos vidriosos de placer.
—Tu polla es tan pequeña… tan inútil… Raúl me está dando lo que merezco.
Raúl la cambió de posición. Se sentó en el banco de madera y la hizo subir encima. Laura se empaló con un gemido largo, cabalgándolo con fuerza, rebotando sobre esa verga enorme. Sus jugos le corrían por los muslos. Raúl le chupaba las tetas con violencia, mordiendo los pezones mientras ella gritaba sin control.
Luego la bajó, la puso de espaldas sobre la mesa y hundió la cara entre sus piernas. Su lengua era implacable: lamía el clítoris hinchado, follaba el coño con dos dedos gruesos y succionaba hasta que Laura se corrió con un alarido que debió oírse al otro lado del lago. Sus piernas temblaron, chorros de placer salpicaron la barbilla de Raúl.
—Ahora de rodillas, puta —ordenó él.
Laura obedeció al instante, aún jadeando. Raúl se puso frente a ella y le folló la boca con rudeza, sujetándole la cabeza con ambas manos. Cuando estuvo a punto, la sacó y descargó la primera corrida: chorros espesos, abundantes, que le pintaron la cara, los labios, la lengua y las tetas. Laura tragaba lo que podía, gimiendo.
—Su leche es tan espesa, Marcos… Tú apenas sueltas cuatro gotitas aguadas. Esto sí es semen de macho.
Pero Raúl no había terminado. La levantó, la tumbó sobre el banco en posición de misionero y la penetró otra vez, profundo, salvaje. Sus huevos golpeaban contra el culo de Laura con cada embestida. Le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza mientras la follaba sin piedad. Laura se corrió por segunda vez, arañándole la espalda.
—Dentro… córrete dentro —suplicó ella.
Raúl gruñó como un animal y descargó su segunda corrida, inundándole el coño. Cuando salió, un torrente blanco y espeso comenzó a chorrear de entre los labios hinchados de Laura, bajando por sus muslos.
Ella se levantó tambaleante, semen goteando por sus piernas, y caminó hacia su marido. Marcos seguía con la polla en la mano, jadeando, al borde del orgasmo. Laura se inclinó, lo besó en la boca con profundidad, metiéndole la lengua impregnada del sabor de Raúl. Luego acercó los labios a su oreja y le susurró, con voz ronca y satisfecha:
—Esto es solo el principio, cornudo. Aún no he terminado de rendirme ante él esta noche… y quiero que veas hasta dónde puedo llegar.
La luna seguía alta sobre el lago, y la tensión en el aire prometía que la rendición estaba lejos de acabar.
Laura se apartó lentamente de la boca de Marcos, dejando un hilo espeso de semen y saliva entre sus labios. El gusto de Raúl aún le dominaba la lengua, fuerte, masculino, y eso solo hacía que su coño palpitara con más fuerza. El semen del joven guía le chorreaba por el interior de los muslos, caliente y viscoso, marcando su rendición. Tenía treinta y ocho años, era una abogada temida en los tribunales, pero en ese momento solo era una hembra en celo que necesitaba más de esa polla joven y brutal.
Raúl la miraba desde dos metros, aún desnudo, con la verga semierecta balanceándose pesada entre sus piernas musculosas. A sus veintiocho años, el guía del lago parecía un animal en su territorio: el pecho ancho subiendo y bajando, los abdominales marcados brillando de sudor, los brazos venosos cruzados sobre el torso. Sonrió con esa arrogancia que hacía que a Laura se le contrajera el vientre.
—Ven aquí, puta. No he terminado de usarte —ordenó con voz grave.
Laura caminó hacia él sin dudar, las tetas balanceándose con cada paso. Marcos, sentado en la silla de madera con los pantalones en los tobillos, sintió que el nudo en el estómago se apretaba más. Su polla de cuarenta y dos años, mucho más pequeña y delgada, palpitaba dolorosamente en su puño. Ver a su mujer moverse así, con las piernas temblorosas y el coño hinchado y lleno de leche ajena, lo humillaba hasta lo más profundo. Y sin embargo, no podía parar de pajearse. Cada latido de vergüenza solo alimentaba más su excitación enfermiza.
