Vendimia a Ciegas con Ella
Dos enólogas vendimian a ciegas entre viñas y se devoran.
No pensé que la vendimia nocturna de La Rioja me fuera a desarmar de esa manera. Yo, Colette, enóloga de veintiocho años, llevaba tres cosechas midiendo grados Brix, oliendo mostos y fingiendo que mis ojos no se desviaban cada vez que Lucía pasaba entre las cepas con el cesto al hombro. Treinta y dos años, caderas anchas, pechos pesados bajo la camiseta manchada de mosto, esa mirada traviesa que me clavaba cuando creía que nadie miraba. Meses de coqueteo silencioso: un roce de codos en la mesa de selección, una broma baja sobre el sabor de mis dedos después de probar una baya, el calor que me subía a la cara cuando ella se reía.
Aquella noche la parcela del fondo quedó casi vacía. Las linternas de los demás se alejaban hacia el lagar. Solo nosotras dos entre las hileras de Tempranillo, el aire fresco cargado de tierra húmeda y el perfume dulzón de la uva madura. Lucía se detuvo frente a mí, se pasó el dorso de la mano por la frente sudorosa y sonrió de medio lado.
—Colette… ¿te atreves a una vendimia a ciegas? —susurró—. Las dos con los ojos vendados. Solo tacto. Solo olor. Las uvas… y lo que se nos cruce.
El corazón me dio un vuelco. Acepté sin pensarlo dos veces. Sacamos dos pañuelos de algodón del bolsillo de su delantal. Ella me vendó primero: dedos cálidos contra mis sienes, el nudo firme en la nuca. Luego yo le cubrí los ojos a ella, rozando sin querer la curva de su mejilla. Quedamos a oscuras. El mundo se redujo al crujido de las hojas, al zumbido lejano de un tractor y al olor de nuestros cuerpos: sudor salado, mosto fermentando en la piel, el jabón barato de ella mezclado con algo más íntimo, más animal.
Empezamos a palpar racimos. Mis dedos buscaban bayas turgentes, las arrancaban con cuidado y las dejaban en el cesto. Pronto las manos se cruzaron. Un codazo suave. Luego la yema de sus dedos rozó el dorso de mi mano y se quedó ahí un segundo de más. El calor de su piel me atravesó como una corriente. Seguí adelante, a tientas, y mi muñeca rozó lo que solo podía ser su cintura, el borde de la camiseta levantado, el surco húmedo de sudor sobre su abdomen. Ella soltó un suspiro bajo.
—Joder, Colette… tu olor me está volviendo loca —susurró muy cerca de mi oreja—. Llevas el mosto y algo más. Como si ya estuvieras mojada solo de estar aquí.
Tragué saliva. La confesión se me escapó antes de poder morderla.
—Desde la primera vez que te vi, Lucía, fantaseo con tu boca. Con cómo sabría tu lengua. Con cómo me mirarías si te abriera las piernas entre estas vides.
Un silencio denso. Después su risa nerviosa, ronca.
—Entonces deja de jugar.
Los roces dejaron de ser accidentales. Su mano subió por mi brazo, encontró mi hombro, bajó hasta el pecho y apretó mi pecho a través de la tela. Yo busqué su cadera, la curvas de su culo, la tiré hacia mí. Entre risas ahogadas nos arrancamos las vendas. La luz de la luna llena nos golpeó de golpe: sus ojos negros brillando, la boca entreabierta, una mancha morada de uva en la comisura de los labios. Nos besamos con hambre, sin preámbulos. Lenguas chocando, dientes rozando labios, el sabor a Tempranillo y saliva caliente. Ella me empujó contra un poste de la espaldera; yo le metí las manos bajo la camiseta y le agarré las tetas pesadas, los pezones duros ya. El deseo era explícito, elegido, mutuo. No había marcha atrás y las dos lo sabíamos.
El suelo entre las cepas estaba blando de hojarasca y tierra removida. Lucía me tumbró de espaldas, me bajó los pantalones y la braga de un tirón y se acomodó entre mis muslos. No hubo delicadeza inicial: su lengua me abrió de un lengüetazo largo, desde la entrada hasta el clítoris, y se quedó ahí chupando con voracidad. Dos dedos curvados me entraron de golpe, buscando ese punto que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ronco que se perdió entre las hojas. Me comía el coño como si tuviera sed de años, chupando el clítoris entre los labios, vibrando la lengua, follándome con los dedos en un ritmo preciso mientras yo le agarraba el pelo y le empujaba la cara contra mi sexo.
—Así… joder, Lucía, no pares —jadeé.
Cuando el orgasmo empezaba a apretarme el vientre, la detuve, la hice girar y me monté encima en un sesenta y nueve torpe y urgente. Su coño estaba jugoso, hinchado, oliendo a excitación pura y a sudor. Hundí la lengua en su entrada, la chupé, la follé con la boca mientras mis dedos le abrían los labios. Ella, debajo, me agarró las nalgas con fuerza, me separó los glúteos y pasó la lengua por mi ano, lamiendo despacio, atrevida, mientras seguía chupándome el clítoris. El contraste me voló la cabeza: su lengua caliente en mi culo, sus labios en mi coño, mi propia boca llena de su sabor. Gemimos las dos, ahogadas, el vaivén de caderas sacudiendo las cepas. Me corrí primero, a oleadas, contrayéndome contra su boca; ella me siguió segundos después, empapándome la barbilla, apretando mis nalgas hasta dejar marcas.
Aún temblando nos acomodamos de lado, piernas enredadas en tijera. Nuestros coños empapados se frotaron, clítoris contra clítoris, labios resbaladizos. Nos metimos los dedos mutuamente: yo dos dentro de ella, ella tres dentro de mí, empujando al mismo tiempo que frotábamos. El sonido obsceno de la humedad, el crujido de la tierra bajo nosotras, los gritos que ya no intentábamos contener. Me corrí otra vez gritando su nombre; ella me siguió con un gemido largo, las paredes internas apretándome los dedos con fuerza. Seguimos, más lentas, más profundas, hasta una tercera oleada que nos dejó sin aire, sudorosas, riendo entre besos torpes.
Después nos quedamos abrazadas entre las vides, las camisetas subidas, las faldas y pantalones a medias, el fresco de la noche secándonos la piel. Nos besábamos despacio ahora, labios hinchados, sabores mezclados. Lucía me acariciaba el pelo y hablaba bajito contra mi cuello.
—Llevaba meses deseando esto —confesó—. Cada vez que te veía probar una uva y fruncir la boca, pensaba en meterte la lengua. En hacerte correr aquí mismo, donde nadie nos oyera.
Yo le besé la clavícula, todavía saboreándola.
—Yo también. En la sala de catas, cuando te inclinabas sobre las barricas… se me mojaba la braga de solo imaginarme agarrarte de las caderas. Tenía miedo de que fuera solo yo.
Ella soltó una risa suave, me miró a los ojos con la luna reflejada en las pupilas y me apretó más contra su pecho.
—No era solo tú. Nunca lo fue.
Permanecimos así un rato largo, compartiendo el calor, el olor a sexo y a vendimia, los dedos entrelazados sobre mi estómago. El mundo del lagar y las linternas seguía lejos. Aquí solo existíamos nosotras dos, la tierra bajo la espalda y la certeza de que esto no se quedaría en una noche.
Lucía me rozó los labios con los suyos una última vez y murmuró, voz ronca de placer:
—¿Volvemos mañana a ciegas… o esta vez quieres que te ate yo a la cepa y te folle hasta que pidas clemencia?
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