Raúl la agarró del pelo con fuerza pero sin violencia innecesaria, solo la dominación pura que ella necesitaba. La empujó contra la barandilla de la terraza, de cara al lago. La luna iluminaba el agua plateada y el bosque oscuro. Laura se arqueó por instinto, ofreciéndole el culo redondo y el coño chorreante.
—Míralo bien, cornudo —gruñó Raúl mirando a Marcos—. Mira cómo tu mujer se abre para una polla de verdad.
Sin más preámbulos, alineó el glande hinchado y empujó. El sonido fue obsceno: un chapoteo húmedo cuando la verga gruesa volvió a abrirse paso entre los labios hinchados de Laura. Ella soltó un gemido largo, gutural, que reverberó sobre el agua.
—¡Joder, sí! ¡Más profundo! —suplicó, clavando las uñas en la madera.
Raúl empezó a follarla con embestidas largas y poderosas. Cada golpe hacía que sus tetas se estrellaran contra la barandilla. El sonido de sus huevos pesados chocando contra el clítoris de ella se mezclaba con el chapoteo de sus jugos. Laura sentía cada centímetro como una invasión deliciosa; la polla de Raúl le llegaba a lugares que Marcos jamás había rozado. Su mente de abogada, siempre controladora, se deshacía en puro instinto animal.
—Díselo —exigió Raúl, dándole una nalgada fuerte que dejó la marca roja de su mano.
Laura giró la cabeza hacia su marido. Tenía los ojos vidriosos, la boca entreabierta, el pelo pegado a la cara por el sudor.
—Marcos… mi amor… mírame. Esta verga me está rompiendo. Es tan gruesa que siento que me va a partir en dos. Tu polla nunca me ha hecho sentir así… nunca. Soy su puta ahora. Su puta del lago.
Marcos soltó un gemido ahogado. Su mano se movía más rápido sobre su erección ridícula. Sentía las lágrimas de humillación picándole en los ojos, pero el placer era demasiado grande. Ver el cuerpo de su esposa sacudirse con cada embestida, ver cómo Raúl la manejaba como si fuera de su propiedad, lo estaba llevando al borde sin que pudiera correrse todavía.
Raúl la sacó de repente. Laura protestó con un quejido, pero él la giró, la levantó como si no pesara nada y la sentó sobre la barandilla ancha. Le abrió las piernas sin piedad y volvió a clavársela de pie, cara a cara. Ahora Laura podía verle los ojos oscuros, la mandíbula tensa, el esfuerzo de sus músculos mientras la follaba con furia controlada. Sus tetas rebotaban contra el pecho duro de él. Raúl bajó la cabeza y le mordió un pezón con fuerza suficiente para hacerla gritar.
—¡Ahhh! ¡Sí, muerde! ¡Uso tu boca como quieras!
El placer le subía por el vientre en oleadas. Laura sentía que otro orgasmo se construía, más grande que los anteriores. Raúl le metió dos dedos en la boca, follándole los labios mientras su polla no dejaba de entrar y salir de su coño empapado. El sonido era sucio, húmedo, constante.
—Dile a tu cornudo lo que sientes de verdad —jadeó Raúl contra su oreja.
Laura apenas podía hablar entre gemidos, pero lo hizo. Miró a Marcos directamente a los ojos.
—Tu polla es inútil, cariño. Pequeña, floja… no me llena. Esta verga de macho me está conquistando el coño. Me está haciendo suya. Quiero que me llene otra vez, que me deje el vientre lleno de su leche espesa. ¿Lo ves? ¿Ves cómo me corro por él y no por ti?
El orgasmo la atravesó como un rayo. Sus paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de la polla de Raúl, apretándola, ordeñándola. Chorros calientes le salpicaron los muslos y la base de la verga. Laura gritó sin control, un sonido salvaje que asustó a las aves nocturnas. Sus piernas temblaban tanto que Raúl tuvo que sujetarla con fuerza para que no se cayera de la barandilla.
Cuando el clímax bajó, Raúl la bajó al suelo. Su polla brillaba completamente cubierta de crema blanca. Laura, aún jadeando, cayó de rodillas por voluntad propia. Quería más. Necesitaba más.
—Déjame limpiarte —susurró con voz rota de placer.
Empezó a lamerle la polla desde los huevos hasta la punta, saboreando su propio sabor mezclado con el de él. Lo metió profundo, hasta que la cabeza gruesa le tocó la garganta. Raúl la sujetó por la nuca y empezó a follarle la boca con movimientos controlados pero profundos. Las lágrimas de esfuerzo le corrían por las mejillas a Laura, pero no se apartaba. Quería que él usara cada agujero.
Marcos estaba al límite. Su mano volaba sobre su polla mientras veía a su esposa de treinta y ocho años convertida en una esclava sexual de rodillas ante un macho de veintiocho. La humillación era completa. Se sentía pequeño, insignificante, pero eso solo le ponía más cachondo.
Raúl lo notó y sonrió con crueldad.
—Míralo, Laura. Tu marido está a punto de correrse como un perro solo con vernos. Ven, cornudo. Acércate más. Siéntate en esa silla de aquí al lado. Quiero que veas de cerca cómo le destrozo el culo.
Laura soltó la polla con un jadeo y miró a Marcos con ojos suplicantes y viciosos a la vez.
—Hazlo, amor. Ven más cerca. Quiero que veas todo.
Marcos obedeció, arrastrando la silla hasta quedar a menos de un metro. Podía oler el sexo, el sudor, el semen. Raúl levantó a Laura, la puso de espaldas contra su pecho y la penetró de nuevo en el coño, levantándola casi en vilo. Sus brazos fuertes la sostenían por debajo de las rodillas, abriéndola completamente. La follaba así, exhibiéndola como un trofeo delante de su marido. Cada embestida hacía que los pies de Laura se sacudieran en el aire.
—Esto es lo que merece una mujer como tú —gruñó Raúl—. Un macho que la use, que la abra, que la deje goteando.
Laura se corrió por tercera vez, gritando incoherencias. Su chorro salió con fuerza, salpicando el pecho de Marcos que estaba tan cerca. El marido no pudo más. Con un gemido patético se corrió en su propia mano, soltando solo unos hilos débiles que contrastaban brutalmente con las corridas abundantes de Raúl. La vergüenza lo quemó por dentro, pero no apartó la mirada.
Raúl sacó la polla del coño de Laura y la bajó. Ella temblaba, apenas se sostenía en pie. El semen volvía a chorrearle por las piernas. Pero Raúl no había terminado. Le dio la vuelta, la inclinó hacia adelante apoyando las manos en la barandilla y escupió sobre su ano fruncido.
—Ahora voy a follarte el culo, Laura. Delante de tu cornudo. ¿Lo quieres?
—Sí… por favor —suplicó ella sin dudar—. Quiero rendirme del todo. Quiero que me abras también por ahí.
Raúl presionó el glande contra el apretado agujero. Fue lento al principio, dejando que ella se acostumbrara a la enorme circunferencia. Laura jadeaba, mordiéndose el labio, sintiendo cómo su ano se estiraba obscenamente alrededor de esa verga gruesa. El dolor inicial se convirtió en un placer oscuro y profundo cuando por fin la cabeza pasó el anillo muscular.
—Joder… me estás partiendo el culo —gimió, pero empujó hacia atrás pidiendo más.
Raúl empezó a moverse, cada vez más profundo, hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas de ella. El ritmo se volvió salvaje. Le agarró las tetas desde atrás, pellizcándole los pezones mientras le follaba el culo con fuerza. Laura gritaba de placer, completamente rendida. Su coño vacío chorreaba sobre la tarima.
—Míralo, Marcos —dijo Raúl entre dientes—. Mira cómo tu mujer me da el último agujero que te pertenecía. Ahora es mío. Todo suyo.
Marcos, aún con la polla blanda en la mano y su propio semen en los dedos, solo pudo asentir con la cabeza, hipnotizado. Su mente era un torbellino de celos, excitación renovada y humillación absoluta. Laura estaba teniendo un orgasmo anal, algo que nunca había logrado con él. Su cuerpo se convulsionaba, sus gritos eran roncos y primitivos.
Raúl aceleró, gruñendo como un animal. Sacó la polla justo a tiempo y descargó una tercera corrida abundante sobre la espalda y el culo de Laura, pintándola de blanco espeso. Los chorros parecían no terminar nunca. Cuando acabó, la abrazó por detrás, manteniéndola pegada a su cuerpo musculoso mientras ella temblaba.
Laura giró la cabeza y besó a Raúl con lengua profunda, un beso posesivo y agradecido. Luego miró a Marcos con una sonrisa exhausta pero llena de promesas.
—Aún no ha terminado, cornudo —susurró con la voz rota de tanto gemir—. Quiero que me lleve dentro de la cabaña ahora. Quiero que me folle en la cama donde dormimos tú y yo… y quiero que nos mires toda la noche. Porque pienso rendirme hasta que no pueda caminar.
Raúl la levantó en brazos como si fuera una muñeca. Su polla, aún medio dura, rozaba el muslo de ella. Caminó hacia la puerta de la cabaña sin mirar atrás. Laura, cubierta de semen, sudor y marcas de manos, apoyó la cabeza en el pecho ancho del joven y cerró los ojos un segundo, saboreando la rendición total.
Marcos se levantó tambaleante, con la polla empezando a endurecerse otra vez a pesar de que acababa de correrse. Los siguió como un perro fiel, sabiendo que la noche apenas estaba en su punto más oscuro y que la verdadera humillación, la más profunda, aún estaba por llegar junto al lago quieto.
Raúl cruzó el umbral del dormitorio principal con Laura aún en brazos, el cuerpo de ella pegajoso de semen y sudor. La arrojó sobre la cama matrimonial sin ninguna delicadeza, y el colchón protestó con un crujido profundo cuando ella rebotó, sus tetas pesadas balanceándose. A sus treinta y ocho años, Laura sentía que cada célula de su cuerpo ardía. Ya no era la abogada implacable de los tribunales; era una hembra en celo, con el coño hinchado y el ano todavía palpitando por la follada anterior. El olor de su propia excitación y de la leche espesa de Raúl impregnaba las sábanas que ella misma había colocado esa tarde con Marcos.
—Esta es la cama donde duermes con tu cornudo, ¿verdad? —gruñó Raúl mientras se quitaba lo poco que le quedaba de ropa. Su polla de veintiocho años ya volvía a endurecerse, gruesa, venosa, curvada ligeramente hacia arriba y brillando con los restos de sus corridas y los jugos de Laura.
—Sí… aquí es donde él me toca con esa cosita inútil —respondió ella con voz ronca, abriendo las piernas sin que se lo pidieran. Miró de reojo a Marcos, que acababa de entrar tambaleante y se dejaba caer en una silla de madera junto a la ventana, a menos de un metro de la cama. La polla de su marido de cuarenta y dos años empezaba a endurecerse otra vez, pequeña y ridícula comparada con la del guía.
Raúl se subió al colchón como un depredador. Agarró las rodillas de Laura y las empujó hacia atrás hasta que casi le tocaron los hombros, exponiendo completamente su coño chorreante y su ano aún dilatado. Escupió sobre su polla y, sin más aviso, la clavó de un solo golpe brutal hasta el fondo. Laura arqueó la espalda y soltó un alarido gutural que llenó la cabaña.
—¡Joder, Raúl! ¡Así! ¡Rómpeme en la cama de mi marido!
Cada embestida era profunda, salvaje. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne resonaba con fuerza. Las pelotas pesadas de Raúl golpeaban contra el culo de ella, salpicando los jugos que ya empapaban las sábanas. Laura sentía cómo esa verga gruesa le aplastaba el punto G sin piedad, enviando descargas eléctricas que le hacían contraer el vientre. Pensó, en medio del placer animal, que nunca había sido follada así. Marcos jamás había llegado tan lejos, jamás la había hecho sentir tan llena, tan usada, tan puta.
—Míralo, cornudo —ordenó Raúl sin dejar de bombear, sudando abundantemente sobre el cuerpo de Laura—. Mira cómo tu mujer de treinta y ocho años abre el coño para un macho de verdad. ¿Ves cómo le tiemblan las piernas? Eso nunca lo conseguiste tú.
Marcos jadeaba, la cara roja de vergüenza y lujuria. Su mano se movía lenta sobre su polla, sin atreverse a ir más rápido por miedo a correrse otra vez demasiado pronto.
—Laura… Dios… —murmuró él con voz quebrada.
Ella giró la cabeza hacia su marido, los ojos vidriosos de placer, la boca abierta en un gemido constante.
—Calla y mira, Marcos. Mira cómo me está conquistando el coño. Siento sus huevos golpeándome el culo y me corro solo con eso. Tu polla es un chiste. Esto… esto es lo que merezco. ¡Ahhh, sí, más fuerte, Raúl!
Raúl aceleró, gruñendo como un animal. Le soltó las piernas y se inclinó sobre ella en posición de misionero profundo, mordiéndole el cuello y las tetas mientras la taladraba. Laura se corrió con violencia, sus paredes internas ordeñando la polla gruesa. Un chorro caliente salió disparado de su coño, empapando el abdomen marcado de Raúl y salpicando el borde de la cama cerca de donde estaba sentado Marcos.
El guía no le dio respiro. La sacó, la giró con brusquedad y la puso a cuatro patas, con la cara casi rozando el regazo de su marido. Laura miró a Marcos a los ojos mientras Raúl volvía a penetrarla por el coño desde atrás, tirándole del pelo como riendas.
—Chúpale los dedos a tu cornudo mientras te follo —exigió Raúl.
Laura obedeció al instante. Metió dos dedos de Marcos en su boca y los succionó con hambre, gimiendo alrededor de ellos mientras el joven guía le daba nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su culo redondo. El sabor de la propia piel de su marido contrastaba con el semen seco que aún tenía en los labios. Se sentía degradada, humillada y completamente viva.
—Soy su puta, Marcos —balbuceó ella entre gemidos, sacando los dedos de la boca solo para hablar—. Su puta del lago. Me está follando en nuestra cama y voy a dejarla manchada de su leche para que duermas sobre ella esta noche.
Marcos gimió patéticamente y se corrió por segunda vez, soltando solo unos hilos débiles que le cayeron sobre el muslo. La humillación era tan intensa que las lágrimas le rodaron por las mejillas, pero no apartó la mirada ni un segundo.
Raúl la cambió de posición otra vez. Se tumbó en la cama y la sentó encima en cowgirl, enfrentada a él. Laura empezó a cabalgar con desesperación, rebotando sobre esa polla enorme. Sus tetas saltaban violentamente. Raúl le agarraba las caderas con manos grandes y la bajaba con fuerza, empalándola hasta el fondo.
—Quiero tu culo ahora —dijo Raúl de pronto, con la voz ronca de tanto placer.
Laura no dudó. Se levantó, escupió sobre su propia mano y lubricó el glande hinchado. Luego se colocó de espaldas a Raúl, apuntando la polla hacia su ano ya usado. Descendió lentamente, sintiendo cómo el grosor la abría otra vez. El dolor inicial se transformó en un placer oscuro y adictivo cuando sus nalgas tocaron los muslos del joven.
—Está dentro… me tiene el culo completamente lleno —jadeó ella mirando a Marcos, que observaba a centímetros de distancia.
Raúl empezó a follarla por el culo con embestidas ascendentes brutales. Laura se tocaba el clítoris hinchado con dos dedos mientras gemía sin control. El placer anal la estaba llevando a un lugar que nunca había visitado con su marido. Sentía cada vena de esa polla rozando sus paredes internas, cada golpe contra lo más profundo de su intestino.
—Dile que ya no es tu hombre —gruñó Raúl, pellizcándole los pezones desde atrás.
—Marcos… ya no eres mi hombre —confesó Laura entre sollozos de placer—. Eres mi cornudo. Mi espectador. Raúl es el que me folla ahora. Su polla en mi culo es lo mejor que he sentido en mi vida. Me voy a correr… me voy a correr por el culo como nunca lo hice contigo.
El orgasmo la destrozó. Todo su cuerpo se convulsionó, el ano contrayéndose violentamente alrededor de la verga de Raúl. Gritó tan fuerte que su voz se quebró. Chorros de squirt salieron de su coño vacío y salpicaron las sábanas, el suelo y las rodillas de Marcos.
Raúl la levantó como si no pesara nada, la colocó de lado y volvió a penetrar su coño desde atrás en cucharita, follándola con furia mientras ella todavía temblaba. Le sujetaba una pierna en alto para que Marcos viera perfectamente cómo entraba y salía esa polla gruesa.
—Voy a correrme dentro otra vez —anunció Raúl—. Voy a llenarte el vientre, puta.
—Sí, lléname… dame toda tu leche de macho —suplicó Laura.
Con un rugido animal, Raúl descargó. Laura sintió los chorros calientes y espesos inundándola, más abundantes que las veces anteriores. El semen desbordó alrededor de la polla y chorreó sobre el muslo de ella, manchando definitivamente la cama matrimonial. Raúl siguió bombeando hasta vaciarse por completo, luego se quedó quieto, enterrado hasta el fondo, respirando agitado contra la nuca de Laura.
Ella temblaba, exhausta, cubierta de sudor, semen y marcas de dedos y dientes. Una sonrisa satisfecha y rota se dibujó en sus labios mientras giraba la cabeza para besar profundamente a Raúl, metiendo la lengua con posesión.
—Gracias… —susurró contra su boca—. Me has roto del todo. No creo que pueda caminar mañana.
Marcos, con la mano pegajosa de su propia corrida, solo podía mirar cómo el semen blanco y denso seguía saliendo del coño abierto de su esposa, empapando las sábanas donde él debería dormir esa noche. El silencio que siguió fue pesado, cargado de olor a sexo, sudor y rendición total. Laura cerró los ojos un momento, apoyada contra el pecho ancho y sudoroso de Raúl, sintiendo su polla aún semierecta dentro de ella. Pensó que esto era solo el comienzo de algo que ya no podría parar.
Entonces, un ruido seco rompió el momento.
Tres golpes fuertes sonaron en la puerta principal de la cabaña, seguidos de una voz grave y masculina que llamó desde fuera:
—¡Raúl! ¡Sé que estás ahí! ¡La lancha de emergencias está amarrada y vi luces! ¡Abre, joder, que traigo el equipo!
Raúl levantó la cabeza bruscamente, una sonrisa peligrosa y satisfecha curvando sus labios mientras su polla daba un último latido dentro del coño lleno de Laura. Ella abrió los ojos de golpe, el corazón acelerado, el cuerpo todavía temblando de los últimos orgasmos, y miró a Marcos con una mezcla de sorpresa, miedo y una excitación renovada que ninguno de los tres esperaba.
La puerta volvió a sonar con más fuerza.
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